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domingo, 30 de junio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 3


LOS INICIADOS DEL SOL



               Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.


LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 3

La omnipotencia del clero de Amón

Aquella preponderancia del clero de Amón iba a brillar bajo la XVIII dinastía. La situación financiera de los sacerdotes (los templos de Kar- nak y de Luxor cubrían una superficie de varias decenas de hectáreas) no era ajena a aquel monopolio de la dirección espiritual de la época. Bajo el Nuevo Imperio, por haber concedido los faraones al clero de Amón un predominio sobre los otros templos, el peligro que de ello resultó para el Estado se agravó proporcionalmente.
El «primer sacerdote de Amón» era ya, no solamente jefe de los sacerdotes de los dioses de Tebas, sino, al mismo tiempo, «director de los sacerdotes de todos los dioses del Alto y del Bajo Egipto». Todo el resto del clero le estaba subordinado. Bastaba con ser el «segundo sacerdote de Amón» para tener la dirección del templo de Heliópolis y tener así acceso a los misterios que, antes, le estaban vedados.

Pero los sacerdotes de Amón no habían de detenerse en tan buen camino. Fundaron «milicias» para proteger los templos, prisiones para encerrar a los fieles «refractarios»...
El clero de Amón no debía pasar necesidades a juzgar por los nu- merosos monumentos que nos han dejado los barberos y los guardianes de toda clase afectados a su servicio.
También es significativo que los altos funcionarios del templo hubie- sen sido al mismo tiempo funcionarios del Estado. Parecidas situacio- nes son siempre signos precursores de la decadencia de un reino so- metido, como Egipto, al influjo creciente del sacerdotalismo.
Pero correspondía a un faraón de la XVIII dinastía el tratar de rom- per aquella omnipotencia del clero de Amón y retornar al culto de sus antepasados ATLANTES: la religión del «disco solar», desembarazada del fárrago religioso que abarrotaba el panteón egipcio. Aquel faraón, Amenofis IV, es más conocido en la Historia por su segundo nombre, Akenatón, que significa ALEGRÍA DEL SOL.

El «retorno» al culto solar. La invasión mitaniense

Hacia 1500 a. de J.C., el Estado de Mitani, situado en la Alta Mesopo- tamia, comenzó a desbordarse sobre sus vecinos. Los mitanienses, des- cendientes de las tribus hicsos, de raza indoaria, estaban hasta entonces aposentados junto al río Jabur. Adoraban a los dioses de la antigua India: Indra, Varuna y Mitra, es decir, el carácter solar de sus creen- cias.
Ya, en el tercer milenio, habían irrumpido, viniendo de Asia, hasta el valle del Nilo, pero sin resultado decisivo. Esa vez, su invasión de Egipto prometía tener consecuencias más duraderas.
Lo primero que nos impresiona, es el hecho de que aquellas tribus arias y nómadas de la estepa aportaban consigo la cruz gamada, la ESVÁSTICA (rueda solar que debía evolucionar en sentido giratorio). Según el historiador Z. Mayani(ll):
Uno de los testimonios más antiguos de esa asociación del Sol y del caballo es la esvástica, que aparece en el Irán en la época neolí- tica, en Elam y en la India prearia desde fines del IV milenio. Dé- chelette veía en ello el emblema del Sol en movimiento y el equiva- lente de una rueda. No obstante, ciertas representaciones del arte escítico indican que con el tiempo la esvástica comienza a expresar una concepción nueva: es la imagen de los cuatro caballos, tiro del carro solar, cuyas cabezas, vueltas hacia los cuatro puntos cardina- les, crean la impresión de un movimiento rotativo.

Vemos aquí perfectamente la estrecha relación existente entre el caballo (emblema específico de los hicsos nómadas, por oposición a los sedentarios del valle del Nilo) y la esvástica, símbolo solar en su ori- gen. Apoyándose por lo demás en los trabajos de Léger y del profesor Skazkin(12), el autor amplía el campo de esta influencia:
Uno de los dioses más poderosos de los eslavos era Sviatovit, a la vez divinidad de la Guerra y de la Fertilidad de los campos. Su ídolo tenía cuatro cabezas vueltas hacia cuatro lados diferentes. Se alzaba en su templo de la isla Rugen. En la mano derecha, Sviatovit sostenía un rhyton(13) lleno de bebida alcohólica. Junto a la estatua estaban puestas una silla, una brida y una espada. Un caballo «blan- co como la nieve», consagrado a Sviatovit, estaba guardado en el recinto del templo... Ahora bien, de acuerdo con la posición de sus cuatro cabezas, Sviatovit era esencialmente un dios «que todo lo veía»... (14) Por otra parte, el origen solar de este dios es evidente. Es posible, por tanto, que ciertos rasgos de Sviatovit se remonten a los tiempos anteriores a los eslavos. En este caso, las cuatro puntas de la antigua esvástica simbolizan quizá no sólo al Sol en mo- vimiento, sino también al Sol abarcando con su mirada los cuatro lados del horizonte, al Sol «que todo lo ve».
Es sintomático destacar que, sesenta siglos más tarde, la misma isla de Rugen había de servir de lugar de experimentación a las pruebas científicas ultrasecretas de los «iniciados» nazis que a su vez hacían alarde de la cruz gamada...

Permanece el hecho, sin embargo, de que los egipcios quedaron pro- fundamente marcados por las invasiones mitanienses. El primer his- toriador egipcio conocido, Manetón, ha evocado este episodio guerrero:
No sé cómo, la cólera divina sopló sobre nosotros y, de improvi- so, un pueblo de raza desconocida, venido de Oriente, tuvo la audacia de invadir nuestro país. Gracias a su fuerza, se apoderaron de él sin lucha. Apresaron a los jefes, incendiaron salvajemente las ciudades, arrasaron los templos de los dioses y trataron a los indígenas con extrema crueldad, degollando a los hombres y llevándose como es- clavos a los hijos y a las mujeres. (Referido por el historiador judío Flavio Josefo.)
Los faraones de la XVIII dinastía no tuvieron otro remedio que pactar con aquellos invasores que devastaban periódicamente las co- lonias egipcias de Siria y de Palestina. Por esto se sellaron alianzas matrimoniales, alianzas cuya importancia nunca recalcaremos bastante para explicar los hechos que van a seguir. Aquellos nómadas, que reverenciaban al águila y al halcón, aves del Sol, habían de desempeñar el papel de renovadores de la religión en Egipto.

Así es como llegamos naturalmente a nuestro faraón, Akenatón, como tan justamente observa Mayani:
No es en las fuentes semíticas donde Amenofis IV buscará su ins- piración religiosa... A primera vista, sólo continúa lo que ha recibido de sus predecesores y de todas aquellas princesas mitanienses que dominaban la Corte, un culto adecuado a su gusto, el de Atón, del disco solar. Este culto aparece ya bajo Tutmosis IV. Amenofis III muestra por esta hipóstasis del Sol una devoción personal. Posee en el lago de Tebas una embarcación de recreo denominada «Esplendor de Atón». Este culto se dirige al Sol directamente; prescinde de los viejos templos oscuros; hace pensar en los templos solares a cielo abierto de la V dinastía (como el de Heliópolis) y, aún más, en la adoración directa y espontánea del Fuego sagrado por los nómadas
de la estepa. Amenofis IV, ahora ya Akenatón, se entrega a este culto con toda la fuerza de su naturaleza que no sabe de compromi- sos. Lo magnifica y lo torna absoluto y exclusivo. Le insufla también su filosofía henchida de optimismo, ebria de libertad, de la alegría de vivir, del amor de la Naturaleza. Atón es el padre y la madre de todas las criaturas...

Así, por el rodeo de esta influencia maternal y familiar, nos encon- tramos de vuelta en el centro del tema: Akenatón está efectivamente en la base de ese hilo de oro de la tradición esotérica indoeuropea. El único escritor que ha percibido confusamente esta verdad es, como hemos dicho, Z. Mayani:
Hay cierta afinidad, aunque sólo fuese la religión solar, entre los hicsos, que probablemente estaban guiados por los indoarios, y Akenatón, más indoario que egipcio, y hay, por otra parte, un lazo, quizá de orden afectivo, entre el rey reformador y los mitanienses, adeptos igualmente de un monismo solar particular.
No es de extrañar, desde luego, que la madre de Akenatón sea mi- taniense, la reina viuda Tyi, y sobre todo, que tenga una princesa mita- niense por mujer, la bella y enigmática Nefertiti.

Esta genealogía nos hace tomar conciencia de la penetración de los hicsos en la familia reinante, por lo demás bastante misteriosa a su vez.

Akenatón, el faraón Atlante

La personalidad del faraón. Akenatón (1372-1354 a. de J.C.), a su advenimiento, es semejante a todos los demás faraones. Hijo de Ame- nofis III y de su esposa principal Tyi, había dado pruebas de una notable fuerza de carácter y, sobre todo, descendía de un ilustre linaje, demasiado poderoso para ser eliminado.
La personalidad de este monarca, subido al trono del más vasto imperio de su tiempo a la edad de doce años y que terminó su acción reformadora cuatro años más tarde, no puede sino suscitar un prodi- gioso interés cuando se sabe que puso las bases de un monoteísmo cósmico aproximadamente mil cuatrocientos años antes de la venida de Jesús.

Desde luego, el destino quiso que aquel faraón de la XVIII dinastía tomase las riendas del poder en el momento que Egipto conocía una expansión religiosa y cultural sin precedentes; naturalmente, Akenatón hubo de ser conducido a guiar la reforma religiosa a la cual le predestinaba su carácter ascético y místico. Su padre y sus predeceso- res de la XVIII dinastía habían hecho nacer ya un nuevo concepto religioso en el pensamiento egipcio: el del Sol representado por su disco, Atón. Pero hubo que esperar el advenimiento de Amenofis IV (Akenatón) para que aquel símbolo religioso se convirtiese en el DIOS ÜNICO DE LA TIERRA, incluidos los países que no dependían de la soberanía egipcia.

Aquel faraón, que predicó la doctrina del AMOR UNIVERSAL, me- rece más que cualquiera otro el título de precursor y de hombre «por encima de su tiempo». Asimismo, tanto en el arte como en el campo «social», el espíritu innovador de aquel soberano sorprende aún hoy a los historiadores.
Qué pensar, por último, de su aspecto físico, tan irreal que parece surgir directamente de alguna fantasmagoría onírica:
... Sobre un cuello demasiado grácil, gravita la pesada cabeza, de cráneo enorme, que la corona azul de los países bajos del Nilo recarga aún más, como para aplastarla. El uraeo de oro se yergue en ella, la cobra sagrada de Egipto, y la orgullosa joya casa mal con esos rasgos andróginos en los que todo es comedimiento, dulzura, inquietud. A través del granito o del mármol de las estatuas que lo evocan, la meditación profunda es sensible aún. Es éste, no lo dude- mos, el rostro de un enfermo, de un hombre joven aún, pero de días precozmente contados, la extrema culminación de una raza muy vieja, una imagen de decadencia y de suprema perfección.

Este físico extraño ha sido referido por numerosos autores, todos los cuales han hecho hincapié en el aspecto andrógino del personaje. En el palacio de Charuk, cerca de Tebas, donde Akenatón había nacido y en el que pasó su infancia, su imagen esculpida era la de un chiquillo que parecía una niña: un rostro ovalado, impreso de un encanto in- fantil y virginal. Después aquel aspecto físico no hizo sino acentuarse hasta darnos la imagen que nos ha dejado la posteridad:

¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un hombre? No, otro ser que, con una forma humana, no tenía nada de terrestre. Ni un hombre, ni una mujer, ni un anciano, un eunuco y una eunuca, un aborto decrépito. Brazos y piernas espantosamente flacos, como huesos de esqueleto, hombros de niño estrechos, pero caderas anchas y redondas, pecho hundido con unas tetas prominentes como las de una mujer, un vientre hinchado de mujer encinta, una cabeza enorme de cráneo en forma de calabacín pesadamente inclinada sobre un cuello delgado, largo y flexible como el tallo de una flor, una frente huidiza, el men- tón colgante, la mirada fija y en los labios la sonrisa vaga de un loco (18).
Por supuesto, esta descripción del escritor ruso Merezhkovski fuerza un poco la nota extraña en perjuicio de la realidad histórica, pero es un hecho reconocido que los turistas que visitan el emplazamiento ar- queológico solar de El-Amarna, tienen un sobresalto de sorpresa cuando se les revela que las imágenes en bajo relieve que habían tomado por la representación de dos reinas son en realidad la del faraón Akenatón y de su esposa Nefertiti.
La prueba de esa ambigüedad es que todavía resulta difícil, hoy en día, hacer la diferencia entre las imágenes del faraón y las de su es- posa, sobre todo cuando aquél es representado con la corta peluca que sus mujeres solían llevar. Fundándose en parámetros anatómicos, resulta igualmente casi imposible saber si los torsos de las estatuas rotas halladas en El-Amarna son los de Akenatón o de Nefertiti.
Veámoslo. Akenatón está descrito con cuello de cisne, caderas anchas y el mismo pecho prominente que el de Nefertiti. La representación del faraón provisto de su larga túnica es asombrosa y requiere por nuestra parte una indagación en relación con la rareza del fenó- meno.
Akenatón, el faraón andrógino, un dios entre los hombres. Todas las enseñanzas iniciáticas hacen mención del androginado de nuestra raza primitiva. Así, los Rosa-Cruz nos enteran de las relaciones que existían entre el Sol y nuestros antepasados andróginos:
Durante los primeros tiempos de la época hiperbórea, cuando la Tierra estaba aún unida al Sol, las fuerzas solares proporcionaban al hombre todo cuanto necesitaba para su subsistencia, y el hombre irradiaba inconscientemente de ello el excedente con un objeto de reproducción.

Pero he aquí lo que es mucho más instructivo aún en esa tradición rosacruciana:
Cuando la materia de la que más tarde fueron formadas la Tierra y la Luna era todavía parte del Sol, el cuerpo del hombre que había de surgir era aún plástico. Las fuerzas emanadas por la parte que más tarde fue el Sol y por la parte que ahora es la Luna estaban fácilmente activas en todos los cuerpos, de manera que el hombre de la época hiperbórea era hermafrodita, capaz de producir un nuevo ser sin tener relaciones sexuales con otro ser...
Cuando la Tierra fue separada del Sol, y que poco después lanzó la Luna al espacio, las fuerzas de los dos astros ya no afectaron uni- formemente a todos los seres como en el pasado. Algunos cuerpos fueron más afectados por un astro y algunos lo fueron más por las fuerzas del otro (19).
Tenemos en este texto un reflejo de la tradición primordial y del mito del androginado, fenómenos que habíamos hallado ya en el célebre diálogo de Platón El Banquete.

El lector no se sorprenderá si le revelamos que, para los tradicio- nalistas como para los teósofos, EL CULTO SOLAR ESTÁ LIGADO CON EL ANDRÓGINO, PRIMER REPRESENTANTE DE LA ESPECIE HUMANA EN NUESTRO PLANETA. Es de comprender la importancia de una afirmación semejante, tanto desde el punto de vista religioso como filosófico.
Para Madame Blavatski, fundadora de la Sociedad Teosófica y auto- ra de la famosa Doctrina secreta, «el Dios único Jehová tenía un antiguo aspecto andrógino en los primeros capítulos del Génesis, antes de ha- cerse (por medio de ciertas transformaciones cabalísticas) enteramen- te MASCULINO, cainita y fálico...». Se comprende todo el interés del punto de partida de la raza humana.
Tendremos ocasión de volver sobre Moisés y sobre las supuestas imitaciones de este «iniciado egipcio» al culto del faraón Akenatón. Limitémonos, por ahora, a remontarnos a la fuente de esas diversas tradiciones.

Aquí volvemos a encontrar a Platón explicando que el gesto eterno del Eros reside en el subconsciente del hombre y de la mujer de no formar más que UNO, como lo eran en los orígenes de la Humanidad:
... Es desde aquellos remotos tiempos que el Amor impulsa a los seres humanos unos hacia otros, esta tentación es innata en la natu- raleza humana y tiende a restablecer la naturaleza primera tratando de unir dos seres distintos en uno solo y de sanar así a la naturale- za humana.
Más explícitamente aún, Platón nos pone al descubierto el fondo de su pensamiento:

El alma de cada uno de los dos partícipes tiende a algo diferente que no sabe expresar, pero que SIENTE y REVELA misteriosamen- te (Ibid., 192 C).

Y Platón pregunta a los amantes:
Lo que deseáis, ¿no es una fusión perfecta de uno con otro, de manera de no separaros jamás uno de otro, ni de día ni de noche? Si es éste vuestro deseo, puedo muy bien fundiros juntos y soldaros con la fuerza del FUEGO en un mismo individuo, de tal modo que, de dos que erais, os reduzca a un solo ser, que viváis unidos uno a otro mientras dure vuestra vida, y a que una vez muertos, allá en el Hades, en lugar de ser dos, no seáis más que uno, cogidos ambos por un común destino. Pues bien, ved si es a esto a lo que aspiráis y si podéis daros con ello por satisfechos.
Estamos lejos, aquí, del psicoanálisis que no ve en el acto carnal más que «el instinto de conservación de la especie». Sorprende, sin embargo, el constatar que el mito del androginado ha circulado en todos los continentes y en todas las épocas, y ello de una manera subterrá- nea: desde los ambientes misteriosóficos egipcios hasta los gnósticos y la era moderna misma, pasando, por supuesto, por los autores de la Edad Media.

Si volvemos a Egipto y a Akenatón, notaremos con cierto asombro que los faraones nunca se refirieron oficialmente a su obra maestra nacional por excelencia. Nos referimos a la gran Esfinge de Gizeh.
Hemos visto ya lo que cabía pensar del nombre de la Esfinge, que está en estrecha correlación con la isla de Ruta de la Atlántida, pero más curioso es aún su aspecto morfológico.
Madame Weissen-Szumlanska ha examinado detenidamente el enigma de la gran Esfinge y su conclusión coincide con nuestra hipótesis de principio cuando escribe:
Las innumerables esfinges de toda índole de los diversos centros de la cuenca mediterránea representaban a veces retratos, pero más frecuentemente leyendas. Así, una de ellas, que data del período ro- mano, está compuesta de una cabeza de mujer sobre el cuerpo leoni- no de un varón. Sería una alusión al andrógino...
El aspecto de ese monstruo de rostro doloroso, de mirada sin párpados, perdida sobre el horizonte, con una fijeza despavorida, tiene algo de conmovedor... En definitiva, lo que domina en esa efigie es la impresión de una POTENCIA DE HOMBRE PARALIZADA EN EL ANIMAL, horrorizada, pero domeñada, resignada, anulada.

La Esfinge de Gizeh, muy anterior a las pirámides, expresa el terrible avatar de los inicios de nuestra humanidad, la decadencia infernal de un ser originariamente bello, el receptáculo de un secreto incomunicable a los profanos bajo pena de muerte...
De todos modos, el secreto de nuestros orígenes fue bien guardado y sólo algunos grupos iniciados que se apoyan de la filiación egipcia pueden actualmente enterarnos mejor. No debe olvidarse que un iniciado en los misterios egipcios como Platón no podía divulgar su en- señanza sino a los más dignos de sus discípulos, so pena de las más terribles sanciones.
La cuna de la ciencia sagrada que fue Egipto recibió sucesivamente los más grandes espíritus del mundo antiguo que sufrieron la iniciación de la mano de los sacerdotes de Heliópolis: Orfeo, Moisés (fundador de los misterios hebreos), Pitágoras (que permaneció veintidós años en aquella tierra antes de crear su escuela de Crotona) y por último Platón que había de ser el más grande de todos y que legó, en términos velados, el resultado de su «iluminación».

El ejemplo de Akenatón, cuyo aspecto físico hermafrodita parecía el del andrógino primordial, fue tomado como modelo por los iniciados de toda obediencia, por el símbolo de inmortalidad que representaba. Haciendo abstracción de la mitología, podemos comprender todo lo que se concatena como consecuencia de un tal estado. ¿Acaso el amor platónico no se aplica admirablemente a los chicos y a las chicas de 1971, de quienes no se sabe ya de qué sexo son? Pasando por los trovadores, el amor cortés y la teoría misma de la belleza, todo se man- tiene, tan cierto es que el esoterismo levanta el velo de los problemas permanentes que agitan a la Humanidad en todas las épocas. Hay un hecho significativo, y es que los cánones de la belleza femenina ideal ya no son, en 1971, los de la «Venus de Milo», sino los de la reina Nefertiti, anterior, sin embargo, quince siglos. Hay aquí un indicio revelador de ese estado de cosas que el mundo profano llama «moda» y los iniciados «ciclo».

CONTINUARA
Próximo Capitulo

Akenatón y Nefertiti, precursores del monoteísmo.-

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