Translate

domingo, 10 de febrero de 2013

Como saber si un lugar es de origen Templario

Templarios Momificados - El grial templario de Toledo

A parte del Grial de Valencia que en otro momento contare su increíble historia documentable por lo menos 1500 años hacia atrás, entre los numerosos misterios que todavía guarda la ciudad de Toledo hay uno referido al Grial, ese símbolo enigmático de la sabiduría y el poder regenerador de la Divinidad, tanto en el plano físico como espiritual, que según los trovadores medievales era custodiado por templarios y tenía su origen en España.

El trovador templario alemán Wolfram von Eschenbach (1170-1220), en sus principales epopeyas, Parzival y Titurel, describe una Orden religioso-militar de caballeros que persigue fines místicos, basados en el mito del Imperio Universal, la Tierra Santa y el Templo Espiritual: dicha organización recibe el nombre de «Orden del Grial» y sus miembros el de «Caballeros Templarios». Aunque parece que Wolfram no inventó nada. Él mismo se encarga de aclararnos que no es el autor original de su relato sobre el Grial. El Parzival traduce a otro autor: Kyot el Provenzal.

Nadie sabe quién puede ser este Kyot. Wolfram no lo trata como su igual, un juglar que le ha proporcionado materia para un poema, sino como a un maestro con autoridad esotérica, que le ha legado una enseñanza valiosa. Lo llama «maestro bien conocido», y habla de él como de la única autoridad que conviene invocar a propósito del Grial: «Kyot es el nombre del encantador. Todo lo que él contó en lengua francesa, yo voy a repetíroslo en alemán». De Provenza vino este cuento, en su forma auténtica, a país alemán. Un maestro que, por el carácter de sus revelaciones que implican a la Orden del Temple en la historia del Grial, pudiera pertenecer a la caballería templaria o a su entorno inmediato. Un personaje que inspira y controla el trabajo de Wolfram, y que también era templario. Aunque, para nuestra sorpresa, el propio Wolfram declara que el origen último de la historia del Grial se encuentra en España. Según este trovador templario: «Kyot, encontró en Toledo, entre unos manuscritos abandonados, esta aventura en escritura arábiga. Fue preciso que aprendiese a distinguir los caracteres. Resultó muy ventajoso para él haber recibido el bautismo, pues de lo contrario esta historia habría quedado ignorada, ya que no existe pagano tan sabio como para revelarnos la naturaleza del Grial». El autor de estos manuscritos era «un musulmán, Flegetanis, famoso por sus conocimientos». Este extraño sabio era astrólogo y descubrió «un objeto, una piedra, que se llamaba Grial. Había leído claramente su nombre en las estrellas. Una legión de ángeles lo había bajado a la tierra. Desde entonces habían de ocuparse de él hombres tan puros como los ángeles. Kyot buscó, en los libros, dónde habría un pueblo lo bastante puro como para poder ser el custodio del Grial, hasta que encontró lo que buscaba», que la morada del Grial entre los humanos estaba en los confines de España, y que «dicho Templo, construido según los planos del propio Dios, era una construcción edificada siguiendo el modelo poligonal, ternario e irradiante, de los santuarios de la Orden del Temple, consagrado al Espíritu Santo y guardado por templarios».

Por extraño que pueda parecer, en Toledo aún quedan señales de esa relación entre los templarios y el Grial. Como en la leyenda de Wolfram, se trata de una piedra depositada dentro de un octógono, en un santuario custodiado por templarios. El Temple en Toledo Dependiendo de la poderosa encomienda de Montalbán, la Orden del Temple se asentó, extramuros de Toledo, en el pequeño monasterio mozárabe dedicado a los santos gemelos Servando y Germano, obtenido hacia 1152 y conocido como «Cigarral del Alcázar», y cuyas ruinas fueron demolidas en 1927. Dentro de la ciudad poseyeron una antigua mezquita, próxima al Alcázar, que convirtieron en iglesia de san Miguel el Alto. Esta iglesia estaba unida a la hospedería y residencia de los caballeros, conocidas como «Casas del Temple», un conjunto de edificios de los que aún quedan importantes restos en las calles contiguas de la Soledad, san Miguel y plaza del Seco. Levantado en el siglo XII sobre restos romanos y visigodos, la riqueza decorativa, como artesonados mudéjares de vigas talladas con leyendas arábigas, yeserías morunas y arcos de herradura, demuestra que debió ser mansión de musulmanes acomodados antes de pasar a la Orden. Lo más curioso es que los templarios conservasen las inscripciones coránicas de los muros, mezclándolas con sus propios latines en honor de Nuestra Señora y con sus escudos de cruces rojas. Bajo estas casas existen laberínticas galerías y estancias, excavadas en la roca viva, que las comunicarían con la iglesia y bajarían luego hasta el río según una tradición inmemorial. Son conocidas como «Bodegas de Vázquez», «Cuevas de San Miguel» o «de los Candiles». La fantasía popular las hace escenario de las más fabulosas y esotéricas tradiciones, contando que allí escondieron los templarios sus tesoros antes del arresto. Desde ellas iniciaba su ronda espectral la «Procesión de las Ánimas», cuando a las doce de la noche la campana de san Miguel tocaba sola para avisar a los vecinos, a fin de que no saliesen de sus casas, mientras los fosforescentes espíritus templarios vagaban por el barrio bajando hasta el río y regresando a la iglesia antes del amanecer. Un rico simbolismo La iglesia de san Miguel el Alto todavía conserva símbolos templarios en su interior, a pesar de haber sido abandonada en 1842, de sufrir los bombardeos del cercano Alcázar en 1936, y padecer una «reconstrucción» en los años cuarenta, cuando se derribó su claustro para levantar una escuela parroquial. La torre mudéjar delata su origen islámico, aunque una de las campanas sea todavía templaria. En sendos pilares de la nave, los capiteles muestran escudos con la cruz roja del Temple, a pesar de que el esoterismo de sus esculturas está cubierto por una gruesa capa de cal. En el pavimento, diversas lápidas sirvieron de sepultura a olvidados donantes de la Orden. Y en el arruinado claustro se ha salvado milagrosamente el gran «Cuadrado Mágico» del patio, compuesto por losas negras, en todo semejante al existente en San Pedro de Arlanza (Burgos), que una leyenda dice fue colocado allí por un sabio del monasterio templario de Alveinte, donde hubo otro igual, para robar su ciencia al Diablo (AÑO/CERO, 33 y 133). No menos curiosa es la lauda funeraria del claustro, de 1194, perteneciente al judío Zabalab quien, tras bautizarse, llegó a ser presbítero de la iglesia templaria.

El símbolo que más nos interesa se encuentra en el baptisterio. Allí podemos ver un recipiente gótico de piedra negra pulida, con forma de gran copa, cuyo borde muestra una cabalística inscripción, con la cruz del Temple, y cuyo pie descansa sobre una figura octogonal compuesta por ocho losas negras… Es la pila bautismal, del siglo XIII, de los caballeros templarios. ¿Estamos ante el símbolo del Grial, dentro del octógono radiante, tal como afirman los manuscritos toledanos encontrados por el maestro Kyot según la epopeya de Wolfram? El milagro ocurrido en esta pila bautismal, un milagro griálico, así parece indicarlo.

Este insólito prodigio se narra en la vieja leyenda toledana conocida como «El bautismo de sangre» o «La cruz del arzobispo Tenorio», aunque dicho prelado no adquirió la cruz hasta sesenta y tres años después de suprimido el Temple. En 1375, nada más acceder al cargo, el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, mandó registrar los subterráneos existentes bajo la iglesia y Casas del Temple tentado por la tradición del tesoro oculto. Aunque tan sólo encontró allí la preciosa «Cruz del Milagro» y un puñado de cuerpos momificados como los existentes en otras iglesias toledanas. Dicha cruz o «Cristo del Milagro», era una pieza románica de Limoges, de doble brazo, semejante a la templaria de Caravaca que, decían, perteneció al comendador del Temple. Los cuerpos correspondían a los caballeros templarios de la casa, pues era frecuente enterrar en estas catacumbas debido a la escasez de suelo y porque la sequedad de la roca conservaba los cadáveres de forma natural; allí siguen todavía, aunque el clero los oculte celosamente e impida su visita. Ambos elementos, cruz y momias, constituyen junto con la pila bautismal los actores de la antedicha leyenda de tintes griálicos. Templarios momificados Cuentan los viejos que, tras la derrota cristiana de Alarcos, en 1195, las avanzadillas almohades se presentaron amenazadoras ante los muros de Toledo. Los templarios se aprestaron para defender su sector de la muralla, correspondiente al barrio de San Miguel y, la noche anterior a la batalla, el comendador reunió en la iglesia a los caballeros para poner sus vidas en manos de Dios. Al verlos rezar, su corazón se entristeció, pensando cuántos morirían al día siguiente defendiendo la ciudad, y pidió a Dios una señal para saber quiénes caerían en combate. En ese instante, sobre la cruz roja que los monjes-guerreros portaban en sus capas, apareció la imagen del Cristo que el comendador tenía en su cruz de mando. Entendió que, por ese medio, Dios le señalaba quiénes iban a morir al día siguiente.

Creyendo el comendador que hacía un bien con ello, pues más falta le hacían guerreros vivos que santos muertos, al amanecer tan sólo destinó a las murallas a los caballeros que no habían recibido en sus cruces el aviso divino. Marchó con ellos al combate y dejó a los señalados orando en la iglesia. Rechazado el ataque musulmán, regresaron los templarios sin haber sufrido una sola baja, para comunicar a sus compañeros la feliz jornada, y los encontraron muertos sobre las losas de la iglesia, con los cuerpos secos, momificados. A mayor milagro, el agua que llenaba la copa de la pila bautismal se había convertido en sangre, la de aquellos templarios escogidos para recibir el martirio por su fe y alcanzar el cielo de los justos. El agua sólo recuperó su verdadera naturaleza cuando el comendador bañó su cruz en ella, bautizando en la sangre de los mártires templarios la imagen del Cristo.

Comprendieron que el Señor había querido castigar así la soberbia del comendador, que creyó poder burlar los designios de Dios. A pesar de todo, los «elegidos» habían recibido el bautismo de sangre del martirio, que les estaba destinado. Sus cuerpos momificados recibieron sepultura en uno de los subterráneos del templo y el crucificado de la cruz de mando fue conocido desde entonces como «Cristo del milagro». Expuesto en la Capilla del Bautismo, junto a la griálica pila, recibió el fervor de los templarios y del pueblo toledano, que lo tenía atosigado con sus peticiones y exvotos. Las gentes tomaron la costumbre de santiguarse con el agua de aquella pila, y aún de llevarla en recipientes porque decían que era mano de santo para curar heridas de arma blanca.

Otro misterio, quizá mayor que el «milagro de la sangre», ronda todavía por los muros de San Miguel el Alto. Me refiero al de la imagen de Nuestra Señora que allí veneraban los templarios, citada al menos desde 1174. En la caballería tradicional, tan bien definida por el místico Ramón Lull en su Libro del Orden de Caballería (fines del siglo XIII), el verdadero honor está basado en la búsqueda de la perfección interior puesta al servicio de una idea trascendente: la entrega a Dios en la persona de los desvalidos, por quienes el caballero debe pelear para restituirles la justicia. Y la lucha verdadera no era contra el rival, sino contra uno mismo para derrotar su parte negativa, subiendo un peldaño más en el camino de la perfección. Perfección interior que permite una pureza de espíritu imprescindible para acercarse al Grial, la copa del Conocimiento absoluto, que estaba en la cima de la iniciática búsqueda caballeresca primitiva. Y la Dama sin nombre, objeto del amor cortés de aquellos caballeros espiritualmente combativos, no era sino el símbolo de Nuestra Dama, Nuestra Señora la Virgen Negra, la Dama del Saber Eterno, a quien el caballero griálico debía encomendarse y a quien debía ofrecer sus trabajos para que le ayudara en la búsqueda de sí mismo.

Los templarios –con más razón pues eran a un tiempo guerreros y monjes elegidos por el cielo para custodiar el Grial–, veneraban a la Dama Negra, la Virgen Madre, y tenían esta devoción especial, en forma de imagen de Virgen Negra en algunas de sus iglesias, como Nuestra Señora de la Encina en Ponferrada (León), Nuestra Señora de la Vid en Castillejo de Robledo (Soria), Nuestra Señora del Temple en Ceinos (Valladolid), Faro (Ourense), Toro (Zamora) y un largo etcétera. En la provincia de Toledo sabemos que poseyeron vírgenes negras en Talavera de la Reina y Montalbán, hoy desaparecidas, y una que vistió el hábito del Temple, por lo que se la conoce todavía como Nuestra Señora de la Monjía, en Novés (Toledo), la cual afortunadamente conserva su color negro, su leyenda mistérica y la ancestral fuente iniciática, sincretismo de viejos cultos a las hadas del agua, las wouivres o melusinas célticas.

Dice la tradición que en su toledana iglesia de san Miguel veneraban una imagen de María, de nombre ignorado. Lo que parece atestiguado por las inscripciones latinas que, en la Casa del Temple, los caballeros colocaron en alabanza a la Virgen Madre, situándolas junto a las inscripciones coránicas que alaban a Dios. Sin embargo, la imagen mariana de su iglesia ha desaparecido. ¿Realmente? Por los indicios simbólicos, debió ser una Virgen Negra. La única imagen de estas características existente en Toledo no se halla entronizada en ninguna iglesia y nadie conoce su origen. Pegada al ábside catedralicio se alza la gran sala capitular; al exterior del muro sur, a media altura, se halla una hornacina protegida por cristal emplomado y reja, alumbrado todo por un pequeño farol. Allí se oculta una imagen, popularmente conocida como «Virgen del Tiro». Extraño nombre que según antiguos cronistas parece proviene del «tiro» de cuerda, accionado por una polea, que estuvo situado sobre ella para introducir en el obrador de cera los materiales. Es una Virgen Negra de advocación olvidada, que nadie sabe de dónde ha salido. Allí está desde tiempo inmemorial, al menos desde que Enrique Egas construyó la sala capitular entre 1504 y 1512 por orden del cardenal Cisneros. ¿Procede quizá de la iglesia templaria, tras haber estado arrinconada en las bóvedas catedralicias junto a otras muchas obras medievales? No deberíamos olvidar que la grandiosa catedral de Toledo fue comenzada por al arzobispo-cronista don Rodrigo Jiménez de Rada, en gratitud a la Virgen por la victoria de Las Navas de Tolosa (1212) sobre los musulmanes, batalla ganada con la colaboración de las Órdenes Militares, entre las que figuraba un fuerte contingente templario, y con la ayuda celestial de Nuestra Señora. Y no perdamos de vista que don Rodrigo era amigo de la Orden y nieto del comendador templario de Novillas (Zaragoza), don Pedro Tizón (a mediados del siglo XII).

La Virgen del Tiro tiene todos los caracteres de una Dama Negra del Grial. Por su color, postura, atributos y tamaño, parece una imagen de fines del siglo XII o comienzos del XIII. Muy estilizada, la vestimenta de la madre y la postura lateral del niño los asemejan a la imagen de la Mare de Dèu del Claustre, en Solsona (Lleida), que dicen es una copia de la Virgen Negra de la Daurade, en Toulouse (Francia). Y es la única en Toledo sobre la que no quedan datos, pues de todas las demás, incluidas otras dos que tienen ciertos carácteres de Virgen Negra: la del Sagrario (en la catedral) y la de la Esperanza (en San Cipriano) –que por cierto dicen que son «primas»–, se conserva algún recuerdo de sus orígenes y andanzas. ¿Estamos ante la imagen perdida que recibió culto en la iglesia templaria, junto con la prodigiosa pila bautismal y el milagroso Cristo del comendador? Cuando el Temple fue extinguido, el arzobispo toledano don Gutierre Gómez de Toledo tomó posesión de sus riquezas, tras perseguir, encarcelar y hacer torturar a los caballeros. Los bienes fueron empleados según conveniencia; generalmente los utensilios del culto como cálices, crucifijos e imágenes eran reutilizados tras un examen minucioso para borrar posibles símbolos templarios. Aunque no sería hasta la época barroca cuando se darían los procesos más descarados de ocultación. A veces, en el caso de las imágenes de santos o de vírgenes, sobre todo si eran famosas y de gran veneración, se retiraban del culto por un tiempo. Luego volvían a aparecer, cambiados sus hábitos, su color, sus símbolos e, incluso, sus tradiciones y leyendas. Otras eran relegadas a destinos humildes, poco destacados, como ermitas, humilladeros y hornacinas.

Es constante la tradición popular sobre el despojo sufrido por esta posesión toledana del Temple, a partir de 1312. La iglesia fue convertida en parroquia, las Casas del Temple se transformaron en casas de vecindad y sus mejores objetos sagrados e imágenes se los apropió el clero catedralicio. Y este pillaje continuó durante siglos. Aunque no sin consecuencias.

A principios de los años setenta del pasado siglo, la anciana custodia de la torre catedralicia, doña Sagrario, además de narrarnos la leyenda de «El bautismo de sangre», nos contó la de «La venganza del Temple». Cuando en 1756 se colocó en la catedral su gigantesca «campana gorda», al tocarla se rompieron todos los cristales de Toledo y muchos cacharros de barro y cerámica en cocinas y salones. Ello no fue debido al desmesurado tamaño de la campana sino a que, para completar el bronce de su fundición, se emplearon las campanas de la torre de san Miguel el Alto. Y si la venganza del Temple no causó mayor desastre, es porque en la iglesia de los caballeros dejaron una de las viejas campanas templarias marcada con su «cruz de hábito».

También el viejo guarda del Teatro Rojas, don Luis, nos contó por aquellas fechas, además de la leyenda de «La cruz del arzobispo Tenorio», una conseja sobre «La maldición de la alacena templaria». Según este relato, hacia 1845, unos vecinos quisieron hacer una obra en su parte de la vieja Casa del Temple; apareció entonces una alacena mudéjar de yesería, conocida pronto como «Botica de los Templarios», y los felices descubridores se frotaron las manos ante aquel pequeño «tesoro». Primero la ofrecieron al Museo Arqueológico Nacional y, al no ser aceptada por éste organismo, fue comprada para el Museo South Kensington de Londres (hoy se encuentra en el Museo Victoria y Alberto de la capital británica), por su agente en España, J. F. Riaño, Director General de Archivos y Académico de San Fernando. Dicen que los codiciosos vecinos no pudieron disfrutar su «tesoro», pues acabaron desahuciados. Además, los obreros que realizaron la obra murieron poco después por diversos «accidentes», e incluso el intermediario padeció varios «contratiempos de salud». El saqueo de este templo del Grial no podía quedar sin castigo.

En la actualidad, la Casa de los Templarios ha sido rehabilitada parcialmente y sus propietarios han habilitado algunos salones como restaurante. Lo que aquellas estancias han perdido en misterio y esoterismo lo han ganado nuestros ojos, que pueden volver a contemplar algunos jirones de su esplendor y nuestros estómagos que pueden solazarse con buenos vinos y manjares.

El caso de la iglesia de San Miguel el Alto es distinto. Todavía conserva intacto el aura de inquietante espiritualidad que dejaron en ella los caballeros. Y todavía espera una profunda restauración que saque a la luz los diversos símbolos que rodeaban al «símbolo» maestro del Temple: el Grial, la piedra cósmica, piedra negra de luz, copa de la sangre regeneradora, que solo los espíritus puros podían contemplar y a los que ella concedía el Conocimiento supremo. Muchos enigmas, históricos y esotéricos, apenas rozados por los investigadores, planean inquietantes sobre este fabuloso emplazamiento templario, que se manifiesta como auténtica «Morada Filosofal», cuyos elementos son otras tantas páginas repletas de sugerentes pasajes simbólicos. Algunas de estas páginas han sido arrancadas y otras emborronadas, pero el conjunto todavía puede ser leído, y su texto resulta elocuentemente esotérico e iniciático.

Uno de esos párrafos es bien significativo, pues deja entrever que en la casa toledana de los caballeros hubo una de aquellas enigmáticas comunidades de hermanas templarias. Según la leyenda de «La rama de laurel», en la hospedería del Temple daban a los pobres la «caridad», un cuenco de sopa y un trozo de pan. A cierto mendigo le pareció un día que la sopa estaba demasiado clara y porfió con la hermana templaria que la repartía. Discutieron y el pordiosero, arrancando la rama de un laurel que asomaba por las tapias del huerto, arremetió contra la templaria. Ésta aguantó cuanto pudo hasta que, colmada su paciencia, le arrebató la rama de las manos para devolver los golpes al mendigo. Arrepentida luego de su cólera, en la soledad de su celda se azotó con ella en penitencia durante siete noches. Después ofreció la rama manchada con su sangre a la Virgen Morena de san Miguel y la plantó en el claustro de los caballeros. Allí la regó cada día, tanto con agua como con lágrimas de arrepentimiento hasta que, por milagro divino, echó raíces y creció para convertirse con los años en un frondoso árbol que recordaba a todos que Dios prefiere mansedumbre a ira. ¿No se trata acaso de un nuevo milagro griálico, la sangre derramada que hace brotar la vida en un laurel, símbolo de la inmortalidad y ello por intercesión de la Virgen Negra? Doña Sagrario afirmaba que conocía esta leyenda, como todas, por su bisabuela, que se las contaba de niña. No tenemos confirmación documental, pero lo cierto es que en una guía de Toledo del Patronato Nacional de Turismo, editada en francés en 1932, aparece un mapa en el que, junto a la iglesia de San Miguel figura la «Casa de las Templarias». Y el texto afirma: «junto a san Miguel están las llamadas Casas del Temple o también Casa de las Templarias». ¿Quizá la tradición templaria de Toledo no está todavía perdida, a pesar de lo que quieren hacernos creer?

En la foto se ven algunas de las firmas de los Arquitectos Templarios, hay otras, pero estas no son comunes. 
Si las encuentras en algún edificio, no hay duda del origen.


nnDnn

No hay comentarios:

Publicar un comentario