Translate

martes, 30 de abril de 2013

El Enigma Sagrado -Los Protocolos de Sión--

Los protocolos de Sion


Uno de los testimonios más persuasivos de cuantos encontramos sobre la existencia y las actividades de la Prieuré de Sion databa de las postrimerías del siglo XIX. El testimonio en cuestión es conocido, pero no reconocido como tal. Al contrario, siempre ha ido asociado a cosas más siniestras. Ha desempeñado un papel tristemente célebre en la historia reciente y todavía tiende a despertar tantas emociones violentas, antagonismos encarnizados y recuerdos horripilantes que la mayoría de los autores prefieren descartarlo de entrada. Esta reacción es perfectamente comprensible en la medida en que dicho testimonio ha contribuido de modo significativo a los prejuicios y sufrimientos de la humanidad. Pero si bien es cierto que el testimonio ha sido usado criminalmente, nuestras investigaciones nos convencieron de que también ha sido objeto de graves errores de interpretación.
El papel de Rasputín en la corte de Nicolás y Alejandra de Rusia es más o menos del conocimiento de todos. Sin embargo, lo que no suele saberse es que en la corte rusa existían enclaves esotéricos influyentes, incluso poderosos, mucho antes de la aparición de Rasputín. Durante los decenios de 1890 y 1900 se formó uno de tales enclaves en torno a un individuo conocido por Monsieur Philippe y en torno al mentor de éste, que periódicamente visitaba la corte imperial de Petersburgo. Y el mentor de Monsieur Philippe era nada menos que el hombre llamado Papus:33 el esoterista francés que estaba relacionado con Jules Doinel (fundador de la iglesia neocátara del Languedoc), Péladan (que pretendía haber descubierto la tumba de Jesús), Emma Calvé y Claude Debussy. En pocas palabras, el renacimiento del ocultismo francés a finales del siglo xix no se había extendido sólo a Petersburgo, sino que, además, sus representantes gozaban de la condición privilegiada de confidentes personales del zar y la zarina.


No obstante, el enclave esotérico de Papus y de Monsieur Philippe provocó la oposición activa de otros intereses poderosos: la gran duquesa Isabel, por ejemplo, que estaba empeñada en colocar a sus propios favoritos en las inmediaciones del trono imperial. Uno de los favoritos de la gran duquesa era un individuo más bien despreciable que ha pasado a la posteridad con el seudónimo de Sergei Nilus. Alrededor de. 1903 Nilus presentó al zar un documento muy controvertible que supuestamente testificaba la existencia de una peligrosa conspiración. Pero si Nilus esperaba que el zar le demostrase gratitud por su revelación, debió de llevarse un serio desengaño. El zar declaró que el documento era una patraña escandalosa y ordenó la destrucción de todos los ejemplares del mismo. Y Nilus, caído en desgracia, fue desterrado de la corte.
Por supuesto, el documento —o cuando menos una copia del mismo— sobrevivió. En 1903 un periódico lo publicó en forma de serial, pero no despertó el menor interés. En 1905 volvió a publicarse, esta vez como apéndice de un libro escrito por un distinguido filósofo místico, Vladimir Soloviov. Esta vez comenzó a llamar la atención. En los años siguientes se convirtió en uno de los documentos más infames del siglo XX.
El documento de marras era un opúsculo —o, hablando con más propiedad— un supuesto programa social y político. Ha aparecido bajo diversos títulos ligeramente
distintos, el más común de los cuales es el de Los protocolos de los sabios de Sion.34 Se decía que los Protocolos procedían de fuentes específicamente judías. Y para muchísimos antisemitas de la época eran la prueba convincente de que existía una «conspiración judía internacional». En 1919, por ejemplo, fueron distribuidos entre las tropas del ejército de los rusos blancos, y estas tropas, durante los dos años siguientes, dieron muerte a unos 60.000 judíos, a los que se haría responsables de la revolución de 1917. En 1919 los Protocolos circularon también por obra y gracia de Alfred Rosenberg, que más adelante sería el principal teórico racista y propa- gandista del Partido Nacionalsocialista de Alemania. En Mein Kampf («Mi lucha») Hitler empleó los Protocolos para avivar sus propios prejuicios fanáticos y, según se dice, creía a pie juntillas en la autenticidad de los mismos. En Inglaterra los Protocolos recibieron inmediatamente marchamo de autenticidad del periódico Morning Post. Incluso el Times se los tomó en serio en 1921 y no reconoció su error hasta más adelante. En la actualidad los expertos opinan —y creemos que con razón— que los Protocolos, al menos en su forma presente, son una falsificación malévola e insidiosa. Pese a ello, todavía circulan —en Latinoamérica, en España,
hasta en Gran Bretaña— como propaganda antisemita.


Los Protocolos presentan en líneas generales un anteproyecto para nada menos que la total dominación del mundo. En una primera lectura parecen un programa maquiavélico —una especie de memorándum interno, por así decirlo— para un grupo de individuos decididos a imponer un nuevo orden mundial en el que ellos mismos serían los déspotas supremos. El texto aboga por una conspiración con cabeza de hidra y múltiples tentáculos dedicada al desorden y la anarquía, a derribar ciertos regímenes, infiltrarse en la francmasonería y en otras organizaciones parecidas y, finalmente, hacerse con el control absoluto de las instituciones sociales, políticas y económicas del mundo occidental. Y los autores anónimos de los Protocolos declaran explícitamente haber dirigido a pueblos enteros «de acuerdo con un
plan político que nadie ha logrado imaginar siquiera en el curso de muchos siglos».
Puede que al lector moderno los Protocolos le parezcan obra de alguna organización de mentirijillas como, por ejemplo, ESPEC-TRA, la adversaria de James Bond en las novelas de lan Fleming. Sin .embargo, cuando fueron publicados por primera vez se dijo que eran obra de un Congreso Judaico Internacional reunido en Basilea en 1897. La falsedad de esta aseveración quedó demostrada hace ya mucho tiempo. Se sabe, por ejemplo, que los primeros ejemplares de los Protocolos estaban redactados en francés y en el congreso celebrado en Basilea en 1897 no había ni un solo delegado francés. Por si fuera poco, se sabe también que un ejemplar de los Protocolos circulaba ya en 1884, es decir, trece años antes del congreso de Basilea.


El ejemplar de 1884 apareció en manos de un miembro de una logia masónica, la misma a la que pertenecía Papus, que más adelante sería su Gran maestre.37 Además, era en esta misma logia donde había aparecido por primera vez la tradición de Ormus: el legendario sabio egipcio que amalgamó misterios paganos y cristianos y fundó la Rose-Croix.
Los eruditos modernos han demostrado que los Protocolos, tal como fueron publicados por primera vez, se basan, al menos en parte, en una obra satírica escrita y publicada en Ginebra en 1864. La obra fue redactada como un ataque contra Napoleón III por un hombre que se llamaba Maurice Joly y que fue a dar con sus huesos en la cárcel. Se dice que Joly era miembro de una orden de la Rose-Croix. No se sabe si esto es cierto o no, pero sí consta que Joly era amigo de Víctor Hugo y éste, que compartía con él la antipatía por Napoleón III, era miembro de una orden de la Rose-Croix.
Así pues, es posible probar de modo concluyente que los Protocolos no salieron del congreso judaico que se celebró en Basilea en 1897. Siendo así, es obvio que hay que preguntarse de dónde salieron. Los eruditos modernos los han desechado por considerarlos una falsificación total, un documento espurio inventado por intereses antisemitas empeñados en desacreditar el judaismo. Y, sin embargo, los Protocolos mismos son un argumento fuerte en contra de esta conclusión. Contienen, por ejemplo, cierto número de referencias enigmáticas que evidentemente no son judaicas. Pero son tan claramente no judaicas que tampoco es posible que sean una falsificación. No puede ser que un falsificador antisemita con un mínimo de inteligencia inventase tales referencias con el fin de desacreditar ei judaismo, pues nadie habría creído que eran de origen judaico.
Así, por ejemplo, el texto de los Protocolos termina con una sola afirmación: Firmados por los representantes de Sion del Grado 33.38
¿Por qué un falsificador antisemita haría semejante afirmación? ¿Por qué no trataría de incriminar a todos los judíos, en vez de sólo a unos cuantos, es decir, los que constituyen los representantes de Sion del Grado 33? ¿Por qué no declararía que el documento estaba firmado, pongamos por caso, por los representantes del Congreso Judaico Internacional? De hecho, los representantes de Sion del Grado 33 no parecen tener la menor relación con el judaismo o con alguna conspiración judía internacional. En todo caso, diríase que tienen que ver con algo específicamente masónico. Y el Grado 33 de la francmasonería es el de la llamada observancia estricta, es decir, el sistema de la masonería que introdujo Hund por orden de sus «superiores desconocidos», uno de los cuales, al parecer, era Charles Rad-clyffe.


Los Protocolos contienen otras anomalías aún más flagrantes. El texto, por ejemplo, habla repetidamente del advenimiento de un reino masónico y de un «rey de la sangre de Sion que presidirá dicho ino masónico. Afirma que el futuro rey será de las raíces dinásticas del rey David. También dice que el rey de los judíos será el verdadero papa y el patriarca de una Iglesia internacional. Y concluye, de una manera harto críptica, diciendo que Ciertos miembros de la simiente de David prepararán a los reyes y a sus herederos... Sólo el rey y los tres que lo apadrinaron sabrán lo que va a venir.
Como expresión del pensamiento judaico, real o inventado, estas afirmaciones son manifiestamente absurdas. Desde tiempos bíblicos ningún rey ha figurado en la tradición judaica y el principio mismo de la realeza se ha convertido en algo totalmente fuera de lugar. El concepto de un rey no habría significado nada para los judíos de 1897, como tampoco significaría nada para los judíos de hoy; y este hecho no podía ignorarlo ningún falsificador. En realidad, las referencias que hemos citado parecen más cristianas que judías. Durante los dos últimos milenios el único «rey de los judíos» ha sido Jesús; y Jesús, según los evangelios, era de las raíces dinásticas de David. Si alguien inventa un documento y lo atribuye a una conspiración judía, ¿por qué va a incluir ecos tan patentemente cristianos? ¿Por qué hablar de un concepto tan específica y singularmente cristiano como es el de un papa? ¿Por qué hablar de una «Iglesia internacional en lugar de una sinagoga o un templo internacional? ¿Y por qué incluir la alusión enigmática al rey y a los tres que lo apadrinaron? Más que en el judaismo y el cristianismo, esto último hace pensar en las sociedades secretas de Johann Valentín Andrea y Charles Nodier. Si los Protocolos en su totalidad fueron fruto de la imaginación antisemítica de un propagandista, es difícil imaginar que éste fuera tan inepto, tan ignorante y tan mal informado.
Basándonos en una investigación prolongada y sistemática, sacamos ciertas conclusiones en relación con los Protocolos de los sabios de Sion. Son las siguientes:
1. Había un texto original en el que se basó la versión publicadade los Protocolos. Este texto original no era una falsificación, sinoque era auténtico. Pero no tenía absolutamente nada que ver con eljudaismo ni con una «conspiración judía internacional». Más biensalió de alguna organización masónica o de alguna sociedad secretade orientación masónica en cuyo nombre constaba la palabra «Sion».
2. El texto original que sirvió de base para la versión publicada delos Protocolos no tenía por qué estar escrito en un lenguaje provocativo o incendiario. Pero es muy posible que incluyera un programaencaminado a la obtención de poder, a infiltrarse en la francmasonería,a controlar instituciones sociales, políticas y económicas. Un programade esa índole habría estado muy en consonancia con las sociedadessecretas del Renacimiento, así como con la Compagnie du Saint- Sa-crement y las instituciones de Andrea y Nodier.
3)El texto original en que se basó la versión publicada de losProtocolos cayó en manos de Sergei Nilus. Al principio Nilus no teníaintención de desacreditar al judaismo. Al contrario, se lo enseñó al zarcon el propósito de desacreditar al enclave esotérico que existía en iacorte imperial, es decir, el enclave de Papus, Monsieur Philippe y otros miembros de la sociedad secreta en cuestión. Es casi seguro que, antes de mostrar el documento al zar, Nilus manipuló el texto con el objeto de que resultara más venenoso e incendiario de lo que en principio era. Al verse desdeñado por el zar. Nilus puso en circulación los Protocolos, con el texto manipulado, para que fuesen publicados. No habían logrado su objetivo principal, es decir, comprometer a Papus y a Monsieur Philippe. Pero todavía podían servir para un segundo propósito: fomentar el antisemitismo. Aunque sus blancos principales habían sido Papus y Monsieur Philippe, Nilus también era hostil al judaismo.
4) Por consiguiente, la versión publicada de los Protocolos no es un texto totalmente inventado. Es más bien un texto alterado de forma radical. Pero, a pesar de las alteraciones, se advierten en él ciertos vestigios de la versión original: como en un palimpsesto o como en pasajes de la Biblia. Estos vestigios —que aludían a un rey, un papa, una Iglesia internacional y Sion— probablemente significaron poco o nada para Nilus. Ciertamente, él mismo no los habría inventado. Pero, si ya estaban allí, no habría tenido motivo, dada su ignorancia, para suprimirlos. Y, si bien cabe que tales vestigios no tuvieran ninguna relación con el judaismo, es posible que fueran extremadamente pertinentes para una sociedad secreta. Tal como averiguamos más adelante, eran —y siguen siendo— de importancia primordial para la Prieuré de Sion.


La Hiéron du Val d'Or
Mientras llevábamos a cabo nuestra investigación independiente, habían seguido apareciendo nuevos «documentos Prieuré». Algunos de ellos —publicados privadamente como, por ejemplo, los Dossiers Secrets, cuya circulación tenía que ser limitada— llegaron a nuestro poder por mediación de amigos que teníamos en Francia o de la Bi-bliothéque Nationale de París. Otros aparecieron en forma de libro, recién publicados y lanzados al mercado por primera vez.
En algunas de estas obras había información complementaria sobre las postrimerías del siglo XIX y, específicamente, sobre Bérenger Sauniére. Según una de estas crónicas puestas al día, Sauniére no descubrió por casualidad los trascendentales pergaminos en su iglesia. Por el contrario, se dice que dio con ellos porque emisarios de la Prieuré de Sion le informaron de su paradero. Estos emisarios visitaron a Sauniére en Rennes-le-Cháteau y le reclutaron en calidad de factótum. Al parecer,
hacia finales de 1916 Sauniére se peleó con dichos emisarios.40 Si esto es cierto, la muerte dtl cura en enero de 1917 cobra un tono más siniestro del que generalmente se le atribuye. Diez días antes de su muerte Sauniére gozaba de buena salud. A pesar de ello, diez días antes de su muerte alguien encargó un ataúd en su nombre. El recibo del ataúd, fechado el 12 de enero de 1917, está extendido a nombre de Mane Denarnaud, confidente y gobernanta de Sauniére.
Una publicación Prieuré más reciente y, al parecer, más autorizada amplía la historia de Sauniére y diríase que confirma, al menos en parte, la crónica que hemos resumido más arriba. Según dicha publicación, Sauniére no era más que un peón y su papel en el misterio de Rennes-le-Cháteau ha sido muy exagerado. La verdadera fuerza que había detrás de los acontecimientos del pueblo de montaña era, según se dice, el abate Henri Boudet, amigo de Sauniére y cura del cercano pueblo de Rennes-les-Bains.


Se dice que Boudet proporcionó a Sauniére todo su dinero, un total de trece millones de francos entre 1887 y 1915. Y también se dice que Boudet guió a Sauniére en sus diversos proyectos: las obras públicas, la construcción de la Villa Bethania y de la Tour Magdala. Asimismo, Boudet supervisó la restauración de la iglesia de Rennes-le-Cháteau y diseñó las desconcertantes estaciones de la cruz de Sauniére como una especie de versión ilustrada o equivalente visual de un libro críptico suyo.
Según esta reciente publicación Prieuré, en esencia Sauniére ignoró siempre el verdadero secreto que él mismo custodiaba: hasta que Boudet, a punto ya de morir, se lo confió en marzo de 1915. Según la misma publicación, Marie Denarnaud, la gobernanta de Sauniére, era en realidad agente de Boudet. Se supone que fue a través de ella que Boudet transmitía instrucciones a Sauniére. Y todo el dinero se lo pagaba a ella. O, mejor dicho, la mayor parte del dinero. Pues se dice que entre 1885 y 1901 Boudet pagó 7.655.250 francos al obispo de Carcasona, es decir, el hombre que envió a Sauniére a París con los pergaminos y que corrió con todos los gastos del viaje y de la estancia. Da la impresión de que también el obispo trabajaba esencialmente para Boudet. No hay duda de que la situación resulta incongruente: un importante obispo regional es el sirviente pagado de un humilde cura de una parroquia remota. ¿Y el párroco? ¿Para quién trabajaba Boudet? ¿A qué intereses representaba? ¿Qué le daría el poder necesario para contratar los servicios y el silencio de su superior eclesiástico? ¿Y quién le proporcionaría aquellos inmensos recursos económicos que él gastaba con tanta prodigalidad? Estas preguntas no hallan una respuesta explícita. Pero la contestación está implícita de manera constante: la Prieuré de Sion.


Una nueva obra que, al igual que sus predecesoras, parecía inspirada en fuentes de información privilegiadas arrojó más luz sobre el asunto. La obra en cuestión es Le trésor du triangle d'or (El tesoro del triángulo de oro), de Jean-Luc Chaumeil, publicada en 1979. Según Chaumeil, varios clérigos relacionados con el enigma de Rennes-le-Cháteau —Sauniére, Boudet y muy probablemente otros como Hoffet, el tío de Hoffet en Saint Sujpice y el obispo de Carcasona— estaban afiliados a la masonería de «nto escocés». Esta variante de la francmasonería, declara Chaumeil, difería de la mayoría de las demás por ser «cristiana, hermética y aristocrática». En pocas palabras, a diferencia de muchos ritos de la francmasonería, no consistía principalmente en librepensadores y ateos. Al contrario, parece ser que era profundamente religiosa y que estaba orientada a la magia: hacía hincapié en una sagrada jerarquía social y política, en un orden divino, en un plan subyacente de
índole cósmica. Y los grados más altos de dicha francmasonería, según Chaumeil, eran los grados inferiores de la Prieuré de Sion.
Durante nuestras pesquisas ya habíamos encontrado una francmasonería del tipo que describe Jean-Luc Chaumeil. A decir verdad, la descripción que éste hace podía aplicarse fácilmente al «rito escocés» original que introdujeron Charles Radclyffe y sus colaboradores. Tanto la masonería de Radclyffe como la que describe Chaumeil habrían sido aceptables para los católicos devotos a pesar de la condenación del papa, ya fueran tales católicos jacobitas del siglo xvm o curas franceses del XX. No hay duda de que Roma lo desaprobaba en ambos casos, y lo hacía de forma muy vehemente. Sin embargo, parece que los individuos relacionados con todo ello no sólo persistieron en considerarse como cristianos y católicos. A juzgar por los datos de que disponemos, también parecen haber recibido una importante y vigorizadora transfusión de fe que les permitía verse a sí mismos como cristianos en un sentido más verdadero que el del pontificado.


Aunque Jean-Luc Chaumeil se muestra tan impreciso como evasivo, da a entender de modo implícito que en los años anteriores a 1914 la francmasonería a la que pertenecían Boudet y Sauniére se amalgamó con otra institución esotérica, una institución que bien podría explicar algunas de las referencias curiosas a un monarca que aparecen en los Protocolos de los sabios de Sion, especialmente si, como insinúa Chaumeil, e1 verdadero poder que había detrás de esta otra institución era también la Prieuré de Sion.
La institución a la que nos referimos se llamaba la Hiéron du Val d'Or, lo cual parece una transposición verbal de Orval,43 el sitio que figuraba repetidamente en la historia. La Hiéron du Val d'Or era una especie de sociedad secreta política fundada alrededor de 1873. Parece ser que compartía muchas cosas con otras organizaciones esotéricas de la época. Daba una importancia característica, por ejemplo, a la geometría sagrada y a varios emplazamientos también sagrados. Insistía en la existencia de una verdad mística o gnóstica debajo de los motivos mitológicos. Se advertía su preocupación por los orígenes de los hombres, las razas, las lenguas y los símbolos, tal como se advierte también en la teosofía. Y, al igual que muchas otras sectas y sociedades de la época, la Hiéron du Val d'Or era al mismo tiempo cristiana y transcristiana. Ponía de relieve la importancia del Sagrado Corazón, por ejemplo, pero lo vinculaba con otros símbolos precristianos. Procuraba hacer compatibles los misterios cristianos y paganos, tal como se decía que había hecho el legendario Ormus. Y atribuía un significado especial al pensamiento druídico, al que, como hacen muchos expertos modernos, consideraba como parcialmente pitagórico. Todos estos temas aparecen bosquejados en la obra publicada del abate Henri Boudet, el amigo de Sauniére.
La Hiéron du Val d'Or tenía que ver con nuestra investigación porque formulaba lo que Jean-Luc Chaumeil denomina una «geopolítica esotérica» y un «orden mundial etnárquico». En realidad, estas denominaciones, traducidas a un lenguaje más asequible, significaban la instauración de un nuevo Sacro Imperio Romano en la Europa del siglo XIX, un Sacro Imperio Romano revitalizado y reconstituido, un Estado secular que unificaría a todos los pueblos y que en esencia se apoyaría en cimientos espirituales en lugar de sociales, políticos o económicos. A diferencia de su predecesor, este nuevo Sacro Imperio Romano sería auténticamente sacro, auténticamente «romano» y auténticamente «imperial», aunque el significado específico de estos términos sería crucialmente distinto del significado aceptado por la tradición y el convencionalismo. Un Estado de estas características llevaría a la práctica el sueño secular de un reino celestial en la Tierra, una copia o imagen terrestre del orden, la armonía y la jerarquía del cosmos. Habría realizado la antigua premisa hermética de lo de arriba, también abajo. Y no era del todo utópico o ingenuo. Al contrario, era cuando menos remotamente factible en el contexto de la Europa del siglo XIX.


Según Chaumeil, los objetivos de la Hiéron du Val d'Or eran:
una teocracia en donde las naciones no serían más que provincias, sus líderes no serían otra cosa que procónsules al servicio de un gobierno mundial oculto integrado por una élite. Para Europa este régimen del Gran Rey entrañaba una doble hegemonía del pontificado y el imperio, del Vaticano y de los Habsburgo, que serían el
brazo derecho del Vaticano.
En el siglo XIX, huelga decirlo, los Habsburgo eran sinónimo de la casa de Lorena. Por consiguiente, el concepto de un Gran Rey habría significado el cumplimiento de las profecías de Nostradamus. Y también habría realizado, al menos en cierto sentido, el proyecto monárquico que se bosquejaba en los Protocolos de los sabios de Sion. Al mismo tiempo, está claro que la realización de un proyecto tan grandioso habría entrañado diversos cambios en las instituciones existentes. El Vaticano, por ejemplo, seguramente hubiera sido muy distinto del que a la sazón estaba instalado en Roma. Y los Habsburgo habrían sido algo más que jefes de Estado imperiales. De hecho, se hubiesen convertido en una dinastía de reyes-sacerdotes, igual que los faraones del antiguo Egipto. O igual que el Mesías que esperaban los judíos en el alba de la era cristiana.
Chaumeil no aclara hasta qué punto los propios Habsburgo participaban activamente en estos ambiciosos planes clandestinos. Hay datos, no obstante —incluyendo la visita de un archiduque Habsburgo a Rennes-le-Cháteau—, que parecen atestiguar cuando menos cierta participación. Pero los planes que se habían trazado, fuesen los que fuesen, se vieron frustrados a causa de la primera guerra mundial, que entre otras cosas significó el final del poder de los Habsburgo.


Tal como los explicaba Jean-Luc Chaumeil, los objetivos de la Hiéron du Val d'Or —o de la Prieuré de Sion— tenían cierto sentido lógico en el contexto de lo que habíamos descubierto nosotros. Arrojaban nueva luz sobre los Protocolos de los sabios de Sion. Concordaban con los objetivos declarados de varias sociedades secretas, incluyendo las de Charles Radclyffe y Charles Nodier. Y lo más importante de todo era que se ajustaban a las aspiraciones políticas que, tal como habíamos podido comprobar, albergó la casa de Lorena a lo largo de los siglos.
Pero si los objetivos de la Hiéron du Val d'Or tenían sentido lógico, no tenían sentido político desde el punto de vista práctico. Nos preguntamos en qué se hubiesen basado los Habsburgo para reclamar su derecho de funcionar en calidad de dinastía de reyes-sacerdotes. A menos que contasen con un abrumador apoyo popular, no hubiera sido posible defender tal derecho en contra del gobierno republicano de Francia, por no hablar de las dinastías imperiales que en aquel tiempo reinaban en Rusia, Alemania y Gran Bretaña. ¿Y cómo habrían podido obtener el necesario apoyo popular?
En el contexto de las realidades políticas del siglo XIX semejante plan, pese a su consistencia lógica, nos pareció absurdo. Sacamos la conclusión de que quizás habíamos interpretado mal la Hiéron du Val d'Or. O quizás era que los miembros de la Hiéron du Val d'Or sencillamente estaban chiflados.
No tuvimos más remedio que archivar el asunto en espera de más información. Mientras tanto, dirigimos la atención hacia el presente al objeto de determinar si la Prieuré de Sion existía hoy día. No tardamos en descubrir que sí. Sus miembros no estaban chiflados y pudimos comprobar que en el siglo XX seguían un programa que se parecía en esencia al que la Hiéron du Val d'Or siguiera en el siglo XIX.


La sociedad secreta hoy día.


El Journal Officiel es una publicación semanal del gobierno francés en la que deben declararse todos los grupos, sociedades y organizaciones del país. En el número correspondiente a la semana del 20 de julio de 1956 (número 167) se lee lo siguiente:
25 juin 1956. Déclaration á la sous-préfecture de Saint-Julien n-Genevois. Prieuré de Sion: études et entr'aide des membres. Siége social: Sous-Cassan, Annemasse (Haute Savoie).
(25 de junio de 1956. Declaración ante la subprefectura de Saint-Julien-en-Genevois. Prieuré de Sion. Objetivos: estudios y ayuda mutua entre los asociados. Domicilio social: Sous-Cassan, Annemasse, Alta Saboya.)
La Prieuré de Sion estaba inscrita oficialmente ante la policía. Teníamos ante nosotros lo que parecía una prueba definitiva de su existencia en nuestra propia .época, aunque nos pareció un poco extraño que una sociedad supuestamente secreta se anunciara de este modo. Pero quizá, después de todo, no fuese tan extraño. No encontramos el número de teléfono de la Prieuré de Sion en ninguna guía telefónica de Francia. La dirección resultaba demasiado imprecisa para identificar una oficina específica, o una casa, edificio o incluso una calle. Y en la subprefectura, cuando les telefoneamos, no nos resultaron de mucha ayuda. Dijeron que habían recibido numerosas preguntas y lo dijeron en tono cansado, resignado, como el de alguien que lleva mucho tiempo sufriendo. Pero no pudieron darnos más información. Que ellos supieran, la dirección era ilocalizable. Aunque no sacamos nada en claro, lo ocurrido nos dio que pensar. Entre otras cosas, hizo que nos preguntáramos cómo ciertos individuos se las habían ingeniado para registrar una organización ficticia o inexistente ante la policía y luego, a lo que parecía, librarse de todas las posibles consecuencias del hecho. ¿Era la policía realmente tan despreocupada e indiferente como parecía ser? ¿O se trataba más bien de que la orden había conseguido ganarse su cooperación y su discreción?


Solicitamos a la subprefectura una copia de lo que eran los supuestos estatutos de la Prieuré de Sion. Nos la proporcionaron. El documento, que consistía en veintiún artículos, no era controvertible ni especialmente iluminador. Por ejemplo, no decía claramente cuáles eran los objetivos de la orden. No daba ninguna indicación de su posible influencia, del número de asociados o de sus recursos. En su conjunto resultaba bastante inocuo aunque, al mismo tiempo, hizo crecer nuestra perplejidad. En cierto lugar, por ejemplo, los estatutos declaraban que la entrada en la orden no debía verse restringida por motivos de lengua, origen social, clase o ideología política. En otro lugar estaba estipulado que todos los católicos mayores de veintiún años podían ser miembros de la orden. De hecho, los estatutos en general parecían salidos de una institución piadosa e incluso fervientemente católica. Y, pese a ello, los supuestos grandes maestres de la orden, así como su historia pasada, en la medida en que habíamos podido seguirla, no eran precisamente ejemplos de catolicismo ortodoxo. A este respecto, incluso los modernos «documentos Prieuré», muchos de ellos publicados al mismo tiempo que los estatutos, eran de orientación más hermética, incluso heréticamente gnóstica, que católica. La contradicción no parecía tener sentido, a no ser que la Prieuré de Sion, al igual que los caballeros templarios y que la Compagnie du Saint-Sacrement, exigiera el catolicismo como prerrequisito exotérico, el cual podía posteriormente ser trascendido en el seno de la orden. En todo caso, la orden de Sion, al igual que el Temple y que la Compagnie du Saint- Sacrement, parecía exigir una obediencia que, por su naturaleza absoluta, subsumía todos los demás compromisos, fueran seculares o espirituales. De conformidad con el artículo VII de los luego, a lo que parecía, librarse de todas las posibles consecuencias del hecho. ¿Era la policía realmente tan despreocupada e indiferente como parecía ser? ¿O se trataba más bien de que la orden había conseguido ganarse su cooperación y su discreción? Solicitamos a la subprefectura una copia de lo que eran los supuestos estatutos de la Prieuré de Sion. Nos la proporcionaron. El documento, que consistía en veintiún artículos, no era controvertible ni especialmente iluminador. Por ejemplo, no decía claramente cuáles eran los objetivos de la orden. No daba ninguna indicación de su posible influencia, del número de asociados o de sus recursos. En su conjunto resultaba bastante inocuo aunque, al mismo tiempo, hizo crecer nuestra perplejidad. En cierto lugar, por ejemplo, los estatutos declaraban que la entrada en la orden no debía verse restringida por motivos de lengua, origen social, clase o ideología política. En otro lugar estaba estipulado que todos los católicos mayores de veintiún años podían ser miembros de la orden. De hecho, los estatutos en general parecían salidos de una institución piadosa e incluso fervientemente católica. Y, pese a ello, los supuestos grandes maestres de la orden, así como su historia pasada, en la medida en que habíamos podido seguirla, no eran precisamente ejemplos de catolicismo ortodoxo. A este respecto, incluso los modernos documentos Prieuré, muchos de ellos publicados al mismo tiempo que los estatutos, eran de orientación más hermética, incluso heréticamente gnóstica, que católica. La contradicción no parecía tener sentido, a no ser que la Prieuré de Sion, al igual que los caballeros templarios y que la Compagnie du Saint-Sacrement, exigiera el catolicismo como prerrequisito exotérico, el cual podía posteriormente ser trascendido en el seno de la orden. En todo caso, la orden de Sion, al igual que el Temple y que la Compagnie du Saint-Sacrement, parecía exigir una obediencia que, por su naturaleza absoluta, subsumía todos los demás compromisos, fueran seculares o espirituales. De conformidad con el artículo VII de los estatutos, «El candidato debe renunciar a su personalidad con el fin de dedicarse al servicio de un alto apostolado moral».
Asimismo, los estatutos declaran que la orden funciona bajo el subtítulo de Chevalerie d’Institutions et Regles Catholiques, d’Union Indépendante et Tradicionaliste («Caballería de Reglas e Instituciones Católicas de la Unión Independiente y Tradicionalista»).


La abreviatura de esta designación es CIRCUIT, es e1 nombre de una revista que, según los estatutos, publica internamente la orden y circula entre sus asociados.
Quizá la información más interesante que contienen los estatutos sea que, al parecer, desde 1956 la Prieuré de Sion casi ha quintuplicado el número de afiliados. Según una página que se reproduce en los Dossiers Secrets y que fue imprimida antes de 1956, Sion tenía un total de 1.093 miembros clasificados en siete grados. La estructura era tradi-cionalmente piramidal. En la cúspide estaba el Gran maestre o tonnier. Había tres en el grado inferior a éste (Prince Noachite de Notre Dame), nueve en el grado siguiente (Croisé de Saint-Jean). A partir de aquí hacia abajo, cada grado era tres veces superior al grado precedente: 27, 81, 243, 729. Los tres grados más altos —el Gran maestre y sus doce subordinados inmediatos— constituían la «Rose-Croix» trece. El número, ni que decir tiene, concordaba también con cualquier grupo situado entre una reunión satánica y Jesús con sus doce discípulos.
Según los estatutos de después de 1956, Sion tenía un total de 9.841 miembros, los cuales no estaban distribuidos entre siete grados, sino entre nueve. Parece que la estructura sigue siendo esencialmente la misma, aunque estaba clarificada y se habían introducido dos grados nuevos en el extremo inferior de la jerarquía, lo cual aumentaba el aislamiento de los líderes detrás de una amplia red de novicios. El Gran maestre conservaba aún el título de Nautonnier. Los tres «Princes Noachites de Notre Dame» recibían simplemente el nombre de Seneschales. A los nueve «Croisés de Saint-Jean» se les llamaba Connétables. La organización de la orden, según la jerga portentosamente enigmática de los estatutos, era la siguiente:
La asamblea general se compone de todos los miembros de la asociación. Consiste en 729 provincias, 27 encomiendas y un Arco designado Kyria. Cada una de las encomiendas, así como el Arco, debe consistir en cuarenta miembros, cada provincia en trece miembros.
Los miembros se dividen en dos grupos efectivos:
1. La Legión, encargada del apostolado.
2. La Phalange, custodia de la tradición.
Los miembros componen una jerarquía de nueve grados. La jerarquía de nueve grados consiste en: a) en las 729 provincias
1. Novices: 6.561 miembros
2. Croisés: 2.187 miembros b) en las 27 encomiendas
3. Preux: 729 miembros
4. Ecuyers: 243 miembros
5. Chevaliers: 81 miembros
6. Commandeurs: 27 miembros
c) en el-Arco «Kyria»:
7. Connétables: 9 miembros 8. Sénéchaux: 3 miembros
9. Nautonnier: 1 miembro2
Al parecer, a efectos burocráticos, oficiales y jurídicos, se indicaba un «Consejo» formado por cuatro miembros. Tres de los nombres no nos eran conocidos y es muy posible que fuesen seudónimos: André Bonhomme, nacido el 7 de diciembre de 1934, presidente; Jean Dela-val, nacido el 7 de marzo de 1931, vicepresidente; Armand Defago, nacido el 11 de diciembre de 1928, tesorero. Sin embargo, había un nombre que ya habíamos encontrado antes: Pierre Plantard, nacido el 18 de marzo de 1920, secretario general. Según la investigación efectuada por otro escritor, el título oficial de Pierre Plantard era el de Secretario General del Departamento de Documentación, lo cual, huelga decirlo, da a entender que existen otros departamentos.
Alain Poher


A principios del decenio de 1970 la Prieuré de Sion se había convertido en una modesta cause célebre entre ciertas personas de Francia. Se publicaron varios artículos en revistas y algún periódico se ocupó del asunto. El 13 de febrero de 1973 el Midi Libre publicó un artículo bastante largo sobre la orden de Sion, Sauniére y el misterio de Ren-nes-le-Cháteau. El artículo vinculaba específicamente la orden con la posible supervivencia de la estirpe merovingia en el siglo XXTambién sugería
que entre los descendientes de los merovingios estaba un «pretendiente auténtico al trono de Francia», al que identificaba como el señor Alain Poher.3
Aunque no es un nombre especialmente conocido en Gran Bretaña o en los Estados Unidos, Alain Poher era (y sigue siendo) un nombre conocido en Francia. Durante la segunda guerra mundial ganó la Medalla de la Resistencia y la Croix de Guerre. Tras la dimisión de De Gaulle, fue presidente provisional de Francia desde el 28 de abril hasta el 19 de junio de 1969. Al morir Georges Pompidou, ocupó el mismo puesto del 2 de abril al 27 de mayo de 1974. En 1973, cuando apareció el artículo del Midi Libre, Poher era presidente del senado francés.
Que nosotros sepamos, Poher nunca ha comentado, en uno u otro sentido, sus supuestas conexiones con la Prieuré de Sion y la estirpe merovingia. No obstante, en las genealogías de los documentos Prieuré se menciona a Arnaud, conde de Poher, quien, en algún momento situado entre 894 y 896 emparentó matrimonialmente con la familia Plantard, supuestos descendientes directos de Dagoberto II. El nieto de Arnaud de Poher, Alain, se convirtió en duque de Bretaña en 937. Tanto si el señor Poher reconoce estar vinculado a la Prieuré de Sion como si no, parece claro que la orden le reconoce a él como, en el menor de los casos, descendiente de los merovingios.


El rey perdido


Entre tanto, mientras proseguíamos nuestras indagaciones y la prensa francesa dedicaba esporádicamente su atención al asunto, continuaban apareciendo nuevos «documentos Prieuré». Al igual que antes, algunos aparecían en forma de libros, otros en forma de opúsculos imprimidos privadamente o artículos depositados en la Bibliothéque Nationale. El caso es que lo único que lograban era aumentar la confusión. Era obvio que alguien estaba produciendo este material, pero su objetivo verdadero seguía sin estar claro. A veces casi nos daban ganas de dejarlo correr como si fuera una broma complicada, un engaño de proporciones extravagantes. Sin embargo, de ser así, era un engaño que ciertas personas venían sosteniendo desde hacía siglos: y, si se invierten tanto tiempo, tanta energía y tantos recursos en un engaño, ¿cabe realmente decir que se trata de un engaño? De hecho, los hilos entrelazados y el tejido total de los «documentos Prieuré» tenían menos de broma que de obra de arte: un despliegue de ingenio, suspense, brillantez, complejidad, conocimientos históricos y arquitectónicos digna, pongamos por caso, de James Joyce. Y si bien Finnegans Wake es una obra que puede considerarse como una especie de broma, no hay la menor duda de que su creador se la tomó muy en serio.
Es importante señalar que los «documentos Prieuré» no constituían una «moda» normal y corriente, una moda lucrativa que diera paso a una industria provechosa, que engendrase segundas y terceras partes, etcétera. No podían compararse, por ejemplo, con la obra Chariots of the Gods, de Von Dániken, con las diversas obras que tratan del triángulo de las Bermudas o con las obras de Carlos Castañeda. Fuese cual fuese la motivación que había detrás de los «documentos Prieuré», era evidente que no se trataba del afán de lucro. De hecho, el dinero parecía ser únicamente un factor incidental, suponiendo que fuese siquiera eso. Aunque habrían resultado sumamente lucrativos en forma de libro, los «documentos Prieuré» más importantes no fueron publicados como tal. A pesar de su comercialidad potencial, no eran más que ediciones privadas y limitadas, depositadas discretamente en la Bibliothéque Nationale, donde, además, no siempre estaban a disposición del público. Y la información que aparecía en forma de libros normales y corrientes no era fortuita ni arbitraria y, en su mayor parte, no era obra de investigadores independientes, sino que parecía salir de una sola fuente. La mayor parte de ella se basaba en el testimonio de informadores muy específicos que medían con cuentagotas las cantidades de información que daban a conocer, de acuerdo con algún plan concebido de antemano. Cada dato nuevo añadía por lo menos una modificación, una nueva pieza del rompecabezas general. Muchos de estos fragmentos salían firmados con nombres distintos. De esta manera se daba la impresión superficial de que había varios autores, lo cual servía también para que cada uno de ellos confirmase y diera credibilidad a los demás.


Para nosotros esta forma de obrar sólo podía tener una motivación verosímil: llamar la atención del público sobre ciertas cuestiones, establecer credibilidad, engendrar interés, crear un clima psicológico que mantuviese a la gente esperando, con el aliento contenido, nuevas revelaciones. En pocas palabras, los documentos Prieuré parecían haber sido calculados específicamente para preparar el camino para alguna revelación asombrosa. Fuese cual fuere, esta revelación, al parecer, requería un prolongado proceso de ablandamiento, de preparación del público. Y fuese cual fuere, esta revelación era algo relacionado con la dinastía merovingia, la perpetuación de su estirpe hasta la actualidad y una realeza clandestina. Así, en un artículo de revista que se decía escrito por un miembro de la Prieuré de Sion encontramos la siguiente afirmación: Sin los merovingios, la Prieuré de Sion no existiría y sin la Prieuré de Sion, la dinastía merovingia se extinguiría. La relación entre la orden y la estirpe merovingia queda parcialmente aclarada y, en parte, más confusa todavía en la siguiente afirmación:
El Rey es pastor y sacerdote al mismo tiempo. A veces envía algún embajador brillante a su vasallo en el poder, su factótum, uno que tiene la felicidad de estar
sometido a la muerte. Así Rene de Anjou, Connétable de Bourbon, Nicolás Fouquet... y otros muchos para quienes un éxito asombroso se ve seguido de una inexplicable caída en desgracia..., pues estos emisarios son a la vez terribles y vulnerables. Custodios de un secreto, sólo cabe exaltarlos o destruirlos. Así gente como Gilíes de Rais, Leonardo da Vinci, Joseph Balsamo, los duques de Nevers y Gonzaga, cuya estela va envuelta en un perfume mágico en el que el azufre se mezcla con el incienso: el perfume de la Magdalena.
Si el rey Carlos VII, al entrar Juana de Arco en la sala grande de su castillo de Chinon, se escondió entre sus cortesanos, no fue porque quisiera gastar una broma frivola —¿qué gracia habría en ello?—, sino porque ya sabía de quién era ella embajadora. Y que ante ella él era poco más que un cortesano entre los otros. El secreto
que ella le reveló en privado lo contenían estas palabras: Señor, vengo en nombre del Rey.4
Las implicaciones de este pasaje son provocativas e intrigantes. Una es que el rey —el «Rey Perdido, seguramente de estirpe merovingia— sigue gobernando en realidad, simplemente por ser quien es.
Otra implicación, tal vez más sorprendente todavía, es que los soberanos temporales son conscientes de su existencia, le reconocen, le respetan y le temen. Una tercera implicación es que el Gran maestre de la Prieuré de Sion, o algún otro miembro de la orden, desempeña las funciones de embajador entre el «Rey Perdido» y sus sustitutos o representantes temporales. Y, al parecer, se considera que tales embajadores son personas de las que se puede prescindir.
Opúsculos curiosos en la Bibliothéque Nationale de París.
En 1966 se produjo un curioso intercambio de cartas referentes a la muerte de Leo Schidlof, el hombre que, bajo el seudónimo de Henri Lobineau, fue el autor, según se dijo a la sazón, de las genealogías que aparecen en algunos de los «documentos Prieuré». La primera carta, que apareció en el Catholic Weekly of Geneva, lleva fecha del 22 de octubre de 1966. Va firmada por un tal Lionel Burrus, quien afirma hablar en nombre de una organización llamada Juventud Cristiana Suiza. El señor Burrus anuncia que Leo Schidlof, alias Henri Lobineau, murió en Viena una semana antes, el 17 de octubre. Seguidamente procede a defender al difunto de un ataque difamatorio que, según él, apareció en un reciente boletín católico. El señor Burrus expresa indignación ante dicho ataque. En su apología de Schidlof declara que éste, utilizando el nombre de Lobineau, en 1956 recopiló «un notable estudio... sobre la genealogía de los reyes merovingios y el asunto de Rennes-le-Cháteau».


El señor Burrus manifiesta que Roma no se atrevió a calumniar a Schidlof cuando éste aún vivía, pese a que tenía un dosier exhaustivo sobre él y sus actividades. Pero incluso ahora, a pesar de su muerte, se siguen fomentando los intereses merovingios. En apoyo de sus afirmaciones el señor Burrus roza el absurdo en más de una ocasión. Cita lo que en 1966 era el emblema de Antar, una de las principales compañías petroleras de Francia. Dice que dicho emblema incluye una divisa merovingia y que en él se ve un rey merovingio, aunque sea en forma caricaturesca. Y este emblema, según el señor Burrus, demuestra que de una manera efectiva se está diseminando información y propaganda por cuenta de los merovingios. Y, aunque ello no venga al caso, añade que ni siquiera el clero francés mueve siempre la cola por orden del Vaticano. En cuanto a Leo Schidlof, el señor Burrus concluye (y con ello se hace eco del pensamiento francmasónico y cátaro): Para todos aquellos que conocimos a Henri Lobineau, que fue un gran viajero y un gran buscador, un hombre leal y bueno, permanece en nuestros corazones como símbolo de un "maitre parfait" a quien se respeta y venera»
Esta carta de Lionel Burrus parece decididamente obra de un chiflado. Desde luego, es curiosísima. Sin embargo, aún resulta más curioso el supuesto ataque de que fue objeto Schidlof por parte de un boletín católico, que el señor Burrus cita repetidamente. Según el señor Burrus, el boletín acusa a Schidlof de ser «prosoviético,
notorio francmasón que prepara el camino para el advenimiento de una monarquía popular en Francia». Se trata de una acusación singular y aparentemente contradictoria, pues no es habitual que las simpatías prosoviéticas vayan unidas a un intento de instaurar una monarquía. Y, pese a ello, el boletín, tal como lo cita el señor Burrus, lanza acusaciones que resultan aún más extravagantes:
Los descendientes merovingios han estado siempre detrás de todas las herejías, desde el arrianismo hasta la francmasonería pasando por los cataros y los templarios. En tos inicios de la Reforma protestante el cardenal Mazarino, en julio de 1659, hizo destruir su castillo de Barberie, que databa del siglo XII. Porque la casa y la
familia en cuestión, a través de los siglos, no habían engendrado más que agitadores secretos contra la Iglesia.
El señor Burrus no indica claramente qué boletín católico es el que publicó la acusación que él cita, de modo que no pudimos comprobar su veracidad. Con todo, si es auténtica, sería de gran importancia, pues constituiría un testimonio independiente, salido de fuentes católicas, de la destrucción del Cháteau Barberie en Nevers. También parece sugerir cuando menos una razón de ser de la Prieuré de Sion, aunque sea sólo en parte. Para entonces ya concebíamos la Prieuré de Sion, y las familias asociadas a ella, como una organización que maniobraba para hacerse con el poder y que, a causa de ello, había chocado numerosas veces con la Iglesia. Según la cita que acabamos de ver, sin embargo, no parece que la oposición a la Iglesia fuese fruto de la casualidad, las circunstancias o siquiera la política. Por el contrario, diríase que se trataba de una norma sistemática. Lo cual representaba otra contradicción, toda vez que los estatutos de la Prieuré habían salido, al menos en apariencia, de una institución acérrimamente católica.
No había transcurrido mucho tiempo desde la publicación de esta carta cuando Lionel Burrus murió en un accidente de automóvil en el que hubo seis víctimas más. Sin embargo, poco antes de su muerte su carta recibió una respuesta todavía más curiosa y provocativa que la que él mismo había escrito. Esta respuesta apareció en
forma de folleto publicado privadamente y bajo el nombre de S. Roux.
En ciertos aspectos, da la impresión de que el texto de S. Roux se hace eco del ataque contra Schidlof que tuvo por contestación la carta del señor Burrus. También critica al señor Burrus por ser joven, excesivamente entusiasta, irresponsable y propenso a hablar demasiado. Pero, si bien parece condenar la postura del señor Burrus, el folleto de S. Roux no sólo confirma los hechos que aquél cita, sino que, además, incluso los amplía. Leo Schidlof, según afirma S. Roux, era un dignatario de la Grande Loge Alpina de Suiza, es decir, la logia masónica cuyo pie de imprenta aparecía en ciertos «documentos Prieuré». Según S. Roux, Schidlof no ocultaba sus
sentimientos amistosos hacia el bloque oriental.9 En cuanto a las afirmaciones del señor Burrus sobre la Iglesia, S. Roux prosigue diciendo:
no puede decirse que la Iglesia ignore la existencia del linaje de Razas, pero es necesario recordar que todos sus descendientes, desde Dagoberto, han sido agitadores secretos tanto contra el linaje de Francia como contra la Iglesia y que han sido la fuente de todas las herejías. La vuelta de un descendiente merovingio al poder entrañaría para Francia la proclamación de una monarquía popular aliada a la URSS así como el triunfo de la francmasonería: en pocas palabras, la desaparición de la
libertad religiosa.
Si todo esto parece bastante extraordinario, aún lo son más las afirmaciones con que concluye el folleto de S. Roux:
En cuanto a la cuestión de la propaganda merovingia en Francia, todo el mundo sabe que la publicidad de Antar Petrol, con un rey merovingio que sostiene un Lirio y un Círculo, es un llamamiento popular a favor del regreso de los merovingios al poder. Y uno no puede por menos de preguntarse qué estaba preparando Lobineau en el momento de su fallecimiento en Viena, en vísperas de cambios profundos en Alemania. ¿Acaso no es también cierto que Lobineau preparó en Austria un futuro
acuerdo recíproco con Francia? ¿Acaso no fue esto la base del acuerdo francorruso? 
No es extraño que nos quedáramos absolutamente perplejos, preguntándonos de qué diablos hablaba S. Roux. Parecía haber superado al señor Burrus en lo que se refiere a decir tonterías. Al igual que el boletín al que atacara el señor Burrus, S. Roux vincula objetivos políticos en apariencia tan diversos y discordantes como son la hegemonía soviética y la monarquía popular. Y va más lejos que el señor Burrus, puesto que declara que «todo el mundo sabe» que el emblema de una compañía de petróleos es una forma sutil de propaganda..., de una causa desconocida y aparentemente absurda. Alude a grandes cambios en Francia, Alemania y Austria como si estos cambios ya estuvieran «en el programa», suponiendo que no fueran ya hechos consumados. Y habla de un misterioso acuerdo «francorruso» como si este acuerdo fuera cosa del dominio público.


En una primera lectura el opúsculo de S. Roux daba la impresión de no tener el menor sentido. Tras examinarlo con mayor atención, decidimos que, de hecho, era otro ingenioso documentos Prieuré, pensado deliberadamente para desconcertar, confundir, despertar curiosidad e insinuar algo portentoso y monumental. En todo caso, ofrecía, de un modo muy excéntrico, un indicio de la magnitud de los asuntos con el relacionados. Si S. Roux no se equivocaba, el tema de nuestra investigación no estaba limitado a las actividades de alguna orden de caballería moderna, elusiva pero inocua. Si las afirmaciones de S. Roux eran correctas, el tema de nuestra
investigación tenía algo que ver con los estratos más altos de la política internacional.




nnDnn

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada