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martes, 30 de julio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 8


LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 8

Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.


ALEJANDRO MAGNO O EL «HIJO DE AMÓN»
Parte 1


                   ¡Alejandro! Este nombre, todavía hoy, resuena en nuestros oídos como el símbolo eterno de la juventud y de la victoria, y, en efecto, el destino de un hombre tal es tan excepcional que parece surgir directa- mente de la leyenda y no de la Historia. Los mismos contemporáneos de Alejandro se maravillaron tanto que, para distinguirlo de todos los demás personajes que habían llevado este nombre, le llamaron MAGNO y este espléndido epíteto, mejor que todos los elogios, corona la frente del prestigioso héroe que, igual que Jasón, partió a la conquista del maravilloso VELLOCINO DE ORO.
Y, sin embargo, este semidiós, este ser que diríase bajado del Olim- po, inmortalizado por la estatuaria antigua en el resplandor de sus veinte años, tan hermoso que más bien parece la figuración de algún Apolo hiperbóreo que un simple mortal, pertenece a la Historia. Los hom- bres que se acercaron a él y lo conocieron, y las descripciones que nos han dejado resucitan para nosotros al joven rey de Macedonia, lo cual no es el menor prodigio. A través de una sucesión ininterrumpida de vic- torias fulminantes, el hijo de Zeus logró, en los albores de su trigésimo aniversario, a orillas del Hidaspes, tener a su alcance el Imperio del mundo. Un supremo esfuerzo, y sin duda la India milenaria abriría sus puertas al hijo del Sol revelándole las fuentes de la luz. El abismo de la muerte se tragó aquel sueño desmesurado. Fulminado por la enfer- medad, apenas cumplidos los treinta y tres años, cifra fatídica, Ale- jandro se llevó el secreto de su genio al mausoleo de cristal y de oro que acogió su cadáver en Egipto.
No es releyendo a los historiadores modernos del gran capitán, obs- tinados en hallar, en el desarrollo de la política y el torbellino de las batallas, la clave de un destino incomunicable, como podremos responder a la última interrogación: ¿QUIÉN FUE VERDADERAMENTE ALEJANDRO?
La respuesta a esta pregunta única que las contiene todas, no puede ser encontrada en un horizonte racional. Librémonos un instante de las imágenes preconcebidas y de los clisés convencionales que nos tra- zan el retrato tranquilizador de un Alejandro teatral cuajado en el cartón insípido de un tapiz de los Gobelinos. Los hechos, por impor- tantes que sean, no son el espejo de la verdad. Por encima de los acon- tecimientos políticos, de las conquistas militares y de todos los hechos, grandes o pequeños, que llueven sobre nosotros como un granizo de tormenta, hemos de poner al descubierto la mágica esencia de la divi- nidad que se presenta ante nuestros ojos como la luz rasgando las tinieblas.

Alejandro fue un gran espíritu místico, profundamente penetrado del sentimiento de su origen suprahumano y de las consecuencias que se desprendían de una creencia semejante. Hijo espiritual de Amón-Ra, el dios supremo que sostenía en sus manos los atributos cósmicos del FUEGO CREADOR, el RAYO y el SOL, el más grande héroe de la Antigüedad se inscribe efectivamente en ese linaje de criaturas divinas engendradas por la voluntad del logos.
Y si, como vamos a verlo, el destino de Alejandro fue el de un me- teoro, ¿podía haber sido de otro modo?
La tumba de Alejandro
«¿Dónde se encuentra, decidme, la tumba de Alejandro?», preguntaba ya, a finales del siglo iv de nuestra era, san Juan Crisóstomo, y hoy muchos turistas que visitan Alejandría hacen ingenuamente esta pregunta, como si la presencia del cuerpo del gran conquistador en esa «megalópolis» fuese natural.

No obstante, los restos mortales de Alejandro fueron efectivamente enterrados en esa ciudad de Egipto, pronto hará veintitrés siglos. Al morir, Alejandro Magno se llevó consigo el SECRETO DE SU PRODI- GIOSO DESTINO y la llave del misterio quizá quedó enterrada en su tumba. Pero antes de llegar a ello, sin duda es menester explicar por qué camino el cuerpo del héroe pasó de las orillas del Eufrates a las márgenes del Nilo. La idea de ser enterrado en Egipto, ¿venía del pro- pio Alejandro, deseoso de encontrar para la eternidad la tierra sagrada de su dios tutelar, Amón-Ra, el Sol viviente? El historiador griego Lu- ciano le atribuye estas palabras en respuesta a una pregunta de Diógenes: «Va para tres días que permanezco en Babilonia, pero Tolomeo ha prometido hacerme llevar a Egipto para ser sepultado allí y puesto en el rango de los dioses.» Verdaderas o falsas, estas palabras corresponden en cualquier caso a los sentimientos profundos del joven rey, muerto en su trigésimo tercer año. Su visita al oráculo de Amón, que le había prometido el Imperio del Universo, le había marcado dema- siado para que no anhelase descansar en la tierra de los faraones. Va- rias veces ya, en el curso de su vida, había confiado a sus allegados el deseo de ser inhumado, si no en la misma Alejandría, ciudad que él ha- bía fundado, al menos en el santuario que le recordaba su fulmínea ascensión, en el corazón del oasis libio rodeado por todos lados por las luces del dios-Sol.

A pesar de esta voluntad bien determinada, la disputa fue grande en el campo de los herederos para saber quién, de los macedonios, los sirios o los egipcios tendría el cuerpo de Alejandro. Los primeros lo reclamaban con insistencia, como por derecho propio, puesto que se trataba de su rey. Querían, pues, depositarlo en su capital de Aegae, en Macedonia. Finalmente, Tolomeo, uno de los generales de Alejandro que se había apoderado de Egipto, robó el cadáver y lo hizo transpor- tar a Alejandría, después de haberlo embalsamado, en medio de una pompa grandiosa que nos ha descrito muy fielmente el escritor de la antigüedad Diodoro de Sicilia:
Aquel año(l), Arrideo, encargado de transportar el cuerpo de Alejandro, había hecho construir el carro que había de servir para dicho traslado, y había rematado los preparativos de aquella solem- nidad, digna de la gloria de Alejandro. Se distinguía de todas las solemnidades del género, tanto por los enormes dispendios que oca- sionó como por la magnificencia que fue desplegada en ella. Creemos, pues, conveniente entrar aquí en algunos detalles. Antes que nada se construyó un primer féretro, cubierto de oro laminado y lleno de plantas aromáticas, tanto para procurar un buen olor como para conservar el cadáver. Aquel féretro estaba cerrado con una tapa de oro, que se adaptaba perfectamente a la parte superior de la superficie. 

Sobre aquella tapa había un bello tejido de oro y de púrpura, sobre el cual estaban puestas las armas del difunto, a fin de que éste no careciese de nada de lo que puede impresionar la imaginación en unas circunstancias parecidas. Después de esto, se ocuparon de la construcción del carro que había de transportar el cuerpo: la cima representaba una bóveda de oro, adornada con mosaicos dispuestos en escamas, de ocho codos de largo. Debajo de la bóveda estaba situado un trono de oro que ocupaba el espacio de toda la obra; era de forma cuadrada, adornada con hocicos de cabras monteses, a los cuales estaban sujetas unas grapas de oro de dos palmos de espesor. De estas grapas colgaba una guirnalda fúnebre cuyos colores brillantes imitaban flores naturales. En lo alto estaba atada una red que contenía unas grandes campanas que con su ruido anunciaban a distancia la proximidad del convoy. En cada esquina de la bóveda se elevaba una victoria de oro que portaba trofeos. Toda la bóveda con sus dependencias descansaba sobre unas columnas de capiteles jónicos. En el peristilo se veía una red de oro cuyos hilos, del grosor de un dedo, portaban cuatro cuadros de la misma altura que el peristilo y paralelos a las columnas.



El primero de estos cuadros representaba un carro adornado con cinceladuras sobre el cual estaba sentado Alejandro empuñando un cetro bellísimo. Alrededor del rey estaba colocada en armas su casa militar, compuesta por macedonios y persas melóforos, precedidos por los escuderos. El segundo cuadro representaba, como séquito de la casa militar, unos elefantes equipados para la guerra, montados delante por conductores indios y detrás por macedonios revestidos de sus armas ordinarias. En el tercer cuadro, figuraban unos escuadrones de caballería haciendo evoluciones y maniobras militares. Por último, el cuarto cuadro representaba naves de guerra, dispuestas para un combate naval. En el borde de la bóveda se veían unos leones de oro fijando sus miradas en los que se acercaban al carro. En los intersticios de las columnas se veían acantos de oro cuyo dorso se elevaba casi hasta los capiteles de las columnas. Sobre el dorso de la bóveda se extendía un tapiz de púrpura en la que descansaba una inmensa corona de olivo de oro. Los rayos del sol que daban sobre aquella corona producían a lo lejos, con su reflejo, el efecto de deslumbrantes relámpagos. Todo el tren des- cansaba sobre dos ejes alrededor de los cuales giraban cuatro rue- das pérsicas cuyos cubos y radios eran dorados y cuyas llantas estaban guarnecidas de hierro. Los extremos de los ejes eran de oro y portaban fauces de león que sostenían con los dientes hierros de lanza. En medio del fondo del carro, a un lado, y en medio de la bóveda, en el otro, estaba fijado en toda la altura del monumento giratorio para proteger la bóveda de las sacudidas que hubiera podido imprimirle el carro rodando sobre un terreno desigual y escabroso. Cuatro lanzas estaban fijadas al carro, y en cada lanza un tren de cuatro yugos, compuesto de cuatro mulos, escogidos en- tre los más vigorosos y más esbeltos. Cada uno de aquellos animales llevaba en la cabeza una corona de oro y de sus mandíbulas colga- ban dos campanillas de oro, y el cuello se adornaba con collares de piedras preciosas.

Tal era el atavío de aquel carro, más hermoso de ver que lo que puede hacerse comprender por una simple descripción. Grande era el número de espectadores atraídos por la magnificencia de aquel convoy fúnebre.
El gentío acudía de todas partes a las ciudades por las cuales debía pasar, y no podía saciarse de admirarlo. Y aquel gentío, con- fundiéndose con los viajeros, los artistas y los soldados que seguían al cortejo, aumentaba aún la pompa de los espléndidos funerales. Arrideo, que había empleado casi dos años en los trabajos de aque- llas exequias, se puso, pues, en marcha para transportar, de Babi- lonia a Egipto, los restos mortales del rey. Tolomeo, para rendir los honores a Alejandro, fue con su Ejército al encuentro del con- voy hasta Siria. Recibió al cuerpo con las mayores muestras de res- peto. Juzgó muy conveniente transportarlo por el momento, no al templo de Júpiter-Amón, sino a la ciudad fundada por Alejandro, que casi se había vuelto ya la más célebre del mundo. Hizo construir allí un templo que, por su grandiosidad y su belleza, era digno de la gloria de Alejandro y celebró en él un servicio fúnebre con sacri- ficios heroicos y solemnidades de concurso. Tolomeo fue recom- pensado por los hombres y por los dioses por haber honrado así la memoria de Alejandro. La generosidad y la grandeza de alma de Tolomeo hicieron acudir a Alejandría multitud de extranjeros an- siosos de servir en su Ejército; y aunque pronto hubieran de com- batir al Ejército real y no ignorasen los peligros a los cuales se exponían, estaban muy dispuestos a dar su vida por Tolomeo. Los dioses, en recompensa a tantas virtudes, salvaron inútilmente a Tolomeo de los más grandes peligros.

Este valor profiláctico de la tumba de Alejandro, destacado por Diodoro, había hallado crédito entre el Ejército y el pueblo desde la muer- te del conquistador. Los magos referían que la tierra que cobijaba el cuerpo de Alejandro gozaría de la protección eterna de los dioses y, de hecho, de todos los reinos helenísticos, el Egipto de Tolomeo fue el más próspero y el más duradero, y la estrella de Alejandro, destinada por la leyenda a una apoteosis mística, brilló mucho tiempo aún, ilu- minando a toda la Antigüedad.
En cuanto a la tumba en sí, según nos dan a entender los autores antiguos, era de un esplendor todavía inigualado. Rematada por una cúpula de mármol ricamente incrustada de ónice y de jade, la sala funeraria, de forma octogonal, era sostenida por un bosque de esbeltas columnas, y su superficie entera estaba revestida de mármol negro, ligeramente veteado de blanco, de un efecto espléndido. Un féretro de oro macizo, forrado de púrpura, soportaba la momia real. El sarcófago estaba colocado sobre un pedestal de jade blanco, enviado de la India por el rey Chandragrupta, símbolo de las cualidades ideales y de las per- fecciones inaccesibles del difunto. Los restos del conquistador fueron rodeados de un mobiliario fúnebre de una riqueza inaudita, cofres de maderas preciosas, tronos incrustados de marfil y de gemas, jarrones de perfumes, estatuas de Apolo, de Zeus y de Amón de criselefantina o de alabastro y objetos de culto y alhajas de oro. La riqueza de la sepultura era tal que uno de los Tolomeos (Tolomeo X, rey de 107 a 90 a. de J.C.), soberano ávido de riquezas, saqueó la tumba en un ataque de codicia. Sustituyó el sarcófago de oro macizo por un féretro de cristal en el cual pudo admirarse desde entonces a Alejandro, perfec- tamente conservado y petrificado en un sueño eterno.
Aquí es donde interviene una tradición muy antigua que pretende que Alejandro, en el momento de morir, hizo poner alrededor de su cuello un tubo de oro que contenía un papiro muy valioso que le ha- brían dado los sacerdotes de Amón en el oasis de Siauah. Aquel manus- crito, de esencia mágica, ¿contenía el secreto del Universo, lo cual habría hecho de Alejandro el igual de un dios?

¿Qué hay de ello en realidad? ¿No se trataría más bien de una espe- cie particular de talismán que tenía por efecto hacer invencible a su portador? El texto grabado en el papiro hubiera sido en tal caso un arcano hermético comprensible tan sólo para los iniciados. Sea lo que fuere, no sabremos la verdad hasta el día en que los arqueólogos en- cuentren el emplazamiento del mausoleo de Alejandro, cuya situación exacta ignoramos hasta la fecha.
No siempre ha sido así, aunque las visitas a la sepultura real hubie- sen cesado completamente a partir del siglo ni d. de J.C. Desde aquella época, al parecer, permanece olvidado el emplazamiento de la tumba.
¿Cómo pudo producirse un hecho semejante? En la Antigüedad, efectivamente, la visita a la tumba de Alejandro, célebre en todo el mundo grecorromano, era una peregrinación sumamente conocida, y el privilegio de acercarse a los restos del conquistador era considerado como un inmenso honor, otorgado únicamente a los más grandes personajes.
Los emperadores romanos, por su parte, como restauradores del Im- perio universal, se consideraban los herederos espirituales de Alejandro Magno. Así, Augusto, fundador de la primera dinastía romana de cesares, quiso visitar el Sema y pudo ver y tocar el cuerpo del conquistador, con el cual se sentía unido por profundos vínculos. ¿Acaso no era también él un adorador del dios Sol, Apolo-Helios?
En prueba de veneración, Augusto depositó una corona de oro y de flores al pie del sarcófago, rehusando con desdén ver al mismo tiempo la tumba de los Tolomeos: «He venido —dijo— a ver un rey, no a unos muertos.» Posteriormente, Calígula y Septimio Severo acudieron a inclinarse, cuando fueron coronados emperadores, ante los restos reales. Septimio Severo no fue el último visitante del mausoleo, puesto que su hijo, Caracalla, había de ser, en efecto, el último emperador romano que pudo contemplar los restos mortales. Dícese de él que, siendo niño, acompañó a su padre en su visita y pudo ver a Septimio Severo sollozando de emoción y dejado su manto de púrpura sobre el féretro de cristal. En aquella ocasión, el emperador sirio, que era igualmente un ferviente adorador del Sol, a través de Júpiter heliopolitano de Baal'Beck y de Antioquía, dejó en la tumba gran número de ma- nuscritos preciosos, que contenían los principales secretos de la sabiduría antigua, pues pensaba que nadie sería capaz de comprender su
sentido oculto. Caracalla quedó a su vez tan afectado por aquella entre- vista solitaria con la momia y perdió un poco el seso llegando incluso a tomarse por la reencarnación de Alejandro. Ordenó que después de él, fuese sellada la tumba, a fin de ser el último mortal que se habría encontrado cara a cara con el dios. Y aquella voluntad halló su cum- plimiento menos de cincuenta años después, cuando un terremoto sa- cudió Alejandría, trastornando el barrio del Sema. A partir de entonces se pierde el rastro de la tumba, lo cual justifica el interrogante de Juan Crisóstomo. Cabe suponer, sin embargo, que los cristianos, que acababan entonces de triunfar sobre el paganismo en toda la cuenca del Cercano Oriente, no hicieron grandes esfuerzos para encontrar la se- pultura de aquel que los sectarios del antiguo culto adoraban como a un dios. Los nostálgicos acusaron incluso a los «galileos» de haber construido una basílica sobre el emplazamiento del mausoleo a fin de borrar toda huella. El arquitecto encargado de la construcción del edificio religioso, Juan de Corinto, era, sin embargo, un admirador secreto de la antigua religión, lo cual ha hecho decir que, excavando los fun- damentos de la iglesia, había encontrado, ocultas bajo la tierra, las murallas de la tumba, tan gruesas, que resistieron el antiguo seísmo.

Juan trasladó entonces ligeramente el emplazamiento de la igle- sia modificando su orientación e hizo excavar, a partir de las criptas de la basílica, una galería en pendiente que conducía a la tumba de Alejandro y a las de los Tolomeos que habían desaparecido al mismo tiempo. Éstas pasaban por estar repletas de riquezas acumuladas en el curso de siglos y se conocía, por los antiguos, la reputación de la tumba de Estratónice, hecha de ágata y de cristal.
Sea lo que fuere, no estamos en condiciones de comprobar si tales obras tuvieron realmente lugar, puesto que ignoramos el lugar exacto donde fue edificada la iglesia de San Marcos.
Los árabes, convertidos en dueños de Egipto en el siglo vn, cono- cían el personaje legendario de Alejandro al que veneraban con el nombre de Ishkandar, pero no parece que hubiesen hallado el famoso Sema, a menos que los califas de Egipto, envidiosos de la gloria del conquistador, hubieran mandado hacer búsquedas fructíferas guardando el secreto para ellos. Esto parece ser confirmado por el hecho de que es en el «barrio de Alejandro» donde fue construida la mezquita Nabi Daniel que encierra la tumba de Said bajá, del príncipe Hassán y de los diferentes miembros de la familia real. Ahora bien, de creer a los astrónomos árabes, la leyenda del profeta Daniel, que dio su nom- bre a la mezquita, presenta curiosas coincidencias con el destino de Alejandro:
Un joven judío, Daniel, expulsado de Siria por los idólatras a quienes quería convertir, vio en sueños a un anciano que le ordenó hacer la guerra a aquellos incrédulos, prometiéndole la victoria so- bre toda Asia. Daniel se ganó numerosos partidarios en Egipto, donde se había refugiado, edificó Alejandría y, tras una feliz ex- pedición, volvió a Alejandría donde murió muy viejo. Su cuerpo fue puesto en un féretro de oro y de piedras preciosas, pero los judíos lo robaron para acuñar moneda y lo sustituyeron por un sarcófago de piedra.

A través de esta historia, muy deforme, encontramos el recuerdo del féretro de oro y de la violación de la sepultura por Tolomeo X, lo cual prueba que la tradición del Sema no estaba perdida. Aquella mezquita edificada en el siglo xvín, fue restaurada en 1823 por el sultán Mohamet-Alí sin que hubiera traslucido nada del secreto.
Creemos por nuestra parte que el mausoleo fue efectivamente descubierto por los sultanes, que continuaron haciéndolo visitar a sus huéspedes distinguidos. Si no, ¿cómo explicar las palabras del geógrafo árabe León el Africano que escribía en 1517:
Los mahometanos afirmaban que, en cierta casita en forma de iglesia, situada entre ruinas, se conservaba el cuerpo de Alejandro, gran profeta y rey, tal como se lee en el Corán. Y muchos extranjeros acudían incluso de muy lejos para ver y venerar dicha sepultura dejando en aquel lugar cuantiosas limosnas.
El asunto fue puesto de nuevo sobre el tapete en 1850, apasionando a la élite de los sabios del mundo entero, cuando un tal Ambroise Schilizzi, dragomán del consulado de Rusia en Alejandría, confió al historiador Max de Zogheb la aventura siguiente:
Aquel hombre, después de haber bajado y seguido por un corredor se encontró delante de una puerta carcomida a través de cuyas rendijas pudo percibir, en una especie de jaula de cristal, un cuerpo humano cuya cabeza estaba coronada de una diadema, y que parecía medio doblado sobre una especie de elevación o de trono y con una cantidad de libros y de papiros esparcidos a su alrededor. Le faltó tiempo para darse más exacta cuenta de lo que excitaba tan fuertemente su curiosidad, pues en seguida fue echado hacia atrás por uno de los religiosos de la mezquita, que se negaba a dejarle gozar del espectáculo. No obstante, según dice él, tuvo empeño en consignar el resultado de la visita en un informe detallado, cuya copia mandó tanto al cónsul general de Rusia, al lado del cual ejercía un cargo honorífico, como el patriarca griego ortodoxo, su jefe espiritual. Pero, a pesar de sus gestiones ulteriores, nunca le fue dado poder abordar el misterioso panteón y se hizo el silencio sobre aquel suceso.
Esta curiosa historia es corroborada por el arquitecto Mahmud el-Falaki, que visitó las salas subterráneas de la mezquita Nabi Daniel durante los sondeos efectuados para el trazado del plano de Alejandría, en 1861. Nos ha dejado la siguiente narración:
Cuando efectué mi visita a las criptas de este edificio, entré en una gran sala abovedada construida sobre el piso de la ciudad antigua. De aquella sala enlosada partían, en cuatro direcciones diferentes, unos pasillos abovedados que no pude recorrer enteramente a causa de su longitud y de su mal estado. La riqueza de las piedras empleadas en la construcción y bastantes indicios más me confirmaron en la idea de que aquellos subterráneos debían desembocar en la tumba de Alejandro Magno por lo que me propuse llevar
más lejos otra vez mis investigaciones, pero desgraciadamente una orden superior mandó tapiar todas las salidas.
Aquí también, el muro del silencio resultó más fuerte. Es menester, pues, que hubiera existido un interés muy grande para que se mantuviese secreto el emplazamiento del hipogeo, llevando incluso la cautela hasta hacer tapar todas las salidas del mausoleo, a fin de prohibir definitivamente el acceso hasta allí. Y este misterio suplementario viene a añadirse a los que reinan en torno del personaje de Alejandro Magno.

Cierto que se llevaron a cabo sondeos posteriormente, en 1931, pero sea que se hicieron apresuradamente, sea que se hubiera querido demostrar que no había nada, su resultado fue completamente negativo.
Actualmente, y en el estado de los conocimientos arqueológicos, es posible localizar el emplazamiento de la tumba de Alejandro. Aunque sería menester que un equipo competente y serio pudiera iniciar excavaciones metódicas en el antiguo barrio del Sema, sin trabas venidas de lo alto.
En cuanto a la historia de la tumba de Alejandro, que quizá no ha terminado, prueba el apego místico, sensible aún hoy, de los hombres a aquel que fue un héroe en vida y un dios después de su muerte. A través de los episodios más salientes de la vida de Alejandro, cabe preguntarse qué estrella sino el Sol podía presidir un destino semejante.

El destino de Alejandro

En el siglo iv antes de nuestra era, Macedonia no era muy diferente de lo que es hoy, es decir, un país grandioso y salvaje hecho de montañas cubiertas de bosques y de valles profundos, sembrados de pra- deras o de pastizales, en el fondo de los cuales discurrían impetuosas aguas procedentes de las cumbres. Esta comarca, que hoy forma parte de Yugoslavia, se extiende entre Albania, al Oeste, y Bulgaria, al Este. Grecia delimita su frontera meridional.
En la época del reino macedonio, esta región formaba un Estado poderoso que ya hacía temblar a las ciudades griegas, preocupadas por aquel turbulento vecino nórdico.
La leyenda que refiere el nacimiento del reino de Macedonia vale la pena de ser contada. Indica, en efecto, un parentesco de sus sobe- ranos con el Sol, parentesco que el joven Alejandro había de hacer resplandecer a la luz del día.
En lo más recóndito de la bárbara Iliria, hacia finales del siglo vm antes de J. C, tres hermanos de raza griega, llamados Gayanes, Aeropus y Perdicas, procedentes de Argos (ciudad del Peloponeso) se afincaron en la Alta Macedonia, donde fueron pastores. Descendientes lejanos del poderoso Heracles (o Hércudes), a su vez hijo de Zeus, nuestros tres héroes no podían conocer un destino ordinario.
Un día, uno de los hermanos, que era de gran belleza, sedujo a la esposa de un jefe de rebaños, en cuya casa los tres jóvenes estaban empleados. El marido, sospechando el enredo, montó en terrible cólera y echó a nuestros héroes. Como éstos reclamaban que les fueran abo- nados sus salarios, el jefe, designando al Sol que lanzaba sus rayos por la abertura de la vivienda, les respondió irónicamente: «He aquí todo el salario que os merecéis. Tomad ese Sol, os lo regalo.» Perdicas, que tenía la réplica pronta, argüyó que aceptaba el pago y, trazando un círculo en el espacio delimitado por la luz del astro, proclamó que se consideraba en adelante como dueño y rey de aquella tierra y, uniendo el gesto a la palabra, avanzó hacia el Sol y le ofreció por tres veces su pecho desnudo en señal de gratitud.
Posteriormente, Perdicas, ayudado por sus hermanos, fue el primer rey de Macedonia, cumpliendo así su palabra. A este primer monarca sucedió Amintas I, seguido por toda una estirpe regia ininterrumpida hasta Filipo, futuro padre de Alejandro Magno.
Grandes admiradores de la civilización helénica, los soberanos ma- cedenios adoptaron la lengua y la cultura griegas y las impusieron a sus subditos. También mandaron llamar arquitectos y artistas de Atenas y otras ciudades para edificar una capital sobre el modelo grie- go. Aquella ciudad tomó el nombre de Aegea. Su emplazamiento, en pleno corazón del reino, sobre un promontorio rocoso que dominaba las llanuras circundantes, hacía de ella un punto estratégico y una plaza militar de primera importancia.
Desde lo alto de los baluartes, podía contemplarse hasta perder la vista la sucesión de bosques que se decían poblados de ninfas y de sátiros. A lo lejos se perfilaba, hacia el Sur, la silueta majestuosa del monte Olimpo, que alzaba a tres mil metros de altitud su corona nevada, morada de Zeus y de los doce grandes dioses.
En aquella comarca circundante, denominada Pieria, en las laderas septentrionales del Olimpo, se extendía el Imperio de las divinidades mitológicas, la morada tradicional de las Musas, que albergaba la tum- ba de Orfeo, el dios músico, en medio de un florecer de rosaledas silvestres de las que se escapaba el canto armonioso de los pájaros. Aunque macedónica, es decir, casi bárbara, aquella tierra era venerada por los griegos que la consideraban como inviolable. No lejos de allí se extendía la villa de Heracleia (la ciudad de Heracles). A sus pies discurría un riachuelo cuyas aguas eran tenidas por más espirituosas
que el vino.

La realidad, igual que la leyenda, ¿era tan seductora? El clima de Macedonia, en cualquier caso, no corresponde con esta descripción edénica. Muy rudo en invierno, con lluvias de primavera abundantes, tenía unos veranos ardientes, entreverados de terribles tormentas.
El país, aunque salvaje, era bastante fértil, a pesar de sus grandes extensiones incultas y, en el fondo de los valles o en las pendientes de las colinas, se cultivaba trigo o avena en unos campos salpicados de higueras y de olivos.
Los macedonios, pueblo tosco y guerrero, pertenecían a los pueblos dorios, aquella raza indoeuropea intrépida que había ido a conquistar Grecia muchos años antes. Físicamente, los hombres eran altos, vigo- rosos, de ojos casi siempre azules y cabellos rubios que les caían sobre el cuello en tupida melena. Alejandro heredará este físico nórdico y su bella prestancia no contribuirá debidamente a su éxito, pues los griegos admiraban mucho a los hombres rubios, de los cuales habían hecho el tipo ideal de la belleza.
Alejandro, primero de este nombre, hizo reconocer su ascenden- cia helena y trasladó su capital a Pella, más al Sur, que vio afluir pronto una pléyade de escritores y de artistas célebres, de modo que el rey Aquelao, hijo de Perdicas II, dio asilo al gran dramaturgo Eurípides que pudo escribir allí sus Báquicas. Vivieron igualmente en Pella Ti- moteo, músico y poeta que fue un tiempo el ídolo de Atenas, y el bri- llante Agatón, compañero del Banquete de Platón.

Cuando Filipo, que había de ser el padre de Alejandro Magno, subió al trono a la edad de treinta y tres años, pudo admirar a placer las instituciones políticas y militares de Grecia, puesto que había pasado tres años de su juventud en Tebas, ciudad célebre por su organización militar y su disciplina marcial. El nuevo rey era no menos apasionado que sus predecesores por la cultura ateniense, y el hecho de que él fue- se de origen montañés acentuaba su veneración por la ciudad-Estado. Filipo era un hombre ambicioso, con cualidades de inteligencia y de coraje y cierta tendencia a la impulsión y a las corazonadas. No du- daba, como cumplido deportista, en participar en los concursos de jue- gos y de luchas, y sus borracheras, acompañadas de terribles cóleras, inspiraban temor a sus allegados. Gran mujeriego, tenía otra pasión, el Ejército, que reorganizó según el modelo tebano de austeridad y de disciplina, fundando un cuerpo de caballería: los «Compañeros» o Hetaroi, reclutados entre los jóvenes de la aristocracia. La infantería fue a su vez ampliada y adiestrada en combatir en formación cerrada sobre el modelo de las «falanges» griegas.
Aquella «falange» macedónica había de convertirse en un instrumen- to de combate temible y garantizar el éxito de las futuras campañas de Alejandro. El Ejército entero, que contaba aproximadamente con diez mil hombres bien adiestrados, lleno de ardor patriótico, formado por soldados profesionales, estaba totalmente entregado a su rey y no pedía más que servir.

En el año 357, cuando iniciaba su vigésimo quinto año de reinado, Filipo tuvo uno de esos súbitos arrebatos religiosos que suelen asaltar a los espíritus apasionados. Presa de una exaltación digna de un griego, se fue a la isla de Samotracia, en el mar Egeo, cuyos prodigios le ha- bían alabado, para asistir a los misterios religiosos que se celebraban una vez al año y eran conocidos en toda Grecia. Esta isla era, en efecto, la sede del culto de los cabirios, aquellos seres misteriosos que, según Estrabón, eran nietos de Vulcano, el dios subterráneo que forjaba sus armas en el fuego de los volcanes, seguían siendo, a los ojos de todos, los habitantes semidivinos de los mundos subterráneos, oscuros genios de la Tierra, expulsados de la superficie luminosa. Estos gno- mos son bien conocidos por las leyendas germánicas relatadas en el Edda islandés y no es la cosa menos extraordinaria constatar este pa- rentesco entre la mitología nórdica y la de la antigua Grecia. No obsforma de resplandores espectrales que coronaban los mástiles de las naves las noches de tempestad, más conocidos por el nombre de «fuego de san Telmo».

CONTINUARA

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