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viernes, 12 de abril de 2013

El Enigma Sagrado -Los caballeros templarios: el lado oculto-

Si el final de los caballeros templarios estuvo fraguado de enigmas desconcertantes, a nosotros nos pareció que aún lo estaban más la fundación de la orden y los primeros años de su historia. Nos atormentaba ya cierto número de incongruencias e improbabilidades. Nueve caballeros, nueve «pobres» caballeros, aparecieron como por arte de magia y —entre todos los otros cruzados que como enjambres recorrían Tierra Santa— no tardaron en conseguir que el rey ¡les diera alojamiento en su palacio! Nueve pobres caballeros —sin admitir nuevos reclutas en sus filas— pretendían defender sin ayuda de nadie todos los caminos de Palestina. Y no hay absolutamente ningún testimonio de que realmente hicieran algo, ni siquiera de Fulk de Chartres, el cronista oficial del rey, ¡que sin duda habría oído hablar de ellos! Nos preguntamos cómo era posible que sus actividades, su hospedaje en el palacio del rey, por ejemplo, escaparan de la atención de Fulk.
Parece increíble, pero el cronista no dice nada. Nadie dice nada, de hecho, hasta Guillermo de Tiro, medio siglo más tarde. ¿Qué conclusión podíamos sacar de esto? ¿Que los caballeros no se dedicaban al encomiable servicio público que se les atribuía? ¿Que, en vez de ello, quizá andaban mezclados en alguna actividad más clandestina, de la que no estaba enterado ni el cronista oficial? ¿O que el propio cronista estaba amordazado? Esta última parece la explicación más verosímil. Porque pronto se unieron a los caballeros dos nobles ilustrísimos, nobles cuya presencia no habría podido pasar desapercibida.
Según Guillermo de Tiro, la orden del Temple fue fundada en 1118, tenía al principio nueve caballeros y no admitió nuevos reclutas durante nueve años. Consta claramente en los anales, sin embargo, que el conde de Anjou —padre de Geoffrey Plantagenet— ingresó en la orden en 1120, sólo dos años después de su supuesta fundación. Y en 1124 el conde de la Champagne, uno de los señores más ricos de Europa, hizo lo mismo. Si Guillermo de Tiro no se equivoca, no deberían haber
ingresado nuevos miembros hasta 1127; pero, de hecho, en 1126 los templarios habían admitido en sus filas a cuatro nuevos miembros.29 ¿Se equivoca, pues, Guillermo al decir que nadie más entró en la orden durante nueve años? ¿O dice lo correcto en este sentido, pero se equivoca en la fecha que atribuye a la fundación de la orden? Si el conde de Anjou se hizo templario en 1120, y si la orden no admitió nuevos miembros durante los nueve años que siguieron a su fundación, ésta no dataría de 1118, sino de 1111 o de 1112 como máximo.
De hecho, los datos que conducen a esta conclusión son muy persuasivos. En 1114 el conde de la Champagne se estaba preparando para emprender un viaje a Tierra Santa. Poco antes de su partida recibió una carta del obispo de Chartres. Entre otras cosas el obispo decía: «Hemos oído que..., antes de partir para Jerusalén has
hecho voto de ingresar en “la milice du Christ”, que deseas enrolarte en esta tropa evangélica».30 «La milice du Christ» era el nombre que al principio se dio a los templarios y el nombre que emplea san Bernardo para referirse a ellos. En el contexto de la carta del obispo, dicho apelativo no puede referirse de ningún modo a otra institución. No puede significar, por ejemplo, que el conde de la Champagne sencillamente decidió hacerse cruzado, porque a renglón seguido el obispo habla de un voto de castidad que ha entrañado su decisión. A un cruzado corriente no se le hubiera exigido tal voto. Por tanto, la carta del obispo de Chartres deja bien sentado que los templarios ya existían, o al menos que se proyectaba fundar la orden, en 1114, cuatro años antes de la fecha que se acepta generalmente; y también queda bien sentado que en dicho año el conde de la Champagne ya pensaba ingresar en sus filas, cosa que finalmente hizo al cabo de un decenio. Un historiador que reparó en
esta carta llegó a una conclusión bastante curiosa: que el obispo no podía hablar en serio.31 El historiador en cuestión arguye que el obispo no podía referirse a los templarios porque la orden del Temple no fue fundada hasta cuatro años más tarde, en 1118. ¿O sería tal vez que el obispo no sabía en qué año de Nuestro Señor estaba escribiendo? Pero el obispo murió en 1115. ¿Cómo pudo, en 1114, aludir «por equivocación» a algo que aún no existía? Sólo hay una respuesta posible, y muy obvia, a esta pregunta: que quien se equivoca no es el obispo, sino Guillermo de Tiro, así como todos los historiadores subsiguientes que han insistido en considerar a Guillermo como voz indiscutible y autorizada.

Creer que la orden del Temple fue fundada en una fecha anterior no es en sí mismo algo que deba despertar sospechas. Pero hay otras circunstancias y coincidencias singulares que sí resultan decididamente sospechosas. Cuando menos tres de los nuevos caballeros fundadores, incluyendo a Hugues de Payen, procedían de regiones adyacentes, estaban emparentados entre sí, se conocían antes de fundar la orden y habían sido vasallos del mismo señor. Este señor era el conde de la Champagne, a quien el obispo de Chartres dirigió su carta en 1114 y que en 1124 se hizo templario, ¡prometiendo obediencia a su propio vasallo! En 1115 el conde déla Champagne donó la tierra sobre la que san Bernardo, patrón de los templarios, edificó la famosa abadía de Clairvaux; y uno de los nueve caballeros fundadores, André de Montbard, era tío de san Bernardo.
Asimismo, en Troyes, corte del conde de la Champagne, florecía desde 1070 una influyente escuela de estudios cabalísticos y esotéricos.32 En el concilio de Troyes de 1128 la orden del Temple fue constituida oficialmente. Durante los dos siglos siguientes Troyes continuó siendo un centro estratégico de la orden; e incluso hoy día puede verse junto a la ciudad una zona boscosa a la que llaman la Forét du Temple. Y fue de Troyes, corte del conde de la Champagne, de donde salió uno de los primeros romances sobre el Grial, muy posiblemente el primero, obra de Chrétien de Troyes.

En medio de esta mezcla de datos empezamos a distinguir una tenue red de relaciones, una pauta que parecía algo más que simple coincidencia. Si tal pauta existía, ciertamente confirmaría nuestra sospecha de que los templarios andaban metidos en alguna actividad clandestina. No obstante, sólo podíamos especular sobre cuál debió de ser dicha actividad. Una de las bases de nuestras especulaciones era el emplazamiento específico del domicilio de los caballeros: el ala del palacio real, el monte del Templo, que de forma tan inexplicable les fue conferida. En el año 70 de nuestra era el templo que a la sazón se alzaba allí fue saqueado por las legiones romanas de Tito. Los romanos se apoderaron del tesoro y lo llevaron a Roma, donde fue robado de nuevo y quizá transportado hasta los Pirineos. Pero, ¿y si en el templo había algo más que el tesoro, algo todavía más importante que las cosas que se llevaron los romanos? Desde luego, es posible que los sacerdotes del templo, al ver avanzar a las falanges de centuriones, dejaran a los saqueadores el botín que éstos esperaban encontrar. Y si había algo más, es posible que lo escondieran en algún lugar cercano. Debajo del templo, por ejemplo.
Entre los pergaminos del mar Muerto que se encontraron en Qumrán hay uno conocido por el nombre de «pergamino de Cobre». Este pergamino, que fue descifrado en la universidad de Manchester en 1955-1956, se refiere explícitamente a grandes cantidades de metales preciosos, vasos sagrados y otros materiales y tesoros» no especificados. Cita veinticuatro depósitos distintos enterrados debajo del mismo templo.

A mediados del siglo XII un peregrino que visitó Tierra Santa, un tal Johann von Würzburg, escribió sobre la visita que había hecho a los denominados Establos de Salomón. Estos establos, situados directamente debajo del templo, todavía son visibles. Johann dijo que eran lo suficientemente grandes como para alojar a dos mil caballos; y era en estos establos donde los templarios dejaban sus monturas. Según por lo menos otro historiador, los templarios utilizaban los citados establos para sus caballos ya en 1124, cuando, según se supone, todavía eran sólo nueve caballeros. Parece probable, pues, que la recién fundada orden emprendiera casi inmediatamente excavaciones debajo del templo.
De estas excavaciones cabría deducir que los caballeros buscaban activamente algo. Incluso cabría deducir que fueron enviados deliberadamente a Tierra Santa con el encargo expreso de encontrar algo. Si esta suposición es válida, explicaría diversas anomalías: su alojamiento en el palacio real, por ejemplo, y el silencio del cronista. Pero, si fueron enviados, a Palestina, ¿quién los envió?
En 1104 el conde de la Champagne se había reunido en cónclave con ciertos nobles de alto rango y como mínimo uno de ellos acababa de volver de Jerusalén.34 Entre los presentes en el cónclave había representantes de ciertas familias —Brienne, Joinville y Chaumont— que, como descubrimos más tarde, figurarían de modo significativo en nuestra historia. También se encontraba presente el señor feudal de André de Montbard (André era uno de los cofundadores del Temple y tío de san Bernardo).
Poco después del cónclave el propio conde de la Champagne partió para Tierra Santa y permaneció allí durante cuatro años, regresando en 1108.35 En 1114 hizo un segundo viaje a Palestina con la intención de ingresar en la «milice du Christ», pero luego cambió de parecer y volvió a Europa un año después. A su regreso donó inmediatamente unos terrenos a la orden del Cister, cuyo preeminente portavoz era san Bernardo. En dichos terrenos edificó san Bernardo la abadía de Clairvaux, donde estableció su propia residencia y más adelante consolidó la orden del Cister.
Con anterioridad a 1112 los cistercienses se encontraban peligrosamente cerca de la bancarrota. Luego, guiados por san Bernardo, experimentaron un deslumbrante cambio de suerte. En el plazo de unos pocos anos fundaron otra media docena de abadías. En 1153 ya había más de trescientas, sesenta y nueve de las cuales habían sido fundadas personalmente por san Bernardo. Este crecimiento extraordinario es directamente paralelo al de la orden del Temple, que se expandió de igual manera durante aquellos mismos años. Y, tal como hemos dicho, uno de los cofundadores de la orden del Temple era el tío de san Bernardo, André de Montbard.

Merece la pena que estudiemos esta complicada secuencia de acontecimientos. En 1104 el conde de la Champagne partió para Tierra Santa después de celebrar una reunión con ciertos nobles, uno de los cuales estaba emparentado con André de Montbard. En 1112 el sobrino de André de Montbard, san Bernardo, ingresó en la orden del Cister. En 1114 el conde de la Champagne emprendió un segundo viaje a Tierra Santa con el propósito de entrar en la orden del Temple, que fue cofundada por su propio vasallo junto con André de Montbard y que, tal como atestigua la carta del obispo de Chartres, ya existía o estaba en trance de ser fundada en aquellos momentos. En 1115 el conde de la Champagne regresó a Europa tras permanecer ausente menos de un año y donó tierra para la abadía de Clairvaux, cuyo abad era el sobrino de André de Montbard. En los años siguientes tanto los cistercienses como los templarios —es decir, tanto la orden de san Bernardo como la de André de Montbard— se hicieron inmensamente ricas y disfrutaron de sendas fases de crecimiento fenomenal.
Al reflexionar sobre estos acontecimientos fuimos convenciéndonos cada vez más de que había alguna pauta subyacente que gobernaba esta intrincada red. Ciertamente, ésta no parecía ser fruto del azar ni de la pura coincidencia. Por el contrario, teníamos la impresión de encontrarnos ante los vestigios de algún plan general complejo y ambicioso, cuyos detalles completos se habían perdido para la historia. Con el objeto de reconstruir tales detalles, trazamos una hipótesis provisional, un «guión», por así decirlo, en el que cupieran los hechos que conocíamos.
Supusimos que en Tierra Santa se había descubierto algo, ya fuera por casualidad o intencionadamente, algo de inmensa importancia que despertó el interés de algunos de los nobles más influyentes de Europa. Supusimos también que dicho descubrimiento llevaba aparejado, de modo directo o indirecto, un gran potencial de riqueza, además, tal vez, de otra cosa, de algo que había que mantener en secreto, algo que sólo debía comunicarse a un reducido número de señores de alto rango. Finalmente, supusimos que este descubrimiento fue comunicado y comentado en el cónclave de 1104.

Inmediatamente después del cónclave el conde de la Champagne marchó a Tierra Santa, quizá para verificar personalmente lo que le habían comunicado, quizá para llevar a cabo algún proyecto: la fundación, por ejemplo, de lo que más adelante sería la orden del Temple. En 1114, si no antes, se fundó la orden citada y el conde de la Champagne desempeñó un papel crucial en dicha fundación, tal vez el de espíritu guía y patrocinador. En 1115 el dinero ya fluía hacia Europa, hacia los cofres de los cistercienses, quienes, bajo san Bernardo y desde su nueva posición de fuerza, apoyaron y dieron credibilidad a la recién fundada orden del Temple.
Bajo la dirección de san Bernardo los cistercienses adquirieron ascendiente espiritual en Europa. Bajo la dirección de Hugues de Payen y de André de Montbard, los templarios adquirieron ascendiente militar y administrativo en Tierra Santa, ascendiente que no tardó en hacerse extensivo a Europa. Detrás del crecimiento de ambas órdenes se vislumbraba la presencia indistinta de tío y sobrino, así como la riqueza, la influencia y el mecenazgo del conde de la Champagne. Estos tres
individuos constituyen un eslabón vital. Son como mojones que rompen la superficie de la historia, indicando las tenues configuraciones de algún plan oculto y complejo.
Si existía tal plan, no es posible, por supuesto, atribuirlo exclusivamente a estos tres hombres. Al contrario, debió de entrañar un alto grado de cooperación por parte de otras personas, así como una organización meticulosa. Organización es quizá la palabra clave; porque, si nuestra hipótesis era correcta, presupondría un grado de organización que en sí misma equivaldría a una orden, una tercera y secreta orden detrás de las órdenes conocidas y documentadas del Cister y del Temple. No tardamos en encontrar pruebas de la existencia de esta tercera orden.

Mientras tanto dirigimos nuestra atención al «descubrimiento» hipotético en Tierra Santa, la base especulativa sobre la que habíamos creado nuestro «guión». ¿Qué podían haber encontrado allí? ¿Qué secreto conocían los templarios, san Bernardo y el conde de la Champagne? Hasta el final de su orden los templarios guardaron el secreto del paradero y la naturaleza de su tesoro. Ni siquiera quedaron documentos. Si el tesoro en cuestión era sencillamente de valor económico —metales preciosos, por ejemplo—, no habría sido necesario destruir o esconder todos los registros, todas las reglas, todos los archivos. De ello se desprende que los templarios custodiaban algo más, algo tan precioso que ni siquiera con torturas se logró que de sus labios salieran palabras sobre ello. La riqueza por sí sola no habría movido a los templarios a guardar un secreto tan absoluto y unánime. Tenía que ser algo relacionado con otras cuestiones, como, por ejemplo, la actitud de la orden ante Jesús.
El 13 de octubre de 1307 todos los templarios de Francia fueron detenidos por los senescales de Felipe el Hermoso. Pero esta afirmación no es del todo cierta. Los templarios de por lo menos una receptoría se escurrieron, sanos y salvos, a través de la red del rey: la preceptoría de Bézu, adyacente a Rennes-le-Cháteau. ¿Cómo y por qué se libraron de la persecución? Para dar respuesta a esta pregunta tuvimos que investigar las actividades de la orden en las inmediaciones de Bézu. Averiguamos que tales actividades habían sido bastante extensas. De hecho, había alrededor de media docena de preceptorías y otras propiedades en la región, que abarcaba unos 51 o 52 kilómetros cuadrados.
En 1153 un noble de la región —un noble que simpatizaba con los cataros— pasó a desempeñar el cargo de Gran maestre de la orden del Temple. El noble se llamaba Bertrand de Blanchefort y su hogar ancestral estaba situado en la cima de una montaña que distaba varios kilómetros tanto de Bézu como de Rennes-le-Cháteau. Bertrand de Blanchefort, que presidió la orden de 1153 a 1170, fue probablemente el más significativo de todos los grandes maestres de los templarios. Antes de su régimen la jerarquía y la estructura administrativa de la orden eran nebulosas, por no decir algo peor. Fue Bertrand quien transformó a los caballeros templarios en una institución jerárquica de soberbia eficacia, bien organizada y magníficamente disciplinada. Fue Bertrand quien inició la participación de la orden en la diplomacia de alto nivel y en la política internacional. Fue Bertrand quien creó para los templarios una importante esfera de intereses en Europa, sobre todo en Francia. Y, según los datos que se conservan, el mentor de Bertrand —algunos historiadores incluso lo presentan como el Gran maestre que le precedió inmediatamente— fue André de Montbard.

A los pocos años de la constitución de la orden de los templarios, Bertrand no sólo había ingresado en sus filas, sino que, además, les había concedido tierras en los alrededores de Rennes-le-Cháteau y Bézu. Y se dice que en 1156, durante el régimen de Bertrand como Gran maestre, la orden importó a la región un contingente de mineros de habla alemana. Se dice también que estos trabajadores estaban sometidos a una disciplina rígida, virtualmente militar. Tenían prohibido confraternizar con la población de la zona y se les tenía estrictamente segregados del resto de la comunidad. Incluso se creó un cuerpo judicial especial, «la Judicatura des Allemands», para que se ocupase de los tecnicismos jurídicos relacionados con ellos. Y su supuesta tarea consistía en explotar las minas de oro que había en las
laderas de la montaña en Blanchefort, minas de oro que habían sido totalmente agotadas por los romanos casi mil años antes.
Durante el siglo xvh se encargó a diversos ingenieros que investigasen el potencial mineralógico de la zona y que preparasen informes detallados de sus averiguaciones. En su informe uno de ellos, César d’Arcons, hizo comentarios sobre las ruinas que había hallado, restos de las actividades de los mineros alemanes.
Basándose en sus investigaciones, declaró que los obreros alemanes no parecían haber realizado labores propias de la minería.37 En tal caso, ¿qué clase de trabajos habían llevado a cabo? César d’Arcons no estaba seguro: quizá labores de fusión, de extraer algo por medio de la fusión, de construir algo, incluso era posible que hubiesen excavado algún tipo de cripta para crear una especie de depósito.
Sea cual fuere la explicación de este enigma, lo cierto es que los templarios habían estado presentes en las inmediaciones de Rennes-le-Cháteau desde mediados del siglo XII por lo menos. En 1285 ya existía una importante preceptoría a pocos kilómetros de Bézu, en Campagne-sur-Aude. Con todo, en las postrimerías del siglo XIII Pierre de Voisins, señor de Bézu y Rennes-le-Cháteau, invitó a otro destacamento de templarios a que se desplazase a la región, un destacamento especial procedente
de la provincia aragonesa del Rosellón.38 Este nuevo destacamento se instaló en la cima de la montaña de Bézu, erigiendo un puesto de observación y una capilla. Oficialmente los templarios roselloneses estaban allí para velar por la seguridad de la región y proteger la ruta de las peregrinaciones que atravesaba el valle camino de Santiago de Compostela. Pero no está claro por qué se necesitaron estos caballeros de refuerzo. En primer lugar, no es posib le que fueran muy numerosos, no los suficientes para que su presencia cambiara las cosas. En segundo lugar, ya había templarios en la comarca. Finalmente, Pierre de Voisins tenía sus propias tropas, las cuales, junto con los templarios que ya estaban allí, podían garantizar la seguridad de los alrededores. En tal caso, ¿por qué llegaron templarios roselloneses a Bézu? Según la tradición local, para espiar. Y para explotar, enterrar o vigilar alguna clase de tesoro.
Fuera cual fuese su misteriosa misión, es obvio que gozaban de algún tipo de inmunidad especial. De todos los templarios de Francia fueron los únicos a quienes no molestaron los senescales de Felipe el Hermoso el 13 de octubre de 1307. En aquella fatídica fecha el comandante del contingente templario de Bézu era un tal señor
de Goth.39 Y antes de adoptar el nombre de Clemente V, el arzobispo de Burdeos —peón vacilante del rey Felipe— era Bertrand de Goth. Lo que es más, la madre del nuevo pontífice era Ida de Blanchefort, de la misma familia que Bertrand de Blanchefort. Siendo así, ¿conocería el papa algún secreto confiado a la custodia de su familia, un secreto que permaneció en la familia Blanchefort hasta el siglo XVIII, fecha en que el abate Antoine Bigou, cura de Rennes-le-Cháteau y confesor de Mane de Blanchefort, redactó los pergaminos que encontraría Sauniére? Si tal era el caso, es muy posible que el papa hiciera extensiva cierta clase de inmunidad a aquel pariente suyo que mandaba los templarios de Bézu.

Evidentemente, la historia de los templarios cerca de Rennes-le-Cháteau estaba tan cargada de enigmas desconcertantes como la historia de la orden en general. A decir verdad, había varios factores —el papel de Bertrand de Blanchefort, por ejemplo— que parecían constituir un vínculo visible entre los enigmas generales y los más localizados.
Mientras tanto, sin embargo, nos encontrábamos ante una tremenda serie de coincidencias, las cuales eran demasiado numerosas para ser verdaderamente coincidencias. ¿Nos encontrábamos, de hecho, ante una pauta calculada? Si así era, la pregunta obvia era quién la había ideado, pues las pautas tan intrincadas no se inventan solas. Todos los datos en nuestro poder indicaban una planificación meticulosa y una organización muy cuidada, tanto es así que cada vez eran mayores nuestras sospechas de que tenía que haber un grupo concreto de individuos, formando quizá algún tipo de orden, que trabajaba asiduamente entre bastidores. No fue necesario que buscásemos la confirmación de la existencia de tal orden. La confirmación se nos echó encima.
Documentos secretos
La confirmación de que existía una tercera orden —una orden que estaba detrás tanto de los templarios como de los cistercienses— se nos echó encima. Al principio, sin embargo, nos costó tomarla en serio. Parecía salir de una fuente demasiado insegura, demasiado vaga y nebulosa. Mientras no pudiéramos verificar su autenticidad, tampoco podríamos dar crédito a sus afirmaciones.
En 1956 empezaron a aparecer en Francia una serie de libros, artículos, opúsculos y otros documentos relativos a Bérenger Sauniére y al enigma de Rennes-le- Cháteau. Esta clase de material ha seguido proliferando de forma continua y actualmente es muy voluminoso. De hecho, se ha convertido en la base de una verdadera «industria». Y su misma cantidad, así como el esfuerzo y los recursos que se han dedicado a producirlo y diseminarlo, atestigua implícitamente la existencia de algo cuya importancia es inmensa pero todavía inexplicada.
No es extraño que el asunto haya servido para despertar el apetito de numerosos investigadores independientes como nosotros mismos, cuyas obras han engrosado el material ya disponible. Sin embargo, parece ser que el material inicial salió de una sola fuente concreta. Es obvio que alguien tiene interés en «promover» Rennes-le- Cháteau, en llamar la atención del público sobre la historia, en generar publicidad y nuevas investigaciones. Consista en lo que consista, no parece que dicho interés sea de índole económica. Por el contrario, diríase más bien que se trata de propaganda, una propaganda que dé credibilidad a algo. Y sean quienes sean los individuos responsables de dicha propaganda, lo cierto es que se han esforzado por arrojar luz sobre ciertos aspectos al mismo tiempo que ellos se mantienen escrupulosamente en la sombra.

Desde 1956 cierta cantidad de material pertinente ha sido «filtrado» de forma deliberada y sistemática, poco a poco, fragmento a fragmento. La mayoría de dichos fragmentos pretenden haber salido, implícita o explícitamente, de alguna fuente «privilegiada» o «confidencial». La mayoría de ellos contienen información que complementa lo que ya se sabía y que, por ende, es una pieza más del rompecabezas total. Sin embargo, ni la importancia ni el significado de dicho rompecabezas han sido aclarados. En vez de ello, cada nuevo fragmento de información ha contribuido a intensificar más que a esclarecer el misterio. El resultado ha sido una red cada vez mayor de alusiones seductoras, de insinuaciones provocativas, de referencias y conexiones sugerentes. Es muy posible que al enfrentarse a la mezcla de datos de que se dispone actualmente el lector tenga la sensación de que están jugando con él, de que de una manera ingeniosa y hábil se le lleva de una conclusión a otra por medio de sucesivas zanahorias que alguien cuelga delante de su nariz. Y debajo de todo ello está la insinuación constante y omnipresente de un secreto de proporciones monumentales y explosivas.
Desde 1956 se han empleado diversas formas de diseminar el material. Una de ellas han sido los libros populares, que incluso han alcanzado gran éxito de ventas. Son libros más o menos sensacionalistas, que se valen de medios más o menos crípticos para despertar la curiosidad del lector. Así, por ejemplo, Gérard de Sede ha producido una serie de obras sobre temas en apariencia tan divergentes como los cataros, los templarios, la dinastía merovingia, los rosacruces, Sauniére y Rennes-le- Cháteau. En estas obras el señor De Sede suele mostrarse socarrón, reservado, deliberadamente misterioso y coquetamente evasivo. En todo momento su tono da a entender que sabe más de lo que dice, lo que tal vez es un truco para disimular que no sabe tanto como pretende saber. Pero sus libros contienen detalles verificables en número suficiente para forjar un eslabón entre sus respectivos temas. Prescindiendo de la opinión que nos merezca Gérard de Sede, es innegable que consigue dejar bien sentado que los diversos temas que aborda están relacionados unos con otros.
Por otro lado, no pudimos evitar la sospecha de que la obra de Gérard de Sede se inspira en gran parte en la información que alguien le proporciona y, a decir verdad, él mismo reconoce más o menos que es así. Quiso la casualidad que nos enterásemos de quién era su informador. En 1971, cuando nos embarcamos en nuestra primera película sobre Rennes-le-Cháteau para la BBC, escribimos al editor parisiense de Gérard de Sede pidiéndole cierto material visual. Al cabo de unos días recibimos las fotografías que habíamos pedido. En el dorso de cada una de ellas aparecía el nombre «Plantard». Por aquel entonces este nombre no significaba nada para nosotros. Pero el apéndice de uno de los libros de monsieur De Sede consistía en una entrevista con un tal Pierre Plantard. Y más adelante nos enteramos de que Pierre Plantard había tenido que ver con ciertas obras de Gérard de Sede. Poco a poco, en el curso de nuestras pesquisas, Pierre Plantard empezó a imponerse como una de las figuras dominantes.

La información diseminada desde 1956 no siempre ha aparecido en libros tan populares y accesibles como los de Gérard de Sede. Parte de ella se ha publicado en gruesos volúmenes, amedrentadores e incluso pedantescos, diametralmente opuestos al estilo periodístico del señor De Sede. Una de tales obras fue producida por Rene Descadeillas, ex director de la biblioteca municipal de Carcasona. El libro de este autor hace grandes esfuerzos por evitar el sensacionalismo. Trata de la historia de Rennes-le-Cháteau y sus alrededores y contiene una plétora de pequeños detalles de índole social y económica: por ejemplo, los nacimientos, muertes, matrimonios, finanzas, impuestos y obras públicas habidos entre los años 1730 y 1820.’ En conjunto, no podría ser más diferente de los libros producidos en serie por Gérard de Sede, libros a los que Descadeillas hace objeto de duras críticas en otra parte.

Además de los libros editados, algunos de ellos por sus propios autores, han aparecido diversos artículos en periódicos y revistas. También se han publicado entrevistas con varios individuos que afirman conocer una u otra faceta del misterio. Pero la información más interesante e importante no ha aparecido, en su mayor parte, en forma de libro, sino en documentos y opúsculos que no estaban destinados a circular entre el público. Muchos de estos documentos y opúsculos han sido objeto de ediciones limitadas y particulares que luego se han depositado en la Bibliothéque Nationale de París. Al parecer, se han producido de una forma barata. De hecho, algunos no son más que páginas mecanografiadas, impresas en «offset» y reproducidas med iante una máquina multicopista de oficina. Más aún que las obras que se encuentran en el mercado, esta serie de publicaciones efímeras parece haber salido de la misma fuente. Mediante crípticos comentarios y notas a pie de página sobre Sauniére, Rennes-le-Cháteau, Poussin, la dinastía merovingia y otros temas, cada una de ellas complementa, amplía y confirma las demás. En la mayoría de los casos no se sabe a ciencia cierta quién es él autor, ya que éste emplea varios seudónimos transparentes e incluso «ingeniosos»: Madeleine Blancassal, por ejemplo, Nicolás Beaucéan, Jean Delaude y Antoine l’Ermite. «Madeleine», por supuesto, se refiere a Marie-Madeleine, la Magdalena, a la que está dedicada la iglesia de Rennes-le-Cháteau y a la que Sauniére consagró su torre, la Tour Magdala. «Blancassal» es la combinación de los nombres de dos riachuelos que convergen cerca del pueblo de Rennes-les-Bains: el Blanque y el Sais. «Beaucéan» es una variante de «Beauséant», grito y estandarte de batalla oficiales de los caballeros templarios. «Jean Delaude» es «Jean de l’Aude» o «Juan de la Aude», departamento donde se halla situado Rennes-le-Cháteau. Y «Antoine l’Ermite» es san Antonio el Ermitaño, cuya estatua adorna la iglesia de Rennes-le-Cháteau y cuya festividad es el 17 de enero, la fecha que aparece en la lápida sepulcral de Mane de Blanchefort y la fecha en que Sauniére sufrió la apoplejía que acabó con él.
La obra atribuida a Madeleine Blancassal se titula Les descendants mérovingiens et l’enigme du Razés wisigoth («Los descendientes merovingios y el enigma del Razés visigodo»): Razés es el nombre antiguo de la región de Sauniére. Según la portada, esta obra se publicó inicial-mente en alemán y luego fue traducida al francés por Walter Celse-Na-zaire, otro seudónimo formado con los nombres de los santos Celse y Nazaire, a quienes está dedicada la iglesia de Rennes-les-Bains. Y también según la portada, la obra la publicó la Grande Loge Alpina, la suprema logia masónica de Suiza, es decir, el equivalente suizo de la Grand Lodge de Gran Bretaña o del Gran Oriente de Francia. No hay ninguna indicación sobre el motivo por el cual una logia masónica moderna se interesa tanto por el misterio que envuelve a un oscuro sacerdote francés del siglo XIX y a la historia de su parroquia hace un milenio y medio. Tanto uno de nuestros colegas como un investigador independiente interrogaron a los oficiales de la Alpina. Éstos negaron todo conocimiento, no sólo de la publicación de la obra, sino también de su existencia. Sin embargo, un
investigador independiente afirma que vio con sus propios ojos un ejemplar de la obra en las estanterías de la biblioteca de la Alpina.3 Y más adelante descubrimos que el pie de imprenta de la Alpina aparecía también en otros dos opúsculos.

De todos los documentos publicados privadamente y depositados en la Bibliothéque Nationale, el más importante es una recopilación de escritos cuyo título colectivo
es Dossiers secrets («Dossiers secretos»). Esta recopilación, cuyo número de catálogo es el 4.° lm1 249, es ahora una ficha en «microfilm». Sin embargo, hasta hace poco era un volumen delgado y de aspecto vulgar, una especie de carpeta con tapas rígidas que contenía una mezcla de ítems sueltos sin relación aparente entre ellos: recortes de prensa, cartas pegadas en láminas de refuerzo, opúsculos, numerosos árboles genealógicos y alguna que otra página impresa que, al parecer, había sido extraída de alguna obra. Periódicamente se sacaba de la carpeta alguna de las páginas. En otros momentos se metían en ella páginas nuevas. En ciertas páginas a veces se hadan añadiduras y correcciones a mano, con una letra minúscula. En fecha posterior estas páginas eran sustituidas por otras, impresas, que incluían todas las enmiendas anteriores.
El grueso de los Dossiers, que consiste en árboles genealógicos, se atribuye a un tal Henri Lobineau, cuyo nombre aparece en la portada. Dos ítems complementarios que hay en la carpeta declaran que Henri Lobineau es un seudónimo más —que quizá se deriva de la Rué Lobineau, que pasa por delante de Saint Sulpice en París— y que las genealogías son en realidad obra de un hombre llamado Leo Schidlof, historiador y anticuario austriaco que, al parecer, vivía en Suiza y murió en 1966. Basándonos en esta información, decidimos averiguar lo que pudiéramos acerca de Leo Schidlof.
En 1978 conseguimos localizar a su hija, que vivía en Inglaterra. Nos dijo que su padre era en verdad austriaco. Sin embargo, no era genealogista, historiador o anticuario, sino experto y comerciante en miniaturas, tema sobre el que había escrito dos libros. En 1948 se había afincado en Londres, donde viviría hasta su muerte, acaecida en Viena en 1966, el año y el lugar que se indican en los Dossiers Secrets.
La señorita Schidlof dijo con vehemencia que a su padre nunca le habían interesado las genealogías, la dinastía merovingia o los misteriosos sucesos del sur de Francia. Y, pese a ello, agregó, era obvio que ciertas personas creían lo contrario. Durante el decenio de 1960, por ejemplo, el señor Schidlof había recibido numerosas cartas y llamadas telefónicas de individuos no identificados, tanto de Europa como de los Estados Unidos, que deseaban verle para hablar de cosas de las que él no tenía la menor idea. Con motivo de su muerte en 1966 hubo otro diluvio de mensajes, la mayoría de ellos interesándose por sus papeles.

Fuese cual fuese el asunto en el que sin querer se había visto envuelto el padre de la señorita Schidlof, parecía haber tocado una cuerda sensible del gobierno de los Estados Unidos. En 1946 —un decenio antes de la supuesta fecha en que se recopilaron los Dossiers secrets— Leo Schidlof solicitó un visado para entrar en los Estados Unidos. La solicitud le fue denegada alegando que era sospechoso de espionaje o de algún otro tipo de actividad clandestina. Parece ser que a la larga se resolvió el problema y Leo Schidlof, provisto del oportuno visado, pudo entrar en los Estados Unidos. Es posible que el problema se redujera a una típica confusión burocrática. Pero la señorita Schidlof parecía sospechar que tenía alguna relación con las preocupaciones arcanas que de forma tan desconcertante se atribuían a su padre.
La historia de la señorita Schidlof nos dio que pensar. La denegación de un visado por los norteamericanos podía muy bien ser algo más que una coincidencia, pues entre los papeles de los Dossiers secrets había alusiones que vinculaban el nombre de Leo Schidlof con alguna forma de espionaje internacional. Mientras tanto, sin embargo, en París había aparecido un nuevo panfleto que durante los meses siguientes fue confirmado por otras fuentes. Según dicho panfleto, el escurridizo Henri Lobineau no era Leo Schidlof, después de todo, sino un aristócrata francés de linaje distinguido: el conde Henri de Lénon-court.
La verdadera identidad de Lobineau no era el único enigma relacionado con los Dossiers secrets. Había también un ítem que aludía a «la cartera de piel de Leo Schidlof». Esta cartera contenía supuestamente cierto número de papeles secretos relacionados con Rennes-le-Cháteau entre 1600 y 1800. Poco después de la defunción de Schidlof, la cartera, según se decía, había pasado a manos de un correo, un tal Fakhar ul Islam, quien en febrero de 1967 se reuniría en la Alemania Oriental con un «agente delegado por Ginebra» al que confiaría la cartera. Sin embargo, antes de que pudiera efectuarse la transacción, el tal Fakhar ul Islam fue expulsado de la Alemania Oriental y volvió a París «en espera de nuevas órdenes». El 20 de febrero de 1967 su cuerpo fue hallado en la vía del ferrocarril cerca de Melun: lo habían arrojado desde el expreso París-Ginebra. Al parecer, la cartera se había evaporado.

Decidimos comprobar esta truculenta historia en la medida de lo posible. Una serie de artículos publicados por la prensa francesa el 21 de febrero confirmaron la
mayor parte de la misma.4 En efecto, habían encontrado un cuerpo decapitado en la vía del tren cerca de Melun. Fue identificado como el de un joven paquistaní llamado Fakhar ul Islam. Por motivos que aún no estaban claros, el muerto había sido expulsado de la Alemania Oriental y viajaba de París a Ginebra dedicado, al parecer, a alguna forma de espionaje. Según los artículos de la prensa, las autoridades sospechaban que se trataba de un acto criminal, y el asunto era investigado por el DST (Directorio de Vigilancia Territorial, es decir, el servicio de contraespionaje).
Por otro lado, los periódicos no decían nada sobre Leo Schidlof, una cartera de piel o alguna otra cosa que pudiera relacionar el suceso con el misterio de Rennes-le- Cháteau. A resultas de ello, nos vimos ante una serie de interrogantes. Por un lado, era posible que la muerte de Fakhar ul Islam tuviera que ver con Rennes-le- Cháteau, que el ítem de los Dossiers secrets procediera, de hecho, de «información confidencial» inaccesible a la prensa. Por otro lado, el citado ítem podía ser una mistificación deliberada y espuria. Lo único que se necesitaba era encontrar una muerte inexplicable o sospechosa y atribuirla al asunto que uno escogiera. Pero, si efectivamente era eso, ¿cuál era el propósito de todo ello? ¿Por qué iba alguien a crear una atmósfera de intrigas siniestras en torno a Rennes-le-Cháteau? ¿Qué beneficio podía sacarse de la creación de tal atmósfera? ¿Y quién podía ser el beneficiario?
Estos interrogantes nos desconcertaban todavía más a causa del hecho de que, al parecer, la muerte de Fakhar ul Islam no era un suceso aislado. Aún no había transcurrido un mes cuando otra obra impresa por algún particular fue depositada en la Bibliothéque Nationale. Se titulaba La serpent rouge («La serpiente roja») y llevaba una fecha simbólica y significativa: 17 de enero. La portada la atribuía a tres autores: Pierre Feugére, Louis Saint-Maxent y Gastón de Koker.

La serpent rouge es una obra singular. Contiene una genealogía merovingia y dos mapas de Francia en tiempos de los merovingios, junto con un comentario superficial. También contiene un plano de Saint Sulpice en París en el que aparecen delineadas las capillas de los diversos santos de la iglesia. Pero el grueso del texto consiste en 13 breves poemas en prosa de gran calidad literaria, muchos de los cuales recuerdan la obra de Rimbaud. Ninguno de estos poemas en prosa excede de un párrafo y cada uno de ellos corresponde a un signo del zodíaco: un zodíaco de trece signos, con el decimotercero, el Ofiuco o Serpentario, colocado entre Escorpión y Sagitario.
Los trece poemas en prosa, que están narrados en primera persona, son un tipo de peregrinación simbólica o alegórica que comienza con Acuario y termina con Capricornio, el cual, como dice explícitamente el texto, preside el 17 de enero. En el texto, que por lo demás es críptico, hay alusiones conocidas: a la familia Blanchefort, a las decoraciones de la iglesia de Rennes-le-Cháteau, a algunas de las inscripciones de Sauniére que hay allí, a Poussin y al cuadro de «Les bergers d’Arcadie», al lema que aparece en la tumba: «Et in Arcadia Ego». En un punto se menciona una serpiente roja, «citada en los pergaminos», desenroscándose a través de los siglos: alusión explicita, al parecer, a una estirpe o linaje. Y para el signo astrológico de Leo hay un párrafo enigmático que vale la pena citar entero:
De ella a quien deseo liberar flota hacia mí la fragancia del perfume que impregna el Sepulcro. Antiguamente algunos la llamaban: ISIS, reina de todas las fuentes benévolas. 

VENID A MÍ TODOS LOS QUE SUFRÍS Y ESTÁIS AFLIGIDOS, Y YO OS DARÉ REPOSO. Para otros ella es MAGDALENA, del célebre vaso lleno de bálsamo curativo. Los iniciados conocen su verdadero nombre: NOTRE DAME DES CROSS.
Las implicaciones de este párrafo son interesantísimas. Isis, por supuesto, es la Diosa Madre egipcia, patrona de los misterios, la «Reina Blanca» en sus aspectos benévolos, la «Reina Negra» en los malévolos. Numerosos escritores sobre mitología, antropología, psicología y teología han seguido el culto de la Diosa Madre desde los tiempos paganos hasta la época cristiana. Y, según dichos escritores, la diosa sobrevivió bajo el cristianismo disfrazada de Virgen María: la «Reina del Cielo», como la llamó san Bernardo, designación que en el Antiguo Testamento se aplica a la Diosa Madre Astarté, la equivalente fenicia de Isis. Pero, según el texto de La serpent rouge, la Diosa Madre del cristianismo no parece ser la Virgen. Al contrario, parece ser la Magdalena, a quien está dedicada la iglesia de Rennes-le-Cháteau y a quien Sauniére consagró su torre. Además, el texto parece dar a entender que tampoco «Notre Dame» se refiere a la Virgen. Ese título resonante, que se confiere a todas las grandes catedrales de Francia, también parecería referirse a la Magdalena. Pero, ¿por qué iba la Magdalena a ser venerada como «Nuestra Señora» y, más aún, como una Diosa Madre? La maternidad es lo último que por lo general se relaciona con la Magdalena. Ésta, en la tradición cristiana popular, es una prostituta que encuentra la redención coloándose de aprendiza con Jesús. Y figura de forma harto notable en el cuarto evangelio, donde es la primera persona que ve a Jesús después de la resurrección. Por consiguiente, es ensalzada como santa, especialmente en Francia, adonde, según las leyendas medievales, llevó el Santo Grial. Y, de hecho, el «vaso lleno de bálsamo curativo» bien podría ser una manera de referirse al Grial. Pero colocar a la Magdalena en el lugar que suele reservarse para la Virgen parecería cuando menos una herejía.

Cabría suponer inmediatamente Fuera cual fuese su intención, los autores de La serpent rouge —mejor dicho, los supuestos autores— corrieron una suerte tan horrible como Fakhar ul Islam. El 6 de marzo de 1997 Louis Saint-Maxent y Gastón de Koker fueron encontrados ahorcados. Y al día siguiente, el 7 de marzo, Pierre Feugére también apareció colgado. Desde luego, que estas muertes tenían algo que ver con la redacción y publicación de La serpent rouge. Al igual que en el caso de Fakhar ul Islam, sin embargo, no podíamos descartar otra explicación. Si se desea crear un aura de misterio siniestro, ello es bastante fácil. Lo único que se necesita es leer atentamente los periódicos hasta dar con una muerte sospechosa o, en este caso, tres muertes sospechosas. Una vez encontradas, se ponen los nombres de los difuntos en un opúsculo escrito por uno mismo y se deposita el opúsculo en la Bibliothéque Nationale, con una fecha anterior (17 de enero) en la portada. Sería virtualmente imposible denunciar el engaño, que, desde luego, produciría la deseada impresión de tratarse de un hecho criminal. Pero, ¿para qué perpetrar semejante engaño? ¿Por qué desearía alguien crear un aura de violencia, asesinato e intriga? Lejos de desalentar a los investigadores, una estratagema semejante los atraería aún más.

Por otra parte, si no nos encontrábamos ante un engaño, había aún cierto número de cuestiones desconcertantes. ¿Debíamos creer, por ejemplo, que los tres ahorcados se habían suicidado o, por contra, que eran víctimas de otros tantos asesinatos? Dadas las circunstancias, un suicidio tendría poco sentido. Y un asesinato poco más tendría. Era posible comprender que se hubiese despachado a tres personas para impedir que divulgasen alguna información explosiva. Pero en este caso la información ya había sido divulgada, ya estaba depositada en la Bibliothéque Nationale. ¿Habrían sido los asesinatos —si es que se trataba de tal cosa— alguna forma de castigo, de desquite? ¿O eran tal vez el medio de impedir nuevas indiscreciones? Ninguna de estas explicaciones es satisfactoria. Si alguien monta en cólera porque se ha revelado determinada información, o si alguien desea impedir más revelaciones, no llama la atención sobre el asunto cometiendo un trío de asesinatos horripilantes y sensacionales a menos que se sienta razonablemente seguro de que no habrá una investigación muy asidua.
Por suerte, nuestras propias aventuras durante la investigación fueron menos dramáticas, pero igualmente desconcertantes. Habíamos encontrado, por ejemplo, repetidas alusiones a una obra de un tal Antoine Ermite titulada Un trésor mérovingien á Rennes-le-Cháteau («Un tesoro merovingio en Rennes-le-Cháteau»). Tratamos de localizar esta obra y no tardamos en hallarla en el catálogo de la Bibliothéque Nationale; pero resultó inusitadamente difícil de conseguir. Cada día, durante una semana, íbamos a la biblioteca y rellenábamos la ficha solicitando la obra. En cada ocasión nos devolvían la ficha con una palabra escrita en ella, «communiqué», para indicar que otra persona estaba utilizando la obra en cuestión. Esto no tenía nada de extraño.

Pero al cabo de una quincena sí empezó a tenerlo y también a resultar exasperante, toda vez que no podíamos quedarnos mucho tiempo en París. Pedimos ayuda a un bibliotecario. Nos dijo que el libro estaría «communiqué» durante tres meses —lo cual era una situación extremadamente insólita— y que no podíamos encargarlo por adelantado.
Al cabo de poco tiempo, ya en Inglaterra, una amiga nuestra anunció que se iba de vacaciones a París. Le pedimos que tratara de obtener la escurridiza obra de Antoine l’Ermite y cuando menos tomara nota de lo que contenía. Nuestra amiga fue a la Bibliothéque Nationale y solicitó el libro. A ella ni siquiera le devolvieron la ficha. Volvió a intentarlo al día siguiente y el resultado fue el mismo.
Cuando volvimos a París, unos cuatro meses más tarde, hicimos otro intento. De nuevo nos devolvieron la ficha con la palabra «communiqué». En aquel momento decidimos que aquello duraba ya demasiado y empezamos a jugar nuestro propio juego. Bajamos a la sala del catálogo, que es contigua a los «anaqueles», los cuales, huelga decirlo, no están al alcance del público. Encontramos a un ayudante de bibliotecario de edad avanzada y aspecto bondadoso y nos pusimos a interpretar el papel de turistas ingleses cuyos conocimientos de la lengua francesa hubieran avergonzado a un hombre de Neanderthal. Le pedimos que nos ayudara, explicándole que buscábamos determinada obra pero no conseguíamos obtenerla, sin duda a causa de nuestro conocimiento imperfecto de las normas de la biblioteca.
El bondadoso anciano accedió a ayudarnos. Le dimos el número de catálogo de la obra y él desapareció entre los «anaqueles». Cuando volvió dijo que lo sentía pero que no podía hacer nada: el libro había sido robado. Es más, añadió, al parecer el responsable del robo era una compatriota nuestra, una inglesa. Tras insistir un rato, consintió en darnos su nombre. ¡Era el de nuestra amiga!

Al volver a Inglaterra buscamos ayuda en el servicio bibliotecario de Londres, que se avino a investigar el extraño asunto. La National Central Library escribió en nombre nuestro a la Bibliothéque Nationale pidiendo explicaciones por lo que parecía una obstrucción premeditada de una investigación legítima. No se recibió ninguna explicación. Sin embargo, poco después nos fue enviada por fin una fotocopia de la obra de Antoine l’Ermite, junto con instrucciones terminantes de que la devolviéramos inmediatamente. Esto ya era extremadamente singular de por sí, ya que normalmente las bibliotecas no solicitan la devolución de las fotocopias. Por lo general, éstas acaban en la papelera.
La obra, cuando por fin llegó a nuestras manos, resultó muy decepcionante y apenas justificaba las complicadas gestiones que habíamos tenido que hacer para obtenerla. Al igual que la obra de Madeleine Blancassal, llevaba el pie de imprenta de la Grande Loge Alpina de Suiza. Pero no decía nada nuevo en ningún sentido. De forma muy breve recapitulaba la historia del conde de Razés, de Rennes-le-Cháteau y de Bérenger Sauniére. En pocas palabras, refundía todos los detalles que conocíamos desde hada ya tiempo. No podíamos imaginarnos por qué alguien había podido utilizarla y tenerla «communiqué» durante una semana entera. Ni podíamos explicarnos por qué se habían empeñado en negárnosla. Pero lo más intrigante de todo era que la obra en sí no era original. Con la excepción de unas cuantas palabras alteradas aquí y allí, era un texto literal, compuesto e impreso de nuevo, de un capítulo de un libro de bolsillo, un best-seller facilón que trataba de tesoros perdidos en todo el mundo y que podía comprarse por pocos francos en cualquier quiosco. O bien Antoine l’Ermite había plagiado descaradamente el libro publicado o éste había plagiado a Antoine l’Ermite.

Estas cosas son típicas de la mistificación que ha rodeado el material desde que en 1956 empezó a aparecer fragmento a fragmento en Francia. Otros investigadores han encontrado enigmas parecidos. Nombres en apariencia plausibles han resultado ser seudónimos. Direcciones, incluyendo las de editoriales y organizaciones, han resultado inexistentes. Se han citado alusiones a libros que, que nosotros sepamos, nadie ha visto jamás. Han desaparecido documentos; otros han sido alterados y otros, inexplicablemente, han sido mal catalogados en la Bibliothéque Nationale. A veces uno está tentado de sospechar que se trata de una broma pesada. Si es así, es una broma pesada a enorme escala y para la cual se ha utilizado una impresionante variedad de recursos, económicos y de otra índole. Y parece que el autor de dicha broma, sea quien sea, se la está tomando muy en serio.
Mientras tanto ha seguido apareciendo material nuevo en el que los temas de costumbre se repiten a guisa de leitmotiv: Sauniére, Rennes-le-Cháteau, Poussin, «Les
bergers d’Arcadie», los caballeros templarios, Dagoberto II y la dinastía merovingia. Alusiones a la viticultura —el cultivo de la vio1— figuran de manera prominente, es de suponer que con algún sentido alegórico. Al mismo tiempo, se ha añadido más y más información. Un ejemplo de ella es la identificación de Henri Lobineau como el conde de Lénoncourt. Otro es una insistencia creciente pero no explicada en la importancia de la Magdalena. Y se han recalcado repetidamente otros dos lugares, que han asumido una categoría que en apariencia equivale a la de Rennes-le-Cháteau. Uno de ellos es Gisors, fortaleza de Normandía que tuvo una importancia vital, tanto estratégica como política, en el apogeo de las cruzadas. El otro es Stenay, otrora llamado Satanicum, en el borde de las Ardenas, la antigua capital de la dinastía merovingia, cerca de la cual fue asesinado Dagoberto II en 679.
El material disponible actualmente no puede reseñarse ni comentarse como es debido en estas páginas. Es demasiado denso, demasiado confuso, demasiado inconexo y, sobre todo, demasiado copioso.

Pero de este cúmulo de información que no para de proliferar emergen algunos puntos clave que constituyen los cimientos de nuevas investigaciones. Se presentan como hechos históricos indiscutibles y es posible resumirlos de la siguiente manera:
1. Había una orden secreta detrás de los caballeros templarios, la cual creó a éstos como su brazo militar y administrativo. Esta orden, que ha funcionado bajo diversos nombres, recibe con mayor frecuencia el de la Prieuré de Sion («Priorato de Sion»).
2. La Prieuré de Sion ha sido dirigida por una sucesión de grandes maestres cuyos nombres se cuentan entre los más ilustres de la historia y la cultura occidentales.
3. Si bien los caballeros templarios fueron destruidos y disueltos entre 1307 y 1314, la Prieuré de Sion permaneció indemne. Aunque se vio desgarrada periódicamente por luchas sanguinarias entre distintas facciones, ha seguido funcionando a lo largo de los siglos. Actuando en la sombra, entre bastidores, ha orquestado ciertos acontecimientos críticos de la historia de Occidente.
4. La Prieuré de Sion existe y sigue funcionando hoy en día. Influye y participa en asuntos internacionales de alto nivel, así como en los asuntos internos de ciertos países europeos. En cierta medida significativa, es responsable de la información que se ha diseminado desde 1956.
5. El objetivo confesado y declarado de la Prieuré de Sion es la restauración de la dinastía y la estirpe merovingias en el trono, no sólo de Francia, sino también de otras naciones europeas.
6. La restauración de la dinastía merovingia está sancionada y es justificable, tanto legal como moralmente. Aunque depuesta en el siglo VIII, la estirpe merovingia no se extinguió. Por el contrario, se perpetuó en línea directa desde Dagoberto II y su hijo Sigisberto IV. A fuerza de alianzas dinásticas y matrimonios entre sus miembros, esta línea llegó a incluir a Godofredo de Bouillon, que en 1099 conquistó Jerusalén, y a otras varias familias nobles y reales, del pasado y del presente: Blanchefort, Gisors, Saint-Clair (Sinclair en Inglaterra), Montesquieu, Montpézat, Poher, Luisignan, Plantard y Habsburgo-Lorena. En la actualidad, la estirpe merovingia,1 goza de un derecho legítimo al patrimonio que le corresponde.

Aquí, en la llamada Prieuré de Sion, teníamos una posible explicación de la referencia a «Sion» que se hace en los pergaminos hallados por Sauniére. Y también aquí teníamos una explicación de las letras «P. S.», la curiosa firma que aparecía en uno de dichos pergaminos y en la lápida sepulcral de Mane de Blanchefort.
Sin embargo, sentíamos un gran escepticismo, como la mayoría de las personas, acerca de las «teorías de la historia basadas en la conspiración»; y la mayoría de las afirmaciones citadas se nos antojaban fuera de lugar, improbables o absurdas. Pero era innegable que ciertas personas continuaban promulgándolas y, además, con toda seriedad. Con toda seriedad, en efecto, y teníamos motivos para creer que desde posiciones de considerable poder. Y fuera cual fuese la veracidad de dichas afirmaciones, estaban claramente relacionadas con el misterio que envolvía a Sauniére y a Rennes-le-Cháteau.
Por consiguiente, emprendimos un examen sistemático de lo que habíamos comenzado a llamar, irónicamente, los «documentos Prieuré», y de las afirmaciones que los mismos contenían. Procuramos someterlas a un meticuloso escrutinio crítico para determinar si había alguna forma de corroborarlas. Lo hicimos con un escepticismo cínico, casi burlón, plenamente convencidos de que aquellas pretensiones grotescas se marchitarían bajo una investigación, por superficial que ésta fuera. Aunque en aquel momento no podíamos saberlo, íbamos a llevamos una gran sorpresa.


nnDnn

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