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miércoles, 17 de abril de 2013

El Eniigma Sagrado -Los Manifiestos Rosacruces-

En el siglo XVII tuvo lugar una diseminación de ideas parecida, primero en Alemania, extendiéndose luego a Inglaterra. En 1614 apareció el primero de los llamados manifiestos rosacruces, al que siguió un segundo opúsculo un año después. Estos manifiestos hicieron furor en su tiempo, provocando las iras de la Iglesia y de los jesuítas y ganándose el apoyo entusiasmado de las facciones liberales de la Europaprotestante. Entre los exponentes más elocuentes e influyentes del pensamiento «rosacruz» estaba Robert Fludd, que aparece citado como decimosexto Gran maestre de la Prieuré de Sion, la cual presidió entre 1595 y 1637.
Entre otras cosas, los manifiestos rosacruces8 promulgaban la historia del legendario Christian Rosenkreuz. Pretendían haber salido de una cofradía secreta e invisible de iniciados en Alemania y Francia. Prometían la transformación del mundo y del conocimiento humano de acuerdo con principios esotéricos, herméticos: la «corriente subterránea» que había fluido desde Rene de Anjou a través del Renacimiento. Anunciaban una nueva época de libertad espiritual, una época en la que el hombre se liberaría de sus anteriores grilletes, abriría la puerta a secretos de la naturaleza que hasta entonces habían permanecido dormidos, y gobernaría su propio destino de acuerdo con leyes universales y cósmicas, armoniosas y omnipresentes. Al mismo tiempo, los manifiestos eran de lo más incendiario desde el punto de vista político, pues atacaban ferozmente a la Iglesia católica y al antiguo Sacro Imperio Romano. Actualmente, por regla general se cree que estos manifiestos los escribió un teólogo y esoterista alemán, Johann Valentín Andrea, que aparece después de Robert Fludd en la lista de grandes maestres de la Prieuré de Sion. Si no los escribió Andrea, ciertamente fueron escritos por uno o varios de sus colaboradores.
En 1616 apareció un tercer opúsculo rosacruz. Nupcias químicas de Christian Rosenkreuz. Al igual que las dos obras anteriores, al principio el autor de ésta permaneció en el anonimato, pero el propio Andrea confesó más adelante haberlo redactado él como chiste o comedia.
Nupcias químicas es una compleja alegoría hermética que poster iormente influyó en obras tales como el Fausto de Goethe. Francés Yates ha demostrado que contiene ecos inconfundibles del esoterista inglés John Dee, el cual también influyó en Robert Fludd. En la obra de Andrea hay también resonancias de los romances sobre el Grial y de los caballeros templarios: se dice en ella, por ejemplo, que Christian Rosenkreuz lleva una túnica blanca con una cruz roja en el hombro. En el transcurso de la narración se interpreta una obra, una alegoría dentro de una alegoría. En esta obra hay una princesa, de linaje «real» no especificado, cuyos dominios legítimos han sido usurpados por los moros y que el mar arroja a una playa en un arca de madera. El resto de la obra narra las vicisitudes de la princesa y su matrimonio con un príncipe que la ayudará a recuperar su patrimonio.
Nuestras investigaciones pusieron al descubierto diversos vínculos de segunda y tercera mano entre Andrea y las familias cuyas genealogías figuran en los documentos
Prieuré. Sin embargo, no descubrimos ningún vínculo de primera mano o directo, con la posible excepción de Federico, Elector del Palatinado del Rhin. Federico era sobrino de un importante líder de los protestantes franceses, Henri de la Tour d’Auvergne, vizconde de Turenne y duque de Bouülon: el antiguo título de Godofredo de Bouillon. Henri también estaba relacionado con la familia Longueville, que figuraba de modo prominente tanto en los «documentos Prieuré» como en nuestra investigación. Y en 1591 se había tomado la molestia de adquirir la ciudad de Stenay.
En 1613 Federico del Palatinado había contraído matrimonio con Elizabeth Estuardo, hija de Jacobo I de Inglaterra, nieta de María Estuardo, reina de Escocia y biznieta de María de Guisa..., y los Guisa eran la rama menor de la casa de Lorena. Un siglo antes María de Guisa se había casado con el duque de Longueville y luego, al morir éste, con Jacobo V de Escocia. Este matrimonio creó una alianza dinástica entre las casas de Estuardo y de Lorena. Por consiguiente, los Estuardo empezaron a figurar, aunque sólo fuera de modo periférico, en las genealogías de los documentos Prieuré; y Andrea mostró cierto interés por la casa real escocesa, cosa que, en mayor o menor grado, hicieron también los tres supuestos grandes maestres que le sucedieron. Durante este período la casa de Lorena quedó eclipsada de modo significativo. Si en aquel tiempo la Prieuré de Sion era una orden coherente y activa, podría haber trasladado su lealtad, al menos de manera parcial y temporal, a los Estuardo, cuya influencia era decididamente mayor.
En todo caso, Federico del Palatinado, después de su matrimonio con Elizabeth Estuardo, estableció una corte de orientación esotérica en Heidelberg, su capital. Tal como escribe Francés Yates:
En el Palatinado se estaba formando una cultura que procedía directamente del Renacimiento pero a la que se habían agregado tendencias más recientes, una cultura a la que cabe definir con el adjetivo rosacruz. E) príncipe a cuyo alrededor giraban estas corrientes profundas era Federico, Elector del Palatinado, y los exponentes de las mismas esperaban hallar la expresión político-religiosa de sus objetivos... El movimiento federiciano... fue un intento de dar expresión a tales corrientes político- religiosas, de realizar el ideal de reforma hermética centrada en un príncipe verdadero... Ello... creó una cultura, un Estado «rosacruz» con su corte centrada en
Heidelberg.9
En pocas palabras, al parecer los anónimos «rosacruces» y sus simpatizantes inculcaron en Federico un sentido de misión, tanto espiritual como política. Y, por lo visto, Federico aceptó de buen grado el papel que se le imponía, junto con las esperanzas y las expectativas que el mismo entrañaba. Así, en 1618, aceptó la corona de Bohemia que le ofrecían los nobles rebeldes de aquel país. Al aceptarla se acarreó las iras del papado y del Sacro Imperio Romano y precipitó el caos de la guerra de los Treinta Años. En el plazo de dos años él y Elizabeth se vieron forzados a exiliarse en Holanda, y Heidelberg fue ocupada por las tropas católicas. Y durante el cuarto de siglo subsiguiente Alemania fue el principal campo de batalla del más encarnizado, sangriento y costoso conflicto de la historia de Europa antes del siglo XX, un conflicto en el cual la Iglesia estuvo a punto de imponer de nuevo la hegemonía de que gozara durante la Edad Media.
En medio de la confusión que rugía a su alrededor, Andrea creó una red de sociedades más o menos secretas a las que se dio el nombre de «Uniones Cristianas». De acuerdo con el proyecto de Andrea, encabezaba cada sociedad un príncipe anónimo, al que ayudaban otros doce que estaban divididos en grupos de tres príncipes,
cada uno de los cuales era especialista de una esfera de estudios determinada.10 El propósito original de las Uniones Cristianas era preservar los conocimientos que se veían amenazados, especialmente los avances científicos más recientes, muchos de los cuales eran considerados como heréticos por la Iglesia. Sin embargo, al mismo tiempo las Uniones Cristianas eran un refugio para las personas que huían de la Inquisición, la cual acompañaba a los ejércitos católicos invasores y estaba empeñada en extirpar todos los vestigios del pensamiento rosacruz. Así pues, numerosos eruditos, científicos, filósofos y «esoteristas» encontraron cobijo en las instituciones de Andrea. A través de éstas muchos de ellos fueron sacados del país y llevados a un lugar seguro: Inglaterra, donde la francmasonería empezaba justamente a cobrar forma. En cierto sentido significativo, es posible que las Uniones Cristianas de Andrea contribuyeran a la organización del sistema de logias masónicas.
Entre los europeos desplazados que consiguieron llegar a Inglaterra estaban varios de los colaboradores personales de Andrea: Samuel Hartlib, por ejemplo; Adam Komensky, al que se conoce mejor por Comenius, con el cual Andrea mantuvo una correspondencia continua; Theodore Haak, que era también amigo personal de Elizabeth Estuardo y mantenía correspondencia con ella; y el doctor John Wilkins, ex capellán personal de Federico del Palatinado y más adelante obispo de Chester.
Una vez en Inglaterra, estos hombres trabaron una relación estrecha con los círculos masónicos. Se hicieron amigos de Robert Moray, por ejemplo, cuya iniciación en una logia masónica en 1641 es una de las primeras de las que se conservan testimonios; de Elias Ashmole, anticuario y experto en órdenes de caballería, que fue iniciado en 1646; con el joven pero precoz Robert Boy le, quien, aunque no era francmasón, era miembro de otra sociedad secreta, una sociedad más elusiva.” No hay pruebas concretas de que esta sociedad secreta fuese la Prieuré de Sion, pero Boyle, según los «documentos Prieuré», sucedió a Andrea en el cargo de Gran maestre de Sion.
Durante el protectorado de Cromwell estas mentes dinámicas, tanto inglesas como europeas, formaron lo que Boyle —haciéndose deliberadamente eco de los
manifiestos «rosacruces»— llamó un «colegio invisible». Y con la restauración de la monarquía en 1660, el «colegio invisible» se transformó en la Royal Society,12 cuyo mecenas y patrocinador era el rey Estuardo Carlos II. Virtualmente todos los miembros fundadores de la Royal Society eran francmasones. Cabría argüir razonablemente que la propia Royal Society, al menos en sus comienzos, era una institución masónica, derivada, a través de las Uniones Cristianas de Andrea, de la «invisible hermandad rosacruz». Pero no iba a ser ésta la culminación de la «corriente subterránea». Por el contrario, ésta fluiría de Boyle a sir Isaac Newton, al que se presenta como siguiente Gran maestre de Sion, y de Newton a los complejos tributarios de la masonería del siglo XVIII.
La dinastía Estuardo
Según los «documentos Prieuré», el sucesor de Newton en el cargo de Gran maestre de Sion fue Charles Radclyffe. Este nombre no nos resultaba tan lleno de resonancias como el de Newton o el de Boyle, ni siquiera como el de Andrea. A decir verdad, al principio no estábamos seguros de quién era Charles Radclyffe. Sin embargo, al empezar a reunir datos sobre él, vimos que era una figura de importancia considerable, aunque subterránea, en la historia cultural del siglo XVIII.
Desde el siglo XVI los Radclyffe eran una familia influyente de Northumberland. En 1688, poco antes de ser depuesto, Jacobo II los había nombrado condes de Derwentwater. Charles Radclyffe nació en 1693. Su madre era hija ilegítima de Carlos II y de su concubina Molí Davis. Radclyffe era, pues, de sangre real por parte de madre: nieto del penúltimo monarca Estuardo. Era primo del príncipe Carlos y de George Lee, conde de Lichfield, otro nieto ilegítimo de Carlos II. No es extraño, por tanto, que Radclyffe dedicara gran parte de su vida a la causa de los Estuardo.
En 1715 la citada causa reposaba en el Viejo Pretendiente, Jacobo III, a la sazón exiliado en Bar-le-Duc, bajo la protección especial del duque de Lorena. Radclyffe y su hermano mayor, James, participaron en la rebelión escocesa de aquel año. Ambos fueron hechos prisioneros y encarcelados, y James fue ejecutado. Mientras tanto, Charles, al parecer ayudado por el conde de Lichfield, protagonizó una osada e insólita fuga de la prisión de Newgate, y halló refugio en las filas jacobitas en Francia. Durante los años subsiguientes fue secretario personal del «Joven Pretendiente», el príncipe Carlos.
En 1745 éste desembarcó en Escocia e inició su quijotesco intento de devolver a los Estuardo el trono de Inglaterra. En aquel mismo año Radclyffe fue capturado cuando se dirigía a reunirse con él, a bordo de un navio francés, a la altura de Dogger Bank. Un año después, en 1746, el «Joven Pretendiente» sufrió una desastrosa derrota en la batalla de Culloden Moor. Al cabo de unos meses Charles Radclyffe murió bajo el hacha del verdugo en la Torre de Londres.
Durante su permanencia en Francia los Estuardo habían participado activamente en la diseminación de la francmasonería. De hecho, se les suele considerar como la fuente de la francmasonería llamada «de rito escocés». Esta rama de la francmasonería introdujo grados más altos que los que ofrendan otros sistemas masónicos de la época. Prometía la iniciación en misterios más grandes y más profundos, misterios supuestamente conservados y transmitidos en Escocia. Estableció relaciones más directas entre la francmasonería y las diversas actividades —alquimia, cabalismo y pensamiento hermético, por ejemplo— que eran consideradas como «rosacruces». Y se extendía en explicaciones no sólo sobre la antigüedad, sino también sobre la ilustre genealogía de la francmasonería.
Es probable que la francmasonería de rito escocés fuera promulgada inicialmente por Charles Radclyffe, esto es, suponiendo que no la hubiera ideado él mismo. En todo caso, se dice que en 1725 Radclyffe fundó en París la primera logia masónica del continente. Durante el mismo año, o quizas al año siguiente, parece que fue reconocido como Gran maestre de todas las logias francesas y se le sigue citando como tal un decenio más tarde, en 1736. En esencia, la diseminación de la francmasonería del siglo xvm debe más a Radclyffe que a cualquier otro hombre.
No siempre ha sido esto tan evidente debido a que Radclyffe, sobre todo después de 1738, procuró pasar relativamente «inadvertido». A lo que parece, se valió, en grado muy significativo, de intermediarios y «portavoces». El más importante de éstos, además del más famoso, fue el enigmático individuo al que se conocía por el
nombre de el Chevalier Andrew Ramsay.13
Ramsay nació en Escocia, en una fecha indeterminada del decenio de 1680. De joven fue miembro de una sociedad casi masónica y casi rosacruz llamada los Filadelfos. Entre los demás miembros de esta sociedad había por lo menos dos amigos íntimos de Isaac Newton. El propio Ramsay tenía una reverencia absoluta por Newton, al que tenía por una especie de sumo «iniciado» místico, un hombre que había redescubierto y reconstruido las verdades eternas que se ocultaban en los misterios antiguos.
Ramsay tenía otros vínculos con Newton. Estaba relacionado con Jean Desaguliers, uno de los amigos más íntimos de Newton. En 1707 estudió matemáticas con un tal Nicolás Fatio de Duillier, el más íntimo de todos los compañeros de Newton. Al igual que éste, mostró cierta simpatía por los camisardos, secta de herejes parecidos a los cataros que en aquel tiempo padecían persecución en el sur de Francia, y especie de cause célebre para Fatio de Duillier.
En 1710 Ramsay se encontraba en Cambrai e intimaba con el filósofo místico Fénelon, ex cura de Saint Sulpice, lugar que, incluso entonces, era bastión de una ortodoxia más bien discutible. No se sabe con precisión en qué momento conoció Ramsay a Charles Radclyffe, pero en el decenio de 1720 ya se había afiliado decididamente a la causa jacobita. Durante un tiempo fue incluso preceptor del príncipe Carlos.
A pesar de sus relaciones jacobitas, Ramsay regresó a Inglaterra en 1729 y —pese a su aparente falta de calificaciones apropiadas— no tardó en ser admitido en la Royal Society. También ingresó en una institución más oscura llamada el Club of Spalding, es decir, el Club de caballeros de Spalding. A este club pertenecían hombres como Desaguliers, Alexander Pope y, hasta su muerte en 1727, Isaac Newton.
En 1730 Ramsay ya había vuelto a Francia y se mostraba cada vez más activo por cuenta de la francmasonería. Se sabe con seguridad que asistió a reuniones de la logia con cierto número de figuras destacadas, entre ellas Desaguliers. Y fue objeto del mecenazgo especial de la familia Tour d'Auvergne, los vizcondes de Turenne y los duques de Bouillon, quienes, tres cuartos de siglo antes, habían estado emparentados con Federico del Palatinado. En tiempos de Ramsay el duque de Bouillon era primo del príncipe Carlos, el «Joven Pretendiente», así como una de las figuras más prominentes de la francmasonería. El duque concedió a Ramsay una finca y una casa en la ciudad y, además, le nombró preceptor de su hijo.
En 1737 Ramsay pronunció su famosa «Oración», larga disquisición sobre la historia de la francmasonería que posteriormente se convirtió en documento germinal de
ésta.14 Gracias a dicha «Oración», Ramsay se vio convertido en el principal portavoz masónico de la época. Sin embargo, nuestras investigaciones nos convencieron de que la verdadera voz detrás de Ramsay era la de Charles Radclyffe, que presidía la logia en la que Ramsay pronunció su discurso y que aparería de nuevo, en 1743, como principal signatario en el entierro de Ramsay. Pero si Radclyffe era el poder que había detrás de Ramsay, diríase que era Ramsay quien constituía el eslabón entre Radclyffe y Newton.
A pesar de la muerte prematura de Radclyffe en 1746, las semillas que había plantado en Europa continuaron dando fruto. A principios del decenio de 1750 apareció un nuevo embajador de la francmasonería, un alemán llamado Karl Gottlieb von Hund. Éste añrmaba haber sido iniciado en 1742: un año antes de la muerte de Ramsay y cuatro antes de la de Radclyffe. Al ser iniciado, según él, había sido introducido en un sistema nuevo de francmasonería, el cual le había sido confiado por
superiores desconocidos.15 Hund afirmaba que estos «superiores desconocidos» estaban relacionados de forma muy estrecha con la causa jacobita. A decir verdad, al principio creía incluso que el hombre que había presidido su iniciación era el príncipe Carlos. Y, aunque se le demostró que no era así, Hund siguió convencido de que dicho personaje no identificado era alguien íntimamente relacionado con el Joven Pretendiente. Parece razonable suponer que el hombre que presidió la iniciación fue Charles Radclyffe.
El sistema de la francmasonería en el que se inició a Hund era una nueva extensión del «rito escocés» y más adelante se denominaría de estricta observancia. El nombre procedía del juramento que se exigía, un juramento de obediencia inamovible y sumisa a los «superiores desconocidos». Y el principio básico de la «estricta observancia» era que descendía directamente de los caballeros templarios, algunos de los cuales, según se suponía, habían sobrevivido a la purga de 1307-1314 y perpetuado su orden en Escocia.
Con esta pretensión ya estábamos familiarizados. Nuestras propias investigaciones nos permitían darle cierto crédito. Al parecer, un contingente de templarios había combatido en el bando de Robert Bruce en la batalla de Bannockburn. Como la bula pontificia disolviendo los templarios nunca se había promulgado en Escocia, la orden jamás fue suprimida oficialmente en dicho país. Y nosotros mismos habíamos localizado lo que parecía ser un cementerio templario en Argyllshire. La más antigua de las lápidas que había en dicho cementerio databa del siglo XIII; las posteriores, del xvm. Las lápidas más antiguas estaban talladas de cierta forma singular y mostraban símbolos idénticos a los que se encontraban en preceptorías templarías conocidas de Inglaterra y Francia. En las lápidas más recientes estos símbolos se combinaban con motivos específicamente masónicos, lo cual era testimonio de cierta clase de fusión. Así pues, sacamos la conclusión de que no era imposible que la orden realmente se hubiera perpetuado en los parajes impenetrables del Argyllshire medieval, donde llevaría una existencia clandestina, secularizándose gradualmente y asociándose tanto a los gremios masónicos como al sistema de clanes.
Por tanto, la genealogía que Hund reivindicaba para la «estricta observancia» no nos parecía del todo improbable. Sin embargo, por desgracia para él, no consiguió ampliar más su nuevo sistema de francmasonería. A causa de ello, sus contemporáneos le tacharon de charlatán y le acusaron de haber inventado la historia de su iniciación, su encuentro con periores desconocidos, su mandato de diseminar la «estricta observancia». Ante estas acusaciones, lo único que podía responder Hund era que sus «superiores desconocidos» inexplicablemente le habían abandonado. Le habían prometido que volverían a ponerse en contacto con él para darle nuevas instrucciones, pero nunca lo habían hecho. Hasta el final de sus días afirmó su integridad, aduciendo que había sido abandonado por sus patrocinadores iniciales, los cuales, insistía él, habían existido de verdad.
Cuanto más estudiábamos las afirmaciones de Hund, más plausibles se nos antojaban y más nos parecía él una víctima infortunada, no tanto de una traición premeditada como de circunstancias que escapaban al control de todo el mundo. Porque, de acuerdo con su propia crónica, Hund había sido iniciado en 1742, año en que los jacobitas eran aún una fuerza política poderosa en los asuntos continentales. En 1746, no obstante, Radclyffe había muerto. También habían muerto muchos de sus colegas, mientras que otros estaban en la cárcel o en el exilio, en algunos casos en lugares tan remotos como la América del Norte. Si los «superiores desconocidos» de Hund no volvieron a establecer contacto con su protegido, no parece que la omisión fuera voluntaria. El hecho de que Hund fuese abandonado inmediatamente después del derrumbamiento de la causa jacobita parece, si es que parece algo, confirmar la historia que él contaba.
Hay otro fragmento de información que da credibilidad, no sólo a las pretensiones de Hund, sino también a los documentos Prieuré. Esta información es una lista de
grandes maestres de los caballeros templarios que Hund, según él mismo insistía, había obtenido de sus superiores desconocidos.16 Basándonos en nuestras propias investigaciones, habíamos sacado la conclusión de que la lista de grandes maestres templarios que aparecía en los Dossiers Secrets era correcta, tan correcta, de hecho, que parecía ser fruto de «información confidencial». Con la excepción del modo en que estaba escrito un solo apellido, la lista que presentó Hund concordaba con la de los Dossiers Secrets. En pocas palabras, de un modo u otro Hund había obtenido una lista de los grandes maestres templarios que era más exacta que cualquiera de las que se conocían entonces. Además, la obtuvo cuando muchos de los documentos de los cuales dependíamos nosotros —cartas, escrituras, proclamaciones— estaban aún secuestrados en el Vaticano y, por ende, eran imposibles de obtener. Esto parecía confirmar la veracidad de la historia que contaba Hund sobre unos «superiores desconocidos». También parecía indicar que dichos «superiores desconocidos» estaban enteradísimos de lo referente a la orden del Temple, más enterados de lo que hubiesen podido estar sin tener acceso a «fuentes privilegiadas».

En todo caso, a pesar de las acusaciones formuladas contra él, Hund no se quedó completamente sin amigos. Después del derrumbamiento de la causa jacobita, encontró un protector comprensivo y compañero íntimo nada menos que en la persona del Sacro Emperador Romano. A la sazón éste era Fran$ois, duque de Lorena, quien, con su matrimonio con María Teresa de Austria en 1735, había enlazado las casas de los Habsburgo y de Lorena e inaugurado la dinastía Habsburgo-Lorena. Y, según los «documentos Prieuré», era el hermano de Frangois, Charles de Lorena, quien sucedió a Radclyffe en calidad de Gran maestre de Sion.
Frangois fue el primer príncipe europeo que se hizo masón y que anunció públicamente su afiliación masónica. Fue iniciado en 1731, en La Haya, que era un bastión de actividades esotéricas desde que círculos «rosacruces» se habían instalado allí durante la guerra de los Treinta Años. Y el hombre que presidió la iniciación de Francois fue Jean Desagüliers, colaborador íntimo de Newton, Ramsay y Radclyffe. Asimismo, poco después de su iniciación Francois partió para Inglaterra, donde permaneció mucho tiempo. En Inglaterra ingresó en aquella institución de nombre inocuo que era el «Gentleman's Club of Spaulding».
Durante los años subsiguientes Frangois de Lorena fue probablemente más responsable que cualquier otro potentado europeo de la propagación de la francmasonería. Su corte de Viena se convirtió, en cierto sentido, en la capital masónica de Europa y en centro de un espectro amplio de otras inquietudes esotéricas. El propio Francpis practicaba la alquimia y tenía un laboratorio en el palacio imperial, el Hofburg. Al morir el último de los Medici, pasó a ser gran duque de Toscana y con mucha destreza impidió que la Inquisición siguiera hostigando a los francmasones en Florencia. A través de Francois, Charles Radclyffe, que había fundado la primera logia masónica en el continente, dejó un legado duradero.

Charles Nodier y su círculo
Comparado con las importantes figuras culturales y políticas que le precedieron, comparado incluso con un hombre como Charles Rad-clyffe, Charles Ncdier no parecía el más indicado de los candidatos al cargo de Gran maestre. Nos era conocido principalmente como una especie de curiosidad literaria, cultivador relativamente menor de las bellas letras, ensayista un tanto prolijo, novelista de segunda categoría y autor de relatos cortos en la tradición rara de E. T. A. Hoffmann y, más adelante, Edgar Alian Poe. No obstante, en su propia época Charles Nodier fue considerado como una importante figura cultural y su influencia fue enorme. Asimismo, resultó que estaba relacionado con nuestra investigación de diversas maneras a cuál más sorprendente.
En 1824 Charles Nodier ya era una celebridad literaria. En el citado año fue nombrado bibliotecario jefe de la biblioteca del Arsenal, principal depósito francés de manuscritos medievales y específicamente relacionados con el ocultismo. Entre sus diversos tesoros se decía que el Arsenal había contenido las obras alquímicas de Nicolás Flamel, el alquimista medieval al que se citaba como uno de tos primeros grandes maestres de la orden de Sion. El Arsenal contenía también la biblioteca del cardenal Richelieu, colección exhaustiva de obras sobre el pensamiento mágico, cabalístico y hermético. Y había también otros tesoros. Al estallar la revolución francesa, se habían saqueado monasterios en todo el país y sus libros y manuscritos habían sido enviados a París. Luego, en 1810, Napoleón, que ambicionaba crear una biblioteca mundial definitiva, confiscó y se llevó a París casi todos los archivos del Vaticano. Había más de tres mil cajas de material, parte del cual —por ejemplo, todos los documentos relativos a los templarios— había sido solicitado específicamente. Aunque más adelante algunos de estos papeles fueron devueltos a Roma, muchos de ellos se quedaron en Francia. Y fue material de esta índole —libros y manuscritos sobre ocultismo, obras robadas en los monasterios y el archivo del Vaticano— el que pasó por las manos de Nodier y sus colaboradores, que procedieron metódicamente a clasificarlo, catalogarlo y estudiarlo.
Entre los colegas de Nodier en esta tarea estaban Eliphas Lévi y Jean Baptiste Pitois, que adoptó el seudónimo literario de Paul Chris-tian. A lo largo de los años subsiguientes, las obras de estos dos hombres dieron pie a un gran renacimiento del interés por lo esotérico. Es a estos dos hombres y a Charles Nodier, su mentor, adonde se remonta en última instancia el «renacimiento ocultista» de la Francia del siglo XIX, como se le ha llamado. A decir verdad, el libro Historia y práctica de la magia, de Pitois, se transformó en la biblia de los hombres del siglo xix que se interesaban por el estudio de lo arcano. Reeditado recientemente en traducción al inglés —en la que no falta la dedicatoria a Nodier—, es ahora una obra codiciada entre los modernos estudiantes de lo oculto.
Durante su permanencia en el Arsenal, Nodier continuó escribiendo y publicando prolíficamente. Entre sus obras más importantes de la última etapa hay un «opus» inmenso, lujosamente ilustrado, en múltiples volúmenes que reviste interés para los añcionados a lo antiguo y que trata de sitios que tuvieron una importancia especial en la Francia antigua. En este compendio monumental Nodier dedicó considerable espacio a la época merovingia, hecho que resulta aún más sorprendente si se tiene en cuenta que por aquella época nadie mostraba el menor interés por los merovingios. Hay también secciones bastante largas dedicadas a los templarios y un artículo especial sobre Gisors, incluyendo una crónica detallada de la misteriosa «tala del olmo» en 1188, tala que, según los documentos Prieuré, señaló la separación entre los caballeros templarios y la Prieuré de Sion.
Al mismo tiempo, Nodier era algo más que bibliotecario y escritor. Era también un individuo gregario, egocéntrico y rimbombante que pretendía ser el centro de la atención en todo momento y que no vacilaba en exagerar su propia importancia. En sus aposentos de la biblioteca del Arsenal inauguró un salón literario que hizo de él uno de los «potentados estéticos más influyentes y prestigiosos de la época. Al morir en 1845 había sido el mentor de toda una generación, muchos de cuyos integrantes le eclipsaron en su carrera subsiguiente. Por ejemplo, el principal discípulo y amigo más íntimo de Nodier fue el joven Victor Hugo, el siguiente Gran maestre de Sion según los «documentos Prieuré». Estaba también Francois-René de Chateaubriand, que hizo una peregrinación especial para visitar la tumba de Poussin en Roma y mandó erigir una lápida en la que había una reproducción de «Les bergers d'Arcadie». Entre los demás se contaban Balzac, Dela-croix, Dumas padre, Lamartine, Musset, Théophile Gautier, Gérard de Nerval y Alfred de Vigny. Al igual que los poetas y pintores del Renacimiento, estos hombres a menudo se inspiraban mucho en la tradición esotérica y especialmente en la hermética. También incorporaban en sus obras cierto número de motivos, temas, referencias y alusiones al misterio que, para nosotros, comenzaba con Sauniére y Rennes-le-Cháteau. En 1832, por ejemplo, se publicó un libro titulado Un viaje a Rennes-les- Bains en el que se habla largo y tendido de un tesoro legendario relacionado con Blanchefort y Rennes-le-Cháteau. El autor de este libro poco conocido, Auguste de Labouisse-Ro-chefort, produjo también otra obra: Los amantes — A Eléonore. En su portada aparece, sin ninguna explicación, el lema «Et in Arcadia Ego».

Estaba claro que las actividades literarias y esotéricas de Nodier tenían que ver con nuestra investigación. Pero había otro aspecto de su carrera que, si cabe, tenía aun más que ver. Porque Nodier, desde su infancia, estuvo profundamente relacionado con sociedades secretas. Ya en 1790, por ejemplo, a la edad de diez años, se sabe
que tuvo alguna relación con el grupo llamado los Filadelfos.18 Alrededor de 1793 creó otro grupo —o quizá un círculo interior del primero— en el que estaba incluido uno de los que más adelante conspirarían contra Napoleón. Un documento fechado en 1797 atestigua la fundación de otro grupo —llamado también los «Filadelfos»—
en aquel año.19 En la biblioteca de Besancon hay un ensayo críptico que fue redactado y recitado ante el grupo por uno de los amigos más íntimos de Nodier. Se titula Le berger arcadien ou Premiers accents d'un flute champétre El pastor arcádico o Primeros acentos de una flauta rústica.20
En París, en 1802, Nodier escribió acerca de su afiliación a una sociedad secreta a la que calificó de bíblica y pitagórica.21 Luego, en 1816, publicó anónimamente una de sus obras más curiosas e influyentes: Una historia de las sociedades secretas en el ejército bajo Napoleón. En este libro Nodier se muestra deliberadamente ambiguo. No aclara de forma definitiva si lo que escribe es ficción o realidad. En todo caso, da a entender que el libro es una especie de alegoría apenas disfrazada de hechos históricos reales. Sea como sea, desarrolla en él una exhaustiva filosofía de las sociedades secretas. Y atribuye a tales sociedades el mérito de cierto número de logros históricos, incluyendo la caída de Napoleón. Nodier declara que en el mundo actúan muchas sociedades secretas. Pero añade que hay una que tiene precedencia ante todas las demás, que, de hecho, preside a todas las otras. Según Nodier, esta sociedad secreta «suprema» se llama los «Filadelfos». Sin embargo, al mismo
tiempo habla del juramento que me liga a los Filadelfos y que me prohibe darlos a conocer bajo su nombre social.22 Pese a ello, en un discurso que cita Nodier hay una alusión velada a la orden de Sion: al parecer fue pronunciada ante una asamblea de Filadelfos por uno de los que conspiraron contra Napoleón. Este hombre está hablando de su hijo recién nacido:
Es demasiado joven para comprometerse con vosotros por medio del juramento de Aníbal; pero recordad que le he dado el nombre de Eliacin, y que delego en él la vigilancia del templo y del altar, en el caso de que yo muera antes de que haya visto caer de su trono al último de los opresores de Jerusalén.23
El libro de Nodier hizo su aparición en unos momentos en que el temor a las sociedades secretas había adquirido proporciones virtual-mente patológicas. Con frecuencia a tales sociedades se las culpaba de haber instigado la revolución francesa; y el ambiente de la Europa posnapoleónica se parecía, en muchos aspectos, a la «era de McCarthy» en los Estados Unidos durante el decenio de 1950. La gente veía o imaginaba conspiraciones en todas partes. Abundaban las cazas de brujas. Todos los disturbios públicos, todos los contratiempos insignificantes, todos los sucesos funestos eran atribuidos a la «actividad subversiva», a la obra de grupos clandestinos muv bien organizados que trabajaban insidiosamente entre bastidores, erosionando el tejido de las instituciones establecidas, perpetrando toda suerte de taimados sabotajes. Esta mentalidad engendró medidas de extrema represión. Y la represión, que a menudo iba dirigida contra una amenaza ficticia, engendraba a su vez oponentes de verdad, grupos de conspiradores subversivos, los cuales se formaban de acuerdo con los proyectos ficticios. Incluso siendo fruto de la imaginación, las sociedades secretas fomentaban una paranoia omnipresente en los estratos más altos del gobierno; y esta paranoia frecuentemente lograba más de lo que hubiera podido lograr cualquier sociedad secreta. No hay ninguna duda de que el mito de la sociedad secreta, si no la sociedad secreta misma, desempeñó un papel importante en la historia de la Europa del siglo XIX. Y uno de los principales arquitectos de dicho mito, y posible-
mente de la realidad que había detrás de él, fue Charles Nodier.

Debussy y la Rose-Croix Las tendencias que encontraron expresión en Nodier —la fascinación por las sociedades secretas y un interés renovado por lo esotérico— continuaron adquiriendo influencia y partidarios durante todo el siglo XIX. Ambas tendencias alcanzaron su punto culminante en el París de finales de siglo: el París de Claude Debussy, supuesto Gran maestre de Sion en 1891, año en el que Bérenger Sauniére descubrió los pergaminos misteriosos en Rennes-le-Cháteau.
Al parecer, Debussy conoció a Víctor Hugo por mediación del poeta simbolista Paul Verlaine. Posteriormente, puso música a varias obras de Hugo. También ingresó en los círculos simbolistas que, en el último decenio del siglo, dominaban ya la vida cultural parisiense. Estos círculos eran a veces ilustres, a veces raros y a veces ambas cosas a un tiempo. Formaban parte de ellos el joven clérigo Emile Hoffet y Emma Calvé, a través de los cuales Debussy conoció a Sauniére. Estaba también el mago enigmático de la poesía simbolista francesa, Stéphane Mallarmé, una de cuyas obras maestras, L'Aprés-Midi d'un Faune, fue musicada por Debussy. Estaba el dramaturgo simbolista Maurice Maeterlinck, cuyo drama merovingio Pelléas et Mélisande fue utilizado por Debussy para componer una ópera de fama mundial. Estaba el rimbombante conde Philippe Auguste Villiers de l'Isle-Adam, cuya obra rosacruz Axel se convirtió en la biblia de todo el movimiento simbolista. Aunque su muerte en 1918 le impidió completarlo, Debussy empezó a componer un libreto para el drama ocultista de Villiers, con la intención de convertirlo también en una ópera. Entre sus otros asociados estaban también las lumbreras que asistían a las famosas veladas que Mallarmé organizaba los martes por la noche: Osear Wilde, W. B. Yeats, Stefan George, Paul Valéry, el joven André Gide y Marcel Proust.
Los círculos de Debussy y Mallarmé estaban empapados de esoterismo. Al mismo tiempo, coincidían con círculos que eran aún más esotéricos. Así, Debussy tuvo trato con virtualmente todos los nombres prominentes del llamado «renacimiento ocultista» francés. Uno de ellos era el marqués Stanislas de Guaita, íntimo de Emma Calvé y fundador de la llamada Orden Cabalística de la Rose-Croix. Otro era Jules Bois, notorio satanista e íntimo también de Emma Calvé, además de amigo de MacGregor Mathers. Alentado por Jules Bois, Mathers fundó la más famosa de las sociedades ocultistas británicas del período: la Orden del Amanecer Dorado.
Otro ocultista al que conocía Debussy era el doctor Gérard En-causse, más conocido por Papus,25 nombre bajo el que publicó lo que sigue considerándose como una de las obras definitivas sobre el Tarot. Papus no sólo era miembro de numerosas órdenes y sociedades esotéricas, sino también confidente del zar y la zarina, Nicolás y Alejandra de Rusia. Y entre los colaboradores más íntimos de Papus había un nombre que ya había figurado en nuestra investigación: el de Jules Doinel. En 1890 Doinel había pasado a ocupar el puesto de bibliotecario en Carcasona y había fundado una iglesia neocátara en el Languedoc, iglesia en la que él y Papus ejercían de obispos. De hecho, Doinel se proclamaba a sí mismo obispo gnóstico de Mirepoix, que incluía las parroquias de Montségur y de Alet, la cual incluía a su vez la parroquia de Rennes-le-Cháteau.
La iglesia de Doinel fue supuestamente consagrada por un obispo oriental en París, en casa —detalle interesante— de lady Caithness, esposa del conde de Caithness, lord James Sinclair. Vista en retrospectiva, parece ser que esta iglesia fue simplemente una secta o culto inofensivo, como tantas otras de fin de siglo. En aquel tiempo, sin embargo, causó mucha alarma en los círculos oficiales. Se preparó un informe especial para el Santo Oficio del Vaticano sobre el renacimiento de tendencias cataras». Y el papa condenó pública y explícitamente la institución de Doinel, a la que denunció como una nueva manifestación de la antigua herejía albigense.
A pesar de la condenación del Vaticano, hacia mediados de 1890 Doinel se mostraba activo en el territorio natal de Sauniére, precisamente en el mismo momento en que el cura de Rennes-le-Cháteau comenzaba a hacer ostentación de su riqueza. Es muy posible que los dos hombres fueran presentados por Debussy. O por Emma Calvé. O por el abate Henri Boudet, cura de Rennes-les-Bains, el mejor amigo de Sauniére y colega de Doinel en la Sociedad de Artes y Ciencias de Carcasona.
Uno de los contactos ocultistas más íntimos de Debussy era José-phin Péladan, otro amigo de Papus y, como era de prever, también de Emma Calvé. En 1889 Péladan hizo una visita a Tierra Santa. A su vuelta afirmó haber descubierto la tumba de Jesús, no en el sitio tradicional, es decir, en el Santo Sepulcro, sino debajo de la mezquita de Ornar, que otrora formase parte del enclave de los templarios. Tal como dijo un admirador entusiasmado, el presunto descubrimiento de Péladan era «tan asombroso que en cualquier otra era hubiese sacudido el mundo católico hasta sus cimientos.26 Sin embargo, ni Péladan ni sus colaboradores dijeron cómo habían podido identificar y verificar de modo tan definitivo la tumba de Jesús; tampoco dijeron por qué el descubrimiento debía necesariamente sacudir el mundo católico, a no ser, por supuesto, que contuviese algo significativo, controvertible, quizás incluso explosivo. En todo caso, Péladan no dio explicaciones sobre su supuesto descubrimiento. Pero, pese a ser católico y hacer profesión de ello, insistió en la mortalidad de Jesús.
En 1890 Péladan fundó una nueva orden: la Orden de la Rose-Croix Católica, del Temple y del Grial. Y esta orden, a diferencia de las demás instituciones de la Rose- Croix en el período, de un modo u otro se libró de la condenación pontificia. Mientras tanto Péladan fue interesándose cada vez más por las artes. Declaró que el artista tenía que ser «un caballero con armadura, ansiosamente dedicado a la búsqueda simbólica del Santo Grial». Y Péladan, fiel a este principio, se embarcó en una cruzada estética en toda la regla. La cual tomó la forma de una serie de exposiciones anuales a las que se dio mucha publicidad y que llevaban por nombre el Salón de la Rose - Croix. El propósito declarado de las mismas era «arruinar el realismo, reformar el gusto latino y crear una escuela de arte idealista». A tal efecto, ciertos temas fueron rechazados de modo autocrático y sumario porque se les consideraba indignos, «por bien ejecutados que estuvieran, aunque fuesen perfectos». La lista de temas rechazados incluía las pinturas históricas «prosaicas», las pinturas patrióticas y militares, las representaciones de la vida contemporánea, los retratos, las
escenas rústicas y «todos los paisajes excepto los compuestos a la manera de Poussin».27
Y Péladan no se limitó a la pintura. Por el contrario, también intentó promulgar su estética en la música y en el teatro. Formó su propia compañía teatral, que interpretaba obras escritas exprofesamente sobre temas como Orfeo, los Argonautas, y la Búsqueda del Vellocino de Oro, el Misterio de la Rose-Croix y el Misterio del Grial. Uno de los promotores y espectadores asiduos de estas producciones era Claude Debussy.
Entre las demás relaciones de Péladan y Debussy estaba Maurice Barres, quien, siendo joven, había estado relacionado con un círculo «rosacruz» con Victor Hugo. En 1912 Barres publicó su novela más famosa: La colline inspirée («La colina inspirada»). Ciertos comentaristas modernos han sugerido que, de hecho, esta obra es una alegoría apenas disimulada de Bérenger Sauniére y Rennes-le-Cháteau. Ciertamente, hay paralelos que parecen demasiado notables para ser fruto de la coincidencia. Pero Barres no sitúa su narración en Rennes-le-Cháteau, ni en ningún otro lugar del Languedoc. Al contrario, la «colina inspirada» del título es una montaña coronada por un pueblo en Lorena. Y el pueblo es el antiguo centro de peregrinaciones de Sion.
Jean Cocteau más que Charles Radclyffe, más que Charles Nodier, Jean Cocteau se nos antojó un candidato muy improbable para el puesto de Gran maestre de una influyente sociedad secreta. Sin embargo, en el caso de Radclyffe y en el de Nodier nuestra investigación había revelado ciertas relaciones de considerable interés. En el de Cocteau descubrimos muy pocas.
Ni que decir tiene, Cocteau se crió en un ambiente muy próximo a los «pasillos del poder»: su familia destacaba en la política y su tío era un diplomático importante. Pero Cocteau, cuando menos ostensiblemente, abandonó este mundo, marchándose de casa cuando contaba quince años y sumergiéndose en la sórdida subcultura de Marsella. En 1908 ya se había labrado un nombre en los círculos artísticos bohemios. A los veinte años y pico se relacionó con Proust, Gide y Maurice Barres. También era amigo íntimo del bisnieto de Victor Hugo, Jean, con quien se embarcó en diversas experiencias espiritualistas y ocultistas. No tardó en estar muy versado en los asuntos esotéricos; y el pensamiento hermético moldeó, no sólo gran parte de su obra, sino también toda su estética. En 1912, si no antes, había empezado a tratar a Debussy, al que alude con frecuencia, si bien en forma no comprometida, en sus diarios. En 1926 diseñó los decorados para una producción de la ópera Pelléas et Mélisande porque, según un comentarista, «no fue capaz de resistirse a la tentación de ver su nombre unido para siempre con el de Claude Debussy».
La vida privada de Cocteau —que incluyó ataques de toxicomanía y una sucesión de amoríos homosexuales— fue notoriamente irregular. Esto le ha creado una imagen de individuo volátil y tremendamente irresponsable. En realidad, sin embargo, siempre fue muy consciente de su persona pública y, fueran cuales fuesen sus aventuras personales, nunca permitió que le privasen del acceso a gentes influyentes y poderosas. Como él mismo reconocía, siempre había anhelado el reconocimiento, el honor y la estima públicos, incluso la admisión en la Académie Francaise. Y procuraba ajustarse a las normas lo suficiente como para tener asegurado el prestigio que deseaba. Por consiguiente, nunca estuvo muy alejado de figuras prominentes como Jacques Maritain y André Malraux. Aunque jamás mostró un interés manifiesto por la política, denunció al gobierno de Vichy durante la guerra y, al parecer, estuvo discretamente aliado con la resistencia. En 1949 fue nombrado Chevalier de la Legión de Honor. En 1958 el hermano de De Gauile le invitó a pronunciar un discurso en público sobre el tema general de Francia. No es el tipo de papel que normalmente se atribuye a Cocteau, pero, al parecer, lo interpretó a menudo y disfrutó interpretándolo.
Durante buena parte de su vida Cocteau estuvo asociado —a veces íntimamente, a veces de modo periférico— con círculos católicos y monárquicos. En ellos se codeaba frecuentemente con miembros de la antigua aristocracia, incluyendo algunos de los amigos y protectores de Proust. Al mismo tiempo, sin embargo, el catolicismo de Cocteau resultaba sumamente sospechoso y heterodoxo y, a lo que parece, tenía más de compromiso estético que de compromiso religioso. En la última parte de su vida dedicó mucha energía a redecorar iglesias, lo que es quizás un eco curioso de Bérenger Sauniére. Sin embargo, incluso entonces su piedad era discutible: Me toman por un pintor religioso porque he decorado una capilla. Siempre la misma manía de etiquetar a la gente.

Al igual que Sauniére, Cocteau incorporaba en sus decoraciones ciertos detalles curiosos y sugestivos. Algunos de ellos son visibles en la iglesia de Notre Dame de France, en la esquina de Leicester Square, en Londres. La iglesia en sí data de 1865 y puede que en el momento de su consagración tuviera ciertas conexiones masónicas. En 1940, en el momento culminante de los bombardeos, resultó seriamente dañada. A pesar de ello, siguió siendo la iglesia favorita de muchos miembros importantes de las fuerzas de los Franceses Libres; y después de la guerra fue restaurada y redecorada por artistas procedentes de toda Francia. Entre ellos estaba Jean Cocteau, quien en 1960, tres años antes de su muerte, ejecutó un mural en el que se ve la crucifixión. Se trata de una crucifixión extremadamente singular. En ella aparecen un sol negro y una figura siniestra, verdosa y no identificada en el ángulo inferior de la derecha. Hay un soldado romano que sostiene un escudo en el que hay pintado un pájaro muy estilizado que hace pensar en una representación egipcia de Horas. Entre las mujeres que lloran y los centuriones que juegan a los dados aparecen dos figuras incongruentemente modernas: una de ellas es el autorretrato del propio Cocteau, quien, significativamente, aparece de espaldas a la cruz. Lo más sorprendente de todo es que en el mural sólo se ve la parte inferior de la cruz. Quienquiera que esté clavado en ésta sólo es visible hasta las rodillas, és decir, no se le ve la cara ni es posible determinar su identidad. Y clavada en la cruz, inmediatamente debajo de los pies de la víctima anónima, hay una rosa gigantesca. El mural, en pocas palabras, es escandalosamente rosacruz. Y lo mínimo que puede decirse de él es que se trata de un motivo muy singular para una iglesia católica.

Los dos Juan XXIII
Los Dossiers Secrets, en los cuales aparecía la lista de los supuestos grandes maestres de Sion, estaban fechados en 1956. Cocteau no murió hasta 1963. No hay, pues, ninguna indicación de quién pudo ser su sucesor o de quién podría presidir la Prieuré de Sion en la actualidad. Pero el propio Cocteau planteó otra cuestión de inmenso interés.
Según los «documentos Prieuré», hasta la «tala del olmo» en 1188 la orden de Sion y la orden del Temple compartían el mismo Gran maestre. Al parecer, después de 1188 la orden de Sion eligió su propio Gran maestre, siendo el primero de ellos Jean de Gisors. Según los «documentos Prieuré», cada Gran maestre, al pasar a ocupar su cargo, ha adoptado el nombre de Jean (Juan) o, dado que entre ellos ha habido cuatro mujeres, Jeanne (Juana). Así pues, se supone que los grandes maestres de Sion han comprendido una sucesión ininterrumpida de Jeans y Jeannes desde 1188 hasta la actualidad. Es claro que esta sucesión entrañaba un pontificado esotérico y hermético basado en Juan, en contraste (tal vez en oposición) al exotérico basado en Pedro.
Cabía hacerse una pregunta importante: ¿de qué Juan se trataba? ¿De Juan el Bautista? ¿De Juan el Evangelista, el «discípulo amado» del cuarto evangelio? ¿O de Juan el Divino, autor del Libro del Apocalipsis? Nos pareció que tenía que ser uno de estos tres porque, según se decía, Jean de Gisors en 1188 había adoptado el título de Jean II. ¿Quién fue, pues, Jean I?
Fuese cual fuese la respuesta a esta pregunta, en la lista de supuestos grandes maestres de Sion Jean Cocteau aparecía como Jean XXIII. En 1958, cuando es de suponer que Cocteau era aún el Gran maestre de la orden, murió el papa Pío XII, y los cardenales, reunidos en cónclave, eligieron como nuevo pontífice al cardenal Angelo Roncalli de Venecia. Todo papa recién elegido escoge su propio nombre; y el cardenal Roncalli causó mucha consternación al elegir el de Juan XXIII. Esta consternación no era injustificada. En primer lugar, el nombre de «Juan» había sido anatematizado implícitamente desde la última vez que fuera utilizado a principios del siglo XV: por un antipapa. Asi mismo, ya había habido un Juan XXIII. El antipapa que abdicó en 1415 y que —detalle interesante— había sido antes obispo de Alet era, de hecho, Juan XXIII. Por consiguiente, era insólito, por no decir algo más fuerte, que el cardenal Roncalli adoptase el mismo nombre.
En 1976 se publicó en Italia un librito enigmático que poco después fue traducido al francés. Se titulaba Las profecías del papa Juan XXIII* y contenía una recopilación de oscuros poemas proféticos en prosa que, según se afirmaba, eran obra del pontífice citado, el cual había muerto trece años antes, en 1963, el mismo año en que murió Cocteau. En su mayor parte estas «profecías» son extremadamente opacas y se resisten a toda interpretación coherente. También es discutible que sean obra de Juan XXIII. Pero eso es lo que dice la introducción. Y dice también algo más: que Juan XXIII era secretamente miembro de la «Rose-Croix», a la que se había afiliado cuando era nuncio del papa en Turquía, en 1935.
Ni que decir tiene, esta afirmación resulta increíble. Ciertamente,
* Publicado en la colección Fontana Fantástica de esta misma editorial. (N. del E.) no puede probarse y no encontramos pruebas externas que la apoyaran. Pero, con todo, nos preguntamos por qué se habría hecho una afirmación semejante.
¿Y si, después de todo, era cierta? ¿Habría cuando menos un granito de verdad en ella? Se dice que en 1188 la Prieuré de Sion adoptó el subtítulo de Rose-Croix Veritas. Si el papa Juan estaba afiliado a una organización de la Rose-Croix, y si dicha organización era la Prieuré de Sion, las implicaciones serían extremadamente intrigantes. Entre otras cosas, sugerirían que el cardenal Roncalli, al convertirse en papa, escogió el nombre de su propio Gran maestre secreto y entonces, por alguna razón simbólica, habría un Juan XXIII presidiendo la orden de Sion y el papado simultáneamente.

En todo caso, el gobierno simultáneo de un Juan (o Jean) XXIII tanto en la orden de Sion como en Roma resulta una coincidencia extraordinaria. Y no cabía la posibilidad de que los «documentos Prieuré» hubieran inventado semejante lista con el fin de crear tal coincidencia, una lista que culminaba con Jean XXIII al mismo tiempo que un hombre que ostentaba el mismo título ocupaba el trono de San Pedro. Porque la lista de los supuestos grandes maestres de Sion había sido redactada y depositada en la Bibliothéque Nationale en 1956 a más tardar, es decir, dos años antes de que comenzara el pontificado de Juan XXIII.
Había otra coincidencia extraordinaria. En el siglo xn un monje irlandés llamado Malachi recopiló una serie de profecías por el estile de las de Nostradamus. En estas profecías —de las que, por cierto, se dice que son muy estimadas por muchos católicos importantes, incluyendo el actual papa, Juan Pablo II— Malachi enumera los pontífices que ocuparán el trono de San Pedro en los siglos venideros. Para cada pontífice el monje ofrece una especie de lema descriptivo. Y para Juan XXIII el lema, traducido al francés, es «Pasteur et Nautonnier»: «Pastor y Navegante».29 El título oficial del supuesto Gran maestre de Sion también es de «Nautonnier».
Sea cual sea la verdad que hay debajo de estas extrañas coincidencias, no cabe ninguna duda de que Juan XXIII, más que cualquier otro papa, fue el artífice de una reorientación de la Iglesia católica, y de llevarla, como con frecuencia han dicho los comentaristas, al siglo xx. Gran parte de esta labor la realizaron las reformas del concilio Vaticano Segundo, que fue inaugurado por el papa Juan. Al mismo tiempo, sin embargo, dicho pontífice fue responsable de otros cambios. Revisó la postura de la Iglesia ante la francmasonería, por ejemplo, rompiendo con por lo menos dos siglos de tradición arraigada y declarando que un católico podía ser francmasón. Y en junio de 1960 promulgó una carta apostólica de profunda importancia.30 En ella abordaba de forma específica el tema de «La Preciosa Sangre de Jesús», a la que atribuía una importancia sin precedentes hasta aquel momento. El papa hacía hincapié en los sufrimientos de Jesús como ser humano y afirmaba que la redención de la humanidad se había efectuado mediante el derramamiento de dicha sangre. En el contexto de la carta del papa Juan, la pasión humana de Jesús y el derrama- miento de su sangre adquieren mayor importancia que la resurrección o incluso que la mecánica de la crucifixión.

En esencia, las consecuencias de esta carta son enormes. Tal como ha señalado un comentarista, alteran toda la base de las creencias cristianas. Si la redención del hombre se efectuó mediante el derramamiento de la sangre de Jesús, la muerte y la resurrección de éste pasaban a ser incidentales, cuando no, de hecho, superfluas. Para que la fe conservase su validez, no hacía falta que Jesús muriese en la cruz.
La conspiración a través de los siglos ¿Cómo íbamos a sintetizar los datos que habíamos reunido? Gran parte de ellos eran convincentes y parecían atestiguar algo, alguna pauta, algún plan coherente. La lista de los supuestos grandes maestres de la orden de Sion, por improbable que nos hubiera parecido al principio, empezaba a mostrar una coherencia notable. Por ejemplo, la mayoría de las figuras que aparecían en ella estaban relacionadas, ya fuera por vía de sangre o por asociación personal, con las familias cuyas genealogías constaban en los «documentos Prieuré» y especialmente con la casa de Lorena. Casi todas ellas tuvieron que ver con órdenes de uno u otro tipo o con sociedades secretas. Virtualmente todas ellas, incluso cuando eran nominalmente católicas, albergaban creencias religiosas poco ortodoxas, y estaban sumergidas, por así decirlo, en el pensamiento y la tradición esotéricos. Y en casi todos los casos había existido algún contacto estrecho entre un supuesto Gran maestre, su predecesor y su sucesor.
Sin embargo, estos hechos, por convincentes que fueran, no probaban necesariamente nada. No probaban, por ejemplo, que la Prieuré de Sion, cuya existencia durante la Edad Media habíamos confirmado, hubiera realmente sobrevivido durante los siglos subsiguientes. Y menos aún probaban que los individuos que se citaban como grandes maestres ocupasen realmente tal cargo. Todavía nos costaba creer que algunos de ellos realmente fueran grandes maestres. En algunos casos la edad que tenían cuando supuestamente habían pasado a desempeñar el cargo era un argumento contrario a ellos. Era posible, por supuesto, que Edouard de Bar hubiese sido elegido Gran maestre cuando tenía cinco años de edad, o que Rene de Anjou lo hubiese sido a los ocho años, basándose en algún principio hereditario. Pero ningún principio de esa índole parecía aplicable a Robert Fludd o a Charles Nodier, los cuales, según se supone, pasaron a ser grandes maestres a la edad de veintiún años; ni era aplicable a Debussy, que se convirtió en Gran maestre a los veintitrés años. Estos individuos no habrían tenido tiempo de «abrirse camino hacia la cumbre desde una posición más modesta», como hubieran podido hacer, por ejemplo, en la francmasonería. Ni siquiera contaban con una sólida posición en sus esferas respectivas. Esta anomalía no parecía tener sentido. A no ser que supusiéramos que el cargo de Gran maestre de la Prieuré de Sion era con frecuencia puramente simbólico, una posición ritual ocupada por una figura decorativa, una figura que, quizá, ni siquiera era consciente de la categoría que se le otorgaba.
Sin embargo, las especulaciones resultaban fútiles, al menos si nos basábamos en la información que temamos. Así pues, volvimos a recurrir a la historia en busca de pruebas sobre la Prieuré de Sion en otras partes, en sitios ajenos a la lista de supuestos grandes maestres. Investigamos con especial atención las peripecias de la casa de Lorena y de algunas de las demás familias que se citan en los «documentos Prieuré». Procuramos verificar otras afirmaciones que se hacían en dichos documentos. Y buscamos más pruebas de la labor realizada por una sociedad secreta que actuase de forma más o menos encubierta, entre bastidores.

Si era auténticamente secreta, huelga decirlo, no esperábamos que la Prieuré de Sion fuese citada explícitamente por su nombre. Si había continuado funcionando a lo largo de los siglos, lo habría hecho bajo diversos disfraces y máscaras, «tapaderas» y fachadas, del mismo modo que, según se decía, durante un tiempo funcionó bajo el nombre de «Ormus», que más adelante desechó. Tampoco habría seguido una única y obvia política específica, ni una postura política y una actitud del mismo tenor. En realidad, cualquier información en este sentido nos habría parecido sumamente sospechosa. Si nos encontrábamos ante una organización que había sobrevivido durante unos nueve siglos, había que reconocer que su flexibilidad y su capacidad de adaptación eran considerables. Su supervivencia habría dependido de tales cualidades; y sin ellas habría degenerado en una forma vacía, tan desprovista de poder verdadero como, pongamos por caso, los alabarderos de palacio. En pocas palabras, la Prieuré de Sion no podía haber permanecido rígida e inmutable durante toda su historia. Al contrario, se habría visto obligada a cambiar periódica- mente, a modificarse y a modificar sus actividades, a ajustarse y a ajustar sus objetivos al cambiante calidoscopio de los asuntos mundiales, del mismo modo que durante los últimos cien años las unidades de caballería han tenido que cambiar sus caballos por tanques o carros blindados. Por su capacidad para adaptarse a una era determinada, así como para explotar y dominar la tecnología y los recursos de la misma, la Prieuré de Sion hacía pensar en su rival exotérica, la Iglesia católica, o tal vez, para citar un ejemplo más bien siniestro, en la Mafia. Huelga decir que para nosotros la Prieuré de Sion no era una orden formada exclusivamente por seres malvados. Pero la Mafia era un ejemplo de cómo una sociedad secreta podía existir a lo largo de los siglos gracias a su capacidad de adaptación.

nnDnn


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