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sábado, 13 de julio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 6


LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 6


Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.


ZOROASTRO O EL «HIJO DE LA LUZ»

El viajero que visita el Irán, contemplando los desolados parajes que se extienden, al este de Teherán, en el desierto abrasado por el Sol de Ahura-Mazda, ese dios de Luz, tiene la impresión de visitar un campo de batalla asolado por un cataclismo nuclear, un terreno removido por algún combate gigantesco librado por titanes, como si el país entero hubiese ardido por el fuego celeste. Y las ruinas de Susa, los restos impresionantes de los palacios de Persépolis, la tumba de Ciro él Grande, perdida en la llanura caótica de Pasargada, son otros tantos testimo- nios de que este país conoció en el pasado un destino prestigioso.
Ante el mausoleo de Darío, cuyas proporciones apabullantes son un reto a la condición humana, más de un viajero se ha interrogado sobre la significación de esas esculturas con símbolos intemporales.
Situadas en un hipogeo excavado en la roca, las tumbas de los reyes persas, que se denominaban «hijos del Sol», están talladas en la ladera de una montaña abrupta y la entrada de las salas subterráneas, situada a más de treinta metros del suelo, exige para penetrar en ella el uso de un verdadero material de escalada. El pórtico monumental que da acceso a las tumbas está rodeado de columnas rematadas con bajo- rrelieves de personajes. Este impresionante conjunto no deja de recor- dar, cosa significativa, a los monumentos del antiguo Egipto, como si los templos colosales de Tebas hubiesen producido en este lugar alguna misteriosa excrecencia.

Los conquistadores musulmanes se ensañaron con estos bajorrelieves sasánidas, y las efigies mutiladas de los soberanos persas parecen hoy confundidos en un horror petrificado. Se reconocen sin embargo aquí y allá escenas de batallas, que resaltan sobre la roca curtida por las intemperies. Donde ahora hay el desierto, se extendía una ciudad, arra- sada por la voluntad del califa Ornar.
Sólo siguen en pie, testigos de un culto grandioso, patéticos bajo el cielo metálico de las altiplanicies, los altares del Fuego, luz de Ahura-Mazda, reflejos del Sol cósmico y vestigios emocionantes de la religión fundada por Zoroastro. Pierre Loti, aquel gran viajero, peregrino nos- tálgico de todas las civilizaciones desaparecidas, nos hace de esos altos lugares una descripción sorprendente.
Buscaba con los ojos, en medio de tantos informes restos, un mo- numento más antiguo que los demás y más extraño, que unos zoro- astristas emigrados en la India me habían señalado como existentes aún. Y he aquí que se me aparece, muy próximo, cruel y sombrío sobre un bloque de rocas en pedestal. Según la descripción que me habían hecho, lo reconozco inmediatamente, y su identidad me es además confirmada por la designación del charvadar: «¡Ateuchka!», en la que encuentro la palabra turca ateuch, que significa «fuego». Dos toscas e ingenuas pirámides truncadas, rematadas por un festón bárbaro y dos altares gemelos para el culto del fuego, que datan de los primeros magos que precedieron en varios siglos a todo el colosal trabajo de Persépolis y de la montaña esculpida. Eran ya cosas muy antiguas y venerables cuando los aqueménidas eligieron este lugar para edificar sus palacios, su ciudad y sus tumbas. Se alzaban aquí en los tiempos oscuros cuando las rocas de los hipogeos eran toda- vía intactas y vírgenes, y cuando tranquilas llanuras se extendían en el lugar de tantas inmensas explanadas de piedra. Han visto crecer y pasar civilizaciones magníficas y siguen siendo casi iguales, sobre su zócalo, los dos Ateuchkas, imperecederos y como eternos en su sólida tosquedad. 

Hoy, los adoradores del fuego, como es sa- bido, desaparecen cada vez más de su país de origen y hasta del mundo, y los que quedan están diseminados, un poco como el pue- blo de Israel. En Yezd, sin embargo, ciudad del desierto que dejaré a la derecha de mi camino, persisten en grupo bastante compacto aún. Algunos se encuentran en Arabia y otros en Teherán, y, por último, forman una colonia importante y rica en Bombay, donde han instalado sus grandes torres macabras. Pero, desde todos los puntos de la Tierra donde su destino les ha conducido, no cesan de volver aquí mismo, en peregrinación, ante estas dos pirámides horrorosa- mente viejas, que son sus altares más sagrados.
En efecto, la religión de Zoroastro no ha muerto, a pesar de que hoy sólo cuente con un pequeño número de fieles, y la llama sagrada sigue ardiendo en los templos parsis de la India. No obstante, el disco alado del Sol, esculpido en el frontón de los palacios de Persépolis, ya no es el símbolo religioso de todo un pueblo, iluminado por el esplendor majes- tuoso de sus monarcas representados como el león coronado, soste- niendo en sus garras todos los reinos de Asia que se extienden hasta perder la vista desde las riberas del Mediterráneo hasta el lejano río Indo. La religión de la «vida buena», transcrita en los Gatas, esos textos sagrados que repiten las palabras del gran profeta mazdeísta Zoroastro, fue mucho tiempo religión de Estado en el Irán, con los monarcas sasáni- das, de los siglos i al vi de nuestra era. La antigua religión de los arios.
adoradores del Sol y sacrificadores de caballos, había hallado así su rea- lización definitiva.
Quien aborde las ruinas de la capital aqueménida a la luz del ocaso o del alba, verá destacarse sobre el fondo ocre de las montañas, la negra silueta de las ruinas ciclópeas, fortalezas edificadas a imagen del cielo. Sobre las inmesas terrazas de piedra, los sacerdotes escrutaban antaño el cielo nocturno en busca de las configuraciones estelares anunciadoras de acontecimientos extraordinarios, y de día daban gracias a la luz solar, vivo reflejo de la majestad divina.
En esta explanada, un bosque de columnas surgía en aquellos tiem- pos hacia el cielo y los monolitos rotos yacen ahora en tierra como los árboles de un bosque fulminado. Quedan en pie algunas, sin embargo, con sus fantásticos capiteles de un gris de sílex, extrañas representa- ciones de un bestiario sagrado. La ciudad muerta está custodiada por dos figuras colosales, dos toros alados con cabeza de hombre, símbolo eterno de la unión necesaria de los dos poderes, el temporal y el espiri- tual. Aquí también vamos a seguir al autor de Hacia Ispahán en este uni- verso mágico:
Las explanadas se superponen, las escaleras se suceden a medida que nos acercamos a las salas donde imperó el rey Darío. Y la cara de cada hilada nueva sigue cubierta de pacientes bajorrelieves, re- presentando centenares de personajes de noble altivez, con barbas y cabelleras ensortijadas: falanges de arqueros, todos iguales e ins- critos de perfil; desfiles rituales, monarcas caminando bajo grandes quitasoles sostenidos por esclavos; toros, dromedarios y monstruos. ¿En qué piedra maravillosa ha sido cincelado todo ello, para que tantos siglos no hayan podido deslustrar nada?

Todavía es posible descifrar las inscripciones de los viajeros de paso sobre los milenarios muros, y ésta, digna de un poeta y de un filósofo, no es sin duda la menos inquietante:
¿Dónde están los soberanos que reinaron en este palacio hasta el día en que la muerte los invitó a beber su copa? ¿Cuántas ciudades fueron edificadas por la mañana, que cayeron en ruinas por la noche?
Estas orgullosas construcciones están hoy en el suelo, pero qué im- porta, después de todo, puesto que lo esencial ha sido salvado a través del mensaje espiritual que ha llegado hasta nosotros. El soplo del es- píritu y el ardor religioso que inspiraron a los constructores de estos templos, guiados por el arquitecto invisible, son debidos al gran refor- mador espiritual que fue Zoroastro, aquel mago inspirado que se sitúa entre los «grandes iniciados» y cuya magistral figura hay que evocar ahora.
Zoroastro, el profeta del Irán, nació en Bactras hacia el año 600 antes de J. C, según las estimaciones más recientes, pues no se sabe la fecha exacta de su venida al mundo.
La Bactriana, región oriental de Persia, que tuvo por capital la ciudad que le ha dado el nombre, se sitúa en los confines de tres países: China, India y Afganistán. Esta región adquiere entonces el aspecto de una avenida de la civilización, emplazada en la encrucijada de las grandes migraciones de pueblos y de todas las influencias espirituales. El magnetismo de esta tierra no podía más que producir maestros de sabidu- ría. Sucesor de un linaje de iniciados cuyo origen se pierde en la noche de la Atlántida, Zoroastro es efectivamente el hijo del Príncipe luminoso, de ese Logos que anima al mundo a través de los «Grandes Seres» en- viados por la Providencia, llámense Akenatón, Zoroastro o Alejandro.
La antigua tradición aria es su herencia común expresándose en la originalidad de su personalidad y la variedad de su genio. Tal un río que remontase hacia su fuente, Zoroastro, poeta inspirado, remontó hacia el Sol, verbo luminoso que le inspirara sus más bellos cantos. ¿Podía ser de otro modo en un país que no conoce más que la gloria del astro del día hacia el que se exalta una naturaleza espléndida?
Al Norte se extendía una cadena de montañas cuyas cumbres res- plandecientes de nieve se alzaban a una altura majestuosa. Era el Elburz, esa inmensa cresta que une el Hindú Kush y las montañas de Georgia, el Cáucaso indio y el Cáucaso de Prometeo, y, por encima de esta cadena, dominándola como un gigante, se elevaba en los aires la enorme cúpula puntiaguda del Demavend, blanco de la ca- beza a los pies... Ningún detalle que detenga al pensamiento. Es un infinito como el mar, un cielo del que nada, ni palabra ni paleta, puede expresar la transparencia y el brillo, una llanura que, de ondulación en ondulación, gana gradualmente los pies del Elburz, se junta y se confunde con sus grandezas. De vez en cuando, se forman unas trombas de polvo que se hinchan, se elevan, suben
hacia el azul, parecen tocarlo con su cima arremolinada, corren al azar y vuelven a caer. No se olvida un cuadro semejante.

La Naturaleza ha dispuesto el Asia central como una inmensa escalera en lo alto de la cual parece haber tenido a honor llevar por encima de las otras regiones del Globo la cuna antigua de nues- tra raza. Entre el Mediterráneo, el golfo Pérsico y el mar Negro el suelo va elevándose de piso en piso. Unas cimas enormes colocadas en festones, el Taurus, los montes Gordianos y la cordillera del Luristán levantan y sostienen las provincias. El Cáucaso, el Elburz, las montañas de Chiraz y de Ispahán les añaden un peldaño más alto aún. Esta enorme plataforma, dilatando en llanuras sus ma- jestuosos desarrollos por el lado de los montes Soleimán y del Hindú Kush, desemboca por una parte en el Turquestán que conduce a China y por la otra en las márgenes del Indo, frontera de un mundo no menos vasto. La nota dominante de esta naturaleza, el sentimiento que despierta por encima de todos los otros, es el de la inmensidad y del misterio.
Nosotros añadiremos que Gobineau no se engañaba. El misterio y los «misterios» pertenecen a la cuna de la civilización aria. Así como el faraón Akenatón, salido de una familia indoeuropea de Mitani, restau- ró el culto del dios único en el disco brillante de Atón, así también Zo- roastro —en védico, Zaratustra— salvó la antigua religión de los arios preservándola de la superstición y de la magia negra destiladas como un veneno por los asirios de Babilonia, aquellos sectarios de la Noche.
Primitivamente, la religión de las tribus arias, instaladas entre el mar Caspio y el mar de Aral desde el tercer milenio, estaba vinculada al aspecto feudal de su organización social.
En efecto, en aquella remota época, la sociedad no se había vuelto todavía sedentaria; los arias, que dieron su nombre al país iranio (Airiya- nam vaejo: «el dominio de los arios»), eran pastores nómadas que con- ducían a sus inmensos rebaños de bóvidos y de caballos a través de la estepa hacia nuevos pastos. Una nobleza de reyes y de príncipes, apoya- da en una casta sacerdotal poderosa, dirigía aquel pueblo indomable que pronto iba a hacer hablar de él. Mientras una parte de los indo- europeos ocupaba las vastas extensiones de Persia, se producía otra migración, procedente también del Asia central, que penetraba por los pasos del Afganistán —los mismos que seguirá Alejandro Magno muchos siglos más tarde—, invadía la India y establecía en ella la religión y la civilización brahmánicas mientras una tercera corriente se dirigía hacia la Europa occidental sin encontrar resistencia. Este común origen de pueblos que creemos tan diferentes explica las semejanzas que existen entre el panteón védico de la India, la cosmogonía irania y la mitología griega, sin hablar de las leyendas germánicas más recientes.

Muy pronto, sin embargo, estos nómadas comienzan a vivir en seden- tario, fundando ciudades fortificadas, antecesoras de las primeras forta- lezas y que causarán la admiración de los asirios. En estas ciudadelas reinan príncipes cuyo poder tiende a hacerse hereditario. Lo notable, en los arios, desde la época más remota de su historia, es ese sentimien- to de la unión necesaria de los dos poderes: el temporal y el espiritual, el sacerdocio y el imperio, y esta noción, la encontraremos intacta en los romanos y luego en los emperadores germánicos de la Edad Media, entre los cuales resplandece la gran personalidad de Federico II.
El Imperium y el Augurium, el Brahmán y el Kshatram, he aquí las constantes de la sociedad indoeuropea, en Occidente como en Oriente. Estos dos pilares de la vida, simbolizados en el pórtico del Sol, a la vez dispensador de energía material y de fuerzas espirituales, son representados por una parte por la casta de los guerreros y por la otra por la casta de los sacerdotes. Al frente del clero se sitúa un gran sacerdote, allegado a la persona del rey. Ambos poderes coexisten pacíficamente y viven uno del otro, aunque a veces hay ciertos roces, pero el ideal permanece, la unión de ambos principios, afianzada en el corazón de los arios como un roble indesarraigable. Zoroastro rezará y actuará con todas sus fuerzas por la instauración de un «reino» único que confunda la auto- ridad espiritual y el poder temporal.

En esta perspectiva, el mundo terrenal es un reflejo del mundo celes- tial. Cualquier acto, trátese de la celebración del culto, de manejar la espada o de labrar la tierra, adquiere entonces una significación reli- giosa y sagrada. Infinidad de dioses presiden cada acción de la vida coti- diana que se desenvuelve al compás de un tiempo sagrado ligado al orden del mundo. Las grandes fuerzas de la Naturaleza, el cielo, el agua y el fuego, son potencias vivificantes.
Así el hombre de este tiempo está obligado a una conducta rigurosa. Honrar a los dioses, obrar rectamente, serán sus deberes esenciales.
Sacrificar, es restituir a las divinidades una parte de los favores que ellas conceden. Es incluso un deber para todo hombre libre el sacri- ficar tres veces al día: cuando sale el Sol, a mediodía y cuando se pone el Sol. Las libaciones, los cantos, las danzas, las oraciones y los sacri- ficios forman la trama de la existencia. Hay, sin embargo, un punto negro en estas prácticas: los sacrificios sangrientos. El clero, por las ofrendas de los fieles, amasa enormes riquezas, y el holocausto de los rebaños, precioso entre todos, empobrece a este pueblo de pastores. En el curso de ciertas ceremonias, cien bueyes eran sacrificados y se impo- nían reformas religiosas que despojaban al culto de las escorias que to- davía arrastraban consigo, recuerdo vivo aún de los horribles sacrificios humanos Otro peligro amenaza a la antigua religión: el ritualismo; el abuso de las fórmulas petrificadas y de la magia ceremonial, venida de Asiría y que intenta captar con propósitos egoístas las grandes fuerzas cósmicas que poseen los dioses.
De todos estos dioses, justamente hay uno que sobresale por su no- bleza y su grandeza: es AGNI, el FUEGO, homónimo de Ahura-Mazda, custodio del orden sagrado, potencia luminosa que se opone virtualmen- te a las potencias telúricas de las profundidades, personificadas por el nocturno VARUNA. Es hora de reaccionar y de operar ciertas «revisio- nes lacerantes», pues de lo contrario el pueblo ario se expone a hundirse un día en la idolatría y la magia negra tan distante de su propio genio.
En este combate contra las fuerzas elementales del caos, Zoroastro se alza, personaje luminoso y rodeado de una aureola legendaria.

Invocando el nombre de «Zoroastro», «hijo de Oromazes (Alcibía- des, 122 A), nombre helenizado de Zaratustra, que Nietzsche puso en las nubes en sus célebres estrofas. Platón reconocía la sabiduría y la gran- deza del profeta del Irán, citado también por Aristóteles como una figu- ra destacada de la Historia de los hombres.
Se ha dudado mucho tiempo en fijar definitivamente la fecha de naci- miento del mago del Irán. La fecha más antigua que ha sido propuesta es 6.000 a. de J. C. (4), pero parece difícil de aceptar. El historiador babi-
Ionio Beroso, que vivió en el siglo iv a. de J. C, estimaba que Zoroastro había vivido hacia 2000 a. de J. C. Plinio lo hace por su parte mil años anterior a Moisés. Los historiadores han llegado, no obstante, a una fecha más reciente que hoy es aceptada casi unánimemente: el año 600 antes de J. C, un poco antes de la llegada de Ciro el Grande y la forma- ción del Imperio persa, por lo menos en lo que respecta al Zoroastro histórico.
En aquella época, el Irán oriental se dividía en varios pequeños reinos mientras que los reyes medos unificaban el Irán occidental e invadían Asiría y Mesopotamia.
Zaratustra procedía de una familia noble, tradicionalmente consagra- da al sacerdocio. Su madre se llamaba Dughdhova y su padre Purishas- pa. ¿Cómo se conocieron ambos esposos? Esto se nos explica en el Evan- gelio de Zoroastro. Purishaspa era oriundo de Azerbaiján (Atropenia antigua), país de los magos y de los medos, en el reino de Arak, que gobernaba su padre, el rey Paitaraspa. Hubiera hecho falta una circuns- tancia bastante extraordinaria para que conociese a Dughdhova, que vivía muy lejos de allí, en la ciudad de Raga, situada cerca de la moder- na Teherán. Dughdhova, que era bella y prudente, vivía feliz en el seno de una familia principesca y nada parecía destinarla a un futuro particu- lar. No obstante, hacia la edad de quince años, numerosos pretendien- tes comenzaron a cortejarla, pero, sin duda, a causa de la protección divina, la muchacha fue entonces rodeada de un halo de luz sobrenatu- ral, que inspiraba a todos un temor sagrado. Los magos, llenos de envi- dia, interpretaron aquel acontecimiento como un signo nefasto y decla- raron que Dughdhova había de morir. Su padre, desesperado, no pudo decidirse a poner en ejecución aquella horrorosa sentencia y envió su hija a las montañas del Noroeste, bajo la custodia de su amigo el sobe- rano de Arak, Paitaraspa. Ahora bien, el hijo de éste acababa de llegar a la edad de casarse, y así se cumplieron los designios de la providencia, que quería se produjese el encuentro de los dos jóvenes. Las bodas fue- ron celebradas en Bactras, ciudad lejana donde no había magos, y Dughdhova pronto descubrió que estaba encinta. Ha de comprenderse que, en la mente de los pueblos de la época, la venida al mundo de Zo- roastro coincidía con el momento más oscuro por que atravesaba la reli- gión. Ahrimán, el espíritu del mal, estaba a punto de triunfar y, sin duda alguna, el incendio final pondría término a aquella era de ini- quidad simbolizada por la Edad de Hierro. Sólo entonces, de un pequeño grupo de justos que habrían seguido llevando la antorcha de la luz, tras el fin del ciclo, renacería la Edad de Oro. Encontramos de nuevo esta idea cíclica de aniquilamiento seguido de renacimiento en la India brahmánica y hasta en el mundo romano y pensemos en los versos de Virgilio anunciando el retorno de la Edad de Oro. Esto prueba, en cual- quier caso, que este mito del «eterno retorno» cantado por Platón, como un eco lejano de la destrucción de la Atlántida, obsesionaba a los antiguos recordándoles la primera catástrofe del Diluvio universal.

El resurgimiento necesario iba a realizarse en la persona de Zoroas- tro, enviado a la Tierra por las fuerzas de la luz. Así es como se expresan
los textos sagrados:
Los tiempos en que el mundo estaba trastornado por los malos, no había ni instrucción, ni dirección, ni autoridad entre los hombres aturdidos. Ignorando a Dios y sus mandamientos, se habían apar- tado del culto divino. Habiendo sucumbido el Universo por la vo- luntad del demonio maldito, todo el mundo se alejaba de la justicia y de la ley. El corazón de Ahrimán estaba alegre y riente; se rego- cijaba del extravío de los hombres, pero Dios perdonó a la gente desdichada y tuvo piedad de ella. Resolvió suscitar un guía.
El Denkart refiere que unos arcángeles «fabricaron juntos un tallo de HOM (la planta Hoama), de la altura de un hombre, excelente en color y jugoso cuando era fresco», en el cual el espíritu que velaba por Zoroastro decidió entrar. Exprimiendo el zumo de aquella planta y mez- clándolo con leche, Dughdhova confeccionó un brebaje sagrado, el Soma, que bebió con su marido. En la mitología irania, este licor es la bebida de los dioses, comparable a la ambrosía de los germanos. Los Vedas nos aseguran que bebería procuraba una embriaguez que ponía al hom- bre en relación con los dioses. ¿Se trataba de una droga alucinógena pa- recida al hachís? ¿Estamos en presencia de un resurgimiento simbólico del «agua primordial», el líquido que dio nacimiento a toda vida terres- tre por la fecundación de los rayos solares? Las dos cosas son posibles y explicarían en cualquier caso la convergencia de los símbolos mayo- res. El secreto del Soma está perdido hoy y su sucedáneo actual, utili- zado por los parsis, no tiene la propiedad de subirse a la cabeza.
Se ha afirmado incluso que Zaratustra había nacido milagrosamente de una virgen. Es en primavera, cuando el sol inunda la Naturaleza con su calor benéfico, anunciando el ciclo de los renaceres iniciáticos y as- trales, cuando nace Zoroastro. De hecho, todo parece indicar que Zara- tustra vio la luz entre el 21 de marzo y el 20 de abril, en el signo solar de Aries, como más tarde Alejandro Magno, que seguirá sus huellas. El equi- noccio de primavera señala en efecto el principio del año solar y el refor- mador del Irán hará del Sol el principio luminoso que anima Ormuz o Ahura-Mazda, el Dios bueno. A. Volguine subraya los rasgos caracte- rísticos dado por el primer signo del Zodíaco que corresponden perfec- tamente a la personalidad de Zoroastro: «El carácter que da este ascen- diente es entero, ambicioso, viril, generoso, esforzado, que gusta de las situaciones claras, abocado a entusiasmarse fácilmente, ardiente e inde- pendiente.» Añadamos que si cada signo gobierna una parte del cuerpo, Aries corresponde a la cabeza, que es la parte más noble del individuo.
Pero dejemos una vez más la palabra a los textos antiguos:
En el momento que la mañana del tiempo derramó la luz, el bienaventurado Zaratustra vino al mundo. Reía al abandonar el vientre de su madre, y de su risa el palacio quedó henchido de luz. Maravillado de aquella risa y de la radiante belleza de su hijo, el padre comprendió que ello era la gloria de Dios, pues salvo él todos los niños, al nacer, lloran. Le dieron el nombre de Zaratustra y todo el mundo supo lo que había sucedido.

Las mujeres, envidiosas de la risa y de la belleza radiante del niño, se apasionaban en el temor que éste les inspiraba. Nunca, según decían, se han visto cosas semejantes. ¡No sabemos qué saldrá ni qué resultará de ellas en el mundo, pues jamás se vio un niño parecido. ¡En la Tierra no tiene igual en belleza!
Pronto el rumor de la belleza y de la risa del niño cundió en la ciudad y todos aquellos que eran impuros y partidarios de la mala ley, sintieron por ello como un dardo en el corazón.
Este hecho extraordinario impresionó vivamente la imaginación de los contemporáneos, pues el mismo Plinio, mucho más tarde, escribe (Historia Natural) «que Zoroastro fue el único hombre que haya reído el día en que nació».
Por supuesto, las fuerzas del mal, representadas por los defensores de la antigua religión, trataron de desembarazarse del niño y seis veces intentaron hacerlo desaparecer, pero por seis veces fracasaron. En pri- mer lugar, Durasrab, un noble dado a la magia, quiso apuñalar a Za- ratustra:
Había en aquellos tiempos un rey llamado Durasrab; era el jefe de los magos y un hombre extraviado. Cuando hubo sabido la noti- cia del nacimiento de Zaratustra, su rostro se puso instantáneamen- te amarillo como la paja. Acto seguido, montó a caballo y se dirigió a la casa de Purishaspa. Acercándose al lecho del niño de pecho, vio, semejante a la joven primavera, una cara de la que emanaba la Gloria de Dios. Comprendió el misterio y, poniéndose lívido como la hiél, ordenó a uno de sus servidores que se apoderase de Zara- tustra y que lo quitase de su presencia. Así se hizo, y aquel ser inmundo asió una reluciente espada a fin de cortar en dos a Zara- tustra y librar a su propio corazón del temor y de la angustia, pero de pronto, por la voluntad del Señor de la vida, del Benévolo, su brazo se tornó seco y su cuerpo fue invadido de sufrimientos. Hu- biérase dicho que luchaba contra la muerte. De mala gana, y aque- jado de dolencia, Durasrab se alejó acto seguido del lecho de Zara- tustra. ¡La vida de aquel que tiene a Dios por protector y amigo está asegurada contra todos los males!
Este hecho se ha de relacionar una vez más con la Historia Sagrada. En efecto, MARÍA tuvo que esconder a JESÜS para sustraerlo al de- güello de los Inocentes ordenado por Herodes, que se había enterado por los magos del nacimiento del Niño-Dios.

Otra vez, los enemigos del bien trataron de suprimir al hijo de Dughdhova.
Presa de gran turbación, los hechiceros raptaron a Zaratustra a su padre. Después se fueron al desierto donde apilaron una mon- taña de leña que impregnaron de betún negro y de azufre amarillo. Después de encender una llama enoime, arrojaron en ella a Zara- tustra. Pero, por orden del Dios victorioso, no le ocurrió ningún daño; las llamas ardientes se volvieron para él suaves como el agua y se quedó dormido en medio de ellas.
Esta aventura hace aparecer a Zoroastro como el fénix que renace de sus cenizas, ave victoriosa ligada a la epifanía del astro del día.
Los brujos tuvieron la idea de robar el bebé y hacerlo pisotear por una manada de vacas, dejando al niño en un recinto para ganado. Pero la estratagema falló porque el primer animal de la manada protegió al niño con sus flancos. «Hasta que todos se hubieron marchado, la vaca protectora no se movió de su sitio, y después, como el halcón que vuela hacia su nido, se reunió con la manada.»
La quinta tentativa fue idéntica, pero tuvo lugar con caballos. Tam- poco dio resultado, lo cual significaba que el joven Zoroastro no podía ser afectado por las fuerzas de la tierra simbolizadas por la vaca fe- cunda, figura del elemento femenino, como tampoco por las fuerzas del aire, activas y masculinas, simbolizadas por el caballo, animal ligado al «carro del Sol». El hombre había venido para reconciliar a las dos fuerzas antagonistas, el logos creador y el universo creado.
En el último caso, el milagro tuvo por causa el hecho de que el espí- ritu de Dios y Scaocha el Obediente «trajeron una oveja lanuda con una ubre llena de leche a la caverna, y ella dio leche a Zaratustra en sorbos vivificantes, hasta la aurora». Si se añade que el niño, al nacer, fue puesto sobre una piel de carnero, este bestiario simbólico refuerza la
tradición que hace del niño un ser marcado por Aries «a lo vellocino de oro».
Como a Buda, que predicó la «doctrina del despertar» en la India, le ocurrió a Zoroastro, de pequeño, el «mirar mucho tiempo hacia lo alto, luego hacia abajo y luego a su alrededor». Este hecho, que parece insignificante, reviste sin embargo un sentido oculto de la mayor im- portancia. Al volver su mirada hacia el Sur, el Norte, el Oeste y el Este, Zoroastro se propone tomar posesión de todas estas partes, en el plan espiritual. Este abarcamiento de los cuatro puntos cardinales forma grá- ficamente una cruz, símbolo del centro del mundo que no debe confun- dirse con la cruz cristiana, instrumento de suplicio del Salvador.
A la edad de la razón, Zoroastro fue confiado a un preceptor religioso que le dio el primer grado de iniciación, tal como se acostumbra, aún hoy, en la India, con el nombre de Upanayana. Zaratustra mostró mu pronto disposiciones religiosas y fue encaminado hacia la casta de los sacerdotes. Cuando el padre entregó el niño para que lo educaran, el escogido como «maestro espiritual» declaró: «Confíame a Zaratustra, este Sol del cielo, a fin de que lo eduque con amor. Lo cuidaré como un hijo muy amado, como a las niñas de mis ojos, y lo preservaré de todo mal. Entrégame este digno hijo, que yo sea el custodio de esta alma preciosa.»
Hacia la edad de catorce años, la ciencia del adolescente era tal que un día confundió a los doctores de la ley, exactamente como los Evan- gelios refieren el hecho como ocurrido a Jesús, a pesar de haber sido escrito mucho más tarde.

Desde luego, aquellos sacerdotes practicaban ritos mágicos y se enor- gullecían de su poder. Zaratustra confundió a los magos indicando que semejantes prácticas eran cosas del demonio: «¡El fin de los brujos es el infierno! ¡El resultado de sus obras, desgracia y miseria!»
A la edad de quince años, dice el poeta, el santo Zaratustra no se relajaba ni una hora del respeto y del temor de Dios. Noche y día permanecía prosternado ante el Autor de la creación. No atando su alma a las cosas de este mundo perecedero, se atormentaba el cuerpo y lo hacía en el ejercicio de su devoción. Hizo mucho bien en el mundo, tanto en público como en secreto. Si en alguna parte había un hombre privado de todo medio de subsistencia, Zaratus- tra lo hacía venir en secreto, lo llamaba a su lado, lo cuidaba y le daba muchas cosas. Si había alguien en la miseria, afectado por el sufrimiento y por la adversidad, Zaratustra le daba con qué vestirse y lo que necesitaba para vivir y le arreglaba sus asuntos. Para él, el mundo y las cosas de este mundo no tenían gran importancia. Día y noche no tenía otro cuidado que adorar al Dios creador. Y su buena gloria se extendió en el mundo para los grandes y para los humildes.
A partir de aquella época el joven tomó la costumbre de retirarse frecuentemente en la soledad de las montañas del Irán oriental. Allí, meditando en una gruta, Zoroastro recibió la visita de un sabio que le instruyó en las doctrinas y las ciencias secretas, y le hizo conocer los más altos grados de la iniciación, preparando su alma a la «gran reve- lación» que había de venir más tarde. El mismo nombre de Zaratustra, que significa «estrella de oro», o «esplendor del Sol», ¿acaso no anun- ciaba el destino prodigioso del profeta de Irán, puesto bajo la protec- ción del astro que preside las grandes iniciaciones?
El patriarca declaró al joven: «¡Serás el apóstol de Ahura-Mazda que es la aureola del Omnisciente, el Espíritu viviente del Universo!» Entonces, no teniendo ya nada más que aprender, Zoroastro se reti- ró en la soledad, esperando la iluminación de Ahura-Mazda, el supremo logos. Viviendo en las cavernas montañosas, como un yogui de la India, se alimentaba exclusivamente de raíces y de queso, practicando el asce- tismo vegetariano que procura la iluminación. Las pruebas se sucedie- ron, enviadas por el espíritu del mal, Ahrimán. Después de la tentación de la mujer, hubo el asalto de los espejismos y de las alucinaciones de- moníacas. Por último, después de haber triunfado de todas aquellas pruebas, Zoroastro recibió un día la iluminación de Ahura-Mazda. Or- muz, el Verbo solar, se le apareció en forma humana.

Vestido de belleza, de fuerza y de luz, fulguraba sobre un trono de fuego. Un toro y un león alados soportaban su trono por los lados y un águila gigantesca extendía sus alas bajo su base. A su alrededor resplandecían, en tres semicírculos, siete kerubim de alas de oro, siete elohim de alas de azur y siete arcángeles de alas
purpúreas. De instante en instante, un relámpago partía de Ormuz y penetraba los tres mundos con su luz. Entonces los kerubim, los elohim y los arcángeles relucían como el mismo Ormuz con el brillo de la nieve para recobrar acto seguido su propio color. Anegados en la gloria de Ormuz, manifestaban la unidad de Dios. Y Zoroastro oyó una voz formidable, pero melodiosa y vasta como el Universo. Decía: «Soy Ahura-Mazda, el que te ha creado, el que te ha elegido. Ahora, escucha mi voz, oh Zaratustra, el mejor de los hombres. Mi voz te hablará día y noche y te dictará la palabra viviente.»
Entonces hubo una fulguración cegadora de Ormuz con tres círcu- los de arcángeles, de elohim y de kerubim. El grupo, vuelto colosal, ocupaba toda la anchura del abismo y tapaba las cimas erizadas del Albordj. Palideció mientras se alejaba e invadía el firmamento. Durante unos instantes, las constelaciones centellearon a través de las alas de los kerubim, y luego la visión se diluyó en la inmensidad. Pero el eco de la voz de Ahura-Mazda retumbaba aún en la montaña como un trueno lejano y se apagó con el estremecimiento de un escudo de bronce.
En el transcurso de diez años consecutivos, como Moisés en la mon- taña, Zoroastro recibió la ciencia de Ahura-Mazda que le enseñó las verdades de la buena religión.
Tan sólo entonces el profeta descendió de las montañas hacia las llanuras para enseñar su doctrina, en oposición con las creencias de su tiempo. El misionero tenía ahora su biblia, libro de la sabiduría celeste, llamado más tarde el Avesta.
Al principio, Zaratustra fue mal acogido y hasta echado a pedradas. Los sacerdotes del culto oficial, los karpanes, veían con malos ojos a aquel reformador, que predicaba la vida sencilla y despojada, en comu- nión con la naturaleza luminosa, a los pobres y a los reyes. Obli- gado a huir a regiones cada vez más lejanas, Zoroastro ganó el Seistán, región situada en los confines del Afganistán, donde intentó vanamente ganar a su fe a un príncipe llamado Parshat. ¿Por qué el nuevo «evangelio» del sabio persa suscitó la incomprensión o el odio de sus contem- poráneos?
Es fácil contestar a este problema. Buda, Jesús y todos los grandes reformadores religiosos chocaron, al principio de sus predicaciones, con la hostilidad del clero de su tiempo, aferrado a sus privilegios y preocupados en conservar su influjo sobre las multitudes sometidas. Pero, como la claridad del Sol rasgando las nubes, el mensaje de Zara- tustra había de triunfar de sus enemigos.
La enseñanza del sabio era sencilla y genial a la vez. Zoroastro pros- cribía los sacrificios sangrientos de animales como indignos del pueblo ario. Un Dios único, representado por la luz solar de Ahura-Mazda, no podía aceptar holocaustos en su favor. Se acabó el panteón innumera- ble de los antiguos dioses y se acabaron los daevas múltiples a los cua- les se dirigían las quejas y las súplicas. Relegados al rango de las enti- dades demoníacas, se habían despojado de todo su poder protector y únicamente Ormuz, el Dios bueno, merecía las oraciones de los fieles. Las divinidades malas, sedientas de sangre, desaparecían en el infierno del mal, representado por Ahrimán, el príncipe malo que luchaba con- tra el bien en este mundo.



No obstante, Zoroastro no repudiaba el marco general de la religión antigua. Podían conservarse los antiguos ritos, a condición de que se dirigiesen a un solo dios, Ahura-Mazda, cuya grandeza era simbolizada por el culto del FUEGO, expresión de la «santidad radiante» del Señor sabio. Así como el fuego cósmico renueva el Universo en este crisol gigantesco que es nuestra galaxia, también el fuego espiritual de la religión nueva debía cuidar de la purificación de las antiguas creen- cias: Igne natura renovatur integra, el lema de los alquimistas, no es nuevo, tan verdad es que el simbolismo es el arca sagrada del conoci- miento tradicional.
En la doctrina zoroastriana, la lucha entre el Bien y el Mal, que de- sembocará más tarde en el maniqueísmo y en el catarismo, es repre- sentativa de una concepción dinámica del mundo, de acuerdo con los datos de la ciencia moderna que enseña la ronda incesante de los áto- mos en el seno de la materia, calificada antaño de «inanimada e iner- te». La acción del Universo trae consigo la existencia de un polo positi- vo, pero hay también un polo negativo, que es su réplica, en este espejo gigantesco que es el Cosmos. Quien se fía de la imagen invertida, espe- jismo engañoso, cede a las fuerzas del mal y se convierte en mago, absorbido por el torbellino de la ilusión kármica. En pocas palabras, Zaratustra explicaba al pueblo esta dualidad del Bien y del Mal e instaba a sus oyentes a escoger entre uno y otro. Se comprende que algunos se quedasen bastante perplejos delante de esta elección, cuan- do no habían optado ya por la «magia negra», plaga de todos los tiempos.
A pesar de ello, no debe creerse que esta doctrina rechazase la vida y el mundo. Muy al contrario, Zoroastro hacía hincapié en la belleza de la existencia, al servicio de Dios, exaltaba todo cuanto, en la Natu- raleza, recordase el triunfo de la luz sobre las tinieblas: el Sol en pri- mer lugar, fuente de todo gozo y de toda vida; la Creación luego, que exalta la gloria de Ormuz, como más tarde san Francisco de Asís, el santo continuador de los trovadores, Zoroastro se apoyaba en los re- cién nacidos, las flores, las plantas, y profesaba una ternura particular a los animales domésticos, salvaguardia del hogar: «Es el deber del fiel velar por todo ser fecundado, tenga dos pies o cuatro patas, por toda mujer o toda hembra encinta» (Vendidad) y también esto: «El que mate a un perro, mata su alma por nueve generaciones» (Vendidad). La creen- cia en la reencarnación de las almas después de la muerte, tradicional en los antiguos (la encontramos en el budismo, en los pitagóricos, y hasta en el catarismo y la Rosa-Cruz), era respetada como una verdad eterna.

En los ritos preconizados por el reformador iranio encontramos el simbolismo inherente a la lucha de Ahura-Mazda, potencia luminosa, contra Ahrimán, potencia de las tinieblas. Mitra, el dios-Sol, lejos de ser expulsado, fue adorado a la vez como fuego celeste y alabado en la mayor parte de los himnos sagrados. Haoma, el toro cuya sangre genero- sa penetraba en la planta que daba el Soma, brebaje sagrado, sobrevivió a través del rito del cáliz, antepasado remoto del mito del Grial. Fue ade- más prescrito el orar hacia Oriente contemplando el esplendor del astro del día, y el arco iris, ese símbolo hiperbóreo, era visto igual que en el Génesis, como «un signo dado desde lo alto por los seres espirituales a los seres terrestres». La costumbre de conservar un fuego perpetuo en el hogar se convirtió en obligación para los zoroastrianos fieles en una religión que glorificaba a la familia planetaria y a la familia te- rrestre.
En cuanto al mensaje moral de Zoroastro, es asequible a todos. Los buenos serán recompensados y los malos castigados. La familia es glo- rificada como base de las instituciones sociales, y el país de los arios: Airvana Vaejo, es considerado como el más bello de todos los países,
obra de Ahura-Mazda, cuyos hijos son los iranios. El entierro es consi- derado como una abominación, pues la carne se corrompe y debe ser consumida en el fuego purificador.
Por último, el deber del hombre consiste en ser piadoso, en fundar un hogar y en honrar a su Señor.
Esta teología se expresa en himnos, los Gatas, recogidos de boca de Zoroastro, pero escritos posteriormente.
Los nueve (cifra sagrada) atributos de Dios son: — Los dos Manas: confieren «la iniciación»;

— Ría: orden y justicia (que corresponde a la soberanía divina); — Manas: «pensamiento» (corresponde a soberanía humana);
— Kshatra: el imperio;
— Sarvatat: la integridad; — Amrta: la inmortalidad; — Aramati: la devoción;
— Agni: el fuego.

Estas nociones reflejan la concepción jerarquizada del orden divino según Zoroastro. Nobleza, honor, conducta recta y leal, son signos dis- tintivos de la «doctrina».
Dios no puede ser representado con imágenes, salvo el disco solar. Y el profeta comienza con estas palabras:
Quiero adoraros alabándoos, ¡oh Señor sabio!,
al mismo tiempo que la justicia, el mejor pensamiento y el imperio que son deseados por los ardientes.
Los actos que haré y los que he hecho antes
y lo que, por él buen pensamiento es precioso para los ojos:
La luz del Sol, el amanecer resplandeciente de los días,
todo esto os alaba con justicia, ¡oh Señor sabio!
La justicia, el imperio y el buen pensamiento forman la tríada sa- grada en la que se apoya Ahura-Mazda y sus tres atributos principales. Una estrofa recuerda a los iniciados que tienen un papel particular que desempeñar, intermediarios entre Dios y los otros hombres:
Para el iniciado, la mejor de las doctrinas es la que enseña, en tanto que justicia,
él benéfico señor santo que tú eres,
Tú que también sabes, ¡oh, Sabio!
por la fuerza del buen pensamiento, las doctrinas secretas.
Zoroastro, en efecto, no podía ni quería revelar a las masas que en- señaba la totalidad del mensaje que había recibido y que no habría sido comprendido si lo hubiera hecho. Su «doctrina secreta» fue trans- mitida a los «hierofantes» y a los guardianes de los misterios, escogi- dos entre los fieles más dignos. Igual sucedía en Egipto cuando Ake- natón lanzó la gran reforma de Atón.
A todo lo largo de ese poema que se desarrolla como un río majes- tuoso, el autor de los Gatas exalta la obra divina y en particular el FUEGO, que es la emanación directa de la energía del logos:
Tu fuego, Señor, deseamos que, por la justicia,
muy rápido, agresivo, sea para quien lo exalte.
Un asilo resplandeciente, pero que sea para el enemigo, ¡oh, Sabio!, según los poderes de tu mano, ¡la iluminación de sus faltas!

En cuanto a la brujería, a los sacrificios y a la magia negra, Zoroas- tro manifiesta su cólera y su reprobación:
¿Los falsos dioses han sido, pues, buenos maestros?
Lo pregunto a quienes, en culto a aquéllos,
contemplan al sacrificador y al usig entregar el buey al furor Y al príncipe-brujo hacerlo gemir en su alma,
y que no riegan de fiemo el prado para hacerlo prosperar por la justicia.
Antes de reanudar su andadura infatigable hacia comarcas que esta vez le depararán una acogida favorable, el profeta fue, no obstante, asaltado por el desaliento y lo expresa en este poema:
¿Hacia qué país huir? ¿Adonde huir, dónde ir?
Me separan de mi familia y de mi tribu.
Ni la aldea ni los jefes malvados del país me son favorables. ¿Cómo puedo, Señor, asegurarme tu favor?
Tomando su bastón de peregrino, a pie, caminando en medio del frío y de las borrascas, Zoroastro, vestido con una túnica de lana blanca, indumento de los iniciados, sus largos cabellos notándole en los hom- bros, gana, a través de caminos escarpados, las regiones montañosas de su Bactriana natal donde por fin sus esfuerzos hallarán recompensa.


CONTINUARÁ
Próximo Capítulo

La conversión de Persia a la religión del fuego

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