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sábado, 27 de abril de 2013

El Enigma Sagrado -El Priorato de Sión en Francia-

La Prieuré de Sion en Francia.

Según los documentos Prieuré, entre 1306 y 1480 la orden tuvo nueve encomiendas. Se supone que en 1481 —año en que murió Rene de Anjou— este número se amplió a veintisiete. Según las listas, las más importantes fueron las situadas en Bourges, Gisors, Jarnac, Mont-Saint-Michel, Montréval, París, Le Puy, Solesmes y Stenay. Y, según añaden crípticamente los Dossiers Secrets, había «un arco llamado Beth-Ania —casa de Ana— situado en Rennes-le-Cháteau.1 El significado exacto de este pasaje no está claro, exceptuando que, al parecer, Rennes-le-Cháteau tenía una importancia muy especial. Y sin duda no puede ser una coincidencia que Sauniére, al construir su villa, la bautizara «Villa Bethania».

Según los Dossiers Secrets, la encomienda de Gisors databa de 1306 y estaba situada en la Rué de Vienne. Se supone que desde allí se comunicaba, por medio de un pasadizo subterráneo, con el cementerio de la localidad y con la capilla subterránea de Sainte-Catherine, que estaba debajo de la fortaleza. En el siglo xvi, la citada capilla, o tal vez una cripta adyacente a la misma, pasó a ser, según se dice, el depósito de los archivos de la Prieuré de Sion, los cuales se guardaban en treinta cofres.
A principios de 1944, cuando Gisors fue ocupada por los alemanes, Berlín envió una misión militar especial que debía preparar una serie de excavaciones debajo de la fortaleza. El desembarco aliado en Normandía impidió que se llevasen a cabo dichas excavaciones; pero poco tiempo después, un trabajador francés llamado Roger Lhomoy inició excavaciones por cuenta propia. En 1946 Lhomoy comunicó al alcalde de Gisors que había encontrado una capilla subterránea en la que había diecinueve sarcófagos de piedra y treinta cofres de metal. Lhomoy pidió permiso para seguir excavando y dar a conocer su descubrimiento, pero el permiso se vio retrasado —parece ser que casi deliberadamente— por los trámites burocráticos. Finalmente, en 1962, Lhomoy prosiguió las excavaciones en Gisors. Los trabajos fueron realizados bajo los auspicios de André Malraux, ministro de cultura en aquel tiempo, y no fueron abiertas oficialmente al público. Ciertamente, no se hallaron sarcófagos ni cofres. Que se encontrase la capilla subterránea ha sido discutido tanto en la prensa como en diversos libros y artículos. Lhomoy insistió en que volvió a encontrar la capilla pero que ésta estaba vacía. Sea cual fuere la verdad del asunto, la capilla subterránea de Sainte-Catherine se cita en dos manuscritos antiguos, uno
fechado en 1696 y el otro en 1375.

Basándose en estas citas, la historia de Lohmoy resulta cuando menos verosímil. También es verosímil que la capilla subterránea fuese el depósito de los archivos de la Prieuré de Sion. Y lo es porque durante nuestras investigaciones encontramos pruebas concluyentes de que la Prieuré de Sion continuó existiendo por lo menos durante tres siglos después de las cruzadas y de la disolución de los caballeros templarios. Entre principios del siglo XIV y principios del siglo XVII, por ejemplo, los documentos relativos a Orléans y a Saint-Samson, sede de la orden en dicha ciudad, aluden de modo esporádico a la orden. Así, consta que a principios del siglo XVI miembros de la Prieuré de Sion en Orléans ofendieron al papa y al rey de Francia por haber hecho caso omiso de su regla y negarse a vivir en común». También en las postrimerías del siglo xv los miembros de la orden fueron acusados de varias ofensas: no observar su regla, vivir individualmente en lugar de «en común», ser licenciosos, residir fuera de los muros de Saint-Samson, boicotear los oficios divinos y no reconstruir los muros de la casa, que habían resultado seriamente dañados en 1562. Al parecer, en 1619 las autoridades perdieron la paciencia. En dicho año, según los testimonios escritos, la Prieuré de Sion fue desahuciada de Saint-Samson y la casa pasó a poder de los jesuítas.

A partir de 1619 no pudimos encontrar ninguna alusión a la Prieuré de Sion, al menos bajo este nombre. Pero, a pesar de ello, al menos podíamos probar su existencia hasta el siglo XVII. Y, sin embargo, la prueba misma planteaba cierto número de interrogantes cruciales. En primer lugar, las alusiones que encontramos no arrojaban ninguna luz sobre las actividades, objetivos e intereses de la orden ni sobre su posible influencia. En segundo lugar, estas alusiones parecían atestiguar sólo algo de poca importancia: una hermandad curiosamente elusiva de monjes o devotos religiosos cuyo comportamiento, aunque heterodoxo y quizá clandestino, era de una importancia relativamente menor. Era difícil creer que estos ocupantes en apariencia negligentes de Saint-Samson fueran miembros de la célebre y legendaria Rose- Croix, o que una banda de monjes rebeldes constituyera una institución entre cuyos miembros se suponía que estaban algunos de los nombres más ilustres de la historia y la cultura de Occidente. Según los documentos Prieuré, la Prieuré de Sion era una organización cuyo poder e influencia eran considerables, una organización que había creado los templarios y que manipulaba el curso de los asuntos internacionales. Las alusiones que hallamos no inducían a pensar en nada de tamaña magnitud.
Por supuesto, una explicación posible era que Saint-Samson no era más que una sede aislada, y probablemente menor, de las actividades de la orden. Y, a decir verdad, en la lista de las encomiendas importantes de la misma que aparece en los Dossiers Secrets no se incluye Orléans. Si la orden era realmente una fuerza a la que había que tener en cuenta, Orléans sería sólo un fragmento pequeño de una. 


Los duques de Guisa y Lorena

Durante el siglo XVI la casa de Lorena y su rama menor, la casa de Guisa hicieron un intento concertado y decidido de derribar a la dinastía francesa de los Valois, de exterminar su linaje y reclamar el trono de Francia. En varias ocasiones el intento estuvo en un tris de obtener un éxito deslumbrante. En el curso de unos treinta años todos los gobernantes, herederos y príncipes Valois fueron barridos del mapa y el linaje fue empujado hacia la extinción.
El intento de apoderarse del trono de Francia se extendió a lo largo de tres generaciones de las familias de Guisa y Lorena. Los momentos en los que estuvo más cerca de triunfar fueron los decenios de 1550 y 1560 bajo los auspicios de Charles, cardenal de Lorena, y de su hermano Francois, duque de Guisa. Charles y Franc.ois estaban emparentados con la familia Gonzaga de Mantua y con Charles de Montpensier, conde de Bourbon, que en los Dossiers Secrets aparece como Gran maestre de la orden de Sion hasta 1527. Asimismo, Francois, duque de Guisa, estaba casado con Anne de Este, duquesa de Gisors. En sus maquinaciones para hacerse con el trono parece ser que recibió ayuda y apoyo encubiertos de Ferrante de Gonzaga, supuesto Gran maestre de Sion de 1527 a 1575.

Tanto Francois como su hermano, el cardenal de Lorena, han sido estigmatizados por los historiadores, que los han tachado de católicos rabiosamente fanáticos, intolerantes, brutales y sanguinarios. Pero hay muchas pruebas de que en cierta medida esta reputación era injustificada, al menos en lo que se refiere a la adhesión al catolicismo. Resulta evidente que Francois y su hermano eran un par de oportunistas descarados, aunque astutos, que cortejaban tanto a católicos como a
protestantes en aras de sus propios planes.4 En 1562, por ejemplo, en el concilio de Trento, el cardenal de Lorena lanzó un intento de descentralizar el papado, de conferir autonomía a ios obispos locales y restaurar la jerarquía eclesiástica que había existido en la época de los merovingios.
En 1563 Francois de Guisa ya era virtualmente rey cuando cayó víctima de la bala de un asesino. Su hermano, el cardenal de Lorena, murió doce años más tarde, en 1575. Pero la vendetta contra el linaje real francés no cesó. En 1584 el nuevo duque de Guisa y el nuevo cardenal de Lorena lanzaron un nuevo ataque contra el trono. Su principal aliado en esta empresa era Louis de Gonzaga, duque de Nevers, el cual, según los «documentos Prieuré», había pasado a ser Gran maestre de Sion nueve
años antes. La bandera de los conspiradores era la cruz de Lorena, antiguo emblema de Rene de Anjou.

La vendetta continuó. Al concluir el siglo, los Valois ya se habían extinguido. Pero la casa de Guisa se había desangrado hasta la muerte a causa de las luchas, y no pudo proponer ningún candidato a aquel trono que por fin tenía al alcance de la mano.
Sencillamente no se sabe si hubo alguna sociedad u orden secreta que apoyase a las casas de Guisa y Lorena. Ciertamente, contaron con la ayuda de una red internacional de emisarios, embajadores, asesinos, agentes provocadores y espías que es muy posible que formasen una institución clandestina. Según Gérard de Sede, uno de tales agentes era Nostradamus; y hay otros «documentos Prieuré» que corroboran la afirmación de Gérard de Sede. En todo caso, hay pruebas abundantes de que Nostradamus fue realmente un agente secreto al servicio de Francois de Guisa, y de Charles, cardenal de Lorena.
Si Nostradamus era agente de las casas de Guisa y Lorena, no sólo les proporcionaría información importante sobre las actividades y planes de sus adversarios, sino que, además, en su calidad de astrólogo de la corte francesa, conocería toda suerte de secretos íntimos, así como de peculiaridades y debilidades personales. Valiéndose de este conocimiento, es posible que manipulase psicológicamente a los Valois para hacerles caer en manos de sus enemigos. Y en virtud de esta familiaridad con sus horóscopos, también es posible que aconsejara a los enemigos de los Valois sobre, por ejemplo, el momento que parecía más propicio para el asesinato. En pocas palabras, muchas de las proferías de Nostradamus quizá no tuvieran nada de profecías. Puede que fuesen mensajes crípticos, cifras, planes, horarios, instrucciones, proyectos para emprender alguna acción.
Tanto si era realmente así como si no, es indudable que algunas de las profecías de Nostradamus no eran profecías, sino que se referían muy explícitamente al pasado:
a los caballeros templarios, a la dinastía merovingia, a la historia de la casa de Lorena. Bastantes de ellas se refieren a Razés, el viejo conde de Rennes-le-Cháteau.
Y las numerosas cuartetas que se refieren al advenimiento de le Grand Monarch—el Gran Monarca— indican que este soberano procederá del Languedoc.

Nuestras pesquisas revelaron un fragmento complementario que establecía un vínculo aún más directo entre Nostradamus y nuestra investigación. Según Gérard de
Sede,8 y también según la leyenda popular, Nostradamus, antes de iniciar su carrera de profeta, pasó mucho tiempo en Lorena. Al parecer, se trató de una especie de noviciado o de período de prueba después del cual se supone que fue «iniciado» en algún secreto portentoso. Se dice de modo más específico que le fue mostrado un libro antiguo y arcano en el que basaría toda su obra subsiguiente. Y, a lo que parece, este libro le fue mostrado en un lugar muy significativo: la misteriosa abadía de Orval, donada por la madre adoptiva de Godofredo de Bouillon, donde nuestra investigación sugería que tal vez nació la Prieuré de Sion. En todo caso, durante otros dos siglos Orval siguió estando asociado al nombre de Nostradamus. En tiempos de la revolución francesa y de Napoleón todavía salían de Orval libros de proferías supuestamente escritos por Nostradamus.

La tentativa de apoderarse del trono de Francia.
A mediados del decenio de 1620 el trono de Francia estaba ocupado por Luis XIII. Pero el poder que había detrás del trono era el primer ministro del rey, el cardenal Richelieu, verdadero arquitecto de la política francesa. Todo el mundo está de acuerdo en que Richelieu fue el archiMaquiavelo, el maquinador supremo de su época. Puede que fuera también algo más.
Mientras Richelieu daba a Francia una estabilidad sin precedentes, el resto de Europa —y especialmente Alemania— se debatía entre las llamas de la guerra de los Treinta Años. En sus orígenes esta guerra no fue esencialmente religiosa. A pesar de ello, pronto se polarizó en términos religiosos. En un bando estaban las fuerzas acérrimamente católicas de España y Austria. En el otro, los ejércitos protestantes de Suecia y de los pequeños principados alemanes, incluyendo el Palati-nado del Rhin, cuyos gobernantes, el Elector Federico y su esposa Elizabeth Estuardo, se encontraban exiliados en La Haya. Federico y sus aliados contaban con el apoyo de los pensadores y escritores rosa-cruces tanto en el continente como en Inglaterra.
En 1633 el cardenal Richelieu emprendió una política audaz y en apariencia increíble. Metió a Francia en la guerra de los Treinta Años, pero no en el bando que cabría esperar. Para Richelieu cierto número de consideraciones tenían precedencia sobre sus obligaciones religiosas como cardenal. Quería establecer la supremacía francesa en Europa. Pretendía neutralizar la amenaza perpetua y tradicional que para la seguridad de Francia representaban Austria y España. Y quería destruir la hegemonía española que duraba desde hacía ya más de un siglo, especialmente en los Países Bajos y partes de la Lorena moderna, es decir en el corazón del antiguo reino merovingio. A causa de estos factores, Europa vio con sorpresa la acción inusitada de un cardenal católico, presidente de un país católico, despachando tropas católicas a luchar en el bando protestante... contra otros católicos. Ningún historiador ha sugerido jamás que Richelieu fuera rosacruz. Pero habría sido imposible hacer algo más en consonancia con las actitudes de los rosacruceso algo que le hubiera granjeado más los favores de la Rosacruz.

Mientras tanto la casa de Lorena había empezado otra vez a aspirar al trono francés, aunque de manera oblicua. Esta vez el pretendiente al trono era Gastón de Orléans, hermano menor de Luis XIII. Gastón no pertenecía a la casa de Lorena. En 1632, sin embargo, había contraído matrimonio con la hermana del duque de Lorena. Por consiguiente, su heredero llevaría sangre de Lorena por parte materna; y si Gastón subía al trono, Lorena presidiría Francia en el plazo de otra generación. Esta perspectiva bastó para movilizar apoyo. Entre los que defendieron el derecho de Gastón a la sucesión encontramos a un individuo al que ya habíamos encontrado antes: Charles, duque de Guisa. Charles había tenido por preceptor al joven Robert Fludd. Y se había casado con Henriette-Catherine de Joyeuse, propietaria de Couiza y de Arques, donde está situada la tumba que es idéntica a la que aparece en el cuadro de Poussin.
Fracasaron los intentos de deponer a Luis y sentar en el trono a Gastón, pero, al parecer, el tiempo estaba del lado de este último; o al menos del lado de sus herederos, pues Luis XIII y su esposa, Ana de Austria, seguían sin tener hijos. Ya circulaban rumores en el sentido de que el rey era homosexual o de que estaba sexualmente incapacitado; y, de hecho, según ciertos informes que se dieron a conocer después de su autopsia, era incapaz de engendrar hijos. Pero en 1638, tras veintitrés años de matrimonio estéril, de pronto Ana de Austria concibió un hijo. Pocas personas de aquel tiempo creyeron en la legitimidad de aquel hijo y sigue habiendo muchas dudas al respecto. Según autores de la época y posteriores, el verdadero padre del niño era el cardenal Richelieu o quizá un «semental» contratado por él, muy posiblemente su protegido y sucesor, el cardenal Mazarino. Incluso se ha afirmado que después de la muerte de Luis XIII, Mazarino y Ana de Austria se casaron en secreto.

En todo caso, el nacimiento de un heredero de Luis XIII fue un duro golpe para las esperanzas de Gastón de Orléans y la casa de Lorena. Y cuando murieron Luis y Richelieu, ambos en 1642, se hizo el primero de una serie de intentos concertados de derrocar a Mazarino e impedir que el joven Luis XIV subiera al trono. Estos intentos, que empezaron en forma de levantamientos populares, culminaron en una guerra civil que duró, de modo intermitente, diez años. Los historiadores llaman a esta guerra «la Fronde». Además de Gastón de Orléans, entre sus principales instigadores había cierto número de nombres, familias y títulos que ya nos resultan familiares. Estaba Frédéric-Maurice de la Tour de Auvergne, duque de Bouillon. Estaba el vizconde de Turenne. Estaba el duque de Longueville, nieto de Louis de Gonzaga, duque de Nevers y supuesto Gran maestre de la orden de Sion medio siglo antes. El cuartel general y capital de los frondeurs era la antigua población de Stenay, en las Ardenas, lo cual resulta bastante significativo.
La Compagnie du Saint-Sacrement.

Según los documentos Prieuré, durante mediados del siglo xvn la Prieuré de Sion se dedicó a deponer a Mazarino. Está muy claro que no lo consiguió. La Fronda fue un fracaso, Luis XIV subió al trono de Francia y Mazarino, aunque fue depuesto brevemente, volvió a recuperar su cargo en seguida y presidiría el país, en calidad de primer ministro, hasta su muerte en 1660. Pero si la Prieuré de Sion se dedicó realmente a oponerse a Mazarino, por fin teníamos algún indicio sobre ello, un medio de localizar e identificar a la orden. Dadas las familias que participaron en la Fronda —familias cuyas genealogías figuraban también en los documentos Prieuré—, parecía razonable asociar a la orden con los instigadores de aquellos conflictos.
Los documentos Prieuré decían que la Prieuré de Sion se opuso activamente a Mazarino. También decían que ciertas familias y títulos —Lorena, por ejemplo, Gonzaga, Nevers, Guisa, Longueville y Bouillon— no sólo habían estado íntimamente relacionados con la orden, sino que, además, proporcionaron a la misma algunos de sus grandes maestres. Y la historia confirmaba que eran estos nombres y títulos los que encabezaban la oposición al cardenal. Por consiguiente, nos pareció que habíamos localizado la Prieuré de Sion e identificado por lo menos a algunos de sus miembros. Si estábamos en lo cierto, la Prieuré de Sion —al menos durante el período en cuestión— era sencillamente otro nombre de un movimiento y una conspiración reconocidos por los historiadores desde haría ya tiempo.
Pero los frondeurs no eran el único enclave de oposición a Mazarino. Había también otros que coincidían en algunos puntos y funcionaron, no sólo durante la Fronda, sino también mucho tiempo después. Los propios «documentos Prieuré» se refieren de modo repetido e insistente a la Compagnie du Saint-Sacrement. Dan a entender, de forma muy clara, que la Compagnie era en realidad la orden de Sion, o una fachada detrás de la cual ésta se escondía, actuando bajo otro nombre. Y ciertamente la Compagnie —por su estructura, su organización, sus actividades y sus modos de actuación— concordaba con la idea que habíamos comenzado a formarnos de la Prieuré de Sion.
La Compagnie du Saint-Sacrement era una sociedad secreta muy bien organizada y eficiente. En modo alguno se trata de una ficción. Por el contrario, su existencia ha sido reconocida por sus contemporáneos, así como por los historiadores posteriores. Ha sido documentada de manera exhaustiva y se le han dedicado numerosos libros y artículos. Su nombre es bastante conocido en Francia y continúa gozando de cierta mística de moda. Incluso han salido a la luz algunos de sus propios papeles.
Se dice que la Compagnie fue fundada entre 1627 y 1629 por un noble asociado con Gastón de Orléans. Los individuos que guiaban y daban forma a su política, sin embargo, permanecieron en un anonimato escrupulosamente guardado y permanecen aún en él. Los únicos nombres relacionados de modo definitivo con ella son de miembros intermedios o de baja categoría de su jerarquía: los hombres de paja, por así decirlo, que actuaban de conformidad con las instrucciones de los de arriba. Uno de tales hombres era el hermano de la duquesa de Longueville. Otro era Charles Fouquet, hermano del superintendente de hacienda de Luis XIV. Y estaba también el tío del filósofo Fénelon que medio siglo después ejercería una influencia profunda en la francmasonería a través del Chevalier Ramsay. Entre las personas más prominentemente relacionadas con la Compagnie estaban la misteriosa figura a la que ahora se conoce por san Vicente de Paúl, Nicolás Pavillon, obispo de Alet, la ciudad que distaba unos cuarenta kilómetros de Rennes-le-Cháteau, y Jean-Jacques Olier, fundador del seminario de Saint Sulpice. A decir verdad, actualmente se
reconoce de forma general que Saint Sulpice era el centro de operaciones de la Compagnie.

En su organización y en sus actividades la Compagnie se hacía eco de la orden del Temple y prefiguraba la posterior francmasonería. Trabajando desde Saint Sulpice, estableció una red intrincada de sucursales y capítulos provinciales, cuyos miembros ignoraban la identidad de sus superiores. A menudo eran manipulados en aras de objetivos que ellos mismos no compartían. Incluso tenían prohibido establecer contacto unos con otros excepto a través de París, con lo cual la Compagnie tenía asegurado un control fuertemente centralizado. E incluso en París los arquitectos de la sociedad no eran conocidos por quienes les servían obedientemente. En pocas palabras, la Compagnie era una organización con cabeza de hidra y corazón invisible. Todavía hoy se ignora quién constituía su corazón. Tampoco se sabe qué constituía dicho corazón. Pero sí se sabe que el corazón latía de acuerdo con algún secreto importante. Las crónicas contemporáneas aluden explícitamente al «Secreto que es el corazón de la Compagnie». Según uno de los estatutos de la sociedad, que fue descubierto mucho después, «El cauce primario que da forma al espíritu de la
Compagnie, y que es esencial para él, es el Secreto».
En lo que se refería a los novicios no iniciados, la Compagnie se dedicaba ostensiblemente a obras de caridad, sobre todo en las regiones devastadas por las guerras de religión y más adelante por la Fronda: en Picardía, por ejemplo, la Champagne y Lorena. Sin embargo, actualmente se cree que estas obras de caridad no eran más que una fachada conveniente e ingeniosa que poco tenía que ver con la razón de ser de la Compagnie. Esta razón de ser era dobie: dedicarse a lo que llamaban espionaje piadoso, es decir, reunir información confidencial, y, en segundo lugar, infiltrarse en los cargos más importantes del país, incluyendo círculos que estaban en contacto directo con el trono.

A lo que parece, la Compagnie obtuvo un éxito señalado en ambos objetivos. Como miembro del real «Consejo de Conciencia», por ejemplo, Vicente de Paúl se convirtió en confesor de Luis XIII. También fue consejero íntimo de Luis XIV, hasta que, debido a su oposición a Mazarino, tuvo que renunciar a su cargo. Y la reina madre, Ana de Austria, era en muchos aspectos un peón infortunado de la Compagnie, que —al menos durante un tiempo— logró ponerla en contra de Mazarino. Pero la Compagnie no se limitaba exclusivamente al trono. A mediados del siglo XVII tenía poder a través de la aristocracia, el parlamento, la judicatura y la policía. Tanto era así que en varias ocasiones estas corporaciones se atrevieron a desafiar al rey.
En nuestras investigaciones no encontramos ningún historiador, de entonces o más reciente, que explicase de forma adecuada la Compagnie du Saint-Sacrement. La mayoría de los autores la pintan como una organización archicatólica militante, un bastión de ortodoxia rígidamente arraigada y fanática. Los mismos autores afirman que se dedicaba a suprimir herejes. Pero, ¿por qué, en un país devotamente católico, era necesario que una organización como esa funcionara dentro de un secreto tan estricto? ¿Y qué significaba la palabra hereje en aquel tiempo? ¿Protestante? ¿Jansenista? De hecho, había numerosos protestantes y jansenistas en las filas de la Compagnie.
Si la Compagnie era piadosamente católica, teóricamente debería haber apoyado al cardenal Mazarino, quien, después de todo, encarnaba los intereses católicos en aquel tiempo. Pese a ello, la Compagnie se opuso rotundamente a Mazarino, hasta tal punto que el cardenal, perdiendo los estribos, juró que utilizaría todos sus recursos para destruirla. Lo que es más, la Compagnie despertó también la hostilidad de otros círculos. Los jesuítas, por ejemplo, llevaron a cabo campañas asiduas contra ella. Otras autoridades católicas la acusaron de herejía, que era precisamente lo que la Compagnie afirmaba combatir. En 1651 el obispo de Toulouse acusó a la Compagnie de prácticas impías e insinuó que había algo sumamente irregular en sus ceremonias de iniciación," lo cual representa un eco curioso de las acusaciones que se lanzaron contra los templarios. Incluso amenazó con excomulgar a los miembros de la Compagnie. La mayoría de ellos desafiaron descaradamente la amenaza, lo cual es una respuesta muy singular viniendo, como viene, de católicos supuestamente piadosos.

La Compagnie había sido formada cuando el furor ocasionado por la «Rosacruz» estaba aún en su cénit. La gente creía que la cofradía invisible estaba en todas partes, que era omnipresente, y esto no sólo engendraba pánico y paranoia, sino también las inevitables cazas de brujas. Y, pese a ello, jamás encontraron trazas de ningún rosacruz con carnet: en ninguna parte, y menos aún en la católica Francia. En lo que se refería a dicho país, los rosacruces siguieron siendo fruto de la imaginación alarmista del pueblo. ¿O no fue así? Si existían verdaderamente intereses rosacruces decididos a establecer una cabeza de puente en Francia, ¿qué mejor fachada podía haber que una organización dedicada a la caza de rosacruces? En resumen, puede que los rosacruces consiguieran sus objetivos y se ganasen seguidores en Francia haciéndose pasar por su propio archienemigo.

La Compagnie desafió con éxito tanto a Mazarino como a Luis XIV. En 1660, menos de un año antes de la muerte de Mazarino, el rey se pronunció oficialmente en contra de la Compagnie y ordenó su disolución. Durante los cinco años siguientes la Compagnie hizo caso omiso del edicto real. Finalmente, en 1665, sacó la conclusión de que no podía seguir actuando en su forma presente. En vista de ello, todos los documentos relativos a la sociedad fueron escondidos en algún depósito secreto de París. Este depósito no ha podido ser localizado jamás, aunque por lo general se cree que era Saint Sulpice.12 En tal caso, los archivos de la Compagnie estarían a disposición de hombres como el abate Emile Hoffet al cabo de más de dos siglos.
Pero, si bien la Compagnie dejó de existir en lo que a la sazón era su forma presente, no por ello dejó de actuar, por lo menos hasta los inicios del siglo siguiente, constituyendo todavía una espina clavada en el costado de Luis XIV. Según tradiciones no confirmadas, sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX.

Tanto si esta última afirmación es cierta como si no, no hay ninguna duda de que la Compagnie sobrevivió a su supuesto fallecimiento en 1665. En 1667 Moliere, partidario leal de Luis XIV, atacó a la Compagnie mediante ciertas alusiones veladas pero inequívocas en Le Tar-tuffe. A pesar de su aparente extinción, la Compagnie contestó haciendo suprimir la obra y manteniéndola suprimida durante dos años, pese al apoyo que el rey dispensaba a Moliere. Y, al parecer, la Compagnie también empleó sus propios portavoces literarios. Se rumorea, por ejemplo, que entre eilos estaba La Rochefoucauld, quien ciertamente tomó parte activa en la Fronda. Según Gérard de Sede, La Fontaine también era miembro de la Compagnie y sus fábulas encantadoras, aparentemente inocuas, eran en realidad ataques alegóricos contra el trono. Esto no es inconcebible. Luis XIV mostraba una gran antipatía hacia La Fontaine y se opuso activamente a su entrada en la Académie Francaise. Y entre los patrocinadores y protectores de La Fontaine estaban el duque de Guisa, el duque de Bouillon, el vizconde de Turenne y la viuda de Gastón de Orléans.
Así pues, en la Compagnie du Saint-Sacrement encontramos una verdadera sociedad secreta gran parte de cuya historia constaba en testimonios escritos. Era ostensiblemente católica, pero, a pesar de ello, tuvo que ver con actividades decididamente anticatólicas. Estaba íntimamente asociada con ciertas familias importantes de la aristocracia, familias que habían participado de forma activa en la Fronda y cuyas genealogías figuraban en los documentos Prieuré. Estaba estrechamente relacionada con Saint Sulpice. Actuaba principalmente por medio de la infiltración y llegó a ejercer una influencia enorme. Y se opuso activamente a ella el cardenal Mazarino. En todos estos aspectos se ajustaba de modo casi perfecto a la imagen de la Prieuré de Sion tal como ésta era presentada en los documentos Prieuré. Si la orden de Sion actuó en verdad durante el siglo xvn, podíamos suponer razonablemente que había sido sinónima de la Compagnie. O quizá del poder que había detrás de la Compagnie.


Cháteau Barberie

Según los documentos Prieuré, la oposición de la Prieuré de Sion a Mazarino provocó una respuesta encarnizada por parte del cardenal. Entre las principales víctimas de esta respuesta, según se dice, estuvo la familia Plantard, descendientes por línea directa de Dagoberto II y la dinastía merovingia. Afirman los «documentos Prieuré» que en 1548 Jean des Plantard había contraído nupcias con Mane de Saint-Clair, forjando con ello otro eslabón entre su familia y la de Saint-Clair Gisors. También se supone que en aquel tiempo la familia Plantard se encontraba instalada en cierto Cháteau Barberie, cerca de Nevers, en la región francesa de Nivernais. Se supone que dicho castillo constituyó ia residencia oficial de los Plantard durante el siglo siguiente. Luego, el 11 de julio de 1659, según los «documentos Prieuré»,
Mazarino ordenó la total destrucción del castillo. Se dice que durante la conflagración que ello provocó la familia Plantard perdió todas sus posesiones.
No encontramos la confirmación de estas afirmaciones en ningún libro de historia y tampoco en ninguna biografía de Mazarino. Tampoco dimos con ninguna alusión a la familia Plantard en Nivernais ni, al principio, a un Cháteau Barberie. Y, pese a ello, Mazarino, por alguna razón no especificada, codiciaba Nivemais y el ducado de Ne-vers. Con el tiempo logró comprarlos y el contrato aparece firmado el 11 de julio de 1659, el mismo día en que, según se dice, fue destruido el Cháteau Barberie. Esto nos impulsó a seguir investigando el asunto. A la larga exhumamos cierto número de pruebas dispares. No bastaban para explicar las cosas, pero sí atestiguaban
la veracidad de los documentos Prieuré. En una recopilación, fechada en 1506, de fincas y propiedades en Nivernais se menciona una Barberie. Un documento de 1575 mencionaba una aldea de Nivernais qile llevaba el nombre de Les Plantards.
Lo más convincente de todo fue que, de hecho, la existencia del Cháteau Barberie había sido confirmada de modo definitivo. Durante 1874-1875 miembros de la Sociedad de Letras, Ciencias y Artes de Nevers realizaron excavaciones en el emplazamiento de ciertas ruinas. Fue una empresa difícil, pues las ruinas apenas eran reconocibles como tales, las piedras habían sido vitrificadas por el fuegc y el lugar estaba lleno de árboles. Sin embargo, finalmente pudieron localizar los restos de los muros de una ciudad y de un castillo. Actualmente se reconoce que el lugar en cuestión fue Barberie. Al parecer, antes de su destrucción consistía en una pequeña ciudad fortificada y un castillo.16 Y se encuentra a poca distancia de la antigua aldea de Les Plantards.

Ahora ya podíamos decir que Cháteau Barberie existió indiscutiblemente y que fue destruido por el fuego. Y, dada la existencia de la aldea de Les Plantards, no había motivos para dudar de que fuera propiedad de una familia que ostentaba dicho nombre. Lo curioso era el hecho de que no hubiese ningún testimonio de la fecha y el autor de la destrucción del castillo. Si el responsable fue Mazarino, diríase que hizo lo imposible por borrar todo vestigio de su actuación. A decir verdad, daba la impresión de que se hubiera intentado, de forma metódica y sistemática, borrar el Cháteau Barberie del mapa y de la historia. ¿Por qué embarcarse en semejante tarea a menos que hubiera algo que esconder?

Nicolás Fouquet

Mazarino tenía otros enemigos aparte de los frondeurs y de la Compagnie du Saint-Sacrement. Uno de los más poderosos era Nicolás Fouquet, quien en 1653 se había convertido en el hombre más rico y más poderoso del reino. A veces le llamaban «el verdadero rey de Francia». Y no carecía de aspiraciones políticas. Corrían rumores de que se proponía transformar Bretaña en un ducado independiente presidido por él mismo.
La madre de Fouquet era miembro destacado de la Compagnie du Saint-Sacrement. También lo era su hermano Charles, arzobispo de Narbona, en el Languedoc. Su hermano menor, Louis, también era eclesiástico. En 1656 Nicolás Fouquet envió a Louis a Roma por motivos que nunca han sido explicados, aunque ello no significa forzosamente que fueran misteriosos. Desde Roma Louis escribió la carta enigmática que se cita en el capítulo 1, la carta que habla de un encuentro con Poussin y de un secreto «que hasta a los reyes les costaría mucho sacarle. Y, a decir verdad, si Louis se mostró indiscreto en la correspondencia, Poussin no lo fue en absoluto. Su sello personal llevaba el lema Tenet Confidentiam.
En 1661 Luis XIV ordenó la detención de Nicolás Fouquet. Las acusaciones eran extremadamente generales y nebulosas. Había vagas acusaciones de malversación de fondos y otras, aún más vagas, de sedición. Basándose en tales acusaciones, todos los bienes y posesiones de Fouquet fueron secuestrados por orden del rey. Pero éste prohibió a sus funcionarios que tocasen los papeles y la correspondencia del superintendente e insistió en ser él mismo quien los examinara en privado.

El proceso de Fouquet duró cuatro años y fue la sensación de la Francia de la época, escindiendo y polarizando violentamente a la opinión pública. Louis Fouquet — que se había entrevistado con Poussin y escrito la carta desde Roma— ya había muerto. Pero la madre del superintendente y el hermano que aún vivía movilizaron a la Compagnie du Saint-Sacrement, entre cuyos miembros se contaba también uno de los jueces que presidieron el juicio. La Compagnie prestó todo su apoyo al superintendente y trabajó activamente a través de los tribunales y de la opinión popular. Luis XIV —que no solía ser sanguinario— exigió que la condena fuese a muerte. El tribunal, negándose a ser intimidado por el mo arca, dictó sentencia de destierro perpetuo. Exigiendo todavía la pena de muerte, el rey, enfurecido, sustituyó a los recalcitrantes jueces por otros más obedientes; pero, al parecer, la Compagnie siguió desafiándole. A la larga, en 1665, Fouquet fue condenado a cadena perpetua. Por orden del rey se le mantuvo en riguroso aislamiento. Fue privado de todo lo que sirviera para escribir y de todo lo que le permitiera comunicarse con alguien. Y, según se dice, los soldados que conversaban con él eran encerrados en prisiones flotantes o, en algunos casos, colgados.17
En 1665, el año en que Fouquet fue encarcelado, Poussin murió en Roma. Durante los años siguientes Luis XIV persistió en sus esfuerzos, a través de sus agentes, por conseguir un soto cuadro: Les bergers d'Arcadie. En 1685 consiguió por fin su propósito. Pero el cuadro no fue exhibido, ni siquiera en la residencia del monarca. Por el contrario, quedó secuestrado en los aposentos privados de Luis XIV, donde nadie podía verlo sin contar con el permiso personal del rey.

La historia de Fouquet tiene una nota a pie de página, por así decirlo. Su desgracia, fuera cuales fuesen sus causas y su magnitud, no recayó sobre sus hijos. A mediados del siglo siguiente el nieto de Fouquet, el marqués de Belle-Isle, era ya, de hecho, el hombre más importante de Francia. En 1718 el marqués de Belle-Isle cedió la propia Belle-Isle —que era una isla fortificada ante la costa bretona— a la corona. A cambio obtuvo ciertos territorios interesantes. Uno de ellos era Longueville, cuyos anteriores duques y duquesas habían aparecido repetidas veces en nuestra investigación. Y otro era Gisors. En 1718 el marqués de Belle-Isle se convirtió en conde de Gisors. En 1742 pasó a ser duque de Gisors. Y en 1748 Gisors fue elevado a la categoría de ducado principal.
Nicolás Poussin
El propio Poussin nació en 1594, en una ciudad pequeña llamada Les Andelys, la cual, según pudimos descubrir, distaba unos pocos kilómetros de Gisors. De joven se marchó de Francia y se instaló en Roma, donde pasó toda su vida, volviendo una sola vez a su país natal. A principios del decenio de 1640 regresó a Francia a petición del cardenal Richelieu, que le había invitado a realizar un encargo específico.
Aunque no participó activamente en política y pocos historiadores se han ocupado de sus inquietudes políticas, Poussin, de hecho, estuvo muy relacionado con la Fronda. No abandonó su refugio de Roma. Pero su correspondencia de aquel período nos lo muestra como un hombre profundamente comprometido con el movimiento contrario a Mazarino y que mantiene relaciones sorprendentemente familiares con cierto número de frondeurs influyentes, tanto es así, de hecho, que, al
hablar de ellos, utiliza repetidamente la palabra «nosotros», con lo que se involucra claramente.
Ya habíamos observado que los motivos del río subterráneo Alfeo, de la Arcadia y los pastores arcádicos se remontaban a Rene de Anjou. Ahora nos pusimos a buscar un antecedente de la frase específica que aparece en el cuadro de Poussin: Et in Arcadia Ego. Aparecía en un cuadro anterior de Poussin, en el cual la tumba está coronada por una calavera y no constituye un edificio por derecho propio, sino que está empotrada en la ladera de un acantilado. En primer término una barbuda deidad acuática reposa en actitud melancólica y taciturna: el dios fluvial Alfeo, señor de la corriente subterránea. La obra data de 1630 o 1635, es decir, de cinco o diez años antes que la versión más conocida de Les bergers d'Arcadie.
La frase Et in Arcadia Ego hizo su debut público entre 1618 y 1623, en un cuadro de Giovanni Francesco Guercino, un cuadro que constituye la verdadera base de la obra de Poussin. En el cuadro de Guercino dos pastores, al entrar en un claro del bosque, acaban de encontrar un sepulcro de piedra. En él se ve la ya famosa inscripción y encima de él reposa una calavera grande. Sea cual fuere el significado simbólico de esta obra, el propio Guercino planteaba cierto número de interrogantes. No sólo estaba muy versado en la tradición esotérica. AI parecer, también lo estaba en las tradiciones de las sociedades secretas y algunos de sus otros cuadros se ocupan de temas de carácter específicamente masónico: sus buenos veinte años antes de que las logias empezaran a proliferar en Inglaterra y Escocia. Un cuadro titulado La ascensión del Maestro se refiere explícitamente a la leyenda masónica de Hiram Abiff, arquitecto y constructor del templo de Salomón. Fue
ejecutado casi un siglo antes de la fecha en que, por regla general, se cree que la leyenda de Hiram pasó a formar parte de las leyendas masónicas.

Los «documentos Prieuré» dicen que Et in Arcadia Ego fue la divisa oficial de la familia Plantard desde por lo menos el siglo XII, que fue cuando Jean de Plantard se
casó con Idoine de Gisors. Según una fuente citada en los «documentos Prieuré», en 1210 ya alude a la divisa un tal Robert, abad de Mont-Saint-Michel.20 No pudimos obtener acceso a los archivos de Mont-Saint-Michel y, por tanto, no nos fue posible verificar esta afirmación. Sin embargo, nuestra investigación nos convenció de que la fecha de 1210 era errónea y podía demostrarse que lo era. De hecho, en 1210 no había en Mont-Saint-Michel ningún abad que se llamase Robert. En cambio, un tal Robert de Torigny fue realmente abad de Mont-Saint-Michel entre 1154 y 1186. Y se sabe que Robert de Torigny fue un historiador prolífico y
asiduo, entre cuyos pasatiempos estaba coleccionar lemas, divisas, blasones y escudos de armas de familias nobles de toda la cristiandad.
Fuera cual fuese el origen de la frase, parece ser que tanto para Guercino como para Poussin las palabras Et in Arcadia Ego eran algo más que un verso de poesía elegiaca. Salta a la vista que tenía algún significado secreto e importante que ciertas personas sabían reconocer o identificar: era el equivalente, en pocas palabras, de un signo o contraseña de los masones. Y es precisamente en tales términos que una afirmación que aparece en los «documentos Prieuré» define el carácter del arte simbólico o alegórico:
Las obras alegóricas tienen esta ventaja, que una sola palabra basta para iluminar conexiones que la multitud no alcanza a percibir. Tales obras están a disposición de todo el mundo, pero su significado va dirigido a una élite. Por encima y más allá de las masas, quien envía y quien recibe se comprenden el uno al otro. El éxito
inexplicable de ciertas obras se deriva de esta cualidad alegórica, la cual no constituye una simple moda, sino una forma de comunicación esotérica.
En su contexto esta afirmación se refería a Poussin. No obstante, tal como ha demostrado Francés Yates, podría aplicarse igualmente a las obras de Leonardo, Botticelli y otros artistas del Renacimiento. También cabría aplicarla a figuras posteriores: Nodier, Hugo, De-bussy, Cocteau y sus círculos respectivos.

Rosslyn Chapel y Shugborough Hall.

Durante nuestra investigación anterior habíamos encontrado varios vínculos importantes entre los supuestos grandes maestres de la Prieuré de Sion en los siglos XVI y XVII y la francmasonería europea. En el curso de nuestro estudio de la francmasonería descubrimos otros vínculos también. Estos vínculos no tenían relación alguna con los supuestos grandes maestres como tales, pero sí la tenían con otros aspectos de nuestra investigación.
Así, por ejemplo, encontramos alusiones repetidas a la familia Sinclair, rama escocesa de la familia normanda Saint-Clair Gisors. Su dominio en Rosslyn distaba sólo unos kilómetros del antiguo cuartel general de los caballeros templarios en Escocia, y la capilla de Rosslyn, construida entre 1446 y 1486, ha sido asociada desde hace tiempo tanto con la francmasonería como con la Rose-Croix. En una carta que se cree que data de 1601, además, se reconoce a los Sinclair como «grandes maestres
hereditarios de la masonería escocesa».23 Este es el más antiguo de los documentos específicamente masónicos que se conocen. Sin embargo, según fuentes masónicas, el cargo hereditario de Gran maestre les fue conferido a los Sinclair por Jacobo II, que reinó entre 1437 y 1460: la época de Rene de Anjou.
Otra pieza bastante más misteriosa de nuestro rompecabezas también apareció en Inglaterra: esta vez en Staffordshire, condado que había sido semillero de actividades masónicas a principios y mediados del siglo xvn. Cuando Charles Radclyffe, supuesto Gran maestre de Sion, se fugó de la prisión de Newgate en 1714, fue ayudado por su primo, el conde de Lichfield. Al cabo de unos años el linaje del conde de Lichfield se extinguió y su título desapareció. Fue adquirido a principios del siglo xix por descendientes de la familia Anson, que son los actuales condes de Lichfield.

La sede de los actuales condes de Lichtfield es Shugborough Hall, en Staffordshire. Shugborough, que antes era la residencia de un obispo, fue comprada por la familia Anson en 1697. Durante el siglo siguiente fue la residencia del hermano de George Anson, el famoso almirante que circunnavegó el globo. Cuando George Anson murió en 1762 en el parlamento se leyó en voz alta un poema alegórico. Una de las estrofas de dicho poema dice:
Sobre ese mármol historiado posa tus ojos.
La escena exige un suspiro moralizante.
Incluso en las benditas llanuras elíseas de la Arcadia,
en medio de las ninfas risueñas y los zagales juguetones,
ve cómo baja la alegría festiva, con gracia que se derrite,
y la lástima visita el rostro que a medias sonríe;
donde ahora la danza, el laúd, la fiesta nupcial,
la pasión latiendo en el pecho del enamorado,
el emblema de la vida aquí, en la juventud y la vernal floración, ¡mas el dedo de la razón señalando la tumba!1*
Esta estrofa parece una alusión explícita al cuadro de Poussin y a la inscripción Et in Arcadia Ego... hasta lo del edo señalando la tumba. Y en los terrenos de Shugborough hay un imponente bajorrelieve de mármol, ejecutado por orden de la familia Anson entre 1761 y 1767. Este bajorrelieve comprende una reproducción —a la inversa, como en un espejo— de Les bergers d'Arcadie de Poussin: e inmediatamente debajo de él hay una inscripción enigmática que nadie ha sabido descifrar de manera satisfactoria:
O.U.O.S.V.A.V.V.

La carta secreta del papa.

En 1738 el papa Clemente XII promulgó una bula pontificia condenando y excomulgando a todos los francmasones, a los que declaró «enemigos de la Iglesia romana». Nunca ha estado muy claro por qué fueron considerados de este modo, sobre todo si se tiene en cuenta que muchos de ellos, al igual que los jacobitas de la época, eran ostensiblemente católicos. Quizás el papa era consciente de la relación que nosotros habíamos descubierto entre la francmasonería de los primeros tiempos y los «rosacruces» antirromanos del siglo xvn. En todo caso, puede que sobre la cuestión arroje algo de luz una carta que fue publicada por primera vez en 1962. Esta carta la había escrito el papa Clemente XII e iba dirigida a un corresponsal desconocido. En su texto el papa declara que el pensamiento masónico reposa en una herejía que nosotros habíamos encontrado repetidas veces: la negación de la divinidad de Jesús. Y, además, afirma que los espíritus guías, las «mentes
directoras» que hay detrás de la francmasonería son las mismas que las que provocaron la reforma luterana.25 Es muy posible que el papa fuera paranoico; pero es importante señalar que no está hablando de nebulosas corrientes del pensamiento ni de tradiciones vagas. Por el contrario, está hablando de un grupo de individuos muy organizado —secta, orden, sociedad secreta— que a lo largo de los siglos se ha dedicado a subvertir el edificio del cristianismo católico.

La Roca de Sion

En las postrimerías del siglo xvm, cuando proliferaban numerosos sistemas masónicos distintos, hizo su aparición el llamado Rito Oriental de Menfis.26 En este rito el nombre de Ormus aparecía —que nosotros supiéramos— por primera vez. Se trataba del nombre que supuestamente había adoptado la Prieuré de Sion entre 1188 y
1307. Según el Rito Oriental de Menfis, Ormus era un sabio egipcio que, alrededor del año 46 de la era cristiana, amalgamó misterios paganos y cristianos y, al hacerlo, creó la Rose-Croix.
En otros ritos masónicos del siglo xvm se repiten las alusiones a la oca de Sion, la misma Roca de Sion que, tal como citan los «documentos Prieuré», hizo que la tradición real instaurada por Godo-fredo de Bouillon y Balduino de Bouillon fuera igual a la de cualquier otra dinastía reinante en Europa. Antes habíamos supuesto que la Roca de Sion era sencillamente el Monte Sion, la colina alta situada al sur de Jerusalén sobre la cual Godofredo construyó una abadía destinada a albergar a la orden que se convertiría en la Prieuré de Sion. Pero las fuentes masónicas atribuyen un significado complementario a la Roca de Sion. Dado su interés por el Templo de Jerusalén, no es extraño que remitan al lector a pasajes específicos de la Biblia. Y en estos pasajes la Roca de Sion a veces es algo más que una colina alta. Es una piedra determinada que fue pasada por alto u olvidada de modo injustificable durante la construcción del Templo y que posteriormente debe recuperarse e incorporarse como piedra angular de la estructura. Según el Salmo 118, por ejemplo:
La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo.
En Mateo 21, 42, Jesús alude de manera específica a este salmo:
¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo?
En Romanos 9, 33, hay otra alusión, bastante más ambigua:
He aquí que pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; Y el que creyere en él, no será avergonzado.
En Hechos 4, 10, la Roca de Sion bien podría interpretarse como una metáfora que se refiere al propio Jesús: que en el nombre de Jesucristo de Nazaret... este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los ediñcadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
En Efesios 2, 20 la equiparación de Jesús con la Roca de Sion se hace más aparente:
edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.
Y en la 1.a de San Pedro 2, 3-8 esta equiparación se hace todavía más explícita:
si es que habéis gustado la benignidad del Señor. Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio sano, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados.

En la frase siguiente el texto procede a recalcar temas cuyo significado no advertimos hasta más tarde. Habla de un linaje escogido de reyes que son a la vez líderes espirituales y seculares, un linaje de reyes sacerdotes:
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios...
¿Cómo debíamos interpretar estos pasajes desconcertantes? ¿Cómo debíamos interpretar la Roca de Sion, la piedra angular del Templo, que parecía figurar de forma tan destacada entre los «secretos íntimos» de la francmasonería? ¿Cómo debíamos interpretar la identificación explícita de esta piedra angular con el propio Jesús? ¿Y cómo debíamos interpretar aquella «tradición real» que —por estar fundada en la Roca de Sion o en Jesús mismo— era «igual» a las dinastías reinantes de Europa durante las cruzadas?27
El movimiento modernista católico.
En 1833 Jean Baptiste Pitois, ex discípulo de Charles Nodier en la biblioteca del Arsenal, era funcionario del ministerio de Educación Pública.2" Y en aquel año el ministerio emprendió un proyecto ambicioso: publicar todos los documentos relativos a la historia de Francia que hasta aquel momento habían permanecido suprimidos. Se formaron dos comités que presidirían la empresa. Entre otras personas, formaban parte de dichos comités Víctor Hugo, Jules Michelet y una autoridad en el tema de las cruzadas, el barón Emmanuel Rey.

Entre las obras que se publicaron subsiguientemente bajo los auspicios del ministerio de Educación Pública estaba la monumental Le procés des Templiers, de Michelet, que consistía en una recopilación exhaustiva de testimonios de la Inquisición referentes a los procesos a que fueron sometidos los caballeros templarios. Bajo los mismos auspicios, el barón Rey publicó varias obras que trataban de las cruzadas y del reino franco de Jerusalén. En ellas aparecieron impresas por primera vez cartas originales relacionadas con la Prieuré de Sion. En ciertas partes los textos que cita Rey son casi idénticos a pasajes que aparecen en los «documentos Prieuré».
En 1875 el barón Rey fue cofundador de la Société de l'Orient Latin (Sociedad del Oriente Medio Latino [o Franco]). Esta sociedad, cuya base estaba en Ginebra, se dedicó a ambiciosos proyectos arqueológicos. También publicaba su propia revista, la Revue de l'Orient Latin, que actualmente es una de las fuentes principales para los historiadores modernos como sir Steven Runciman. La Revue de l'Orient Latin reprodujo más documentos de la Prieuré de Sion.
La investigación de Rey era típica de una nueva forma de erudición histórica que empezaba a aparecer en Europa en aquel tiempo, sobre todo en Alemania, y que representaba una amenaza extremadamente seria para la Iglesia. La diseminación del pensamiento darwiniano y del agnosticismo ya había provocado una crisis de fe a finales del siglo XIX, crisis que la nueva erudición vino a ampliar. Antes de entonces la mayor parte de la investigación histórica había sido algo poco digno de confianza, pues se apoyaba en unos cimientos muy tenues: en la leyenda y la tradición, en las memorias personales, en exageraciones promulgadas en bien de tal o cual causa. Hasta el siglo XIX no empezaron los eruditos alemanes a introducir las técnicas rigurosas y meticulosas que actualmente se aceptan como cosa normal, como repertorio de todo historiador responsable. Esta preocupación por el examen crítico, por la investigación de las fuentes de primera mano, por la remisión a otras fuentes y por la cronología exacta fue el origen del estereotipo convencional del pedante teutónico. Pero si los historiadores alemanes de la época tendían a perderse en minucias, también proporcionaron una base sólida para la investigación. Y también para cierto número de importantes descubrimientos arqueológicos. El ejemplo más famoso,huelga decirlo, es Henrich Schliemann, que realizó excavaciones en el antiguo emplazamiento de Troya.
Era sólo cuestión de tiempo antes de que las técnicas de la erudición alemana fuesen aplicadas, con parecida diligencia, a la Biblia. Y la Iglesia, que dependía de la aceptación ciega del dogma, sabía muy bien que la Biblia misma no podría soportar semejante escrutinio crítico. En su libro Vida de Jesús, que se vendió mucho y provocó grandes polémicas, Ernest Rénan ya había aplicado la metodología alemana al Nuevo Testamento, con unos resultados que, para Roma, fueron extremadamente turbadores.

En sus inicios el movimiento modernista católico surgió como respuesta a este nuevo esafío. Su objetivo original era producir una generación de expertos eclesiásticos entrenados en la tradición alemana que defendieran la verdad literal de las Escrituras utilizando para ello todo el pesado armamento de la erudición crítica. Sucedió, sin embargo, que el plan perjudicó a sus propios inventores. Cuanto más procuraba la Iglesia equipar a sus clérigos jóvenes con las armas necesarias para combatir en el polémico mundo moderno, mayor era el número de tales clérigos que desertaba de la causa para cuya defensa habían sido reclutados. El examen crítico de la Biblia reveló multitud de incongruencias, discrepancias e implicaciones que eran decididamente perjudiciales para el dogma romano. Y hacia las postrimerías del siglo los modernistas ya no eran las tropas de élite que la Iglesia había esperado que fuesen, sino que eran detectores y herejes incipientes. De hecho, representaban la amenaza más grave que había experimentado la Iglesia desde Martín Lutero y pusieron el catolicismo al borde de un cisma como no se había visto durante siglos.
El semillero de la actividad modernista fue Saint Sulpice en París, que ya había desempeñado la misma función para la Compagnie du Saint-Sacrement. A decir verdad, una de las voces más resonantes del movimiento modernista era el hombre que ocupó el cargo de director del seminario de Saint Sulpice desde 1852 hasta
1884.29 A partir de Saint Sulpice los criterios modernistas se extendieron rápidamente al resto de Francia, así como a Italia y a España. Según dichos criterios, los textos bíblicos no eran infalibles, sino que había que comprenderlos en el contexto específico de su época. Y los modernistas también se rebelaron contra la creciente
centralización del poder eclesiástico, en especial contra la recién instituida doctrina de la infalibilidad del papa,30 la cual era rotundamente contraria a la nueva tendencia. Antes de que transcurriese mucho tiempo los criterios modernistas empezaron a ser diseminados no sólo por los clérigos intelectuales, sino también por escritores distinguidos e influyentes. Figuras como Roger Martin en Francia y Miguel de Unamuno en España estaban entre los principales portavoces del modernismo.

La Iglesia replicó con el vigor y la ira que eran de prever. Los modernistas fueron acusados de francmasones. Muchos de ellos fueron suspendidos de sus funciones o incluso excomulgados y sus libros pasaron a engrosar el índice de obras prohibidas. En 1903 el papa León XIII fundó la Comisión Bíblica Pontificia, cuya misión sería controlar los escritos de los eruditos bíblicos. En 1907 el papa Pío X hizo pública una condena oficial del modernismo. Y el 1 de septiembre de 1910 la Iglesia exigió que sus clérigos prestasen juramento contra las tendencias modernistas.
A pesar de todo ello, el modernismo continuó floreciendo hasta que la primera guerra mundial desvió la atención del público hacia otras inquietudes. Hasta 1914 fue una cause célebre. Un autor modernista, el abate Turmel, demostró ser un individuo especialmente travieso. Al mismo tiempo que en apariencia llevaba un comportamiento impecable, en su puesto docente de Bretaña, publicó una serie de obras modernistas utilizando no menos de catorce seudónimos distintos. Cada una de tales obras fue incluida en el índice de libros prohibidos, pero hasta 1929 no se supo que su autor era Turmel. Ni que decir tiene, fue excomulgado sumariamente.

Mientras tanto el modernismo llegó a Gran Bretaña, donde fue bien acogido y sancionado por la Iglesia anglicana. Entre sus partidarios anglicanos estaba William
Temple, que más adelante sería arzobispo de Canterbury y que declaró que el modernismo es lo que ya creen la mayoría de las personas educadas».31 Uno de los colaboradores de Temple era el canónigo A. L. Lilley. Y Lilley conocía al sacerdote de quien habíamos recibido aquella carta portentosa: la que hablaba de pruebas incontrovertibles de que Jesús no murió en la cruz.
Lilley, como nosotros ya sabíamos, había trabajado en París durante algún tiempo y allí había conocido al abate Emile Hoffet, el hombre a quien Sauniére llevó los pergaminos hallados en Rennes-le-Cháteau. Con sus conocimientos de historia, lenguas y lingüística, Hoffet era un ejemplo típico del joven erudito modernista de su
tiempo. Sin embargo, no se había preparado en Saint Sulpice. Por el contrario, se había formado en Lorena. En la Escuela Seminario de Sion: La colline inspirée.



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