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martes, 30 de julio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 7


LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 7


Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.


LA RELIGION DEL FUEGO

La conversión de Persia a la religión del fuego


En la ciudad de Bactras (Balj) reinaba el noble príncipe Vishtapa, quinto soberano de la dinastía de los Kayánidas. El destino de Zaratus- tra iba a jugarse allí y allí se iba a decidir su suerte:
Ahora bien, el santo Zaratustra, el puro, se puso en camino para Balj, con el propósito de instalarse en la Corte del rey Vishtapa. Llegó a ella en una época afortunada, descansó algún tiempo en el palacio real y después de haber invocado con fervor el nombre de
Dios, trató de acercarse al rey. Altivamente, entró en la sala de audiencia y fijó su mirada en el rey, en la diadema y en el trono. Vio en primer lugar a los jefes del reino alineados en dos filas, de pie y con los flancos ceñidos, a los grandes del país del Irán y a los de todas las otras regiones, jefes o príncipes. Hubiérase dicho que Venus, el Sol y la Luna llenaban el palacio con su luz. Ante ellos, vio, sentados en dos filas, llenos de dignidad y de nobleza, a los doctores y luego, alrededor del trono del rey Vishtapa dos filas más de cortesanos. Se distinguía la valía en cada uno de ellos y si poseía mucha o poca ciencia, y disputaban unos con otros delante del triunfal rey de reyes; el más sabio de ellos estaba más cerca del rey, y el rey de reyes, con la frente ceñida con la corona de turquesas, estaba sentado en el trono de marfil.
Al penetrar en aquella asamblea que le era hostil, Zoroastro sabía que tendría que luchar con los sacerdotes y los teólogos más elocuen- tes del reino que tratarían de confundirle ante el soberano. Pero el profeta era también un sabio muy grande y, en el curso de sus inicia- ciones, había aprendido muchos secretos que ignoraban los hombres de su tiempo. El monarca bactriano hizo, pues, acercar a Zaratustra: El rey de reyes, tras haber llamado a Zaratustra, le hizo sentar a su lado y le dirigió varias preguntas sobre las tradiciones y las ciencias antiguas. Zaratustra dio la debida respuesta sobre todo y contentó grandemente el corazón del rey, y el monarca le dio una fortaleza, cerca de su residencia. Todos los sabios, con el corazón oprimido y turbados ante el rey de reyes, se fueron, contando con volver la mañana siguiente, a fin de reanudar la discusión con el hombre de la ley y cubrirlo de oprobio delante del rey. No com- prendían que era Dios quien hacía su gloria resplandeciente.

Zaratustra volvió varias veces a la Corte y, ridiculizando a los kar- panes, convirtió al rey a la nueva fe:
Como de todos los sabios no quedaba ninguno que se atreviera a decir palabra delante de Zaratustra, éste, lleno de grandeza y de dig- nidad, situándose por encima de todos, habló a Vishtapa:
¡Oh, Señor del mundo! Soy el profeta que Dios ha enviado a ti, Dios por cuya voluntad los siete cielos y la Tierra aparecieron, y que creó los astros tal como son ante los que los contemplan; Dios que dio la vida y que distribuye el pan cotidiano, sin reprochar este beneficio a esas criaturas; Dios que, sin que tú te des cuenta, te ha conferido la realeza, el trono y la corona; que, de la nada, te ha llamado a la existencia, y por orden del cual te ha correspon- dido reinar sobre todos los nombres.
La conversión del rey trajo consigo la de su pueblo. En lo sucesivo, Zoroastro contaba con un territorio suficientemente grande para que la religión reformada del Sol se desparramase, como mancha de aceite, por todo el Irán. La ambición suprema del profeta era ver la patria entera de la raza aria, desde las estribaciones del Cáucaso hasta el macizo del Hindú Kush, abrazar el monoteísmo. Unificado en aquel molde de bronce —la creencia en un dios único— que formaba un pueblo único y un imperio único, dominado sólo por un rey, el antiguo pueblo del Irán podría entonces, reflejo luminoso de la creación divina, ganar el mundo entero a la nueva verdad. Esta unión del poder civil y religioso en manos de un soberano ilustrado, rodeado por un consejo de sabios y de prudentes, igual que el Sol en el cielo rodeado por los planetas, fortalecería la «religión de los arios» y aportaría la felicidad a su pueblo.
Pero, por el momento, Zoroastro debía enfrentarse con problemas más inmediatos que la organización del planeta, y aquel sueño de uni- dad humana, siempre repetido en la Historia, desde Akenatón, distaba aún de realizarse.
Como privilegio de su función de profeta, Zaratustra recibió prime- ramente el derecho de predicar la «buena ley» en todo el reino.
Luego, Vishtapa se comprometió a convertir, en caso de necesidad con la «guerra santa», a los reyes de los alrededores.
Por último, el rey proclamó la nueva fe religión oficial en sus Estados.

Si reflexionamos en la segunda promesa del rey, percibimos más claramente los propósitos del hijo espiritual de Ahura-Mazda: voluntad de cimentar, por la fuerza de ser necesario, la unión de las tribus nu- merosas de Persia, y, más allá, voluntad de crear un Estado fuerte, ba- luarte inexpugnable de la «ley». Por lo que Zoroastro no se muestra solamente como un reformador religioso, inspirado por el espíritu, sino como un hombre de acción y hasta un conquistador que abre la vía a los futuros emperadores aqueménidas y hasta semejante, en ciertos as- pectos, a un Alejandro Magno y, más próximo a nosotros, a un Fede- rico II: Sería erróneo ver en el homenaje rendido al Sol por todos estos hombres, trátese de Juliano o de Napoleón, únicamente el signo de una confianza ciega en su destino; el brillo del astro del día, y, más allá, las fulguraciones del Sol negro, resplandecían para todos los pueblos y alentaban una mística colectiva del devenir susceptible de forjar una Humanidad nueva a imagen de los imperios difuntos del Hiperbóreo y de la Atlántida.
Ello es tan cierto en lo que se refiere a Zaratustra, que la leyenda, que siempre contiene una profunda verdad, reporta sobre el rey Vish- tapa una parte de los favores otorgados a Zaratustra, signo de unión sagrada del sacerdocio y del imperio.
El soberano, efectivamente, pidió a Zoroastro cuatro cosas: «La primera -dijo— es que mi alma esté informada acerca del sitio que ocuparé en el otro mundo; la segunda, que mi cuerpo se torne tal que no
cuide del ataque de los enemigos, que ningún arma tenga presa en él en el tumulto de los combates, pues, para propagar la ley, tendré que hacer todavía muchas guerras. En tercer lugar, es menester que sepa lo que va a ocurrir en este mundo, bueno o malo, manifiesto u oculto, que sepa todos los acontecimientos futuros y el porvenir del mundo, exactamente. El cuarto deseo, es que, hasta la resurrección, mi alma no huya de mi cuerpo.»
Zaratustra aceptó, pues de lo contrario hubiera hecho de Vishtapa el igual de Dios, realizar sólo uno de los ruegos. El rey escogió el pri- mero. De los cuatro deseos, Vishtapa había elegido el más noble, lo que era digno de un verdadero mazdeísta.
Zoroastro satisfizo el anhelo del rey y éste tuvo después dos visiones extáticas. En la primera, fue puesto en presencia de dos arcángeles:
el Espíritu Santo, la Orden sagrada que acompañaba al Sol invisible y el «Fuego del Señor». Otra vez, el rey se vio arrebatado al cielo, en el curso de la celebración de un sacrificio. Después de haber bebido el vino ofrecido por Zaratustra, el rey cayó en éxtasis.
En lo sucesivo, la religión mazdeísta iba a ganar todo el Irán y hasta la Media. Los magos, al principio encarnizados en perder al pro- feta, se adhirieron a la «religión de luz» y los altares del fuego, dedi- cados a la gloria solar del logos, se alzaron como otras tantas antorchas vivientes del Espíritu, reflejos terrestres de las luces del Cosmos.
Ahrimán, el dios del Mal, no estaba desarmado sin embargo y per- manecía agazapado en el reino tenebroso del caos y de la oscuridad. Los enemigos del Irán custodiaban las fronteras, y los turanios de ojos oblicuos, antepasados de los turcos y de los tártaros, hechiceros e idó- latras, codiciaban las ricas tierras de los arios.
Zoroastro sabía que toda obra humana es perecedera, y su meta se- creta, por encima de las conquistas temporales y espirituales, era pre- parar los tiempos futuros. Ormuz, su dios, le había predicho en el curso de su iluminación que el ciclo presente de la Humanidad se apro- ximaba a su término. Pronto finalizaría la Edad de Hierro, la edad os- cura, y de aquella alquimia planetaria nacería la renovación del mundo. Preparar los tiempos futuros, formar una selección inquebrantable, una roca en medio de la tempestad, tal era la misión de Zoroastro y del pueblo iranio que le obedecía.

Ante las nubes preñadas de amenazas que se acumulaban en el cielo del Irán, Zaratustra sentía que el Señor no tardaría en llamarle a sí. Los turanios, cada vez más amenazadores, invadieron el reino de Vish- tapa y, penetrando en la ciudad de Bactras en el momento en que Zoroastro oficiaba personalmente ante el fuego sagrado, le traspasaron la espalda con una espada.
Era el año 533 y Zaratustra tenía sesenta y siete años.
Persia después de Zoroastro. El Imperio del disco solar
Después de la muerte del profeta, aureolado con la palma del marti- rio, los magos, convertidos al mazdeísmo, adquirieron una importancia cada vez mayor entre los soberanos medos y cuando el gran conquis- tador persa Ciro, unificando al Irán, puso fin a la dinastía de los anti- guos reyes e instauró el Imperio aqueménida, apeló al clero de Zoroas- tro como a la fuerza espiritual existente.
Tras la conquista por Ciro II (en 539 a. de J.C.) de las provincias de Palestina y de Babilonia en el Oeste, el monoteísmo de los adeptos de Zoroastro se extiende por toda el Asia anterior.
El edicto de Darío I había proclamado ya el zoroastrismo religión del Estado en el Imperio aqueménida, y esta profesión de fe se parece a la revolución amarniana de Akenatón barriendo el antiguo culto de Amón. En los palacios y en los templos grandiosos construidos por Ciro, Cambises y Jerjes, el disco alado del Sol proclama, como un motivo central obsesionante, el triunfo de la «religión de la luz» y la gloria del Imperio ario. El calendario zoroastriano, que funda el cálculo de los días en la epifanía solar y que rechaza así el antiguo cómputo lunar, es adoptado por Jerjes y el fuego sagrado acompaña ya en todas partes a los reyes persas en sus expediciones guerreras mientras que los magos astrólogos, antes de la batalla, entonan el himno sagrado a Ormuz.



Una inscripción antigua nos recuerda la fe mazdeísta del gran rey Jerjes:
Cuando fue rey, unos disturbios agitaban a ese país que acabo de enumerar. Entonces Ahura-Mazda me prestó ayuda. Según la vo- luntad de Ahura-Mazda, vencí a estos países y los repuse en su sitio. Y en estos países había un lugar donde antes los DAIVA(7) eran adorados. Entonces destruí, por la voluntad de Ahura-Mazda, aquel santuario de daiva y ordené: «Que los daiva no sean adora- dos.» Allí donde antes los daiva eran adorados, adoré a Ahura- Mazda.
Cuando, casi trescientos años más tarde, Alejandro Magno, penetra- ra en el corazón del Imperio del Sol, se interrogará sobre la significa- ción de estos altares del fuego elevados en el desierto, los magos le responderán revelándole el mensaje luminoso de Zoroastro y el mace- donio se maravillará al constatar la similitud existente entre los gran- des dioses solares Amón-Ra, Zeus y Ahura-Mazda, pues, en el origen, tal como estaba dicho, existía solamente «la luz de la Luz, semejante a una antorcha encerrada en un cristal» y de aquella fuente primordial emanaron otras entidades luminosas, arcángeles o eones que crearon, a su vez, las miríadas de estrellas centelleantes que forman el Zodíaco y el Sol al cual debemos la vida. Frente a las «grandes luces», en la ima- gen invertida del Cosmos reinaban los «receptáculos tenebrosos», las fuerzas negativas del polo inferior.
Alejandro podía pensar en Homero, hermano helénico de Zoroas- tro, pues ambos dieron a su pueblo una «tradición de oro». Así, la mística de los nombres, presente en la Illada y la Odisea, alcanza en la «perfección una» desarrollada p o r Pitágoras, la esencia del logos solar. Orfeo, el divino músico, que vivió como un Cristo en el país natal de Alejandro, ha inspirado con sus acordes líricos el arpa del poeta ciego. E n la cercana India, Buda es u n contemporáneo segundón
de Zaratustra y, en China, Confucio predica su admirable filosofía. En cuanto a los Gatas, esos poemas sagrados, las primeras estrofas comienzan con estas palabras: «Te lo suplico, respóndeme en verdad,
joh, Señor!» Y encontramos la misma fórmula en el poema nórdico del Edda, transposición remota del «mito primordial» grato a la tradi- ción «indoeuropea» y —añadiremos nosotros— atlante.
El gran conquistador empuña de nuevo la «antorcha de la inicia- ción» cuando los reyes persas han fracasado, con toda evidencia, en su misión imperial de COSMOCRÁTOR. Después, la cadena permanece in- tacta con los Tolomeos de Egipto, que consagran la misión de Roma antes de que la púrpura solar se abisme por un tiempo en la noche de la «Edad oscura».
Sin embargo, habrá sido menester la invasión árabe del siglo vil para que se vea el derrumbamiento del último Imperio persa sasánida y desaparezca la religión mazdeísta en Oriente.

La religión de Ormuz había cumplido, sin embargo, su misión exten- diéndose como el fuego de una antorcha en el mundo antiguo. ¡Cuál no sería el éxito de Mitra, dios iranio, viviente encarnación del «Sol vencedor de la noche», entre las legiones romanas, hasta el punto de que el emperador Juliano hará de Helios-rey el dios oficial de Roma, resucitando el mazdeísmo en Occidente, con este tauróbolo o sacrificio de la «sangre pura» que no es otro que la religión de la Atlántida, cuna presunta de nuestras civilizaciones!
Cuando Alejandro, en un gesto de inspiración genial, se proclama rey de Asia, soberano de Oriente y de Occidente cubriéndose con la tiara de Darío, se convierte por este hecho en protector de la «religión del fuego», tan verdad es que a través de todo un linaje de destinos se manifiesta el brillo de una estrella que jamás palidece: el Sol.
Todavía hoy, el mazdeísmo primitivo no ha desaparecido completa- mente (8) y sigue viviendo, disminuido, pero tenaz, en el seno de las pequeñas comunidades religiosas desperdigadas en el Irán y en la India, principalmente alrededor de Bombay, donde puede verse todavía arder la llama sagrada, fascinante en su pila de cobre, en el corazón de los templos parsis. Siguen leyéndose, en los santuarios, los Gatas o tex- tos sagrados recogidos por «Spitama» que evocan las divinas palabras del maestro:
Aquel que, el primero, por el pensamiento, llenó de luz los espacios

"bienaventurados, es quien, por su fuerza mental, ha creado la justicia..."

CONTINUARA

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