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miércoles, 3 de julio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 4


LOS INICIADOS DEL SOL

Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.


LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 4

        Akenatón y Nefertiti, precursores del monoteísmo

Si Akenatón, que reinó en casi la mitad del mundo civilizado, ca- torce siglos antes de nuestra era, ha hecho correr mucha tinta, igual ocurre con su primera esposa, la reina Nefertiti.
Esta representación de una belleza de todos los tiempos se nos muestra a menudo en compañía del faraón y de sus hijas.
Lo que hay de notable es el hecho de que, por primera vez, la reina estaba representada tocada con una curiosa mitra cónica que la distin- guía de todas las otras reinas y hacía de ella el equivalente de una divinidad SOLAR.
Si nos dignamos recordar el principio «lunar» o intuitivo de la mujer, por oposición al principio «solar» o volitivo del hombre, per- cibiremos mejor lo que hay de único en el caso histórico de la bella Nefertiti.
Hay que precisar que la reina había seguido a su esposo en la refor- ma religiosa emprendida por éste. Se tiene la impresión de que al mostrar en los bajorrelieves las escenas de su vida familiar, contrariamen- te a la costumbre, el faraón hubiese querido hacer hincapié sobre la necesidad de una adoración de su familia divinizada.
Más característica que la importancia atribuida a la soberana es la presencia de Nefertiti en el culto rendido por sus subditos. Por ser el faraón hijo de Atón, la reina participa de la divinidad y, como el ma- trimonio no tiene un hijo, son sus tres hijas las que aparecen a su lado en la adoración del pueblo.
Estas disparidades aparentes sirven para hacernos comprender por qué Akenatón hizo entrar a todos los suyos en el panteón divino, pues aunque el faraón y su esposa hubiesen formado un matrimono perfecto de soberanos reinantes, no tuvieron heredero varón para completar su trinidad solar, y fue su hija mayor, Meryt-Atón, quien ocupó el sitio dejado vacante y fue objeto de una veneración particular antes de remplazar a su madre, cuando ésta murió, en el corazón del faraón.
La historia de Egipto nos enseña que una larga tradición, de esen- cia solar, reservaba a los hombres el trono de Egipto (22). Numerosas reinas brillaron a todo lo largo de aquella época, como esposas de faraón, pero muy pocas ejercieron personalmente una influencia deter- minante en los asuntos públicos. A este respecto, dos reinas cuyos nombres la Historia ha conservado, constituyen una excepción de la regla general: Hatsheput y Nefertiti. La primera accedió al puesto de regente durante la minoría de edad de su yerno Tutmés III; más aún, tomó totalmente la dirección de los asuntos del reino y no dudó en lucir la barba ritual prescrita por la etiqueta, una barba postiza, na- turalmente. Egipto nos ha conservado de aquella soberana excepcional el famoso templo que lleva su nombre en Deir el-Bahari recordando sus grandes hechos y los acontecimientos destacados de su reinado que duró una veintena de años 

No obstante, la fisonomía de Nefertiti es mucho más atractiva. Ade- más del encanto que se desprendía de su cuerpo armonioso, Nefertiti significaba «advenimiento de la belleza sobre la Tierra» y su elevación a un status casi faraónico no vuelve a encontrarse en ninguna parte.
Una representación de la «barca real» ha llegado hasta nosotros, de- corada con una escena única en los anales egipcios. Nefertiti aparece en ella tocada con la alta corona, asiendo a un enemigo por los cabellos y abatiéndolo con ayuda de una maza. Es, sin duda, en esa época cuando Nefertiti, siguiendo el ejemplo de su marido, debió cambiar de nombre agregando al suyo el epíteto de NEFERNEFERU-ATÓN («Justa es la bondad de Atón»).
Fue hacia el duodécimo año de su reinado cuando Nefertiti debía de caer en desgracia, cuando su segunda hija, la princesa Meket-Atón mu- rió y fue inhumada en el santuario real de El-Amarna donde unos ba- jorrelieves nos han conservado la escena de la familia llorando.
Esta desgracia es situada generalmente algún tiempo después del cruel suceso, y cabe preguntarse cuál fue la vida familiar de aquellos dos seres tan mal surtidos en el plano físico. El alejamiento de Nefertiti nos es conocido desde el descubrimiento en El-Amarna de su antiguo palacio, donde su nombre fue borrado en provecho del de su hija mayor, Meryt- Atón, ex mujer del corregente nombrado por el faraón para sucederle.

Meryt-Atón, por lo demás, había de seguir poco después a su madre a la tumba y la influencia de las dos fue sustituida por la de la tercera hija del faraón, Anjes-En-Pa-Atón, que se había convertido en la fu- tura soberana al casarse con el sucesor oficial de su padre, Tut-Ank- Atón, convertido (o reconvertido) en Tutankamón cuando el clero de Amón le hizo reingresar en el politeísmo abandonado por Akenatón... Las multitudes modernas han hecho por lo demás a Tutankamón (o
más exactamente a su momia) una entusiasta acogida que dista de mere- cer, pues su reinado es el más corto del antiguo Egipto.
A la luz de lo que precede, nos damos cuenta de que la vida senti- mental del gran sacerdote de Atón no fue de las más faustas. Akenatón vio morir sucesivamente al corregente, Smenj-Ka-Re (24) (quizás her- mano suyo), dos de sus tres hijas, una de las cuales fue su segunda mujer, la reina viuda Tyi, y sobre todo aquella en la cual se había apo- yado durante doce años de reinado, la bella y misteriosa Nefertiti, para imponer su religión del disco, esa religión del disco cuya inspiración cabe preguntarse adonde fue a buscarla Akenatón.




La inspiración del disco

Parece que esta inspiración fue hallada en la tradición que refería que los «antepasados» atlantes lo adoraban en la isla de Ruta. He aquí un ejemplo de ello: los partidarios de la existencia de un continente su- mergido afirman que las pruebas de una supervivencia del rito solar de los «reyes-pontífices» de la Atlántida han de ser buscadas en Egipto y
en Yucatán, último lugar donde los conquistadores españoles se aventu- raron después de su implantación en la América central. Ahora bien, ¿qué nos revelan las recientes excavaciones efectuadas en esa región del Globo?
Sencillamente que, en 1937, en México, concretamente en Y ucatán, fue puesto a la luz del día un altar solar en perfecto estado de conservación. Este altar, situado en Chichén-Itzá, lleva efectivamente en su centro un disco solar de mosaico azul pálido que servía de «espejo» al fuego sagra- do que los sacerdotes mantenían en él, pues se perciben claramente huellas de llamas 
¿Hay que rechazar, por tanto, la hipótesis de unos lazos entre los co- nocimientos egipcios y mayas? No lo creemos así, puesto que nos retro- traemos a un período anterior remoto que vio cómo una civilización históricamente desaparecida legaba una suma prodigiosa de conocimien- tos a varios continentes. Solamente la noción de «disco solar», que toma sus fuentes en aquella Atlántida tan ignorada, corresponde admirable- mente al legado común de un concepto civilizador único válido para todos los pueblos.
Cuando Platón, al llegar a Egipto, se fue a Heliópolis para estudiar allí durante trece largos años, los sacerdotes de aquel templo le comu- nicaron informaciones sacadas de sus archivos antediluvianos, es decir, Atlántida.
Entre otros datos, los hierofantes de Heliópolis le enteraron así de que una inmensa pirámide se alzaba antaño en el centro de la isla de Poseidón, es decir Ruta, y, refinamiento de precisión, le revelaron que su cima albergaba una plataforma destinada a recibir el disco solar.
Los emigrantes que pusieron rumbo a Egipto aportaron su religión y su afición a la estatuaria gigantesca que podemos hallar en Yucatán, en México y en Perú. Igual sucede, no sólo con las pirámides, sino tam- bién con las estatuas monumentales que abundan a lo largo de las ave- nidas que conducen a ellas. El aire de parentesco no puede escapar al observador.

Con esta óptica, la posición geográfica misma de la Esfinge es otra pieza más que añadir a nuestro dossier. Constatamos, en efecto, que su cara está vuelta exactamente hacia Oriente y que sus ojos contemplan el punto del horizonte por donde sale el Sol. En su fijeza hierática y muda, ¿qué no habrá observado con sus ojos de piedra?
Cuántas miríadas, sucesivamente, habrá visto llegar, hacerle con la mirada sus preguntas siempre vanas y luego alejarse desconcer- tadas. Vio, sin pestañear, el mundo de los atlantes desaparecer para siempre, sumergido. Su imperceptible sonrisa fue testigo de la em-
presa audaz de un Menes, el primero de los faraones, que desvió el curso del Nilo mimado por los egipcios y lo obligó a ocupar un nuevo lecho. Su silencio, henchido de añoranzas, vio a Moisés, el grave, al taciturno Moisés, saludarla con un supremo adiós. Siempre muda, dolorosa, contempló los sufrimientos de su país asolado, arrui- nado después que hubo irrumpido en Egipto la invasión del cruel Cambises, emperador persa. A la vez encantada y desdeñosa, vio a la altiva Cleopatra de sedosas guedejas descender de una nave cuya popa era de oro, las velas de púrpura y los remos de plata. Vio con alegría al joven Jesús en camino, a la búsqueda de la sabiduría de Oriente, etapa preparatoria para la obra encomendada a su misión pública, la hora en que su padre le enviará a entregar su divino men- saje de misericordia y de amor. No sin una secreta satisfacción,
bendijo al joven noble, tan bravo como generoso y letrado, que fue Saladino, y Saladino, con la lanza erguida al aire y con la verde ban- derola de la media luna, emprendió la galopada que había de enca- minarle hasta el trono del sultán de Egipto. Muda señal de adver- tencia, la Esfinge saludó a Bonaparte, instrumento de los destinos europeos, cuyo nombre había de eclipsar a todos los demás, antes de que el mismo personaje, triste y sombrío, pusiese el pie en el Belle- rofonte. La Esfinge vio, no sin alguna melancolía, fijarse la atención del mundo entero en su país cuando la tumba de uno de sus orgu- llosos faraones fue abierta, entregando a la curiosidad moderna la regia momia y sus nobles atavíos.
Sí, los ojos de piedra han visto estas cosas y muchas más. ¿Qué ven ahora? Desdeñando a los humanos que se fatigan y se agitan, presa de labores vulgares y transitorias, indiferentes al desfile inter- minable de alegrías y de sufrimientos... Los ojos de piedra, desde el fondo de sus vastas órbitas, contemplan Ja eternidad... Inmutables, a través de las vicisitudes del tiempo, miran los comienzos del mun- do, las tinieblas de lo ignoto.

                                                                     El culto del Sol

Atón, dios único. La religión del disco se nos aparece como un monoteísmo impersonal. Ninguna representación de Atón nos ha llegado sino en forma del disco solar cuyos rayos, orientados hacia abajo, ter- minan en unas manos que a menudo sostienen el Anj o cruz egipcia, símbolo de vida.
Vemos en la representación de esta divinidad una adoración de la energía cósmica, puesto que el faraón Akenatón se dice «hecho» de esa sustancia. Esta naturaleza impersonal es muy diferente de la con- cepción de los reyes divinos de las dinastías faraónicas. Hay que añadir que esa energía cósmica implica una adoración universal por todos los pueblos, sin excepción ni preferencia. Así, territorios coloniales como Siria y Nubia figuran antes que Egipto en el Himno de Atón, nuevo catecismo compuesto por el propio Akenatón. Que es como hablar de la concepción universalista que preside a esta adoración, verdadera religión del Cosmos.
Otro punto importante es el rechazo de toda especie de simbolismo, no obstante tan grato al corazón de los egipcios. La religión oficial de Atón no apela a ninguna mitología, a ninguna leyenda, a ningún mila- gro. El joven faraón reformador hace hincapié sin cesar en la palabra VERDAD y hace de ella la piedra angular de su sistema filosófico. Es el mismo afán de verdad que le hace cambiar su nombre de Amenofis IV en el de Akenatón, con gran disgusto del clero de Amón.
Hemos destacado ya que la fusión de Amón (entonces el dios más popular) con el Sol: Ra era cosa hecha en la época que nos interesa. Sin embargo, a pesar de aquella fusión, los sacerdotes del viejo culto oficial seguían empeñados en su oposición irreductible al monoteísmo. El poli- teísmo, o adoración de varias divinidades, al depender del clero de Amón, hacía que éste acumulara prebendas y privilegios. Por su parte, no era haciendo de Amón-Ra la única divinidad de Egipto como el nuevo faraón podía esperar el romper aquel politeísmo, por lo que se vio obli- gado a proceder por etapas.
Su primer cuidado fue trasladar su nueva capital a un lugar alejado de Tebas, bautizado Akhet-Atón (el actual emplazamiento de El-Amarna) en homenaje a la nueva divinidad: el Sol, simbolizado por un disco de oro puro. Aquella ciudad de Akhet-Atón estaba situada a 300 kilómetros al norte de Tebas, posición que ofrecía la ventaja de hallarse a resguardo de las intrigas del clero sin perder de vista a la poderosa metrópoli religiosa. En su nueva capital, Akenatón hizo edificar un conjunto monu- mental de palacios y de templos para sí y la nueva divinidad. Aquellas construcciones debían de ser de una singular belleza a juzgar por las excavaciones efectuadas desde hace medio siglo.

La nueva metrópoli, rival de Tebas, cruzaba el Nilo, a medio camino del Delta y de la antigua capital. En el brillo de su magnificencia recien- te, surgía en el horizonte, tan irreal como un espejismo en el desierto, al término de una labor obstinada de cuatro años. Posteriormente, otras ciudades semejantes habían de ser construidas sobre aquel modelo, una en Siria, otra en Sudán, o sea, en los dos extremos del Imperio egip- cio, como para testimoniar la universalidad de la nueva mística religiosa.
Akenatón, en el sexto año de su reinado, se instaló oficialmente en su nueva capital y juró no salir de ella en su vida. El gran templo del culto de la nueva religión, verdadero VATICANO del culto de Atón (29), centro «mundial» de la nueva religión, fue tallado en los acantilados que dominaban el Ued. En la paz de aquel lugar alejado de la agitación ruidosa de las ciudades, Akenatón podía, con toda serenidad, consa- grarse a la adoración mística de su dios, reanudando así la tradición atlántida de los reyes-pontífices.
A diferencia de su padre, que gustaba de retirarse para rezar en lo más profundo de los templos, el joven soberano sacerdotal celebraba el culto de Atón al aire libre, sobre un altar de piedra alzado en la cima de una pirámide, pero oigamos mejor esta descripción:
El rey, subiendo al altar, en lo alto de la pirámide, arrojó al fuego un puñado de incienso. La llama, elevándose, palideció al Sol, y una humareda de un blanco rosado se arremolinó y, en los siete patios, el mismo humo se alzó de los 365 altares. Quien hubiera mi- rado de lejos habría creído que en la ciudad había un incendio.
Levantando lentamente los brazos al cielo, como para ofrecer una invisible víctima, el rey proclamó:
«Todo cuanto hay en este NOMO, de la montaña del amanecer a la montaña del ocaso —tierras, aguas, poblados, plantas, bestias y hombres— todo te es ofrecido en sacrificio, a ti, Sol viviente, Atón. ¡Oh Padre, que tu reino sea en la Tierra como en el cielo!» La oscura mies de las cabezas humanas se inclinó como se inclinan al viento
las espigas. Trompetas, flautas, sistros, laúdes, tímpanos y kinnars se confundieron en un solo coro ensordecedor con el múltiple rumor de la muchedumbre.
«¡Cantad al Señor el himno nuevo! ¡Que toda la Tierra cante al Señor! ¡Pueblos, rendid al Señor gloria y honor! ¡Que los cielos se alegren y que la Tierra triunfe! ¡Alégrate, GOZO DEL SOL, HIJO ÜNICO DEL SOL, AKENATÓN!».

Esta descripción de una ceremonia SOLAR no dista mucho de la idea que podemos hacernos de una ceremonia maya... o atlante. En efecto, el gran templo de Atón, el Sol reinando en medio del Universo, se alzaba en el corazón de la ciudad, rodeado de siete murallas y de siete patios como los siete planetas de nuestro sistema solar y las siete mura- llas de Poseidonis, capital de la Atlántida descrita por Platón.
En el santuario ricamente decorado con pinturas policromas y con estatuas de reyes, ante el altar de pórfido verde que dominaba una esca- lera monumental, el faraón «amado del Sol», revestido del ropaje sacer- dotal, oficiaba solo, intermediario místico entre el esplendor de Atón y
el común de los hombres. Tres veces al día, al alba, a mediodía, a la puesta del Sol, el rey saludaba al glorioso disco de oro que, como el Padre celestial, enviaba a su hijo espiritual los rayos bienhechores de su amor universal.
A lo largo de todo el año, ritmado tan sólo por la sucesión de los días y de las noches, se desarrollaban ceremonias y rezos en honor de Atón. El incienso no paraba nunca de arder en las pilas de oro y el eco de los cantos sagrados acunaba el sueño de los esposos reales. En el jardín en forma de cruz, símbolo de la irradiación de la fe, las esencias exóticas más raras se mezclaban con la floración lujuriante de los lotos, los nenúfares y los tamarindos, en el murmullo de los estanques de ala- bastro donde brillaba un agua extraída de las fuentes nativas de la Tierra.
Una multitud de artistas, de artesanos y de obreros, de escribas y de funcionarios, vivía en la órbita del soberano o trabajaba en embellecer los templos.
Cuando el rey, fatigado de los consejos y del protocolo, quería to- marse algún descanso, cruzaba aquel parque maravilloso, lleno de ani- males de toda especie: pavos reales, ibis, flamencos y guepardos do- mesticados, y, por la alameda central sembrada de arena rosa, ganaba el pequeño quiosco de columnas adornadas con banderolas y uraeos, oyen- do tocar a Nefertiti un aire de arpa; mientras, los niños reales retozaban a sus pies.
El viajero que, viniendo del desierto, se acercaba a aquel oasis de paz vislumbraba de lejos el cinturón escarlata de ladrillo esmaltado que constituía la muralla exterior de la ciudad, de varios kilómetros de lon- gitud. Una vez traspuesta aquella primera muralla, se hallaba en medio de las rientes casas de los funcionarios reales, todas ellas con un jardin- cillo y un estanque. Si proseguía su camino siguiendo la gran avenida del Sol, llegaba al pie del gigantesco pórtico que daba acceso al palacio de su rey y, si tenía suerte, al penetrar en el primer patio podía contem- plar la divina silueta del faraón asomada al balcón de su vivienda. Pero dejemos la palabra al gran historiador Erman que nos conduce al inte- rior del palacio:
Para las audiencias propiamente dichas, los grandes del reino eran naturalmente recibidos en el interior del palacio, y no nos ex- ponemos a equivocarnos si designamos la sala de columnas, situa- da detrás del balcón, como sala de recepción del rey. El destino de la segunda pieza, flaqueada por dos estancias laterales, es perfecta- mente claro: es el gran comedor cuyo techo sostienen columnas. En el centro hay una ancha mesa cubierta de bandejas, de cestas de fruta y de panes. Unas mesas más pequeñas están llenas de asados y otros manjares, así como de flores y de collares multicolores, ac- cesorios obligados de todo yantar egipcio. En las estancias laterales, se guardan largas hileras de cántaros de vino. A uno y otro lado de la mesa hay dos asientos acolchados y, delante de éstos, dos escabe- les destinados al rey y a la reina. Un pasillo contiguo al comedor da acceso a los locales de provisiones, así como al dormitorio del rey; el espacioso lecho, guarnecido de cojines y de mantas, así como la cabecera, no dejan lugar a dudas sobre el destino de esa pieza.

Había igualmente en aquel palacio suntuoso numerosos baños, como atestigua la inscripción hallada en las ruinas de El-Amarna, en memo- ria del «director del baño de la gran casa». Es en este marco a la vez místico y grandioso de Akhet-Atón donde vivió el faraón reformador, antes de que su memoria, arruinada por los sacerdotes de Amón, hubiese sido maldecida por la posteridad.
La lucha contra el clero de Amón. Hostil al monoteísmo solar, el clero de Amón era, por definición, opuesto al faraón reformador. Ade- más, tras haber organizado las bases de la nueva religión, Akenatón se puso a hacer desaparecer toda huella de los dioses antiguos. Mandó machacar los cilindros de jeroglíficos que llevaban el nombre de Amón e hizo cerrar los templos dedicados a este dios. Todo ello no se hizo sin dificultades, como puede imaginarse...
Aquellas medidas de represalia habían sido originadas por un inten- to de revolución fomentado por los sacerdotes de Amón en Tebas, que no se consolaban de haber sido apartados de la dirección de los asuntos públicos.
La furia inococlasta de Akenatón se ejerció contra todas las inscrip- ciones que contenían el nombre aborrecido de Amón. No dudó en hacer abrir la tumba de la reina Tyi para que fuesen machacados los cilindros relativos a Amenofis III, que hacían alusión a aquel dios.
De aquella rabia de destrucción frenética que se adueñó de todo un pueblo, el escritor Merezhkovski nos pinta un cuadro colorido en su obra consagrada al «Elegido del Sol»:
... Se acercaron a las puertas occidentales del templo de Amón cuyas planchas de oro rojo, que brillaban al sol como brasas, lleva- ban tres palabras jeroglíficas en bronce mate: «AMÓN, GRAN ES- PÍRITU.» La palabra Amón había sido machacada, pero las dos que quedaban no dejaban por ello de contener una mayor alabanza al Innominado.

El guardián estaba junto a las puertas cerradas y selladas. Gen- tes prosternadas besaban el polvo de las losas sagradas y oraban quedamente, pues el que pronunciara el nombre de Amón en voz alta era encarcelado... Penetraron en el patio interior donde se al- zaban unas filas de columnas y unos haces de tallos de papiro, tan gigantescos que costaba creer que fuesen obra de manos humanas. Parecía como si el propio Gran Espíritu hubiese amontonado aque- llas piedras eternas en un himno mudo a sí mismo, el Innominado. Del patio pasaron a una galería donde una luz rara se filtraba por es- trechas ventanas que llegaban al techo. El patio estaba lleno de Sol, pero allí había empezado ya el crepúsculo que hacía más colosal aún el impenetrable bosque de columnas, todo impregnado de incien- so, como un bosque de verdad está impregnado del olor de las resi- nas. Y la calma era en él tan profunda como en un verdadero bosque; apenas si se oía, en alguna parte, arriba, débiles golpes como si unos picamaderos picoteasen el tronco de los árboles. Se- mejantes a arañas en sus telas, unos albañiles en cañizos atados a largas cuerdas, se cernían en el aire, junto a los muros y las colum- nas que golpeaban con sus martillos... A medida que se adentraban en el templo, las paredes se estrechaban, los techos bajaban, cada vez más sombríos, más temibles, más misteriosos y por fin quedaron rodeados por una oscuridad casi completa. Sola, a lo lejos, lucía vagamente una lamparilla. Era el sancta sanctórum, el Sekhem, un pequeño tabernáculo excavado en un bloque macizo de granito rojo donde antaño estaba escondida detrás de las cortinas de lino —las velas de la barca sagrada— una estatuita en oro del dios Amón, de un codo de alto. Ahora el Sekhem estaba vacío.
Un pasadizo estrecho como una grieta conducía a otro pequeño tabernáculo donde en otros tiempos se acostaba en un lecho de púrpura, en la perpetua humareda de plantas aromáticas, el gran chivo de Amón, el animal divino, corazón viviente del templo. Pero también aquel nicho estaba vacío, y se decía que por mancillar el lugar santo habían arrojado a él los huesos de un perro muerto (32).
Estas breves líneas resumen suficientemente el carácter implacable de la lucha que había de continuar diez años más. Como es natural, el pueblo llano estaba desorientado por aquella reforma religiosa. Cada vez se volvía más permeable a las críticas dirigidas al faraón por los sacerdotes de Amón que no se consolaban de su miseria súbita.

Sin embargo, aquel pueblo llano había de permanecer fiel a Ake- natón hasta su muerte. Hay que decir que este soberano hizo mucho por él. En efecto, han sido encontrados a cierta distancia de la capital los restos de un poblado obrero modelo, construido para los trabajadores
que edificaban las tumbas de los dignatarios en el acantilado. Cada fami- lia disponía, para su alojamiento, de una casa de cuatro piezas con huer- to. Son de destacar las pinturas murales, prueba de la existencia de unos ocios y sobre todo de una gran libertad de espíritu. En cuanto a la religión, el descubrimiento de unas estatuitas de divinidades prohibi- das prueba la permanencia de las creencias politeístas entre los subditos del faraón, pero también la tolerancia de éste.
Las ruinas de Akhet-Atón nos dan también el ejemplo de un arte figurativo muy diferente del estilo convencional petrificado del antiguo Egipto. Aquella reforma religiosa contra los sacerdotes de Amón entra- ñaba una rebelión artística y moral también importante y reveladora del estado de espíritu de la época: una verdadera liberación intelectual.
Ningún soberano egipcio hubiera autorizado, como lo hizo Akena- tón, a su escultor oficial a representarle de otro modo que en una actitud hierática o convencional, con mayor motivo en los gestos y actitudes de
la vida cotidiana (33), fuera del estilo tradicional de la estatuaria egipcia. Cabe concebir, pues, que fue el propio faraón quien dispuso el recha- zo de las reglas clásicas y de las imágenes idealizadas que habían de representarle. Una prueba de este aserto nos es proporcionada por el escultor oficial, Bek, declarando en un bajorrelieve de Asuán «que fue
enseñado por el faraón».
Así, reformas religiosa, social y artística iban a la par para aquel mo-
narca «por encima del tiempo».
El ejemplo mismo de su fin agrega un velo suplementario al misterio
de aquella personalidad fuera de lo común.

                                            El fin de Akenatón y el retorno a la ortodoxia

Como a todos los reformadores, le hizo falta tiempo al «hijo de Atón» para llevar a cabo su obra y asentarla de una forma duradera en el espíritu de las generaciones futuras. Como suele ocurrir en seme- jantes casos, le faltó tiempo.
No obstante, había recibido, en su lucha contra el clero oficial, el apoyo de los jefes militares, pero su política exterior debía poner tér- mino a aquella alianza de calidad.
Belicistas, como todo militar que se respete, los jefes del Ejército cada vez estaban más preocupados por los resultados de la política paci- fista del faraón, que separaba de Egipto sus más bellas colonias del Nordeste.
¿Es preciso creer que el soberano de Egipto se hubiese desinteresado de sus posesiones exteriores? Ejemplo único en la Historia si queremos imaginar que el faraón no dijo esta boca es mía para defender a Siria, granero de trigo de Egipto, contra las invasiones hititas.

En efecto, de creer en las apariencias, Akenatón había llevado las consecuencias de su doctrina del amor universal hasta el extremo lími- te. Ha sido hallada casi toda la correspondencia cruzada durante aquel período entre el soberano y los gobernadores de los territorios amenaza- dos de invasión. Estas tablillas, redactadas en escritura cuneiforme, nos informan sobre el estado de ánimo de los aliados del faraón que piden sin cesar auxilios a la metrópoli para hacer frente a las invasiones hititas.
Hay quizás otra explicación, además del hecho de que el faraón Ake- natón era contrario al empleo de la fuerza. Ahora conocemos su origen MITANIENSE. Ahora bien, los hititas cuyos ejércitos amenazaban a las colonias egipcias, eran un pueblo hermano, muy próximo a los mitanien- ses. Es probable que Amenofis IV experimentase un sentimiento de pesa- dumbre insuperable ante la idea de combatir a sus hermanos de raza, y de aquí su actitud pasiva en aquellas circunstancias cuando hubiera podido enviar fácilmente refuerzos y rechazar a los invasores hititas. Todos aquellos territorios, situados al nordeste de Egipto (Cercano Oriente actual) se perdieron.

El escritor ruso Merezhkovski pone en boca del faraón este testamen- to espiritual del que no renegarían, en 1970, los regentes del Flower Power:
El rey más grande de Egipto es Amenemket, que hizo escribir sobre su tumba: Bajo mi reinado los hombres vivieron en paz y en gracia. Bajo mi reinado los arcos y las espadas estuvieron ociosos. Dios se alegra entrando en la batalla y viendo la sangre, dice la ins- cripción del rey Tutmés III el Conquistador, invocando al dios
Amón. AMÓN ES EL DIOS DE LA GUERRA, ATÓN EL DIOS DE LA PAZ. Hay que escoger entre ellos y yo he escogido.
Habrá guerra mientras hayan muchos pueblos y muchos dioses, pero cuando no haya más que un solo Dios, que un solo pueblo, habrá paz.
No fue hasta el fin de su remado, aunque aparece confuso, cuando al parecer estallaron disturbios, pero era ya demasiado tarde. El faraón «ebrio de Dios» murió a los diecisiete años de su «pontificado».
Correspondía al Ejército, que había hecho posible aquella ruptura con la «tradición», llevar de nuevo al país por el camino de la ortodoxia. Los sacerdotes de Amón se tomaron el desquite y borraron hasta el nombre sagrado del faraón «herético». Los funcionarios de la Corte aban- donaron la joven capital para seguir al nuevo soberano Tutankatón —que pronto había de cambiar su nombre en Tutankamón— a Men- fis. La ciudad de El-Amarna, singular vuelta de las cosas, fue entregada a la furia iconoclasta de los sectarios de Amón.

La muerte prematura de Tutankamón (35), fue el fin de la XVIII dinastía y el principio de la de los RAMÉSIDAS que empezaron a hacer desaparecer todo rastro de aquel «criminal» de Akhet-Atón (ya estaba prohibido pronunciar el nombre maldito de «Akenatón», a fin de que su memoria cayera para siempre en el olvido). El nombre del faraón fue cuidadosamente machacado en todas partes adonde alcanzasen los ojos de los hombres y las listas de los faraones que habían reinado en Egipto fueron falseadas de modo a excluir al execrable Amenofis IV. Las cons- trucciones de El-Amarna fueron arrasadas hasta el suelo y las piedras recuperadas utilizadas para poner los fundamentos de los templos de Hermópolis que Ramsés II mandó construir en la orilla opuesta del Nilo.
Pero, ¿qué había sido de la momia del faraón herético? Akenatón dejaba una Corte conmovida que debió enterrarlo en la tumba que él se había hecho construir en El-Amarna, al este de aquella «Ciudad del horizonte de Atón». Su sarcófago era mucho más suntuoso que el de su sucesor, descubierto en 1922. De creer las crónicas de la época, su cuerpo, envuelto en oro, fue colocado en un magnífico sarcófago forrado a su vez de oro puro en cuya tapa podía leerse:
El Hermoso Príncipe, el Elegido del Sol, rey del Alto y del Bajo Egip- to, que vive en la VERDAD, señor del doble país, Akenatón, el hermoso
hijo del viviente ATÓN, cuyo nombre permanecerá para siempre.
Una breve plegaria fue además puesta al pie del féretro dirigida al Dios-Sol. Terminaba con estas palabras:
Llámame por mi Nombre hasta la eternidad y jamás dejaré de res- ponder...
Cuando la Corte volvió a instalarse en Tebas, se llevaron el cuerpo del faraón difunto y, de creer al historiador Arthur Weigall, se reunió con sus antepasados en el Valle de los Reyes.
A la muerte del último representante de la XVIII dinastía, o sea, en 1341 a. de J.C., el comandante en jefe del Ejército, Horemheb, se adueñó del poder. Regularizó su ascensión al trono casándose con la hermana de
Nefertiti, Nedyemmut.

Pero, en el curso de aquel reinado, los fieles de Atón, que se habían
reagrupado, fueron tachados de «herejía» y sus templos destruidos. Por último, abrieron la tumba de Akenatón donde reposaba su momia... y ésta desapareció.
Ahora bien, en 1907, el arqueólogo Davis encontró una tumba (hoy catalogada con el n.° 55) de un tamaño completamente modesto. La se- pultura había sido manifiestamente violada y su contenido profanado, los nombres y las cualidades del difunto habían sido rascados en todas partes donde estaban inscritos sobre los objetos que constituían el mo- biliario funerario. En un sarcófago de madera podrida yacían los míse-
ros restos de una momia putrefacta. En seguida cundieron las suposi- ciones y algunos no vacilaron en afirmar que se trataba ciertamente del cuerpo del «faraón maldito», Akenatón, cuyo rastro se había perdido.
La momia real, tras su desgracia postuma, ¿había sido retirada de su sarcófago suntuoso para quedar relegada en una oscura sepultura? Numerosas explicaciones han sido dadas al respecto, aunque ningu- na sea decisiva. Hasta se ha afirmado que el cuerpo de Akenatón seguía
estando en el Valle de los Reyes, en alguna parte...
Parece, no obstante, más realista creer que —castigo supremo —el cuerpo del «faraón maldito» fue exhumado de su tumba y quemado por los sacerdotes de Amón. En apoyo de esta tesis, vamos a propor- cionar algunas precisiones.
Los antiguos egipcios conocían muy bien las diferentes técnicas de la «magia negra», como el hechizo, y practicaban los pases magnéticos de los que cargaban literalmente a los difuntos cuando eran embalsa- mados. De la misma manera, los diferentes objetos que llenaban las tumbas eran igualmente cargados de magnetismo (las personas que po- seen amuletos o talismanes antiguos nos comprenderán). De ahí nació, por lo demás, la famosa maldición de los faraones de la cual tanto se habló a propósito del descubrimiento de Tutankamón y de las muer- tes «misteriosas» que sufrieron sus descubridores.

Parece ser que aquel procedimiento «mágico» tiene una confirmación en la obra de Paul Brunton El Egipto secreto, cuando este autor refiere la conversación que sostuvo en las ruinas del templo de Luxor con un adepto de la «Fraternidad de Heliópolis». He aquí lo que éste le habría declarado, en 1937:
Quienes abrieron las tumbas del antiguo Egipto liberaron sobre el mundo fuerzas peligrosas para éste. Los arqueólogos, igual que los saqueadores de antaño, han sacado involuntariamente a ia luz las tumbas de gentes que se entregaban a la magia negra. Pues, en el último período de la historia de Egipto, las personas instruidas, el clero, habían degenerado muchísimo. Se practicaba corrientemente la brujería y las artes ocultas. Cuando la pura luz de la verdad, primitivamente extendida en la religión egipcia auténtica, empezó a oscurecerse y las sombras maléficas de doctrinas falsas, materialis- tas, la sustituyeron cada vez más, viose aparecer la fabricación de momias, con todos los complicados rituales que la acompañaban. No obstante, debajo de las enseñanzas pervertidas que habían inspi- rado aquella práctica, subsistía una secreta preocupación, el esfuerzo con miras a conservar un lazo perdurable con el mundo físico, por medio del embalsamiento del cadáver.
Esta práctica, al principio, sólo fue aplicada a los reyes-adeptos de la edad de oro de la Prehistoria egipcia y a los grandes sacerdotes espiritualmente avanzados, verdaderos mensajeros de Dios, a fin de que su cuerpo material, impregnado de su santo poder, pudiera seguir existiendo y sirviese de hogar del cual aquel poder irradiase sobre el mundo...
Estas últimas líneas del adepto de Heliópolis nos hacen pensar in- mediatamente en Akenatón y, como para confirmárnoslo, el extraño «iniciado» prosigue:
... Toda apertura de una tumba egipcia antigua puede ponernos en relación con invisibles fuerzas de naturaleza peligrosa. Incluso si se trata de la tumba de un rey cuya alma era buena y poseía poderes desarrollados, es posible que el mundo haya de padecer por ello, y sea así castigado por haber turbado la sepultura de un alma de selección... El rey Tutankamón, por ejemplo, fue asi. Poseía un gran conocimiento oculto y un alma espiritual.
La apertura de su tumba ha hecho sufrir a los que la llevaron a cabo, así como, por vías indefinibles, al mundo, a la larga. Durante los próximos años, el mundo sufrirá todavía y pagará el precio de semejantes profanaciones de los muertos de Egipto. No obstante, esos trastornos materiales desembocafán en una ventaja espiritual...
Si Tutankamón era un soberano dotado de conocimientos ocultos, ¿qué cabe pensar entonces de Akenatón? Preferimos, por nuestra parte, dejar al lector el cuidado de concluir y de imaginar cuál fue el primer cuidado de los sacerdotes de Amón que conocían el emplazamiento de la tumba del faraón difunto. Es casi público y notorio, y Brunton lo confirma, que el clero de Amón se hundió en la magia negra en los últi- mos tiempos del Egipto faraónico, con excepción de un puñado de ini- ciados, y que su enseñanza se pervirtió hasta el punto que el propio pueblo, perdido todo sentido de lo sagrado, se puso a saquear las tumbas.

Llegados a este punto de reflexión, se comprenden mejor las razones que impulsaron a Akenatón a realizar su gran reforma religiosa que, semejante a un grano de mostaza, iba a germinar en el mundo entero.



CONTINUARA
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