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viernes, 12 de abril de 2013

El Enigma Sagrado -Luis VD y la Prieuré de Sion-

En los «documentos Prieuré» no había ningún indicio sobre cuáles fueron las actividades de la Ordre de Sion entre 1118 —fundación pública de los templarios— y 1152. Al parecer, durante todo este período la citada orden permaneció en su base de Tierra Santa, en la abadía situada en las inmediaciones de Jerusalén. Luego, a su regreso de la segunda cruzada, Luis VII de Francia trajo consigo, según se dice, noventa y cinco miembros de la orden. No hay ninguna explicación sobre cómo habían servido al rey, ni por qué éste hizo extensivo a ellos su favor. Pero, si la Ordre de Sion era en verdad el poder que había detrás del Temple, eso constituiría una explicación, toda vez que Luis VII estaba muy endeudado con el Temple, porque le había prestado dinero y apoyado militarmente. En todo caso, la Ordre de Sion, creada medio siglo antes por Godofredo de Bouillon, en 1152 estableció —o volvió a establecer— una posición en Francia. Según el texto, sesenta y dos miembros de la orden se instalaron en el gran priorato de Saint-Samson, en Orléans, que les había sido donado por el rey Luis. Según se dice, siete de ellos se incorporaron a las filas de combate de los caballeros templarios. Y veintiséis —dos grupos de trece caballeros cada uno— entraron, al parecer, en el «pequeño priorato del monte Sion»,
situado en Saint Jean le Blanc, en la periferia de Orléans.10
Al tratar de verificar estas afirmaciones, de pronto nos encontramos en un terreno que era fácilmente comprobable. Los documentos en virtud de los cuales Luis VII instaló a la Ordre de Sion en Orléans todavía se conservan. Copias de los mismos han sido reproducidas en diversas fuentes y los originales pueden verse en los archivos municipales de Orléans. En los mismos archivos también se guarda una bula de 1178, promulgada por el papa Alejandro III, en la que se confirman oficialmente las propiedades de la Ordre de Sion. Estas propiedades son testimonio de la riqueza, el poder y la influencia de la orden. Entre ellas hay casas y grandes extensiones de tierra en la provincia francesa de Picardía (incluyendo Saint-Samson, en Orléans), en Lombardía, Sicilia, España y Calabria, así como, por supuesto, diversos sitios en Tierra Santa, incluyendo Saint Léonard en Acre. De hecho, hasta la segunda guerra mundial hubo en los archivos de Orléans no menos de veinte documentos que citaban específicamente a la Ordre de Sion. Todos ellos menos tres desaparecieron durante los bombardeos que sufrió la ciudad en 1940.
La tala del olmo en Gisors
Si se puede dar crédito a los «documentos Prieuré», 1188 fue un año de importancia crucial tanto para Sion como para los caballeros templarios. Un año antes, en 1187, Jerusalén había caído en poder de los sarracenos, principalmente a causa de la impetuosidad y la ineptitud de Gérard de Ridefort, Gran maestre del Temple. El texto de los Dossiers Secrets se muestra muchísimo más severo. No habla de la impetuosidad o de la ineptitud de Gérard, sino de su «traición», palabra dura en verdad. No se explica en qué consistió dicha traición. Pero se dice que, a resultas de ella, los «iniciados» de Sion volvieron en masa a Francia, es de suponer que a Orléans. Lógicamente, esta afirmación es bastante plausible. Cuando Jerusalén cayó en manos de los sarracenos es obvio que la abadía de monte Sion caería también. No sería extraño que los ocupantes de la misma, al verse privados de su base en Tierra Santa, buscaran refugio en Francia, donde ya existía una base nueva.
Al parecer, los acontecimientos de 1187 —la «traición» de Gérard de Ridefort y la pérdida de Jerusalén— provocaron una disensión desastrosa entre la Ordre de Sion y la orden del Temple. No está claro por qué tuvo que ocurrir así; pero, según los Dossiers Secrets, el año siguiente fue un momento decisivo para ambas órdenes. Se supone que en 1188 las dos instituciones se separaron oficialmente. La Ordre de Sion, que había sido la creadora de los caballeros templarios, se lavó las manos de sus célebres protegidos. Dicho de otro modo, el progenitor se desentendió oficialmente del hijo. Se dice que esta ruptura se conmemoró por medio de un ritual o ceremonia de algún tipo. En los Dossiers Secrets y en otros documentos Prieuré se la denomina la tala del olmo y, según parece, tuvo lugar en Gisors.
Las crónicas son oscuras y están mutiladas, pero tanto la historia como la tradición confirman que en 1188 ocurrió en Gisors algo extremadamente raro que llevó aparejada la tala de un olmo. En los terrenos contiguos a la fortaleza había un prado llamado el Champ Sacre, el Campo Sagrado. Según los cronistas medievales, el lugar era considerado como sagrado desde antes del cristianismo y durante el siglo XII había sido escenario de numerosos encuentros entre los reyes de Inglaterra y Francia. En medio del Campo Sagrado se alzaba un viejo olmo. Y en 1188, durante una reunión entre Enrique II de Inglaterra y Felipe II de Francia, este olmo, por algún motivo que se desconoce, se convirtió en objeto de una discusión seria, incluso sangrienta.
Según una crónica, el olmo era lo único que daba sombra en el Campo Sagrado. Decían que tenía más de ochocientos años de edad y era tan grande que nueve hombres cogidos de la mano apenas podían rodear por completo su tronco. Al parecer, Enrique II y su séquito buscaron cobijo a la sombra de este árbol, mientras que el monarca francés, que llegó más tarde, tuvo que soportar los rigores de un sol de justicia. Al tercer día de negociaciones, los franceses estaban de un humor de perros a causa del calor, hubo un intercambio de insultos entre los hombres de armas de ambos bandos y de las filas de mercenarios galeses de Enrique surgió una flecha. Esto provocó un ataque a Luis VD y la Prieuré de Sion
En los documentos Prieuré lo había ningún indicio sobre cuáles fueron las actividades de la Ordre de Sion entre 1118 —fundación pública de los templarios— y 1152. Al parecer, durante todo este período la citada orden permaneció en su base de Tierra Santa, en la abadía situada en las inmediaciones de Jerusalén. Luego, a su regreso de la segunda cruzada, Luis VII de Francia trajo consigo, según se dice, noventa y cinco miembros de la orden. No hay ninguna explicac ión sobre cómo habían servido al rey, ni por qué éste hizo extensivo a ellos su favor. Pero, si la Ordre de Sion era en verdad el poder que había detrás del Temple, eso constituiría una explicación, toda vez que Luis VII estaba muy endeudado con el Temple, porque le había prestado dinero y apoyado militarmente. En todo caso, la Ordre de Sion, creada medio siglo antes por Godofredo de Bouillon, en 1152 estableció —o volvió a establecer— una posición en Francia. Según el texto, sesenta y dos miembros de la orden se instalaron en el «gran priorato» de Saint-Samson, en Orléans, que les había sido donado por el rey Luis. Según se dice, siete de ellos se incorporaron a las filas de combate de los caballeros templarios. Y veintiséis —dos grupos de trece caballeros cada uno— entraron, al parecer, en el pequeño priorato del monte Sion,
situado en Saint Jean le Blanc, en la periferia de Orléans.10
Al tratar de verificar estas afirmaciones, de pronto nos encontramos en un terreno que era fácilmente comprobable. Los documentos en virtud de los cuales Luis VII instaló a la Ordre de Sion en Orléans todavía se conservan. Copias de los mismos han sido reproducidas en diversas fuentes y los originales pueden verse en los archivos municipales de Orléans. En los mismos archivos también se guarda una bula de 1178, promulgada por el papa Alejandro III, en la que se confirman oficialmente las propiedades de la Ordre de Sion. Estas propiedades son testimonio de la riqueza, el poder y la influencia de la orden. Entre ellas hay casas y grandes extensiones de tierra en la provincia francesa de Picardía (incluyendo Saint-Samson, en Orléans), en Lombardía, Sicilia, España y Calabria, así como, por supuesto, diversos sitios en Tierra Santa, incluyendo Saint Léonard en Acre. De hecho, hasta la segunda guerra mundial hubo en los archivos de Orléans no menos de veinte documentos que citaban específicamente a la Ordre de Sion. Todos ellos menos tres desaparecieron durante los bombardeos que sufrió la ciudad en 1940.
La tala del olmo en Gisors
Si se puede dar crédito a los «documentos Prieuré», 1188 fue un año de importancia crucial tanto para Sion como para los caballeros templarios. Un año antes, en 1187, Jerusalén había caído en poder de los sarracenos, principalmente a causa de la impetuosidad y la ineptitud de Gérard de Ridefort, Gran maestre del Temple. El texto de los Dossiers Secrets se muestra muchísimo más severo. No habla de la impetuosidad o de la ineptitud de Gérard, sino de su traición, palabra dura en verdad. No se explica en qué consistió dicha traición. Pero se dice que, a resultas de ella, los iniciados de Sion volvieron en masa a Francia, es de suponer que a Orléans. Lógicamente, esta afirmación es bastante plausible. Cuando Jerusalén cayó en manos de los sarracenos es obvio que la abadía de monte Sion caería también. No sería extraño que los ocupantes de la misma, al verse privados de su base en Tierra Santa, buscaran refugio en Francia, donde ya existía una base nueva.
Al parecer, los acontecimientos de 1187 —la «traición» de Gérard de Ridefort y la pérdida de Jerusalén— provocaron una disensión desastrosa entre la Ordre de Sion y la orden del Temple. No está claro por qué tuvo que ocurrir así; pero, según los Dossiers Secrets, el año siguiente fue un momento decisivo para ambas órdenes. Se supone que en 1188 las dos instituciones se separaron oficialmente. La Ordre de Sion, que había sido la creadora de los caballeros templarios, se lavó las manos de sus célebres protegidos. Dicho de otro modo, el progenitor se desentendió oficialmente del hijo. Se dice que esta ruptura se conmemoró por medio de un ritual o ceremonia de algún tipo. En los Dossiers Secrets y en otros documentos Prieuré se la denomina la tala del olmo y, según parece, tuvo lugar en Gisors.
Las crónicas son oscuras y están mutiladas, pero tanto la historia como la tradición confirman que en 1188 ocurrió en Gisors algo extremadamente raro que llevó aparejada la tala de un olmo. En los terrenos contiguos a la fortaleza había un prado llamado el Champ Sacre, el Campo Sagrado. Según los cronistas medievales, el lugar era considerado como sagrado desde antes del cristianismo y durante el siglo XII había sido escenario de numerosos encuentros entre los reyes de Inglaterra y Francia. En medio del Campo Sagrado se alzaba un viejo olmo. Y en 1188, durante una reunión entre Enrique II de Inglaterra y Felipe II de Francia, este olmo, por algún motivo que se desconoce, se convirtió en objeto de una discusión seria, incluso sangrienta.
Según una crónica, el olmo era lo único que daba sombra en el Campo Sagrado. Decían que tenía más de ochocientos años de edad y era tan grande que nueve hombres cogidos de la mano apenas podían rodear por completo su tronco. Al parecer, Enrique II y su séquito buscaron cobijo a la sombra de este árbol, mientras que el monarca francés, que llegó más tarde, tuvo que soportar los rigores de un sol de justicia. Al tercer día de negociaciones, los franceses estaban de un humor de perros a causa del calor, hubo un intercambio de insultos entre los hombres de armas de ambos bandos y de las filas de mercenarios galeses de Enrique surgió una flecha. Esto provocó un ataque a gran escala por parte de los franceses, muy superiores en número a los ingleses. Estos buscaron refugio dentro de los muros de Gisors, mientras los franceses, según las crónicas, cortaron el árbol empujados por la frustración. Seguidamente Felipe II volvió rápidamente a París y, encolerizado, declaró que no había ido a Gisors para hacer de leñador.
Esta historia es de una simplicidad y una singularidad característicamente medievales, pues se contenta con narrar los hechos de una manera superficial al mismo tiempo que entre líneas insinúa algo de mayor importancia, explicaciones y motivaciones que quedan sin aclarar. La historia por sí misma casi parecería absurda, tan absurda y posiblemente apócrifa como, pongamos por caso, los cuentos relacionados con la fundación de la orden de la Jarretera. Y, pese a ello, en otras crónicas se encuentra una confirmación de la anécdota, si no de sus detalles específicos.
Según otra crónica, parece ser que Felipe avisó a Enrique de su intención de talar el árbol. Enrique respondió reforzando el tronco con flejes de hierro. Al día siguiente los franceses se armaron y formaron una falange de cinco escuadrones, cada uno mandado por un distinguido señor del reino, que avanzaron hacia el olmo acompañados de honderos así como de carpinteros provistos de hachas y martillos. Se dice que se entabló una lucha en la que Ricardo Corazón de León, hijo mayor y heredero de Enrique, participó y trató de proteger el árbol, para lo cual derramó mucha sangre. Sin embargo, los franceses conservaban sus posiciones al terminar la jornada y el árbol fue cortado.
Esta segunda crónica da a entender que lo sucedido fue más que una riña mezquina o una escaramuza de poca monta. De ella se desprende que fue un combate en toda la regia, en el que participaron muchos hombres y que posiblemente causó numerosas bajas. Pese a ello, ninguna de las biografías de Ricardo da mucha importancia al suceso y todavía menos se molesta en investigarlo.
Sin embargo, una vez más los documentos Prieuré se veían confirmados tanto por los testimonios históricos como por la tradición. Cuando menos, tenemos la confirmación de que hubo una curiosa disputa en Gisors en 1188 a causa de la cual un olmo fue talado. No existe ninguna confirmación externa de que el hecho tuviera alguna relación con los caballeros templarios o con la Ordre de Sion. Por otro lado, las crónicas que existen del suceso son demasiado vagas, demasiado escasas, demasiado incomprensibles y demasiado contradictorias para aceptarlas como definitivas. Es sumamente probable que hubiera templarios presentes en el incidente: Ricardo I iba con frecuencia acompañado de caballeros de la orden y, además, Gisors había sido confiado al Temple treinta años antes.
Dadas las pruebas existentes, es ciertamente posible, si no probable, que la tala del olmo significara algo más —o algo distinto— de lo que las crónicas han conservado para la posteridad. A decir verdad, dada la curiosa índole de las crónicas que se conservan, no sería extraño que el incidente llevara aparejado algo que la historia pasó por alto, o quizá que nunca hizo público, algo, en resumen, de lo cual las crónicas que han llegado hasta nosotros son una especie de alegoría, una alegoría que simultáneamente insinúa y oculta un acontecimiento de importancia mucho mayor.
Ormus
Según se lee en los «documentos Prieuré», a partir de 1188 los caballeros templarios fueron autónomos, es decir, dejaron de estar bajo la autoridad de la Ordre de Sion y de actuar en calidad de brazo militar y administrativo de la misma. A partir de 1188 los templarios fueron oficialmente libres de perseguir sus propios objetivos y fines, de seguir su propio curso durante el siglo y pico que faltaba para su siniestro final en 1307. Y mientras tanto, según se dice, la Ordre de Sion sufrió una importante reestructuración.
Hasta 1188 la Ordre de Sion y la orden del Temple compartieron el mismo Gran maestre. Así, Hugues de Payen y Bertrand de Blanchefort, por ejemplo, presidían simultáneamente ambas instituciones. Sin embargo, de 1188 en adelante, después de la «tala del olmo», parece ser que la Ordre de Sion seleccionaría su propio Gran maestre, el cual no tenía ninguna relación con el Temple. Según los documentos Prieuré, el primero de estos grandes maestres fue Jean de Gisors.
También se dice que en 1188 la Ordre de Sion modificó su nombre y adoptó otro que, al parecer, ha perdurado hasta hoy: la Prieuré de Sion. Y, según se dice, adoptó también, a guisa de subtítulo, el curioso nombre de Ormus. Al parecer, este subtítulo se utilizó hasta 1306, es decir, hasta un año antes de la detención de los templarios franceses. La divisa de Ormus llevaba aparejada una especie de acróstico o anagrama en el que se combinan varias palabras y símbolos clave. Ours significa oso en francés: ursus en latín, un eco, como se vería después, de Dagoberto II y la dinastía merovingia. «Orme» es la palabra francesa que significa olmo. Or, huelga decirlo, significa «oro». Y la «M» que forma el marco en el que están encerradas las otras letras no es sólo una «M», sino también el signo astrológico de Virgo, el cual lleva la connotación, en el lenguaje de la iconografía medieval, de Notre Dame.
En el curso de nuestras investigaciones no encontramos ninguna alusión a una orden o institución que ostentara el nombre de Ormus. En este caso no pudimos encontrar ninguna confirmación externa del texto de los Dossiers Secrets, ni siquiera dimos con pruebas circunstanciales de su veracidad. Por otro lado, «Ormus» aparece en otros dos contextos radicalmente distintos. Figura en el pensamiento zoroástrico y en los textos gnósticos, en los que es sinónimo del principio de la luz. Y aparece de nuevo entre las genealogías de la francmasonería de finales del siglo XVIII. Según las enseñanzas masónicas, Ormus era el nombre de un sabio y místico egipcio, un «adepto» gnóstico de Alejandría. Se supone que vivió durante los primeros años de la época cristiana. Se supone también que en 46 d. de C. él y seis de sus seguidores fueron convertidos al cristianismo por uno de los discípulos de Jesús, san Marcos según la mayoría de las crónicas. Se dice que de esta conversión nació una nueva secta u orden en la que los principios del cristianismo primitivo se fundieron con las enseñanzas de otras escuelas mistéricas aún más antiguas que el cristianismo. Que nosotros sepamos, no es posible certificar la autenticidad de esta historia. Al mismo tiempo, sin embargo, no hay duda de que es verosímil. Durante el primer siglo de la era cristiana Alejandría fue un auténtico semillero de actividades místicas, un crisol rebosante de doctrinas judaicas, mitraicas, zoroástricas, pitagóricas, herméticas y neoplatónicas, doctrinas que se combinaban con muchas más. Abundaban los maestros de todos los tipos concebibles; y no tendría nada de raro que alguno de ellos hubiera adoptado un nombre que entrañase el principio de la luz.
Según la tradición masónica, en 46 d. de C. Ormus confirió a su recién constituida «orden de iniciados» un símbolo de identificación específico: una cruz roja o rosa. Por supuesto, la cruz roja hallaría más adelante eco en el blasón de los caballeros templarios, pero el sentido del texto de los Dossiers Secrets, y de otros «documentos Prieuré», es inequívocamente claro. Se pretende que uno vea en Ormus los orígenes de la llamada Rose-Croix o Rosacruz. Y en 1188 la Prieuré de Sion adoptó, según se dice, un segundo subtítulo además de «Ormus». Se llamaba a sí misma l’Ordre de la Rose-Croix Veritas.
Al llegar a este punto, nos pareció que pisábamos un terreno muy discutible y el texto de los «documentos Prieuré» empezó a antojársenos muy sospechoso. Estábamos familiarizados con las pretensiones de los modernos rosacruces de California y de otras organizaciones contemporáneas que reclaman para sí mismas una genealogía que se remonta a las brumas de la antigüedad y en la que está incluida la mayoría de los grandes hombres que en el mundo han sido. Igualmente espuria parecía una «Orden de la Rose-Croix» que databa de 1188.
Tal como ha demostrado de modo convincente Francés Yates, no se conocen pruebas de que existieran «rosacruces» (al menos con este nombre) antes de los inicios
del siglo XVII... o quizá de las postrimerías del XVI.12 El mito que rodea a esta orden legendaria data de 1605 aproximadamente y cobró ímpetu por primera vez un decenio más tarde, con la publicación de tres opúsculos incendiarios. Estos opúsculos, que aparecieron en 1614, 1615 y 1616 respectivamente, proclamaban la existencia de una hermandad o cofradía secreta de «iniciados» místicos, cuyo supuesto fundador era un tal Christian Rosenkreuz, el cual, se afirmaba, nació en 1378 y murió en 1484, a la venerable edad de 106 años. En la actualidad, se reconoce de modo general que Christian Rosenkreuz y su cofradía secreta fueron una patraña, una especie de engaño tramado con algún fin que aún nadie ha podido explicar satisfactoriamente, aunque no dejó de tener repercusiones políticas en su tiempo. Asimismo, el autor de uno de los tres opúsculos, el famoso Nupcias químicas de Christian Rosenkreuz, que apareció en 1616, ya nos es conocido. Se trataba de Johann Valentín Andrea, escritor y teólogo alemán que vivía en Württemberg, quien confesó haber escrito Nupcias químicas a modo de «ludibrium», es decir, chiste o quizá «comedia» en el sentido que dan a la palabra Dante y Balzac. Hay motivo para creer que Andrea, o uno de sus colaboradores, también redactó los otros opúsculos «rosacruces»; y esta es la fuente a la que se remonta el «rosacrucismo» tal como evolucionó y tal como lo conocemos hoy en día.
Sin embargo, si los «documentos Prieuré» eran correctos, teníamos que reconsiderar el asunto y pensar que no estábamos ante un engaño del siglo xvii. Teníamos que pensar en términos de una orden o sociedad secreta que existió en realidad, una auténtica hermandad o cofradía clandestina. No era necesario que fuese total o siquiera principalmente mística. Podía ser primordialmente política. Pero habría existido sus buenos 425 años antes de que su nombre se hiciera público y sus dos buenos siglos antes de la época en que se supone que vivió su legendario fundador.
Tampoco esta vez hallamos datos que confirmaran el asunto. Ciertamente, la rosa ha sido un símbolo místico desde tiempo inmemorial y gozó de especial predilección durante la Edad Media: en el popular Romance de la rosa, de Jean de Meung, por ejemplo, y en el Paraíso de Dante. Y la cruz roja era también un motivo simbólico tradicional. No sólo era el blasón de los caballeros templarios, sino que más adelante se convirtió en la Cruz de San Jorge y, como tal, fue adoptada por la orden de la Jarretera, la cual fue creada unos treinta años después de la caída del Temple. Pero, aunque las rosas y las cruces rojas abundaban como motivos simbólicos, no había pruebas de ninguna institución u orden y menos aún de una sociedad secreta.
Por otro lado, Francés Yates afirma que ya había sociedades secretas funcionando mucho antes de los «rosacruces» del siglo XVII y que, de hecho, estas sociedades
más antiguas eran «rosacruces» en su orientación política y filosófica, si no necesariamente en su nombre.13 Así, durante una conversación con uno de nuestros investigadores, Francés Yates calificó a Leonardo de rosacruz, empleando este término como metáfora definitoria de sus valores y actitudes.
No sólo eso. En 1629, cuando el interés por la «Rosacruz» estaba en su apogeo en Europa, un hombre llamado Robert Denyau, cura de Gisors, redactó una historia exhaustiva de Gisors y de la familia del mismo nombre. En este manuscrito Denyau afirma explícitamente que la Rose-Croix fue fundada por Jean de Gisors en 1188. Dicho de otro modo, hay una confirmación literal, que data del siglo XVII, de las pretensiones que se formulan en los «documentos Prieuré». Desde luego, Deynau redactó su manuscrito unos cuatro siglos y medio después de los supuestos hechos. Pero constituye una prueba de extrema importancia. Y el hecho de que proceda de
Gisors la hace aún más importante.14
Sin embargo, nos quedamos sin ninguna confirmación, sólo con una posibilidad. Pero hasta el momento los documentos Prieuré habían resultado asombrosamente correctos en todos los aspectos. Por tanto, hubiera sido temerario descartarlos de entrada. No estábamos dispuestos a aceptarlos ciegamente, sin ninguna duda. Pero nos sentíamos obligados a reservar nuestro juicio para más adelante.
La Prieuré de Orléans
Además de sus pretensiones más ambiciosas, los «documentos Prieuré» ofrecían información de un tipo muy distinto, detalles en apariencia tan triviales e insignificantes que su significado se nos escapaba. Al mismo tiempo, la misma insignificancia de esta información era un argumento favorable a su veracidad. Sencillamente, no parecía haber ningún motivo para inventar detalles de tan poca monta. Es más, era posible confirmar la autenticidad de muchos de ellos.
Así, por ejemplo, se dice que Girard, abad del «pequeño priorato» de Orléans entre 1239 y 1244, cedió un terreno en Acre a los caballeros teutónicos. No está claro por qué se menciona este detalle, pero es posible confirmarlo de manera definitiva. Existe el documento de concesión, que data de 1239 y lleva la firma de Girard.
También vemos información parecida, pero más sugestiva, sobre un abad llamado Adam, que presidió el «pequeño priorato» de Orléans en 1281. En dicho año, según
los documentos Prieuré, Adam cedió un terreno cerca de Orval a los monjes que a la sazón ocupaban la abadía del citado lugar: cistercienses que se habían instalado allí bajo la égida de san Bernardo siglo y medio antes. No pudimos localizar ninguna prueba escrita de esta transacción en particular, pero parece bastante verosímil, ya que hay documentos que atestiguan muchas otras transacciones de la misma índole. Lo que da interés a ésta, por supuesto, es que en ella vuelve a figurar Orval, nombre que ya habíamos encontrado en una fase anterior de la investigación. Además, el terreno en cuestión tenía, al parecer, una importancia especial, toda vez que los «documentos Prieuré» dicen que, a causa de su donación, Adam se granjeó las iras de los hermanos de Sion, tanto es así que fue obligado a renunciar a su puesto. Del acto de abdicación, según los Dossiers Secrets, fue testigo oficial Thomas de Sainville, Gran maestre de la orden de San Lázaro. Se dice que inmediatamente después Adam se marchó a Acre y luego huyó de esta ciudad cuando la misma cayó en poder de los sarracenos y murió en Sicilia en 1291.
Tampoco esta vez pudimos encontrar el documento de abdicación. Pero Thomas de Sainville era Gran maestre de la orden de San Lázaro en 1281 y el cuartel general de esta orden estaba cerca de Orléans, donde habría tenido lugar la abdicación de Adam. Y no cabe la menor duda de que Adam se desplazó a Acre. Allí firmó dos
proclamaciones y dos cartas, la primera en agosto de 1281, la segunda en marzo de 1289.lti
La «cabeza» de los templarios
Según los «documentos Prieuré», la Prieuré de Sion no era, en sentido riguroso, una perpetuación o continuación de la orden del Temple: por el contrario, el texto hace mucho hincapié en que la separación entre las dos órdenes data de la «tala del olmo» en 1188. Al parecer, sin embargo, siguió existiendo alguna clase de relación,
y «en 1307 Guillaume de Gisors recibió la cabeza dorada, Caput LVIII, ÍTJ, de la orden del Temple».17
Nuestra investigación de los templarios ya nos había familiarizado con esta cabeza misteriosa. Con todo, relacionarla con la orden de Sion y con la familia Gisors, una familia aparentemente importante, también nos pareció dudoso: era como si los «documentos Prieuré» se esforzasen por establecer relaciones poderosas y evocativas. Y, pese a ello, fue precisamente en este punto de la investigación cuando encontramos nuestra confirmación más sólida e intrigante. Según los registros oficiales de la Inquisición:
El guardián y administrador de los bienes del Temple en París, después de las detenciones, era un hombre del rey llamado Guillaume Pidoye. Ante los inquisidores el 11 de mayo de 1308 declaró que en el momento de la detención de los caballeros templarios él, junto con su colega Guillaume de Gisors y un tal Raynier Bourdon, había recibido orden de presentar a la Inquisición todas las figuras de metal o madera que hubiesen encontrado. Entre los bienes del Temple habían hallado una
cabeza grande y plateada..., la imagen de una mujer, que Guillaume, el 11 de mayo, presentó ante la Inquisición. La cabeza llevaba un rótulo: CAPUT L VII.1*
Si la cabeza seguía desconcertándonos, el contexto en el que aparecía Guillaume de Gisors parecía igualmente desconcertante. Se le cita específicamente como colega de Guillaume Pidoye, uno de los hombres del rey Felipe. Dicho de otro modo, él, al igual que Felipe, fue, al parecer, hostil a los templarios y participó en el ataque del que fueron víctimas. Sin embargo, según los «documentos Prieuré», Guillaume era Gran maestre de la Prieuré de Sion en aquel tiempo. ¿Significaba esto que la orden sancionaba las medidas de Felipe contra el Temple, que tal vez incluso colaboró en ellas? Hay ciertos «documentos Prieuré» que insinúan la posibilidad de que así fuese, de que la orden de Sion, de algún modo que no se especifica, autorizase y presidiese la disolución de sus díscolos protegidos. Por otro lado, los «documentos Prieuré» también dan a entender que esta orden ejercía una especie de protección paternal sobre los templarios, al menos sobre algunos de ellos, durante los últimos días del Temple. De ser esto cierto, es muy posible que Guillaume de Gisors fuera un «agente doble». Puede que fuese el responsable de «filtrar» los planes de Felipe, medio por el cual los templarios recibieron aviso por adelantado de las maquinaciones del rey contra ellos. Si después de la separación oficial en 1188 la orden de Sion continuó ejerciendo un control clandestino sobre los asuntos del Temple, cabe la posibilidad de que Guillaume de Gisors fuera en parte responsable de la cuidadosa destrucción de los documentos de la orden..., y de la inexplicable desaparición de su tesoro.
Los grandes maestres de los templarios
Además de la información fragmentaria que acabamos de comentar, en el texto de los Dossiers Secrets se incluyen tres listas de nombres. La primera de ellas es bastante sencilla, la menos interesante y la que menos se presta a polémicas o dudas, pues consiste simplemente en una relación de los abades que presidieron las tierras de la orden de Sion en Palestina entre 1152 y 1281. Nuestras pesquisas confirmaron su veracidad; aparece en otra parte, con independencia de los Dossiers
Secrets, y en fuentes accesibles e irrefutables.19 Las listas que hay en estas fuentes concuerdan con la de los Dossiers Secrets, con la excepción de que en las fuentes faltan dos nombres. En este caso, pues, los «documentos Prieuré» no sólo concuerdan con la historia verificable, sino que son más exhaustivos por cuanto llenan ciertas lagunas.
La segunda lista de los Dossiers Secrets es una relación de los grandes maestres de los caballeros templarios desde 1118 a 1190; dicho de otro modo, desde la fundación pública de los templarios hasta su separación de la orden de Sion y la «tala del olmo» en Gisors. Al principio no nos pareció que en esta lista hubiera algo insólito o extraordinario. Sin embargo, cuando la comparamos con otras listas —por ejemplo, las que citan historiadores reconocidos que escribieron sobre los templarios— no tardaron en aparecer ciertas discrepancias obvias.
Según virtualmente todas las otras listas conocidas, hubo diez grandes maestres entre 1118 y 1190. Según los Dossiers Secrets, hubo únicamente ocho. Según la mayoría de las demás listas, André de Montbard —el tío de san Bernardo— no sólo fue cofundador de la orden, sino también su Gran maestre entre 1153 y 1156. No obstante, según los Dossiers Secrets, André jamás fue Gran maestre, sino que, al parecer, siguió actuando como actúa durante toda su carrera: entre bastidores. En la mayoría de las otras listas Bertrand de Blanchefort aparece como sexto Gran maestre del Temple, asumiendo el cargo después de André de Montbard, en 1156. Según los Dossiers Secrets, Bertrand no ocupa el sexto lugar en la sucesión, sino el cuarto, pasando a ser Gran maestre en 1153. Había otras discrepancias y contradicciones parecidas y no estábamos seguros de cómo debíamos tomárnoslas, si en serio o no. Dado que la lista de los Dossiers Secrets no concordaba con las listas de los historiadores reconocidos, ¿debíamos considerarla como equivocada?
Conviene poner de relieve que no existe ninguna lista oficial o definitiva de los grandes maestres del Temple. Ninguna relación de esta clase ha llegado hasta nosotros. Los archivos del propio Temple fueron destruidos o desaparecieron y la recopilación de grandes maestres más antigua que se conoce data de 1342, es decir, treinta años después de la supresión de la orden y 225 años después de su fundación. A causa de ello, los historiadores, al preparar listas de los grandes maestres se han basado en los cronistas contemporáneos: en un hombre que escribió en 1170, por ejemplo, y que de paso hace una alusión a tal o cual individuo, al que llama «maestre» o «Gran maestre» del Temple. Es posible obtener datos complementarios examinando documentos y cartas del período, en los cuales algún funcionario del Temple haría constar uno u otro título junto con su firma. Así pues, no es extraño que la secuencia y la datación de los grandes maestres den pie a mucha incertidumbre y confusión. Tampoco es extraño que la secuencia y la datación muestren variaciones según quién sea el autor y según la crónica de que se trate.
A pesar de todo, había ciertos detalles cruciales —como los que hemos resumido más arriba— en los cuales los «documentos Prieuré» discrepaban significativamente de todas las demás fuentes. Por tanto, no podíamos hacer caso omiso de tales discrepancias. En la medida de lo posible teníamos que determinar si la lista de los Dossiers Secrets se basaba en la falta de sistema o en la ignorancia o en ambas cosas; o, en su defecto, era preciso comprobar si dicha lista era la definitiva, una lista basada en información «confidencial», inaccesible a los historiadores. Si la orden de Sion fue efectivamente la creadora de los caballeros templarios, y si la orden (o cuando menos sus archivos) llegó hasta nuestros días, entonces era razonable esperar que conociera detalles que no podían obtenerse en otra parte.
La mayoría de las discrepancias entre la lista de los Dossiers Secrets y las de otras fuentes son bastante fáciles de explicar. No hace falta comentar y explicar aquí tales discrepancias. Pero un solo ejemplo bastará para ilustrar cómo y por qué pudieron producirse dichas desviaciones. Además del Gran maestre, el Temple tenía multitud de maestres locales: un maestre para Inglaterra, para Normandía, para Aquitania, para todos los territorios que formaban sus dominios. Existía también un maestre general para Europa y, al parecer, también un maestre marítimo. En los documentos y cartas estos maestres locales o regionales firmaban invariablemente con este titulo: «Magister Tempu», es decir, «Maestre del Temple». Y en la mayoría de las ocasiones el Gran maestre —por modestia, descuido, indiferencia o despreocupación— también firmaba simplemente como «Magister Templi» y nada más. Dicho de otro modo, André de Montbard, maestre regional de Jerusalén, tendría, en un documento, la misma designación detrás de su nombre que el Gran maestre Bertrand de Blanchefort.
Por consiguiente, no es difícil adivinar cómo un historiador, al trabajar sólo con uno o dos documentos, sin comprobar sus referencias, podía fácilmente interpretar de
manera errónea la verdadera categoría de André dentro de la orden. En virtud precisamente de esta clase de equivocaciones, en muchas listas de los grandes maestres templarios se incluye a un hombre llamado Everard des Barres. Pero el Gran maestre, de acuerdo con las constituciones del propio Temple, debía elegirlo un capítulo general en Jerusalén y tenía que residir en dicha ciudad. Nuestra investigación reveló que Everard des Barres era un maestre regional, elegido y residente en Francia, que no puso pie en Tierra Santa hasta mucho después. Basándose en esto, podía suprimirse su nombre de la lista de grandes maestres, como, de hecho, hiciera el autor de la lista de los Dossiers Secrets. Justamente en sutilezas técnicas de esta índole era donde los documentos Prieuré mostraban una meticulosidad y una precisión que era impensable que datara de después de los hechos.
Pasamos más de un año estudiando y comparando varías listas de grandes maestres de los templarios. Consultamos con todos los autores que se habían ocupado de la orden, en inglés, francés y alemán, y seguidamente comprobamos también sus fuentes. Examinamos las crónicas de la época —como, por ejemplo, las de Guillermo de Tiro— y otros escritos contemporáneos. Consultamos todos los documentos que pudimos encontrar y obtuvimos información exhaustiva sobre todos aquellos que sabíamos que se conservaban todavía. Comparamos signatarios y títulos en numerosas proclamaciones, edictos, escrituras y otros documentos de los templarios. Fruto de esta investigación exhaustiva fue la evidencia de que la lista de los Dossiers Secrets era más correcta que cualquier otra, no sólo en lo relativo a la identidad de los grandes maestres, sino también en lo que se refiere a las fechas de sus regímenes respectivos. Si existía una lista definitiva de los grandes maestres del Temple,
esta lista era la de los Dossiers Secrets.20
Tanto si nuestra conclusión estaba justificada como si no, nos encontrábamos ante un hecho indiscutible: alguien, de algún modo, había tenido acceso a una lista que era más correcta que cualquier otra. Y como dicha lista —pese a contener divergencias en comparación con otras más aceptadas— demostraba ser correcta con tanta frecuencia, confería mucha credibilidad al conjunto de los «documentos Prieuré. Si los Dossiers Secrets eran dignos de confianza en este aspecto crítico, había menos motivos para dudar de ellos en otros aspectos.
Esta noticia tranquilizadora resultó tan oportuna como necesaria. Sin ella tal vez habríamos desechado de entrada la tercera lista de los Dossiers Secrets, la de los grandes maestres de la Prieuré de Sion. Porque esta tercera lista, incluso vista por encima, parecía absurda.
Los grandes maestres y las corrientes subterráneas
En los Dossiers Secrets1 aparece una lista de los siguientes individuos como sucesivos grandes maestres de la Prieuré de Sion o, para utilizar la designación oficial, «Nautonnier», antigua palabra francesa que quiere decir «navegante» o «timonel»:
Jean de Gisors Marie de Saint-Clair Guillaume de Gisors Edouard de Bar Jeanne de Bar
Jean de Saint-Clair Blanche d’Evreux
Nicolás Flamel
Rene de Anjou
lolande de Bar
Sandro Filipepi
Leonardo da Vinci
Connétable de Bourbon
1188- 1220
1220- 1266
1266- 1307
1307- 1336
1336- 1351
1351- 1366
1366- 1398
1398- 1418
1418- 1480
1480- 1483
1483- 1510
1510- 1519
1519- 1527
1527- 1575
1575- 1595
1595- 1637
1637- 1654
1654- 1691
1691- 1727
1727- 1746
1746- 1780
1780- 1801
Ferdinand de jnzague
Louis de Nevers
Robert Fludd
J. V’alentin Andrea
Robert Boyle
Isaac Newton
Charles Radclyffe
Charles de Lorena
Maximilien Lorena
G
de

Charles Nodier
1801- 1844
Victor Hugo Claude Debussy Jean Cocteau
1844- 1885
1885- 1918
1918-
La primera vez que la vimos, esta lista provocó inmediatamente nuestro escepticismo. Por un lado, incluye varios nombres que esperamos automáticamente encontrar en una lista semejante, nombres de individuos famosos a los que se relaciona con lo oculto y lo esotérico. Por otro lado, incluye una serie de nombres ilustres e improbables, individuos a los que, en ciertos casos, no podíamos imaginarnos presidiendo una sociedad secreta. Al mismo tiempo, muchos de estos nombres son precisamente los que algunas organizaciones del siglo XX han tratado de apropiarse para sí, creando así una especie de genealogía espuria. Hay, por ejemplo, listas publicadas por AMORC, los rosacruces modernos, cuya base está en California, que incluyen virtualmente todas las figuras importantes de la historia y la cultura occidentales cuyos valores, aunque fuera sólo de modo tangencial, coincidieran casualmente con los de la propia orden. Y a menudo una coincidencia o convergencia fortuita de actitudes se falsifica deliberadamente para que dichas figuras parezcan miembros iniciados. Así, por ejemplo, nos dicen que Dante, Shakespeare, Goethe y muchos más personajes célebres eran rosacruces, dando a entender con ello que eran miembros con carnet que pagaban regularmente su cuota.
Nuestra actitud inicial ante la citada lista fue igualmente cínica. Por un lado, vemos en ella los nombres que eran de esperar, nombres relacionados con lo oculto y lo esotérico. Nicolás Flamel, por ejemplo, es quizás el más famoso y el mejor documentado de los alquimistas medievales. Robert Fludd, el filósofo del siglo XVII, era un exponente del pensamiento hermético y de otras disciplinas arcanas. Johann Valentín Andrea, contemporáneo alemán de Fludd, compuso, entre otras cosas, algunas de las obras de las que nació el mito del fabuloso Christian Rosenkreuz. Y aparecen también nombres como Leonardo da Vinci o Sandro Filipepi, a quien se conoce mejor por Botticelli. Hay nombres de científicos distinguidos como Robert Boyle y sir Isaac Newton. Se pretende que durante los dos últimos siglos entre los grandes maestres de la Prieuré de Sion se han contado figuras literarias y culturales tan importantes como Víctor Hugo, Claude Debussy y Jean Cocteau.
Dado que incluía semejantes nombres, era inevitable que la lista de los Dossiers Secrets pareciera sospechosa. Era casi inconcebible que algunos de los individuos citados presidiesen una sociedad secreta dedicada al cultivo de inquietudes ocultas y «esotéricas». Boyle y Newton, por ejemplo, no son precisamente nombres que las gentes del siglo XX relacionen con lo «oculto» y lo «esotérico». Y, aunque Hugo, Debussy y Cocteau sentían gran interés por estas cosas, diríase que son figuras demasiado conocidas, estudiadas y documentadas para haber sido «grandes maestres» de una orden secreta. Al menos para haberlo sido sin que el hecho llegara a conocimiento del público.
Por otro lado, los nombres distinguidos no son los únicos que aparecen en la lista. La mayoría de los demás nombres pertenecen a nobles europeos de alto rango, muchos de los cuales son extremadamente oscuros, desconocidos, no sólo para el lector corriente, sino incluso para el historiador profesional. Tenemos a Guiüaume de Gisors, por ejemplo, que, según se dice, en 1306 organizó la Prieuré de Sion como una «francmasonería hermética». Y tenemos al abuelo de Guillaume, Jean de Gisors, al que se presenta como el primer Gran maestre independiente de la orden de Sion, cargo que pasó a ocupar después de la «tala del olmo» y la separación del Temple en 1188. No hay ninguna duda de que Jean de Gisors existió históricamente. Nació en 1133 y murió en 1220. Se le menciona en cartas y fue cuando menos señor nominal de la famosa fortaleza de Normandía donde tradicionalmente tenían lugar las entrevistas entre los reyes de Inglaterra y Francia y donde, además, tuvo efecto la tala del olmo en 1188. Al parecer, Jean de Gisors fue un terrateniente sumamente poderoso y rico y, hasta 1193, vasallo del rey de Inglaterra. También se sabe
que tenía propiedades en Inglaterra: en Sussex y en el manor de Titchñeld en Hampshire.2 Según los Dossiers Secrets, en 1169 se entrevistó con Thomas Becket en
Gisors, aunque no se da ninguna indicación del motivo de la entrevista. Podemos confirmar que, efectivamente, Becket estuvo en Gisors en 11693 y, por consiguiente, es probable que tuviera algún contacto con el señor de la fortaleza, pero no logramos dar con ningún testimonio de un encuentro entre los dos.
En pocas palabras, Jean de Gisors, aparte de algunos detalles poco firmes, resultó virtualmente imposible de localizar. Parecía no haber dejado la menor huella en la historia, exceptuando su existencia y su título. No encontramos ninguna indicación de lo que hizo, de lo que pudo constituir la fuente de su fama, ni de algo que justificase el que desempeñara el cargo de Gran maestre de la orden de Sion. Si la lista de los supuestos grandes maestres de esta orden era auténtica, ¿qué hizo Jean de Gisors para merecer un puesto en ella? Y si la lista era una invención posterior, ¿por qué se había incluido en ella a un personaje tan oscuro?
A nuestro modo de ver, sólo había una explicación posible y que, de hecho, no explicaba muchas cosas. Al igual que los demás nombres aristocráticos de la lista de grandes maestres de la orden de Sion, el de Jean de Gisors aparecía en las complicadas genealogías que figuraban en otras partes de los «documentos Prieuré». Junto con los otros nobles escurridizos, al parecer pertenecía al mismo bosque denso de árboles genealógicos, descendiendo en esencia, supuestamente, de la dinastía merovingia. Por tanto, nos pareció evidente que la Prieuré de Sion —al menos en cierta medida significativa— era un asunto doméstico. De algún modo la orden parecía estar íntimamente asociada a una estirpe y un linaje. Y era su conexión con dicha estirpe o linaje lo que tal vez explicaba los diversos nobles con título que aparecían en la lista de grandes maestres.
Dícese de la hacienda de un señor. (N. del T.)
A juzgar por la lista que hemos citado antes, diríase que el cargo de Gran maestre de la orden de Sion lo han compartido dos grupos esenc ialmente diferenciados de individuos. Por un lado tenemos las figuras de estatura monumental que —a través del esoterismo, las artes o las ciencias— han tenido cierta repercusión en la tradición, la historia y la cultura de Occidente. En el otro lado están los miembros de una red específica e interrelacionada de familias nobles y a veces reales. En cierto modo, esta curiosa yuxtaposición daba verosimilitud a la lista. Si lo único que se deseaba era «inventar» una genealogía, de nada serviría incluir tantos aristócratas desconocidos y olvidados desde hacía mucho tiempo. De nada serviría, por ejemplo, incluir un hombre como Charles de Lorena: mariscal de campo austriaco en el siglo XVIII., cuñado de la emperatriz María Teresa, hombre que demostró ser singularmente inepto en el campo de batalla y al que Federico el Grande de Prusia zurró en un combate tras otro.
La Prieuré de Sion parecía, al menos en este sentido, tan modesta como realista. No pretende haber funcionado bajo los auspicios de grandes genios, de «maestres» sobrehumanos, de «iniciados» iluminados, de santos, sabios o inmortales. Por el contrario, reconoce que sus grandes maestres fueron seres humanos y falibles y que constituyen una muestra representativa de la humanidad: unos cuantos genios, un puñado de notables, unos cuantos «ejemplares corrientes», algunos seres vulgares e incluso un puñado de imbéciles.
Inevitablemente, nos preguntamos por qué una lista falsificada iba a incluir un espectro como éste. Si uno desea inventar una lista de grandes maestres, ¿por qué no incluir en ella únicamente nombres ilustres? Si uno pretende «fabricar una genealogía» que incluya a Leonardo, a Newton y a Víctor Hugo, ¿por qué no incluir también a Dante, a Miguel Ángel, a Goethe y a Tolstoi, en vez de recurrir a gente poco conocida como Edouard de Bar y Maximilien de Lorena? ¿Por qué, además, había tantas «lumbreras menores» en la lista? ¿Por qué se incluye a un escritor relativamente segundón como Charles Nodier en lugar de a coetáneos suyos como
Byron o Pushkin? ¿Por qué se incluye a un excéntrico aparente como Cocteau y no a hombres de prestigio internacional como André Gide o Albert Camus? ¿Y por qué se omite a individuos como Poussin, cuya relación con el misterio ya estaba comprobada? Esas y otras preguntas parecidas nos atosigaban y señalaban que estaba justificado tener presente la lista antes de descartarla como una patraña descarada.
En vista de ello, emprendimos un estudio largo y detallado de los supuestos grandes maestres: sus biografías, actividades y realizaciones. Durante dicho estudio hicimos todo lo posible para someter a cada uno de los nombres de la lista a ciertas preguntas críticas:
1. ¿Hubo algún contacto personal, directo o indirecto, entre cada maestre y su predecesor y su sucesor inmediatos?
2. ¿Había alguna afiliación, por vía de sangre o de otro tipo, entre cada supuesto Gran maestre y las familias que figuraban en las genealogías de los «documentos
Prieuré», con alguna de las familias a las que se suponía descendientes de los merovingios y, especialmente, de la casa ducal de Lorena?
3. ¿Tenían todos los supuestos grandes maestres alguna relación con Rennes-le-Cháteau, Gisors, Stenay, Saint Sulpice o cualquiera de los otros lugares cuyos nombres habían figurado de forma repetida en nuestra investigación anterior?
4. Si la orden de Sion se definía a sí misma como francmasoneríahermética, ¿mostraban todos los supuestos grandes maestres alguna predisposición al pensamiento hermético o a la relación con sociedades secretas?
Aunque era difícil y a veces imposible obtener información sobre los supuestos grandes maestres de antes de 1400, al investigar las figuras posteriores obtuvimos algunos resultados asombrosos y congruentes. De una u otra manera, muchas de dichas figuras estaban relacionadas con uno o varios de los sitios que parecían venir al caso: Rennes-le-Cháteau, Gisors, Stenay o Saint Sulpice. La mayoría de los nombres de la lista tenían parentesco de sangre con la casa de Lorena o tenían alguna otra clase de relación con ella; hasta Robert Fludd, por ejemplo, prestó servicios en calidad de preceptor de los hijos del duque de Lorena. De Nicolás Flamel en adelante, cada uno de los nombres de la lista, sin excepción alguna, estaba impregnado de pensamiento hermético y a menudo relacionado también con las sociedades secretas: incluso hombres a los que no se suele relacionar con estas cosas, como, por ejemplo, Boyle y Newton. Y con una sola excepción cada supuesto Gran maestre tenía algún contacto —a veces directo, otras veces a través de mutuos amigos íntimos— con los que le precedieron y sucedieron. Que nosotros pudiéramos ver, había una única ruptura en la cadena. E incluso ésta —que, al parecer, ocurrió alrededor de la época de la revolución francesa, entre Maximilien de Lorena y Charles Nodier —, en modo alguno es concluyente.
En el contexto del presente capítulo no podemos comentar detalladamente cada uno de los supuestos grandes maestres. Algunas de las figuras menos conocidas sólo adquieren importancia si se examinan sobre el fondo de una época determinada, y explicar esta importancia de modo satisfactorio nos obligaría a desviarnos por los caminos olvidados de la historia. En el caso de los nombres más famosos, sería imposible hacerles justicia en unas cuantas páginas. Por consiguiente, el material biográfico relativo a los supuestos grandes maestres y las relaciones entre ellos lo hemos incluido en un apéndice (véase pp. 380-400). En este capítulo nos ocuparemos de fenómenos sociales y culturales de índole más general en los que una sucesión de supuestos grandes maestres desempeñó un papel colectivo. En esta clase de fenómenos sociales y culturales fue donde nuestras investigaciones nos permitieron detectar con claridad la intervención de la Prieure de Sion.
Rene de Anjou
Aunque hoy día es poco conocido, Rene de Anjou —el «Buen Rey Rene», como le llamaban—, fue una de las figuras más importantes de la cultura europea en los años inmediatamente anteriores al Renacimiento. Nacido en 1408, durante su vida ostentó un número asombroso de títulos. Entre ellos estaban el de conde de Bar, conde de Provenza, conde del Piamonte, conde de Guisa, duque de Calabria, duque de Anjou, duque de Lorena, rey de Hungría, rey de Nápoles y Sicilia, rey de Aragón, Valencia, Mallorca y Cerdeña y, quizás el más resonante de todos, rey de Jerusalén. Este último, huelga decirlo, era puramente nominal. Sin embargo, invocaba una continuidad que se remontaba a Godofredo de Bouillon y era reconocido por otros potentados de Europa. Una de las hijas de Rene, Margarita de Anjou, casó en 1445 con Enrique VI de Inglaterra y tuvo una actuación destacada en la guerra de las Dos Rosas.
En sus primeros tiempos la carrera de Rene de Anjou estuvo, al parecer, relacionada de un modo poco claro con la de Juana de Arco. Que se sepa, Juana nació en la población de Domrémy, en el ducado de Bar, por lo que era súbdita de Rene. Juana de Arco hizo su primera irrupción en la historia en 1429, cuando apareció en la fortaleza de Vaucouleurs, a pocos kilómetros de Domrémy, subiendo por la margen del Meuse. Presentándose al comandante de la fortaleza, Juana anunció su «misión divina»: salvar a Francia de los invasores ingleses y asegurarse de que el delfín —que más tarde sería Carlos VII— fuera coronado rey. Con el fin de llevar a cabo esta misión, debería haberse reunido con el delfín en la corte que éste tenía en Chinon, a orillas del Loira, muy hacia el sudeste. Pero en vez de solicitar un salvoconducto para Chinon al comandante de Vaucouleurs, pidió una audiencia especial con el duque de Lorena, suegro y tío abuelo de Rene.
Atendiendo a su solicitud, se concedió a Juana una audiencia con el duque en la capital de éste, Nancy. Se sabe que Rene de Anjou estaba en la ciudad cuando Juana llegó a ella. Y, al preguntarle el duque de Lorena qué era lo que deseaba, ella respondió explícitamente, utilizando palabras que desde entonces han desconcertado a
los historiadores: Tu hijo [político], un caballo y algunos hombres buenos que me lleven al interior de Francia».4
Tanto entonces como después proliferaron las especulaciones sobre la naturaleza de la relación de Rene con Juana. Según algunas fuentes, probablemente inexactas, fueron amantes. Pero lo que es indudable es que se conocieron y que Rene estaba presente cuando Juana emprendió su misión. Además, los cronistas de la época afirman que cuando Juana partió de la corte del delfín en Chinon, Rene la acompañó. Y no sólo eso. Los mismos cronistas dicen que Rene estuvo realmente con Juana
durante el sitio de Orléans.5 A lo que parece, en los siglos posteriores se hicieron intentos sistemáticos de borrar toda traza del posible papel de Rene en la vida de Juana. Sin embargo, los biógrafos posteriores de Rene no aciertan a señalar su paradero y sus actividades entre 1429 y 1431, es decir, durante el apogeo de la carrera de Juana. Por lo general y de una manera tácita, se supone que Rene estuvo vegetando en la corte ducal de Nancy, pero no hay pruebas que corroboren esta suposición.
Las circunstancias apuntan a que Rene acompañó realmente a Juana hasta Chinon. Porque si hubo una persona dominante en el Chinon de aquellos tiempos, esta persona fue Iolande de Anjou. Era Iolande quien constantemente daba al febril e indeciso delfín inyecciones de moral. Fue Iolande quien inexplicablemente se nombró a sí misma protectora oficial y madrina de Juana. Fue Iolande quien venció la resistencia que la corte ofreció a la muchacha visionaria y obtuvo autorización para que fuera con el ejército a Orléans. Fue Iolande quien convenció al delfín de que Juana bien podía ser la salvadora que pretendía ser. Fue Iolande quien maquinó el matrimonio del delfín... con la hija de la propia Iolande. Y Iolande era la madre de Rene de Anjou. . Al estudiar estos detalles, cada vez nos sentíamos más convencidos, al igual que muchos historiadores modernos, de que algo se estaba representando entre bastidores, alguna intriga complicada de alto nivel o algún plan audaz. Cuanto más examinábamos la meteórica carrera de Juana de Arco, más se nos antojaba una «trampa», como si alguien, explotando leyendas populares en torno a una «virgen de Lorena» y jugando ingeniosamente con la psicología de las masas, hubiera ideado y orquestado la supuesta misión de la Doncella de Orléans. Ni que decir tiene, esto no presuponía la existencia de una sociedad secreta. Pero sí hacía que dicha existencia fuese más verosímil. Y si tal sociedad existía, es muy posible que la presidiera Rene de Anjou.
Rene y el tema de la Arcadia
Si Rene estuvo asociado con Juana de Arco, su carrera posterior, en su mayor parte, fue mucho menos belicosa. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Rene tenía menos de guerrero que de cortesano. En este sentido era un inadaptado en su propia época; era, en pocas palabras, un hombre que se adelantó a su tiempo, un anticipo de los cultos príncipes italianos del Renacimiento. Persona cultísima, era un escritor prolífico que ilustraba sus propios libros. Escribía poesía y alegorías, además de compendios de reglas de los torneos. Procuraba fomentar el conocimiento y en cierto momento tuvo empleado a Cristóbal Colón. Estaba empapado en la tradición esotérica y en su corte había un astrólogo, cabalista y médico judío que respondía al nombre de Jean de Saint-Rémy. Según cuentan diversas crónicas, Jean de Saint-Rémy era el abuelo de Nostradamus, el famoso profeta del siglo XVI que también figuraría en nuestra historia. Entre las inquietudes de Rene se contaban los romances de caballería además de los romances sobre el rey Arturo y el Grial. De hecho, se dice que estaba muy orgulloso de una magnífica copa de porfirio rojo que,
según él, había sido utilizada en las bodas de Cana. Afirmaba haberla obtenido en Marsella, donde la Magdalena, según la tradición, desembarcó con el Grial. Otros cronistas dicen que Rene tenía en su poder una copa —tal vez la misma— en cuyo borde había una misteriosa inscripción:
Qui bien beurra
Dieu voira.
Qui beurra tout d’une baleine Voira Dieu et la Madeieine.
(Aquel que beba bien verá a Dios.Aquel que beba de un solo trago verá a Dios y a la Magdalena.)
No sería equivocado ver en Rene de Anjou a uno de los grandes impulsores del fenómeno que hoy conocemos por Renacimiento. Como tenía numerosas posesiones en Italia, pasó algunos años en dicho país; y, dada su gran amistad con los Sforza, la familia gobernante de Milán, estuvo en contacto con los Medici de Florencia. Hay buenas razones para creer que fue en gran parte la influencia de Rene lo que movió a Cosimo de Medici a embarcarse en una serie de proyectos ambiciosos que estaban destinados a transformar la civilización occidental.
En 1439, cuando Rene residía en Italia, Cosimo de Medici empezó a enviar agentes a todo el mundo en busca de manuscritos antiguos. Luego, en 1444, Cosimo fundó la primera biblioteca pública de Europa, la Biblioteca de San Marco, y con ello comenzó a desafiar el monopolio del saber que la Iglesia tenía desde haría mucho tiempo. Por orden expresa de Cosimo, por primera vez se tradujo la obra de los pensadores platónicos, neoplatónicos, pitagóricos, gnósticos y herméticos, obra que a partir de entonces fue de fácil acceso. Cosimo también ordenó a la universidad de Florencia que iniciase la enseñanza del griego, por primera vez en Europa desde haría unos setecientos años. Y se comprometió a crear una academia de estudios pitagóricos y platónicos. La academia de Cosimo no tardó en generar multitud de instituciones parecidas en toda la península italiana, instituciones que se convirtieron en bastiones de la tradición esotérica occidental. Y a partir de ellas comenzó a florecer la alta cultura del Renacimiento.
Al parecer, Rene de Anjou no sólo contribuyó en cierta medida a la formación de las academias, sino que, además, les confirió uno de sus temas simbólicos favoritos: el de la Arcadia. Desde luego, fue durante la carrera del propio Rene que el motivo de la Arcadia hizo su primera aparición en la cultura postcrístiana de Occidente En 1449. Por ejemplo, en su corte de Tarascón, Rene organizó una sene de pas d armes, que eran unas curiosas e híbridas amalgamas de torneo y mascarada en las que los caballeros competían unos con otros y, al mismo tiempo, interpretaban una especie de obra teatral. Uno de los pas a”armes más famosos de Rene se titulaba El Pas a Armes de la Pastora. Interpretada por la que a la sazón era la concubina de Rene, la Pastora era una figura explícitamente arcádica, que incorporaba atributos tanto románticos como filosóficos. Presidía un torneo en el cual los caballeros asumían identidades alegóricas que representaban valores e ideas contrapuestos. El acontecimiento fue una fusión singular del romance pastoral arcádico con el tema de la Tabla Redonda y los misterios del Santo Grial.
La Arcadia figura también en otras partes de la obra de Rene. Con frecuencia está representada por una fuente o una lápida sepulcral, ambas asociadas a una corriente subterránea. Esta corriente suele equipararse al río Alfeo, que es el río central que fluye por la Arcadia geográfica real de Grecia. Es un río de curso subterráneo que, según se dice, vuelve a la superficie en la Fuente de Aretusa, en Sicilia. Desde la antigüedad más remota hasta el Kubla Khan de Coleridge, el río Alfeo ha sido considerado como sagrado. Su nombre se deriva de las mismas raíces que la palabra griega Alpha, que significa primero o fuente.
Al parecer, para Rene el motivo de una corriente subterránea era muy rico en resonancias simbólicas y alegóricas. Entre otras cosas, parece connotar la tradición esotérica subterránea del pensamiento pitagórico, gnóstico, cabalístico y hermético. Pero también podría connotar algo más que un cuerpo general de enseñanzas, quizás alguna información basada en hechos y muy específica: alguna clase de «secreto», transmitido clandestinamente de una generación a otra. Y podría connotar una estirpe no reconocida y, por ende, subterránea.
Según todos los indicios, en las academias italianas la imagen de una corriente subterránea poseía todos estos niveles de significado. Y se repite de modo constante, tanto es así, de hecho, que las propias academias han recibido con frecuencia la etiqueta de arcádicas. Así, en 1502 se publicó una obra importante, un largo poema titulado Arcadia, escrito por Jacopo Sannazaro; y unos años antes, en el séquito italiano de Rene de Anjou había un tal Jacques Sannazar, probablem ente el padre del poeta. En 1553 el poema de Sannazaro fue traducido al francés. Es interesante observar que iba dedicado al cardenal de Lénoncourt, antepasado del conde de Lénoncourt del siglo XX, recopilador de las genealogías que aparecen en los documentos Prieuré
Durante el siglo XVI la Arcadia y la «corriente subterránea» se convirtieron en una moda cultural prominente. En Inglaterra inspiraron a sir Philip Sidney en su obra
más importante, Arcadia.7 En Italia inspiraron a figuras tan ilustres como Torquato Tasso, cuya obra maestra, Jerusalén liberada, trata de la toma de la Ciudad Santa por Godofredo de Bouillon. En el siglo XVII el motivo de la Arcadia ya había culminado en Nicolás Poussin y Les bergers d’Arcadie.
Cuanto más ahondábamos en la cuestión, más aparente se nos haría el hecho de que algo —una tradición de alguna clase, una jerarquía de valores o actitudes, quizás un cuerpo específico de información— era insinuado de manera constante por la corriente subterránea. Al parecer, esta imagen adquirió proporciones obsesivas en la mente de ciertas ilustres familias políticas de la época, todas las cuales, directa o indirectamente, figuran en las genealogías de los documentos Prieuré. Y, según parece, las familias en cuestión transmitieron la imagen a sus artistas protegidos. Parece que Rene de Anjou pasó algo a los Medici, los Sforza, los Este y los Gonzaga, los últimos de los cuales, según los documentos Prieuré, dieron a Sion dos grandes maestres, Ferrante de Gonzaga y Louis de Gonzaga, duque de Nevers. Al parecer, a través de ellos ese algo llegó a la obra de los poetas y pintores más ilustres de la época, incluyendo a Botticelli y a Leonardo da Vinci.


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