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viernes, 12 de abril de 2013

El Enigma Sagrado -La cruzada contra los albigenses-

En 1209 un ejército formado por unos treinta mil caballeros y soldados de infantería partió del norte de Europa y cayó como una tromba sobre el Languedoc, las estribaciones nororientales de los Pirineos, en lo que actualmente es el sur de Francia. Durante la guerra que siguió a la invasión todo el territorio fue devastado, las cosechas fueron destruidas, las ciudades y pueblos fueron arrasados y todo un pueblo fue pasado a cuchillo. El exterminio fue tan grande, tan terrible, que bien podría considerarse como el primer caso de «genocidio» en la historia moderna de Europa. Sólo en la ciudad de Béziers, por ejemplo, fueron muertos por lo menos quince mil hombres, mujeres y niños, muchos de los cuales habían buscado refugio en la iglesia. Un oficial preguntó al representante del papa cómo podía distinguir a los herejes de los verdaderos creyentes y recibió esta respuesta: «Mátalos a todos. Dios reconocerá a los suyos». Puede que estas palabras, que se citan con frecuencia, fueran apócrifas. Sin embargo, tipifican el celo fanático y la sed de sangre con que se perpetraron las atrocidades. El mismo representante pontificio, al escribir a Inocencio III, que se encontraba en Roma, anunció orgullosamente que «no se había respetado la edad, el sexo ni la condición social».
Después de Béziers, el ejército invasor se extendió por todo el Languedoc. Cayó Perpiñán, cayó Narbona, cayó Carcasona, cayó Toulouse. Y por dondequiera que pasaban los vencedores dejaban un rastro de sangre y muerte.
Esta guerra, que duró casi cuarenta años, es conocida ahora con el nombre de «cruzada contra los albigenses». Fue una cruzada en el verdadero sentido de la palabra. La había convocado el papa en persona. Los que participaron en ella llevaban una cruz en sus vestiduras, al igual que los cruzados que iban a Palestina. Y recibían las mismas recompensas que los cruzados que luchaban en Tierra Santa: remisión de todos los pecados, expiación de las penitencias, un lugar seguro en el cielo y todo el botín que pudieran capturar. Además, en esta cruzada ni siquiera había que cruzar el mar. Y de acuerdo con la ley feudal, uno no estaba obligado a luchar durante más de cuarenta días, suponiendo, desde luego, que no le interesase el botín.
Cuando terminó la cruzada el Languedoc estaba totalmente transformado, sumido de nuevo en la barbarie que caracterizaba al resto de Europa. ¿Por qué? ¿Por qué había ocurrido todo aquello, tanta brutalidad y tanta devastación?
A principios del siglo XIII, la zona que actualmente recibe el nombre de Languedoc no formaba oficialmente parte de Francia. Era un principado independiente cuya lengua, cultura e instituciones políticas tenían menos en común con el norte que con España, con los reinos de León, Aragón y Castilla. Gobernaban el principado un puñado de familias nobles, siendo las principales la de los condes de Toulouse y la poderosa casa de Trencavel. Y dentro, de los confines de este principado florecía una cultura que en aquel tiempo era la más avanzada y compleja de la cristiandad, con la posible excepción de Bizancio.
El Languedoc tenía mucho en común con Bizancio. La erudición, por ejemplo, era tenida en gran estima, cosa que no ocurría en el norte de Europa. La filosofía y otras actividades intelectuales florecían; la poesía y el amor cortesano eran ensalzados; el griego, el árabe y el hebreo eran estudiados con entusiasmo; y en Lunel y en Narbona prosperaban escuelas dedicadas a la cabala, la antigua tradición esotérica del judaismo. Hasta la nobleza era culta y literaria en un momento en que la mayoría de los nobles del norte ni siquiera sabían escribir su nombre.
También, al igual que Bizancio, el Languedoc practicaba una tolerancia religiosa civilizada y acomodadiza, en contraste con el celo fanático que caracterizaba a otras partes de Europa. Fragmentos del pensamiento islámico y judaico, por ejemplo, fueron importados a través de centros comerciales y marítimos como Marsella o penetraron desde España a través de los Pirineos. Al mismo tiempo, la Iglesia de Roma no gozaba de mucha estima; debido a su notoria corrupción, los clérigos romanos del Languedoc consiguieron, más que otra cosa, ganarse la antipatía del pueblo. Había iglesias, por ejemplo, en las que no se había dicho misa durante más de treinta años. Muchos sacerdotes se desinteresaban de sus feligreses y administraban negocios o grandes fincas. Hubo un arzobispo de Narbona que jamás llegó a visitar su diócesis.

El Languedoc de los Cátaros.

Fuera cual fuese la corrupción de la Iglesia, el Languedoc alcanzó una cúspide de cultura que en Europa no volvería a verse hasta el Renacimiento. Pero, como en Bizancio, había elementos de feliz inconsciencia, decadencia y trágica debilidad a causa de los cuales la región no estaba preparada para el ataque que posteriormente se desencadenaría sobre ella. Desde hada algún tiempo tanto la nobleza del norte de Europa como la Iglesia romana eran conscientes de la vulnerabilidad del Languedoc y ansiaban aprovecharse de ella. Durante muchos años la nobleza del norte había codiciado la riqueza y el lujo del Languedoc. Y la Iglesia estaba interesada por sus propias razones. En primer lugar, su autoridad en la región era débil. Y al mismo tiempo que la cultura, otra cosa florería en el Languedoc: la principal herejía de la cristiandad medieval.
Citando las palabras de las autoridades eclesiásticas, el Languedoc estaba «infectado» por la herejía albigense, la sucia lepra del sur. Y aunque los seguidores de dicha herejía eran esencialmente no violentos, constituían una amenaza seria para la autoridad de Roma, la amenaza más seria, de hecho, que experimentaría Roma hasta que tres siglos más tarde las enseñanzas de Martín Lutero iniciaran la Reforma.
En 1200 existía una posibilidad muy real de que esta herejía desplazase al catolicismo romano como forma dominante del cristianismo en el Languedoc. Y había algo que era aún más peligroso a juicio de la Iglesia: la herejía ya se estaba extendiendo hacia otras partes de Europa, especialmente a los centros urbanos de Alemania, Flandes y la Champagne.
A los herejes se les denominaba de diversas maneras. En 1165 habían sido condenados por un consejo eclesiástico en la ciudad languedociana de Albi. Por este motivo, o quizá porque Albi siguió siendo uno de sus centros, a menudo los llamaban «albigenses». En otras ocasiones los llamaban «cataros», «catares» o «cátari». En Italia se les daba el nombre de «patarines». No era infrecuente que también los marcasen o estigmatizaran con el nombre de herejías muy anteriores: «arríanos», «marcionistas» y «maniqueos».
«Albigense» y «cátaro» eran en esencia nombres genéricos. Dicho de otro modo, no se referían a una sola Iglesia coherente, como la de Roma, con un cuerpo doctrinal y teológico fijo, codificado y definitivo. Los herejes en cuestión comprendían multitud de sectas diversas, muchas de ellas bajo la dirección de un líder independiente cuyos seguidores asumían su nombre. Y si bien es posible que estas sectas se atuvieran a ciertos principios comunes, divergían ampliamente unas de otras en lo que a los detalles se refiere. Por otro lado, gran parte de la información que tenemos sobre los herejes procede de fuentes eclesiásticas como la Inquisición. Formarse una idea de ellos a partir de tales fuentes es como hacerse una idea de, por ejemplo, la resistencia francesa a partir de los informes de las SS y de la Gestapo. Por tanto, es virtualmente imposible presentar un resumen coherente y definitivo de lo que realmente constituía el «pensamiento cátaro».
En general, los cataros suscribían la doctrina de la reencarnación y un reconocimiento del principio femenino de la religión. De hecho, los predicadores y maestros de las congregaciones cataras, a los que se denominaba «perfectos», eran de ambos sexos. Al mismo tiempo, los cataros rechazaban la Iglesia católica ortodoxa y negaban la validez de todas las jerarquías clericales y de los intercesores oficiales y ordenados entre el hombre y Dios. En el fondo de esta postura residía un importante principio cátaro: la repudiación de la «fe», al menos tal como la Iglesia insistía en ella. En lugar de «fe» aceptada de segunda mano, los cataros insistían en el conocimiento directo y personal, una experiencia religiosa o mística percibida de primera mano. A esta experiencia se le había denominado «gnosis» (palabra griega que significa «conocimiento»), y para los cataros tenía precedencia sobre todos los credos y dogmas. Dado semejante énfasis en el contacto directo y personal con Dios, los sacerdotes, obispos y otras autoridades clericales eran superfluos.
Los cataros eran también dualistas. Por supuesto, en última instancia cabe considerar que todo el pensamiento cristiano es dualista, pues insiste en un conflicto entre dos principios opuestos: el bien y el mal, el espíritu y la carne, lo alto y lo bajo. Pero los cataros llevaban esta dicotomía mucho más allá de lo que el catolicismo ortodoxo estaba dispuesto a tolerar. Para los cataros, los hombres eran las espadas con las que luchaban los espíritus, y nadie veía las manos. Para ellos, se estaba librando una guerra perpetua a lo largo y ancho de la creación entre dos principios irreconciliables: la luz y las tinieblas, el espíritu y la materia, el bien y el mal. El catolicismo propone un Dios supremo, cuyo adversario, el diablo, es en esencia inferior a él. Los cataros, sin embargo, proclamaban la existencia no de un solo dios, sino de dos, con una categoría más o menos comparable. Uno de estos dioses —el «bueno»— era totalmente desencarnado, un ser o principio de espíritu puro, libre de la mácula de la materia. Era el dios del amor. Pero el amor era considerado como totalmente incompatible con el poder, y la creación material era una manifestación del poder. Así pues, para los cataros la creación material —el mundo mismo— era intrínsecamente mala. Toda la materia era intrínsecamente mala. El universo, en pocas palabras, era obra de un «dios usurpador, el dios del mal o, como lo llamaban los cataros, el «Rex Mundi», es decir el «Rey del mundo».
El catolicismo se apoya en lo que podríamos llamar un «dualismo ético». El mal, aunque en esencia surge quizá del diablo, se manifiesta principalmente por medio del hombre y de sus actos. En contraste, los cataros defendían una forma de «dualismo cosmológico», un dualismo que saturaba toda la realidad. Para los cataros, esta premisa era básica, pero la reacción a la misma variaba de una secta a otra. Según algunos cataros, el objetivo de la vida del hombre en la tierra consistía en trascender la materia, renunciar perpetuamente a todo lo relacionado con el principio del poder y, de esta manera, conseguir la unión con el principio del amor. Según otros cataros, la finalidad del hombre era recuperar y redimir la materia, espiritualizarla y transformarla. Es importante observar la ausencia de un dogma, doctrina o teología fijos. Al igual que en la mayoría de las desviaciones de la ortodoxia establecida, había sólo ciertas actitudes definidas de manera imprecisa, y las obligaciones morales concomitantes a estas actitudes estaban sujetas a la interpretación individual.
A ojos de la Iglesia de Roma los cataros estaban cometiendo herejías graves al considerar que la creación material, por la que supuestamente había muerto Jesús, era intrínsecamente mala, y al dar a entender que Dios cuyo «verbo» había creado el mundo «en el principio», era un Usurpador. No obstante, la más grave de sus herejías era la actitud que adoptaban ante el propio Jesús. Dado que la materia era intrínsecamente mala, los cataros negaban que Jesús pudiera tener algo de materia, encarnarse, y seguir siendo el Hijo de Dios. Por tanto, algunos cataros lo consideraban como totalmente incorpóreo, un «fantasma», una entidad de espíritu puro, la cual, por supuesto, no podía ser crucificada. Al parecer, la mayoría de los cataros consideraban que Jesús era un profeta que en nada se distinguía de los demás profetas, un ser mortal que murió en la cruz por el principio del amor. En pocas palabras, no había nada místico, nada sobrenatural, nada divino en la crucifixión..., si, de hecho, ésta era pertinente, cosa que, según parece, muchos cataros dudaban.
En cualquier caso, todos los cataros repudiaban con vehemencia la importancia tanto de la crucifixión como de la cruz, quizá porque opinaban que estas doctrinas no venían al caso, o porque Roma las exaltaba con tanto fervor, o porque las brutales circunstancias de la muerte de un profeta no les parecían dignas de culto. Y la cruz —al menos en relación con el calvario y la crucifixión— era para ellos un emblema del Rex Mundi, señor del mundo material, la antítesis misma del verdadero principio redentor. Jesús, si era mortal, había sido un profeta del AMOR, el principio del amor. Y AMOR, cuando era invertido o pervertido o transformado en poder, se convertía en ROMA, cuya Iglesia opulenta y lujosa era, a juicio de los cataros, la encarnación y la manifestación palpables en la tierra de la soberanía del Rex Mundi. Por consiguiente, los cataros no sólo se negaban a adorar la cruz, sino que también negaban sacramentos como el bautismo y la comunión.
A pesar de estas posturas teológicas sutiles, complejas, abstractas y tal vez, para una mente moderna, fuera de lugar, la mayoría de los cataros no mostraban un fanatismo indebido en lo relativo a su credo. Hoy día existe la moda intelectual de considerar a los cataros como una congregación de sabios, de místicos iluminados o de iniciados en la sabiduría arcana, todos los cuales estaban enterados de algún gran secreto cósmico. En realidad, sin embargo, la mayoría de los cataros eran hombres y mujeres más o menos «corrientes», que encontraban en su credo un refugio ante la severidad del catolicismo ortodoxo, un respiro de los interminables diezmos, penitencias, exequias, censuras y otras imposiciones de la Iglesia de Roma.
Por abstrusa que fuera su teología, en la práctica los cataros eran personas eminentemente realistas. Condenaban la procreación, por ejemplo, toda vez que la propagación de la carne era un servicio no al principio del amor, sino al Rex Mundi; pero no eran tan ingenuos como para abogar por la abolición de la sexualidad. Es cierto que existía un «sacramento», o equivalente a ello, específico de los cataros que era denominado consolamentum y que obligaba a la castidad. Sin embargo, con la excepción de los perfectos, que de todos modos solían ser hombres y mujeres que antes habían tenido una familia, el consolamentum no se administraba hasta el momento en que la persona se encontraba en su lecho de muerte; y no resulta exageradamente difícil ser casto cuando uno se está muriendo. En lo que se refería a la congregación en general, la sexualidad era tolerada, si no sancionada explícitamente. ¿Cómo es posible condenar la procreación al mismo tiempo que se tolera la sexualidad? Hay datos que inducen a pensar que los cataros practicaban tanto el control de la natalidad como el aborto provocado.2 Cuando más adelante Roma acusó a los herejes de «prácticas sexuales antinaturales», se interpretó que ello se refería a la sodomía. Sin embargo, los cataros, en la medida en que se conservan datos sobre ellos, eran muy estrictos en la condena de la homosexualidad. Es posible que lo de «prácticas sexuales antinaturales» se refiriese a varios métodos de control de la natalidad y aborto. Sabemos la postura que Roma adopta ante estos asuntos hoy día. No es difícil imaginar la energía y el celo vindicativo con que esa postura sería impuesta en la Edad Media.
Generalmente, al parecer, los cataros llevaban una vida de devoción y sencillez extremas. Como deploraban las iglesias, solían celebrar sus ritos y oficios al aire libre o en alguna edificación que estuviera a su alcance: un granero, una casa o una sala municipal. También practicaban lo que hoy día llamaríamos «meditación». Eran estrictamente vegetarianos, aunque estaban autorizados a comer pescado. Y al viajar por la campiña los perfectos lo hadan siempre en parejas, con lo que parecían confirmar los rumores sobre una supuesta sodomía que harían circular sus enemigos.
El sitio de Montségur
Éste, pues, era el credo que se extendió por el Languedoc y las provincias a tan gran escala que parecía amenazar con desplazar al propio catolicismo. Por varias razones comprensibles, el credo resultó atractivo para muchos nobles. Algunos se encariñaron con su tolerancia general. Otros ya eran anticlericales. Hubo quienes se sintieron desilusionados al ver la corrupción de la Iglesia. Otros habían perdido la paciencia debido al sistema de diezmos, en virtud del cual los ingresos que producían sus fincas desaparecían en las lejanas arcas de Roma. Así pues, muchos nobles ya ancianos se convirtieron en perfectos. De hecho, se calcula que el treinta por ciento de todos los perfectos procedía de la nobleza languedociana.
En 1145, medio siglo antes de la cruzada contra los albigenses, san Bernardo en persona se había desplazado al Languedoc con el propós ito de predicar contra los herejes. Al llegar, se sintió menos horrorizado por los herejes que por la corrupción de su propia Iglesia. En lo que se refería a los herejes, es evidente que
impresionaron a Bernardo. «Ningún sermón es más cristiano que los suyos —declaró—, y su moralidad es pura.»3
En 1200, ocioso es decirlo, la situación ya tenía a Roma claramente alarmada. Tampoco escapaba a su atención la envidia con que los barones del norte de Europa contemplaban las ricas tierras y ciudades del sur. Esta envidia podía aprovecharse fácilmente, y los nobles norteños constituirían las tropas de asalto de la Iglesia. Lo único que se necesitaba era alguna provocación, alguna excusa que encendiera la opinión popular.
La excusa no tardó en llegar. El día 14 de enero de 1208 uno de los legados pontificios en el Languedoc, Pierre de Castelnau, fue asesinado. Al parecer, el crimen fue cometido por rebeldes anticlericales que no tenían absolutamente ninguna relación con los cataros. A pesar de ello, Roma, que ahora tenía la excusa que necesitaba, no titubeó en echarles la culpa a los cataros. El papa Inocencio III ordenó en seguida que se emprendiera una cruzada. Aunque durante todo el siglo anterior se había perseguido intermitentemente a los herejes, ahora la Iglesia movilizó en serio sus fuerzas. La herejía debía ser extirpada para siempre.
Se reunió un ejército muy nutrido bajo el mando del abad de Coteaux. La mayor parte de las operaciones militares fue confiada a Simón de Montfort, padre del hombre que posteriormente desempeñaría un papel tan crucial en la historia de Inglaterra. Comandados por Simón, los cruzados del papa se pusieron en marcha para reducir a la pobreza y convertir en ruinas la cultura europea más elevada de la Edad Media. En esta santa empresa contaron con la ayuda de un nuevo y útil aliado, un fanático español llamado Domingo de Guzmán. En 1216 este hombre, espoleado por el odio que le inspiraba la herejía, creó la orden monástica que más adelante adoptó su nombre: los dominicos. Y en 1233 los dominicos crearon una institución infame: la Santa Inquisición. Los cataros no iban a ser sus únicas víctimas. Antes de la cruzada contra los albigenses muchos nobles del Languedoc —en especial las influyentes casas de Trencavel y Toulouse— se habían mostrado extremadamente amistosos con la nutrida población judía nativa de la región. Ahora toda protección y apoyo fueron retirados por mandato.
En 1218 Simón de Monfort fue muerto durante el sitio de Toulouse. Sin embargo, la depredación del Languedoc siguió su curso, con sólo breves respiros, durante otro cuarto de siglo. En 1243, sin embargo, ya había cesado toda resistencia organizada (en la medida en que la hubiera habido en algún momento). En el citado año la totalidad de las principales poblaciones y bastiones cataros ya había caído en manos de los invasores norteños, exceptuando un puñado de baluartes remotos y aislados. El principal de ellos era la majestuosa ciudadela de Montségur, posada en lo alto de una montaña, como un arca celestial, sobre los valles de los alrededores.
Durante diez meses Montségur fue sitiada por los invasores, resistiendo tenazmente repetidos ataques. Al final, en marzo de 1244, la fortaleza capituló y el catarismo dejó de existir en el sur de Francia, al menos en apariencia. Pero las ideas jamás pueden extirparse definitivamente. En su libro Montaillou, por ejemplo, Emmanuel Le Roy Ladurie, basándose en muchísimos documentos de la época, escribe la crónica de las actividades de los cataros supervivientes cerca de medio siglo después de la caída de Montségur. Pequeños enclaves de herejes siguieron sobreviviendo en las montañas, habitando en cuevas, manteniéndose fieles a su credo y librando una encarnizada guerra de guerrillas contra sus perseguidores. En muchas zonas del Languedoc, incluyendo los alrededores de Rennes-le-Cháteau, la fe catara persistió, según se reconoce generalmente. Y muchos autores han atribuido a brotes del pensamiento cátaro subsiguientes herejías europeas: los valdenses, por ejemplo, los husitas, los adamitas o Hermanos del Espíritu Libre, los anabaptistas y los extraños camisardos, grupos de los cuales hallaron refugio en Londres a principios del siglo XVIII.
El tesoro cátaro
Durante la cruzada contra los albigenses y después de ella nació en torno a los cataros una mística que perdura en nuestros días. En parte cabe atribuirla al romanticismo que envuelve a toda causa perdida y trágica —cual es el caso del príncipe Carlos Estuardo, por ejemplo— con un brillo mágico, una nostalgia obsesionante, con la «materia prima de las leyendas». Pero al mismo tiempo, según pudimos descubrir, había algunos misterios muy reales relacionados con los cataros. Aunque las leyendas fueran exaltadas y románticas, seguía en pie cierto número de enigmas.
Uno de ellos se refiere al origen de los cataros; y aunque al principio nos pareció que la cuestión carecía de repercusiones prácticas, más adelante comprobamos que su importancia era considerable. La mayoría de los historiadores recientes han argüido que los cataros se derivan de los bogomilas, secta que existió en Bulgaria durante los siglos X y XI, y cuyos misioneros emigraron hacia la Europa occidental. No cabe la menor duda de que entre los herejes del Languedoc había cierto número de bogomilas. De hecho, un conocido predicador bogomila destacó en los asuntos políticos y religiosos de la época. Y a pesar de ello, encontramos pruebas sólidas de que los cataros no procedían de los bogomilas. Por el contrario, parecían representar el florecimiento de algo que ya llevaba siglos arraigado en suelo francés. Parecían
haber salido, casi directamente, de herejías que calaron en Francia en el mismo advenimiento de la era cristiana.4
Existen otros misterios relacionados con los cataros, unos misterios mucho más intrigantes. Jean de Joinville, por ejemplo, un anciano que escribió sobre su familiaridad con Luis IX durante el siglo XIII, escribe: «El rey [Luis IX] me contó una vez que varios hombres de entre los albigenses habían acudido al conde de
Monfort [...] y le habían pedido que viniera a ver el cuerpo de Nuestro Señor, que se había hecho carne y sangre en las manos de un sacerdote».5 Según esta anécdota, Monfort quedó un tanto desconcertado ante esta invitación. Con cierto mal humor, declaró que su séquito podía ir si así lo deseaba, pero que él seguiría creyendo de acuerdo con los principios de la «Santa Iglesia». No se dan más explicaciones sobre este incidente. El propio Joinville se limita a contarlo de paso. Pero ¿qué debemos pensar de esta enigmática invitación? ¿Qué estaban haciendo los cataros? ¿De qué clase de ritual se trataba? Dejando aparte la misa, que los cataros repudiaban, ¿qué podía hacer que «el cuerpo de Nuestro Señor se convirtiese en carne y sangre»? Fuera lo que fuese, ciertamente hay en la afirmación algo literal que resulta inquietante.
Otro misterio envuelve al legendario «tesoro» cátaro. Es sabido que los cataros eran riquísimos. En teoría, su credo les prohibía portar armas, y aunque muchos hadan caso omiso de esta prohibición, es un hecho comprobado que contrataban a nutridos contingentes de mercenarios, lo cual les ocasionaba considerables gastos. Al mismo tiempo, las fuentes de la riqueza catara —contaban con las simpatías de poderosos terratenientes, por ejemplo— eran obvias y explicables. Sin embargo, surgieron rumores, incluso durante la cruzada contra los albigenses, sobre un fantástico tesoro cátaro de índole mística, muy superior a la riqueza material. Este tesoro, fuera lo que fuese, se dice que estaba guardado en Montségur. Sin embargo, al caer esta fortaleza no se encontró nada de importancia. Y pese a ello, hay ciertos incidentes muy singulares relacionados con el sitio y la capitulación de Montségur.
Durante el asedio los atacantes eran más de diez mil. Contando con fuerzas tan nutridas, los sitiadores trataron de rodear toda la montaña para impedir cualquier tentativa de entrar o salir, con la esperanza de rendir por hambre a los defensores. A pesar de su fuerza numérica, empero, carecían de hombres en número suficiente
para que el cerco quedase bien asegurado. Además, muchos de los soldados eran de la región y simpatizaban con los cataros. Y otros muchos eran sencillamente de poco fiar. Así pues, no era difícil atravesar las líneas de los atacantes sin ser detectado. Había muchos huecos que permitían entrar y salir de la fortaleza, con lo que ésta siguió estando abastecida de provisiones.
Los cataros aprovecharon tales huecos. En enero, casi tres meses antes de la caída de la fortaleza, dos perfectos consiguieron escapar. Según crónicas dignas de confianza, se llevaron consigo el grueso de la riqueza material de los cataros: un cargamento de oro, plata y monedas que primero llevaron a una cueva fortificada en las montañas, y desde allí a un castillo. Después de esto, el tesoro se esfumó y nunca se ha sabido más de él.
El día 1 de marzo Montségur capituló finalmente. Para entonces sus defensores eran menos de cuatrocientos: entre 150 y 180 de ellos eran perfectos, y el resto lo componían caballeros, escuderos, hombres de armas y sus familias. Las condiciones que se les impusieron eran sorprendentes por su poca severidad. Los combatientes recibirían el perdón total de sus «crímenes» anteriores. Se les permitiría partir con sus armas, bagaje y obsequios, dinero incluido, que pudieran recibir de sus amos. También a los perfectos se les trató con una generosidad inesperada. Con la condición de que abjurasen de sus creencias heréticas y confesaran sus «pecados» a la Inquisición, serían puestos en libertad y sólo se les impondrían castigos leves.
Los defensores solicitaron una tregua de dos semanas, con un cese completo de las hostilidades, para sopesar las condiciones. En un nuevo despliegue de generosidad poco característica, los atacantes se mostraron de acuerdo. A cambio de ello, los defensores ofrecieron voluntariamente rehenes. Se acordó que si alguien trataba de escapar de la fortaleza, los rehenes serían ejecutados.
¿Estaban los perfectos tan comprometidos con sus creencias que gustosamente prefirieron el martirio a la conversión? ¿O había algo que no podían o no se atrevían a confesar a la Inquisición? Sea cual fuere la respuesta, que se sepa, ninguno de los perfectos aceptó las condiciones de los sitiadores. Por el contrario, todos ellos optaron por el martirio. Además, por lo menos otros veinte ocupantes de la fortaleza, seis mujeres y unos quince combatientes, recibieron voluntariamente el consolamentum y se hicieron perfectos también, con lo que aceptaron una muerte cierta.
La tregua llegó a su fin el 15 de marzo. Al amanecer del día siguiente más de doscientos perfectos fueron arrastrados brutalmente montaña abajo. Ni uno solo se retractó. No había tiempo para preparar hogueras individuales, de modo que fueron encerrados en una gran empalizada llena de leña, a los pies de la montaña, y quemados en masa. El resto de la guarnición, confinada en el castillo, no tuvo más remedio que presenciar la ejecución. Se les advirtió que si alguno de ellos trataba de huir, eso significaría la muerte para todos, incluidos los rehenes.
Con todo, a pesar de este riesgo, la guarnición se confabuló para esconder a cuatro perfectos entre las demás gentes. Y la noche del 16 de marzo estos cuatro hombres, acompañados de un guía, llevaron a cabo una osada fuga, también con el conocimiento y la complicidad de la guarnición. Bajaron por la escarpada cara occidental de
la montaña, utilizando cuerdas para descender de una vez alturas de más de cien metros.6
¿Qué estaban haciendo estos hombres? ¿Cuál era el objetivo de su arriesgada fuga, que entrañaba un peligro tan grande tanto para la guarnición como para los rehenes? Hubieran podido salir libremente de la fortaleza al día siguiente, para reanudar sus vidas. Pero, por alguna razón que desconocemos, optaron por una peligrosa huida nocturna que fácilmente hubiera podido significar su muerte y la de sus colegas.
Cuenta la tradición que estos cuatro hombres transportaban el legendario tesoro de los cataros. Pero el tesoro en cuestión había sido sacado clandestinamente de Montségur tres meses antes. Y en todo caso, ¿cuánto «tesoro» —cuánto oro, plata o monedas— podían transportar tres o cuatro hombres por la escarpada pared de una montaña? Si es verdad que los cuatro fugados transportaban algo, es evidente que ese algo no era riqueza material.
En tal caso, ¿qué transportarían? Quizás avíos de la fe catara: libros, manuscritos, enseñanzas secretas, reliquias, objetos religiosos de alguna clase; quizás algo que, por una razón u otra, no podían permitir que cayese en manos hostiles. Eso podría explicar por qué se llevó a cabo una fuga, una fuga que entrañaba un riesgo tan grande para todos los comprometidos en ella. Pero si era necesario evitar a toda costa que algo de naturaleza tan preciosa cayera en manos del enemigo, ¿por qué no lo sacaron antes? ¿Por qué no lo habían sacado en secreto con el grueso del tesoro material tres meses antes? ¿Por qué lo retuvieron en la fortaleza hasta el último momento, un momento peligrosísimo?
La fecha precisa dé la tregua nos permitió deducir una posible respuesta a estas preguntas. Había sido solicitada por los defensores, que voluntariamente ofrecieron rehenes a cambio de ella. Por alguna razón, parece ser que los defensores la consideraron necesaria, aunque sólo sirvió para retrasar lo inevitable durante dos semanas.
Sacamos la conclusión de que tal vez este retraso era necesario para ganar tiempo. No tiempo en general, sino aquel tiempo específico, aquella fecha específica. Coincidió con el equinoccio de primavera, y cabe la posibilidad de que el equinoccio tuviera algún valor ritual para los cataros. También coincidió con la Pascua. Pero los cataros, que ponían en entredicho la pertinencia de la crucifixión, no concedían ninguna importancia especial a la Pascua. Y pese a ello, se sabe que se celebraba
algún tipo de festividad el 14 de marzo, el día antes de que expirase la tregua.7 Pocas dudas caben que la tregua fue solicitada con el objeto de que pudiera celebrarse dicha festividad. Y pocas dudas caben que la festividad no podía celebrarse en una fecha escogida al azar. Al parecer, tenía que ser el 14 de marzo. Fuera lo que fuese dicha festividad, está claro que causó cierta impresión en los mercenarios contratados, algunos de los cuales, desafiando una muerte inevitable, se convirtieron al credo cátaro. ¿Es posible que este hecho contenga al menos una clave parcial sobre lo que se sacó de Montségur dos noches más tarde? ¿Cabe que lo que se sacó en aquella noche fuera necesario para la festividad del día 14? ¿Fue lo que persuadió a por lo menos veinte defensores a convertirse en perfectos en el último momento? ¿Y cabe que fuera lo que aseguró la complicidad subsiguiente de la guarnición, incluso a riesgo de sus vidas? Si la repuesta a todas estas preguntas es afirmativa, tendremos la explicación de por qué lo que se sacó el día 16 no fue sacado antes; en enero, por ejemplo, cuando el tesoro monetario fue llevado a lugar seguro. Lo necesitaban para la festividad. Y luego tenían que evitar que cayera en manos enemigas.
El misterio de los cataros
Mientras reflexionábamos sobre estas conclusiones nos acordábamos constantemente de las leyendas que relacionaban a los cataros con el Santo Grial.8 No estábamos dispuestos a considerar el Grial como algo más que un mito. Ciertamente, no estábamos dispuestos a afirmar que hubiera existido alguna vez. Aunque hubiera existido, no podíamos imaginarnos que una copa o escudilla, hubiese o no contenido la sangre de Jesús, fuera algo tan precioso para los cataros, para los cuales Jesús era en gran medida una figura de importancia secundaría. Sin embargo, las leyendas siguieron obsesionándonos y llenándonos de perplejidad.
Aunque elusivo, parece que sí existe algún vínculo entre los cataros y todo el culto del Grial tal como evolucionó durante los siglos XII y XIII. Algunos autores han argüido que los romances sobre el Grial —los de Chrétien de Troyes y de Wolfram von Eschenbach, por ejemplo— son una interpolación del pensamiento cátaro, oculto en un simbolismo complejo, en el corazón del cristianismo ortodoxo. Puede que esa afirmación sea un poco exagerada, pero también hay en ella cierta verdad. Durante la cruzada contra los albigenses los eclesiásticos tronaron contra los romances referentes al Grial, tildándolos de perniciosos, si no de heréticos. Y en algunos de estos romances hay pasajes aislados que no sólo son muy heterodoxos, sino inconfundiblemente dualistas; dicho de otro modo: cataros.
Es más, Wolfram von Eschenbach, en uno de tales romances, declara que el castillo del Grial estaba situado en los Pirineos, afirmación que, en todo caso, parece que Richard Wagner interpretó literalmente. Según Wolfram, el nombre del castillo del Grial era Munsalvaesche, que, al parecer, era una versión germanizada de Montsalvat, un término cátaro. Y en uno de los poemas de Wolfram el señor del castillo del Grial se llama Perilla. Lo cual es interesante, porque el señor de Montségur
era Raimon de Pereille, cuyo nombre, en su forma latina, aparece como Perilla en documentos de la época.9
Sacamos la conclusión de que si unas coincidencias tan notables seguían obsesionándonos, también habrían obsesionado a Sauniére, quien, después de todo, estaba empapado en las leyendas y tradiciones de la región. Y al igual que cualquier otro nativo de la región, Sauniére debía de ser constantemente consciente de la proximidad de Montségur, cuyo destino conmovedor y trágico domina todavía la conciencia local. Pero, en el caso de Sauniére, la proximidad misma de la fortaleza es muy posible que entrañase ciertas implicaciones prácticas.
Algo había sido sacado en secreto de Montségur poco después de que expirase la tregua. Según la tradición, los cuatro hombres que escaparon de la ciudadela
condenada llevaban consigo el tesoro de los cataros. Pero el tesoro monetario había sido sacado de allí tres meses antes. ¿Es posible que el «tesoro» cátaro, al igual que el «tesoro» descubierto por Sauniére, consistiera principalmente en un secreto? ¿Es posible que este secreto estuviera relacionado, de una forma inimaginable, con algo que daría en llamarse el «Santo Grial»? A nosotros nos pareció inconcebible que los romances sobre el Grial pudieran interpretarse literalmente.
En todo caso, lo que se sacó de Montségur, fuera lo que fuese, hubo que llevarlo a alguna parte. Dice la tradición que fue llevado a las cuevas fortificadas de Ornolac, en Ariége, donde una banda de cataros fue exterminada poco después. Pero en Ornolac nunca se ha encontrado nada salvo esqueletos. Por otro lado, Rennes-le- Cháteau está sólo a medio día de viaje a caballo desde Montségur. Es posible que lo que se sacó de Montségur fuera llevado a Rennes-le-Cháteau o, más probablemente, a una de las cuevas que abundan en las montañas de los alrededores. Y si el «secreto» de Montségur era lo que Sauniére iba a descubrir más adelante, obviamente el hecho explicaría muchas cosas.
En el caso de los cataros, al igual que en el de Sauniére, la palabra «tesoro» parece esconder otra cosa, alguna clase de conocimiento o información. Dada la tenacidad con que los cataros permanecían fieles a su credo y la gran antipatía que les inspiraba Roma, nos preguntamos si dicho conocimiento o información (suponiendo que existiese) estaba relacionado de alguna forma con el cristianismo, con las doctrinas y la teología del cristianismo, quizá con la historia y los orígenes del mismo. ¿Era posible, en pocas palabras, que los cataros (o al menos algunos de ellos) supieran algo, algo que contribuyó al fervor enloquecido con que Roma procuró exterminarlos? El clérigo que nos había escrito hablaba de «pruebas incontrovertibles». ¿Conocerían los cataros tales «pruebas»?
En aquellos momentos lo único que podíamos hacer era especular vanamente. Y en general, la información sobre los cataros era tan escasa que incluso impedía forjar una hipótesis que nos sirviera de guía. Por otra parte, al investigar a los cataros habíamos tropezado una y otra vez con otro tema, un tema aún más enigmático, misterioso y envuelto en leyendas evocadoras. Este tema era el de los caballeros templarios.
Así pues, dirigimos nuestra investigación hacia los templarios. Y fue entonces cuando nuestras indagaciones empezaron a proporcionarnos documentación concreta, al mismo tiempo que el misterio adquiría proporciones muy superiores a las que habíamos imaginado.
Los monjes guerreros
Reunir datos sobre los caballeros templarios resultó una ímproba tarea. El gran volumen de material escrito sobre el tema nos intimidaba, y al principio no sabíamos qué porcentaje de dicho material era digno de confianza. Si los cataros habían dado pie a un gran número de leyendas espurias y románticas, mayor aún era la mistificación que envolvía a los templarios.
A cierto nivel nos eran bastante conocidos: los fieros y fanáticos monjes guerreros, mezcla de caballeros andantes y místicos, con su manto blanco adornado con una cruz paté de color rojo que tan crucial papel interpretaron en las cruzadas. En cierto sentido, fueron el arquetipo del cruzado, las tropas de asalto de Tierra Santa que a miles lucharon y murieron heroicamente por Cristo. Sin embargo, muchos autores, incluso hoy día, los tenían por una institución mucho más misteriosa, una orden esencialmente secreta, empeñada en oscuras intrigas, maquinaciones clandestinas y turbias conspiraciones. Y quedaba por aclarar un hecho misterioso e inexplicable. Al final de los doscientos años que duró su existencia estos paladines de Cristo fueron acusados de negar y repudiar a Cristo, de pisotear y escupir en la cruz.
En su novela Ivanhoe, Scott presenta a los templarios como una pandilla de matones altivos y arrogantes, déspotas codiciosos e hipócritas que abusan desvergonzadamente de su poder, manipuladores astutos que orquestan los asuntos de los hombres y los reinos. Otros escritores del siglo XIX los pintan como viles siervos de Satanás, adoradores del diablo, entregados a toda suerte de ritos obscenos, abominables y heréticos. Recientemente, los historiadores han tendido a verlos como víctimas desgraciadas de las maniobras de alto nivel de la Iglesia y el Estado. Y hay incluso un tercer grupo de escritores, especialmente los que siguen las tradiciones masónicas, que consideran a los templarios como adeptos e iniciados místicos, custodios de una sabiduría arcana que trasciende del cristianismo.
Sean cuales fueren los prejuicios o la orientación de tales escritores, lo cierto es que ninguno de ellos pone en duda el celo heroico de los templarios ni su aportación a la historia. Tampoco discute nadie el hecho de que la suya es una de las instituciones más fascinadoras y enigmáticas de los anales de la cultura occidental. Ninguna crónica de las cruzadas —o, para el caso, de la Europa de los siglos XII y XIII— se olvida de mencionar a los templarios. En el apogeo de su historia fueron la organización más poderosa e influyente de toda la cristiandad, con una única excepción posible: el papado.
Y pese a ello, aún no se ha dado respuesta a varios interrogantes. ¿Quiénes y qué eran los caballeros templarios? ¿Eran simplemente lo que parecían ser? ¿O eran otra cosa? ¿Eran simples soldados a los que más tarde se envolvió en un aura de leyenda y mistificación? Si es así, ¿por qué? O, yendo hacia el otro extremo, ¿existía algún misterio auténtico relacionado con ellos? ¿Había algo que diera pie a los mitos que se crearon más adelante?
En primer lugar consideramos las crónicas aceptadas, es decir las de historiadores respetados y responsables. Virtualmente en todos los aspectos estas crónicas planteaban más interrogantes de los que aclaraban. No sólo se derrumbaban al ser examinadas atentamente, sino que harían pensar en la existencia de una «conspiración de silencio». No podíamos librarnos de la sensación de que algo había sido ocultado deliberadamente a la vez que se inventaba un «cuento» que los historiadores posteriores se habían limitado a repetir.


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