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viernes, 2 de agosto de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 9


LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 9


Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.



ALEJANDRO MAGNO O EL «HIJO DE AMÓN»

Parte 2

Si se cree al historiador Weigall:

Los ritos secretos y las orgías de los cabirios eran de los más famosos «misterios» de la Antigüedad, y a pesar de que eran muchos los sitios donde se cumplían —principalmente en la isla volcánica de Lemnos, a un día de navegación al Sur—, Samotracia era el cen- tro real del culto, donde los misterios se cumplían en un templo cerca de la ciudad principal, cuyas casas se aferraban como lapas a las rocas de la costa norte. La pequeña isla parecía destinada por la Naturaleza a ser el señorío de aquellas ceremonias esotéricas, pues sus riberas inhóspitas y sin abras surgían de las olas del Egeo en una poética magnificencia. Las abruptas pendientes y los precipicios se superponían hasta una cima central que alcanzaba más de mil quinientos metros sobre el nivel del mar. La isla entera parece una montaña única, mágica, que por sí misma hubiera salido del océano en misterioso encantamiento y estuviera a punto de desvanecerse bruscamente.
Filipo de Macedonia desembarcó en el único puerto de la isla, en Paleópolis. Los misterios comenzaron el día siguiente, atrayendo a una multitud enorme de peregrinos procedentes de Europa y de Asia. Como rey, Filipo fue acogido por el gran sacerdote del culto, revestido de sus ropas sacerdotales. El rey pudo así asistir a las ceremonias más secretas de las cuales sólo se sabe que consistían en un desenfreno se- xual, con miras a procurar, por la exaltación sensual, la comunicación con el dios. Prácticas semejantes son muy parecidas al TANTRISMO asiático, tal como se practica todavía en la India. Fue en el curso de una de aquellas orgías sagradas cuando Filipo vio por primera vez a la bella Olimpia, sacerdotisa del culto cabirio destinada a los desenfrenos sa- grados. Filipo quedó literalmente subyugado por aquella belleza salva- je que, al son estremecedor de las liras y los tambores, danzaba con monstruosas serpientes pitones. Devota celosa de Zeus-Amón, la joven, de dieciséis años escasos, participó en todos los misterios, a lo largo de diez días y diez noches que se prolongó la fiesta religiosa. En ella fue- ron invocados los espíritus de los muertos, en el curso de unas ceremo- nias en las que se apagaban y volvían a encenderse sucesivamente los fuegos sagrados traídos de Délos, isla consagrada al dios solar Apolo. Iniciado en los pequeños misterios, o misterios menores, Filipo se sentía indisolublemente ligado a aquella sacerdotisa de largos cabellos de oro que lo contemplaba con su extraña mirada azul. Al término de los últimos sacrificios que le habían purificado de toda culpa, se llevó a la joven consigo bajo promesa de hacerla reina de sus Estados.

Olimpia no esperaba menos del monarca, pues era de raza princi- pesca, hija del difunto rey Neptolemo I de Epiro, que hacía remontar su origen al hijo de Aquiles, héroe inmortal de la Ilíada. Esta filiación semidivina impresionará al joven Alejandro que tomará por modelo y por guía, en sus primeras conquistas, al gran héroe de la guerra de Troya.
El Epiro, patria de origen de la futura reina, era entonces una co- marca más salvaje aún que la tosca Macedonia. Era la tierra de elección de aquellos seres semilegendarios, las «Bacantes», mujeres alocadas que celebraban en el curso de las ceremonias frenéticas, ritos asociados a los desenfrenos sexuales de toda naturaleza. De creer al romano Plutarco, Olimpia era una «celosa devota de estos ejercicios desenfrenados y orgiásticos», lo cual dice mucho sobre su carácter desequilibrado. Participando en el culto de la Naturaleza, ofreciendo su cuerpo al Sol, fuente de toda vida, era una mística sincera para quien los desbordamien- tos de los sentidos se asociaban estrechamente a los transportes religio- sos, en una magia sexualis, cuyas inmensas posibilidades no se han acabado de agotar, en el seno de ciertos cenáculos esotéricos muy cerrados.
Pronto, las bodas reales fueron anunciadas a gran son de trompe- tas en todas las ciudades del país. La ceremonia estuvo rodeada de todos los esplendores que merecía un acontecimiento semejante, en medio de festines y de juegos ofrecidos con largueza.
Olimpia, sin embargo, a los fastos un poco fríos de la Corte y al lujo envarado del palacio, prefería los encinares de su Epiro natal y añoraba el tiempo en que, adorada por todo un pueblo, celebraba los misterios cabirios de Samotracia.
Al tener en lo sucesivo por horizonte las fortificaciones de Pella, nues- tra joven reina se refugió en el culto místico de su dios de elección: Amón-Ra, destinándole el hijo que ella deseaba más que todo poner en el mundo. ¡Qué lejos quedaba el país frío y ventoso, amigo de la tormenta y los antepasados pelasgos, tribu aria que se detuvo al pie del monte Tomaros a la voz del propio Zeus, en medio de las encinas agita- das por la tempestad! Desde aquella época lejana, el oráculo de Dodona había adquirido un renombre que muy pronto rebasó las fronteras del Epiro y de todos los rincones de Grecia acudieron a consultarle. Olimpia, en su infancia, solía visitarlo en el recinto sagrado, pues era la hija del rey, protector del oráculo.
En Dodona —escribe un mitógrafo— había una encina consagra- da a Zeus, y en dicha encina había un oráculo cuyos profetas eran mujeres (las Pléyades). Los consultantes se acercaban a la encina, y el árbol se agitaba un instante, tras lo cual las mujeres tomaban la palabra diciendo: «Zeus anuncia, escúchale.» Si se exceptúa Delfos, Dodona, en Epiro, y Siauah, en Egipto, eran los dos oráculos más frecuentados por los griegos, que los consideraban como gemelos, pues a las dos instituciones se les suponía un origen idéntico, y el procedimiento oracular en ambos parajes era muy análogo. Así como el santuario de Dodona estaba situado en los bosques, también el santuario de Siauah —el que visitará Alejandro Magno— se encon- traba en un oasis umbrío conocido por los egipcios con el nombre
de Sejet-Yemy, «el paraje de los árboles». Amón era el dios del santuario de Siauah, y Zeus, la divinidad que presidía en Dodona, estaba identificado con él en toda Grecia con el nombre de Zeus- Amón o, en la terminología latina que nos es más familiar, de Júpiter-Amón.

Zeus representaba el elemento cósmico divino presente en el rayo y el trueno mientras que Amón simbolizaba el lado luminoso de la di- vinidad figurado por el Sol iluminando al Universo. Ambas divinidades asociadas completaban el logos o principio superior.
No es de extrañar, por tanto, que Egipto fuese contemplado por los griegos como la tierra sagrada por excelencia, dotada de una inmensa sabiduría, puesto que los grandes espíritus de la Hélade, tanto Platón como Pitágoras, fueron iniciados en sus templos, y este recuerdo de Egipto, hija de la Atlántida y madre de las civilizaciones, aparece muy claramente en la mitología griega, en medio del episodio que vio desarrollarse el enfrentamiento entre Zeus y el gigante Tifón. Huyendo de este monstruo, demonio salido del Tártaro, los dioses del Olimpo, al ver el gigante que atacaba al cielo, ganaron la tierra de Egipto donde se metamorfosearon en animales.
El ruego de Olimpia no se quedó sin eco. El dios grecoegipcio de Dodona y de Siauah, aquel dios místico de la Fecundidad cuyo poder se manifestaba por las estrellas fugaces y por los rayos, y cuya voz, oída en forma de viento en los árboles, había aconsejado a sus antepasados desde tiempos inmemoriales, le dijo, durante un sueño, que iba a quedar encinta. En aquel sueño, Zeus se le apareció en forma de rayo ca- yendo del cielo y el fuego celeste que descendía sobre ella la abrasó en- teramente como una antorcha. El niño que debía nacer bajo tales auspi- cios sólo podía tener un destino excepcional.
La noche siguiente a la celebración de la boda, Filipo, por su parte, tuvo otro sueño, tan inquietante como el de su esposa. En sueños, él cerraba el sexo de su mujer con un sello que llevaba el signo de Leo. Ahora bien, es sabido que este emblema solar es reservado a los dioses y a sus descendientes. Aristandro de Telmesos, mago de la Corte, inter- pretó aquel sueño como el anuncio de un feliz acontecimiento. «No se lacra un odre vacío», declaró, y esta frase gráfica significaba que Olimpia estaba encinta y que traería al mundo un niño con corazón de león.
Y, pronto, Olimpia dio a luz un hijo al que ella no dudó en con- siderar como un «ser fatídico», hijo de Amón-Ra, dios tutelar del Egipto oculto. En el instante del nacimiento, signos prodigiosos se manifesta- ron sobre la Tierra y en el cielo: terremotos sacudieron el suelo y tem-
pestades se abatieron sobre las olas, haciendo retumbar la voz de Zeus en medio de los resplandecientes relámpagos. Durante el parto, dos águi- las, según se dice, permanecieron encaramadas juntas en el tejado de las habitaciones de la reina, presagio anunciador de que el niño reinaría un día en dos imperios. El recién nacido recibió el nombre de Alejandro, en recuerdo de los reyes de Macedonia que habían llevado este nombre. Filipo, ausente de la capital, se enteró del nacimiento mientras gue- rreaba en sus territorios. Casi al mismo tiempo le notificaron que Par- menión, uno de sus lugartenientes, acababa de alcanzar una aplastante victoria sobre los ilirios, que la colonia griega de Potidea se había ren- dido a sus tropas y que un caballo de sus cuadras acababa de ganar una carrera en Olimpia. Estas tres noticias triunfales fueron interpre- tadas por los adivinos como el anuncio de un brillante destino para el niño recién nacido. La misma noche, el gran templo de Artemisa en Éfeso, santuario venerado entre todos, fue asolado por un gran incendio que destruyó el edificio hasta los cimientos. Y los magos, al enterarse de la noticia, exclamaron: «Esta noche se ha encendido en alguna parte una antorcha que incendiará a todo el Oriente.» Alejandro iba a llevar la llama de aquella antorcha hasta el corazón de Asia y, avivándola en el fuego sagrado de Zoroastro, iluminaría el mundo con su luz solar.

Antes de abordar la vida de Alejandro, hay que explicar la signifi- cación legendaria de su parentesco divino. Si Zeus-Amón fue el padre espiritual del héroe, esta protección se extendió sobre toda su vida. Y, desde este instante, debe analizarse el comportamiento de Alejan- dro a través de la mitología sagrada de Grecia y de Egipto.
En la religión griega, Zeus es el rey de los dioses, residente en el Olimpo. Su historia parece ser el modelo del destino de Alejandro. Edu- cado por su madre, Rea, Zeus luchó por destronar a su padre, el dios Cronos, y, en aquel combate, tuvo que enfrentarse con los Titanes, alia- dos contra él. Para acabar con ellos, Zeus liberó a los cíclopes y a los gigantes, hasta entonces encerrados bajo tierra en una especie de in- fierno, el Tártaro. Con ayuda de aquellos seres monstruosos, logró su- plantar a su padre Cronos y los Titanes fueron a su vez encadenados y arrojados al Tártaro. Así finalizó «aquella TITANOMAQUIA, o guerra de los Titanes, que expulsó del poder a la generación primordial e ins- taló en él a los primeros olímpicos».
Pero Zeus no era todavía el señor incontestado. Los gigantes que le habían ayudado en su conquista se volvieron contra él y empezaron a lapidar el cielo. Zeus, armándose entonces del rayo, forjado por los cí- clopes, fulminó a aquella primera generación mortal sublevada contra los dioses.
No obstante, antes de asentar definitivamente su poder, Zeus había de sufrir aún una prueba, la lucha contra Tifón. Más alto que los gi- gantes, este monstruo tocaba las estrellas con la cabeza. «En lugar de dedos, poseía, en las manos, cien cabezas de dragones. A partir de la cintura hasta los pies, su cuerpo estaba rodeado de víboras. Tenía alas y sus ojos lanzaban llamas.»
Después de muchos episodios, Zeus acabó por triunfar de Tifón, a quien aplastó bajo el Etna, en Sicilia.
Tifón fue el último adversario de Zeus. La edad de los monstruos había caducado. Entonces fueron creados los hombres moldeados en arcilla. Prometeo, que se hizo protector de la raza humana, quiso, para darlas a los hombres, sustraer a Zeus las «simientes del fuego» salidas de «la rueda del Sol». Esta vez, la venganza del dios fue terrible. Pro- meteo fue encadenado en el Cáucaso y un águila, ave vengadora del Sol, le devoró el hígado, siempre renaciente. Luego, Zeus pidió a Hefaistos que crease la mujer, lo cual tuvo lugar. La mayoría de los grandes dioses del Olimpo, en número de doce, son hijos o hijas de Zeus, lo cual le valió el nombre de «padre de los dioses».
Las divinidades salidas de Zeus son Afrodita, Apolo, Artemisa, He- faistos, Atenea, Hermes y Dionisos.
Zeus se presenta así como un dios guerrero, superior a todos los demás, señor del cielo, poseedor del arma celeste, el rayo, nacido del Sol. Es, efectivamente, para Alejandro un parentesco real en el orden divino. Vamos a ver cómo su réplica egipcia, Amón-Ra no le es inferior.

Amón es el dios tutelar del Imperio Antiguo egipcio. A través de la monarquía faraónica, simboliza la supremacía del principio divino su- perior, inexpresado e inexpresable. Su nombre es sacado de la raíz 'imm que significa el ser oculto. Derivado del antiguo dios Atum, adorado en Heliópolis, Ra vino a completar el principio único figurado por Amón, simbolizando el lado aparente de la potencia divina, obrando sobre la materia, frente a la significación oculta de su gemelo. La gloria de Ra está enteramente contenida en la epifanía del Sol, significando por esto el triunfo definitivo de la luz sobre las tinieblas.
Como hijo de Amón, el faraón se identificó con la «divinidad del cielo» que había descendido a la Tierra para llevar a cabo la apoteosis de Ra. Como hijo de Ra, el faraón se identificaba con el Sol, soberano de todos los astros y, como él, se proclamaba inmortal, triunfador de la oscuridad y de la muerte. Hijo de Amón-Ra, el rey reunía en su persona la concepción escatológica heroica, iniciática, de las divinidades «solarizadas». Estas cualidades, primordiales respecto a los antiguos, Alejandro las reunió sobre su cabeza cuando fue coronado faraón, en virtud de una tradición que se pierde en la noche de los tiempos.

La infancia de Alejandro fue tranquila y feliz. Repartiendo su tiempo entre la Palestra, la marcha y el estudio, el hijo de Olimpia y de Filipo pronto se convertiría en un adolescente vigoroso, adiestrado en los ejercicios físicos y ducho en la gimnasia intelectual bajo la dirección de su maestro el gran filósofo y médico griego Aristóteles. Leónidas, un rígido oficial de la guardia de su padre, fue su preceptor militar, educando al muchacho a la dura manera espartana. En aquella escuela, Alejandro templó su carácter, que pronto había de afirmarse con fuer- za. En lo físico, el adolescente de tez clara y cabellos de oro llevaba ya en su rostro, iluminado por sus ojos azules, el prestigio natural y el buen semblante que son patrimonio del héroe antiguo. En resumen, Alejandro era un escolar dulce y estudioso, que se apasionaba por la mitología, se sabía a Homero de memoria. Su héroe preferido era el hermoso Aquiles, personaje central de la Riada, cuya vida pondría en paralelo con la suya. Su pedagogo, Lisímaco, estimulaba esta tendencia a la asimilación heroica haciéndole observar que la familia de su madre hacía remontar su origen hasta el famoso guerrero.
Hijo del rey de Tesalia, Peleas, y de la reina Tetis, Aquiles el «de los pies alados», había sido educado por el pedagogo Fénix, a quien Lisí- maco no dejaba de comparar consigo mismo, y, de niño, le anunciaron que superaría a su padre en hazañas y en heroísmo, profecía que se reveló exacta. La analogía era tentadora entre Tetis y Olimpia, tanto más por cuanto ésta, como la reina legendaria, era abandonada por su esposo que la temía como a una maga, desde que vio deslizarse una ser- piente cierta noche en el lecho regio. El nombre mismo de Aquiles, cosa notable, es derivado de la palabra echis que significa «serpiente» y po- dría designar, por lo tanto, al héroe de la guerra de Troya como el hijo «nacido de la serpiente». Olimpia, con su temperamento exaltado y místico, estaba persuadida e hizo circular el rumor en palacio de que Filipo no era el verdadero padre del niño. Zeus-Anión, visitándola bajo la apariencia de un reptil, había fecundado a la reina que, por lo tanto, fue la madre de un niño divino. En su amor de las cosas esotéricas, Olimpia transmitió su entusiasmo profético y su pasión religiosa a su hijo. Así, lo envió, a los trece años de edad, a la ciudad sagrada de Mecia donde fue iniciado en la gruta de las Ninfas en los misterios órneos. Es indudable que tales ceremonias produjeron al adolescente una profunda impresión y ejercieron una influencia decisiva en la forma- ción de su sensibilidad. Por esto, a tan temprana edad, Alejandro «es- taba pronto a creerse el hijo del destino, nacido entre los signos y los prodigios para cumplir los designios de los dioses» (16). Es hacia esa época cuando se sitúa el episodio más característico y más célebre de la juventud del héroe.




Filipo había comprado a un mercader tesaliano un magnífico corcel negro de una talla excepcional, llamada Bucéfalo. Ahora bien, el animal se mostró indomable y todos cuantos intentaban montarlo, hasta los más aventajados jinetes, eran arrojados al suelo. Alejandro pidió per- miso a su padre para intentarlo a su vez. Filipo, entre burlón y curioso, se lo concedió. Acercándose entonces al caballo, Alejandro le volvió la cabeza hacia el Sol y mientras le acariciaba dulcemente con la voz, saltó sobre la montura y la puso a todo galope. El adolescente acababa de ganar la apuesta. Tan pronto hubo descabalgado, su padre lo abrazó diciéndole: «Hijo mío, busca en otra parte un reino digno de ti. ¡Ma- cedonia es demasiado pequeña y no te bastará!»
Durante todo aquel período, Filipo, intrépidamente, prosiguió las guerras de conquista que debían hacer de Macedonia un Estado griego de pleno derecho destinado a someter a su autoridad la Hélade entera. ¿Podía ser de otro modo para un país en el que había nacido el hijo de un dios solar?
Precisamente, y en ello puede verse algo más que una coincidencia, el rey de Macedonia pronto participó en una guerra impuesta por mo- tivos religiosos, aunque tuvo por consecuencia fortalecer el poderío de Filipo. La génesis de aquel conflicto merece ser explicada, pues arro- ja sobre la Historia una luz sobrenatural enviada por el Sol de Apolo. Poco después del nacimiento de Alejandro, sucedió que los focenses, pueblo vecino meridional de los tesalios, cuyo territorio lindaba con el dominio sagrado de Delfos, se apoderaron, en una incursión sacri- lega, de los tesoros encerrados en el santuario de Apolo en Delfos.

Indignada, la Anfictionía, especie de parlamento que agrupaba a todos los Estados griegos en un simposio religioso, declaró la «guerra sagrada» contra los focenses. Invitado a participar en la coalición, Filipo aceptó con entusiasmo, contentísimo de ser admitido en el seno de la comunidad helénica. El rey de Macedonia se erigió en seguida en campeón de las tradiciones griegas y fue puesto al frente de las tropas destinadas a echar a los sacrilegos focenses. Vencido en una primera batalla, Filipo volvió a la carga, tras haber hecho ruegos e invocaciones al dios Apolo a fin de que le concediese la victoria. Engalanó sus estan- dartes y los cascos de sus soldados con hojas de laurel, como en una ceremonia deifica, y dirigiéndose a sus tropas, en un discurso inflamado, les pidió que se pusieran todos bajo la protección del Apolo solar porque así se tornarían invencibles. En efecto, los soldados, galvaniza- dos, arremetieron contra el enemigo cantando himnos en honor de su dios, bajo la dirección de Filipo, que en la circunstancia tenía el aspecto de un profeta vengador. La victoria de los macedonios fue completa.
Filipo hubiese querido llegar hasta Delfos para recibir con gran pom- pa el agradecimiento de los sacerdotes de Apolo, en medio de las acla- maciones de la multitud entusiasta, al son de las trompetas de bronce resonando a través de valles y precipicios, pero los atenienses no tenían ningún interés en ver a Filipo instalarse tan cerca de sus territorios y apostaron tropas en el desfiladero de las Termopilas. El rey de Ma- cedonia no insistió, pero se consideró, sin embargo, como el protector de los templos de Delfos, y Alejandro, con su mente exaltada y mística, iba a seguir brillantemente las huellas de Apolo, aquel hijo amado de Zeus, configurando el esplendor de Helios.

Llegado a la edad de llevar armas, el hijo de Filipo, ¿había recibido la educación que deseaba su padre? Podemos, sin miedo a equivocar- nos, contestar negativamente. Filipo, buen vividor y aunque de espíritu religioso como todos los griegos, no gustaba demasiado de la magia en la que se complacía Olimpia y veía con malos ojos al joven Alejandro asistir asiduamente a los sacrificios en los templos, estudiando bajo la dirección de su madre «el arte misterioso del augurio y de la adivina-
ción, cuya forma más conocida era el examen de las entrañas de las aves sacrificadas y la observación de sus señales, colores y circunvoluciones que tenían todas una significación reconocida». El joven aprendió así la EMPIROMANCIA, o adivinación por el fuego, y la ORNI- TOMANCIA, arte de interpretar el vuelo de las aves. Estudió, además, ASTROLOGIA, esa ciencia de los caldeos que le predecía una ascensión fulminante. Su tema de nacimiento estaba bajo el signo de Aries, primer signo del Zodíaco simbolizado por el animal solitario de Amón. Cuado el astro del día lo cruza, la Naturaleza despierta y renace a la vida, exaltada por el fuego del cielo. Al nacimiento de Alejandro, entre las diez y medianoche, el Sol entraba en Leo y el signo ascendiente en el horizonte oriental era Aries. Esta doble paternidad correspondía efectivamente a la vocación del niño: la de un conquistador y la de un espíritu místico bajo el doble signo de Amón-Ra.
Estaba «educado» como un futuro gran sacerdote o profeta, y leemos que, desde su más tierna infancia, se complacía adorando a los dioses y ofreciéndoles opulentos sacrificios. Su madre le rellenaba el espíritu con la magia y el misticismo que para ella era como comer y beber. Leónidas lo instruía en la subordinación del cuerpo a la inteligencia y ambos lo mantenían todo lo posible apartado del círculo que formaban en torno de Filipo sus oficiales y sus compañeros, sólidos guerreros, sólidos trabajadores y sólidos bebedores.
No obstante, y contrariamente a lo que podría pensarse, esta educa- ción no perjudicó a Alejandro y convenía perfectamente a su carácter orientado a la vez hacia los sueños celestes y las ambiciones terrestres. En el año 340 a. de J. C, Filipo, entregado lejos a una guerra contra los Estados del Norte, confió la regencia a su hijo. Era para Alejandro una ocasión de mostrar su valía política y militar. A los dieciséis años de edad entonces, empezaba a sentir un cierto desapego por su padre, que encontraba burdo y libertino, cuando él vivía casi ascéticamente. La revuelta de una tribu del norte de Macedonia, los medaros, fue la señal del comienzo de la campaña. Alejandro, al frente de sus tropas, salió de Pella, su capital, en el esplendor nuevo de su atuendo guerrero. Antes, no había omitido sacrificar a los dioses, invocando la ayuda del poderoso Amón, en medio de los encantamientos y de las nubes de in- cienso.
La expedición militar fue coronada por el éxito. No referiremos los episodios de la guerra que hubieron de librar Alejandro y Filipo contra las ciudades griegas que se negaban a someterse a la supremacía ma- cedónica. Es sabido que finalmente, aquella resistencia, conducida por Atenas, terminó con el desastre de Queronea, que consagró la gloria de las falanges macedónicas y puso punto final a las guerras entre ciu- dades vecinas.
Alejandro, en el curso de aquella batalla, manifestó una bravura sin par. En cuanto a Filipo, se mostró generoso con los vencidos, pre- sentándose como el unificador de Grecia y no como un conquistador. La Hélade, por primera vez, se había convertido en una nación. Esta vez, Filipo podía por fin prepararse a poner en ejecución su gran pro- yecto, a saber, la invasión de Persia, aquel Imperio que, desde las guerras médicas, amenazaba la independencia de los helenos.
Mientras tanto, Filipo murió en 336, asesinado por uno de sus com- pañeros de libertinaje, Pausanias, a quien la reina Olimpia, cada vez más abandonada, había armado secretamente.
Al ser proclamado rey de Macedonia, Alejandro, que no había cum- plido veinte años, iba a dar la medida de su genio. Los preparativos de la expedición contra los persas fueron apremiados y el joven rey, que se veía como el nuevo Aquiles, una especie de Christos, ungido por los dioses para cumplir la voluntad del cielo, se embarcó, al frente de una flota importante, con rumbo al Asia Menor... Contemplando las olas del mar Egeo, Alejandro se acordaba de la respuesta del oráculo de Delfos(17), al que consultara algún tiempo antes. Como él apremia- se a la pitonisa que le respondiese sin demora, ésta, en una frase que ha permanecido célebre, le contestó: «¡Hijo mío, eres invencible!»
El Imperio persa, al que atacaba Alejandro, era el más vasto con- junto territorial gobernado por una testa coronada. El «Gran Rey» Da- río, de la dinastía de los aqueménidas, podía así contemplar con satis- facción su inmenso reino edificado por todo un linaje de conquistado- res prestigiosos, Ciro, Cambises y Darío I. Desde las riberas del Medi- terráneo hasta el océano Indico, desde Egipto hasta el Afganistán, todo estaba bajo la dominación de los persas.
La posesión de un imperio tan vasto estaba a la medida de los pro- yectos de Alejandro, pero, ¿deseaba verdaderamente en aquel tiempo conquistar todos aquellos territorios? Sería erróneo creer que Alejan- dro estuviese solamente impelido por una sed de conquista desmesurada. En verdad, la sed de conocer, el deseo de dios, esa pasión del alma, eran sus guías. Su padre espiritual, Amón-Ra, le había inspirado aquella cam- paña y era su deber obedecerle. El santuario de Amón, ¿acaso no se encontraba en el corazón de Egipto, aquella tierra sagrada entre todas, humillada y escarnecida en sus creencias milenarias por la dominación insoportable de los persas? Había que libertar a Egipto, ceñir la doble corona de los faraones y proclamar la victoria del dios-Sol. Tan sólo entonces, Amón se calmaría y Alejandro podría emprender la conquista del mundo.
La ruta de Egipto pasaba por el Asia Menor. El conquistador debía, por lo tanto, atacar cuanto antes y derrotar a los ejércitos persas en las costas del mar Egeo, antes de iniciar su gran movimiento envolvente hacia Palestina y el valle del Nilo.

El historiador Weigall destaca este pensamiento de Alejandro:
La ULTIMA THULE de su presente visión de conquista no residía en el Lejano Oriente donde el destino lo arrastró posteriormente; residía, en mi opinión, en el desierto al oeste de Egipto, a doscientos cuarenta kilómetros atrás de la costa del Mediterráneo. Allí estaba el oasis de Siauah, morada del dios Amón, del cual, en un sentido místico, se creía hijo. Con aquella conquista del litoral del Medite- rráneo jalonada de ciudades griegas, girando desde la sacrosanta Siauah al Sur hasta Macedonia al Norte, y de aquí a Dodona, morada de Zeus-Amón, lugar santo de los compatriotas de su madre.
Al mismo tiempo, Alejandro, al desembarcar en aquella tierra de Asia, hollada ya por los guerreros de Homero, seguía los pasos de Aqui- les a quien se parecía asombrosamente, con el brillo de sus veintiún
años, revestido de su coraza que lanzaba mil destellos al sol, tocado con un casco de plata de alto plumero blanco, que le hacía ser reconocido desde muy lejos por sus soldados. A bordo de la galera real, un sacrificio fue ofrecido a Poseidón, dios de los mares, y la sangre de un toro blanco enrojeció la espuma de la orilla. Así se rendía homenaje a Tetis, la ninfa de las aguas, madre de Aquiles y antepasada de Alejandro.
Tan pronto la nave hubo tocado la arena de la costa, Alejandro saltó a la orilla. El joven rey se puso a recitar versos de la Ilíada y luego de- claró que iba a tomar posesión del país por el derecho de las armas.
Nuevos altares fueron levantados a Zeus, Atenea y Hércules. Por últi- mo, Alejandro, en la ausencia de enemigos, deseó visitar el paraje de la antigua Troya o Ilion, que había visto desarrollarse las hazañas del he- roísmo griego. En el templo de Atenea, el joven rey se apoderó de las armas que, según se dice, habían pertenecido a Aquiles y, en su lugar, dejó su escudo incrustado de oro. Posteriormente, aquel armamento troyano le acompañó siempre durante las batallas «como un símbolo má- gico de su afinidad con los héroes homéricos de antaño».

La tumba de Aquiles fue luego el objeto de su visita. Lloró ante el recuerdo del héroe y, depositando flores sobre el mármol, escanció una libación en una copa de oro.
Los persas esperaban a Alejandro a orillas del río Gránico, pero él no les dio tiempo a desplegarse. Avanzando su caballería escogida, cruzó el río y cortó en dos las líneas adversarias, transformando pronto la derrota de los persas en desastre. Alejandro, durante toda la batalla, tuvo el sol de espaldas. El astro del día estaba con él para concederle la victoria. Arremetiendo rápidamente hacia el Sur, el conquistador se apoderó de Frigia y luego, atravesando las «Puertas de Cilicia», desembocó en Siria, se adueñó de Tarso y se encontró ante Soches. Allí, Darío le esperaba con un ejército considerable, mucho más numeroso en cualquier caso que la pequeña tropa macedónica. Se estiman los efectivos del Gran Rey, mercenarios incluidos, en doscientos mil. Enfrente, Alejandro sólo alineaba treinta mil.
Al llegar a la llanura de Issos, el Conquistador tomó otra vez la iniciativa de las operaciones. En una carga irresistible, Alejandro alcanzó el centro del dispositivo enemigo y se encontró a tiro de lanza de Darío.

Éste, viendo el giro de los acontecimientos, emprendió la huida en un carro. Pronto el Ejército griego hizo trizas a los persas. El desastre fue mucho peor que en Gránico, y la batalla de Issos queda como una de las más fulgurantes victorias de Alejandro.
Las puertas de Egipto quedaban abiertas en adelante.
Alejandro halló todavía resistencia ante el puerto de Tiro, cuyo asedio duró seis meses, de enero a julio de 332, y que él no quiso dejar atrás. Ocurrió entonces un hecho extraordinario: la toma de la ciudad corres- pondió con la fecha astronómica de la salida helíaca de Sirio, la estrella del Can, lo cual significa que el astro, ausente del cielo durante todo un período del año, reapareció en el horizonte oriental para señalar la victoria de Alejandro y anunciarle que pronto llevaría la tiara de los faraones. En la astrología egipcia, Sirio reviste, en efecto, una impor- tancia de primera magnitud, y la «Gran Proveedora» es constantemente evocada en los textos de las pirámides: «Isis viene a ti (Osiris) gozosa de tu amor. Tu simiente sube en ella, penetrante como Sirio, Horus pe- netrante sale de ti en su nombre de: Horus que está en Sirio.» (Pir, 1635-1636.)
Sirio, en el esoterismo del Templo Egipcio, hace el papel del Gran Fuego Central para nuestro Sol. Ahora bien, la ciencia moderna nos enseña que esta estrella doble cuya densidad es sumamente pesada podría perfectamente sugerir la existencia de un sistema atómico cósmi- co que tenga por núcleo la antigua «Sothis» (o Sirio). ¿Se trataría del Sol Intermediario anunciado por Yámblico?
Como fuere, Alejandro Magno, como hijo piadoso de Anión, modificó el calendario griego a fin de que en lo sucesivo el instante de la salida de Sirio señalase el comienzo del año nuevo, tal como se hacía en Egipto.
Prosiguiendo su marcha, el ejército macedonio conquistó Gaza, el ce- rrojo del valle del Nilo. Comprobando que toda resistencia era inútil, el gobernador persa rindió el país sin combate.

Es como liberador, en medio del entusiasmo popular, como Alejandro hace su entrada en Egipto. El ejército de tierra y el ejército de mar, al mando de Hefestion, se reúnen en Heliópolis, la ciudad del Sol, símbolo de victoria, y en Menfis, la capital de los reyes, donde ha fijado su resi- dencia, Alejandro acoge al colegio sagrado de los sacerdotes de Amón (su protector) que acuden a ofrecerle la tiara de los faraones.
En el templo de Ptah, en el curso de una ceremonia, accesible única- mente a los iniciados, tiene lugar la coronación. El gran sacerdote de Ptah ha despojado a Alejandro de sus vestiduras y entonces éste se purifica en un baño de agua lustral. El gran sacerdote le ha impuesto las manos y luego lo unge con el óleo santo, en todas las partes del cuerpo que son los centros ocultos de vida. Después le revisten con el ropaje de la realeza. Se ha sentado en el trono dorado, se cubre con la mitra blanca del Bajo Egipto y el birrete rojo del Alto Egipto; la corona Atef del dios Ra, la venda de cabeza Seshed, la corona de piel azul o kheperesch, la corona ibes y por último la diadema hecha de altas plumas de avestruz. Entonces Alejandro lleva a cabo la «subida regia», penetrando en un gran «maos» de granito rosa, puesto sobre un zócalo de gres y rodeado al Este y al Oeste de los colosos osiríacos. En la im- presionante penumbra, es denominado el «hijo de Amón» y, gracias a éste, reinará en todos los dominios del Sol. Por último le entregan los signos de la realeza: el cetro con asas, símbolo de toda vida y el flabellum, o látigo, signo de omnipotencia. Tan sólo entonces, es inves- tido con el gran nombre y enumeran el enunciado de su titulación real: «hijo de Horus, rey del Alto y del Bajo Egipto, elegido del dios-Sol, Ale- xandres, muy amado de Amón, señor de las ascensiones como el dios-Sol para toda la eternidad».
Reconociéndose como heredero del último faraón, expulsado por los persas, Alejandro se prosterna ante la estatua de Nectanebis, al que besa en la boca para recoger el último aliento de su predecesor.

Visitando su nuevo reino, decide edificar un gran puerto en el delta del Nilo, que se llamará Alejandría, en recuerdo suyo. Los planos son encomendados al gran arquitecto griego Dinocrato y la ciudad se convertirá en la capital de la cultura helénica. Aprovechando la tregua que le daba la interrupción de la guerra, Alejandro quiso entonces cumplir una peregrinación que hacía mucho tiempo meditaba: la visita al oráculo de Amón. Antes del combate decisivo contra Darío, necesitaba estar a solas con su «padre espiritual».
Acompañado solamente por algunos fieles, Alejandro se puso en camino para el oasis de Siauah que se hallaba en el desierto de Libia, a trescientos kilómetros en el interior de las tierras. No era un paseo, sino un viaje que duraba ocho días, a pie —no se utilizaban camellos en aquella época— a través de un desierto de arena ardiente. Alejandro se encontró cogido en una tempestad de arena que le hizo perder su ruta, pero el vuelo de las aves guió a la pequeña tropa hasta el oasis. La sed se hizo sentir también, pues no había agua, pero Alejandro no se daba cuenta de nada: estaba transportado por su ensueño y como en un segundo estado, y cuando llegó al pie del pequeño templo, escondido en un palmar, cayó de rodillas dando gracias al cielo. Alejandro fue recibido por los sacerdotes de Amón e introducido solo en el santuario. Pudo contemplar en él la barca simbólica que contenía la imagen divina. Diodoro de Sicilia habla así de ello:

El ídolo del dios Amón está cubierto de esmeraldas y de otros adornos, y pronuncia oráculos de una forma muy particular. Es llevado sobre una barca de oro por ochenta sacerdotes. Éstos, sosteniendo a su dios sobre sus hombros, se dirigen automáticamente hacia donde les empuja la voluntad divina. Y detrás de ellos va la procesión de las muchachas y las mujeres que cantan durante todo el camino péanes e himnos. La imagen de Amón no era una estatua, como se ha pensado a me- nudo, sino un meteorito, una piedra caída del cielo, según la expresión de los antiguos. Estos betilos fueron venerados siempre en la Antigüedad porque presentaban, dado su origen, un carácter sagrado. Aquellas «pie- dras de rayo» eran para los griegos el atributo de Zeus que gobierna al cielo y, por tanto, en lo que concierne al oráculo egipcio, este poder se confundía con el de Amón, dios cósmico del panteón agipcio. Mircéa Eliade considera, además, que estos meteoritos «representan el centro del mundo», a la vez «símbolos y emblemas». Su carácter sagrado supo- ne una teoría cosmológica al mismo tiempo que una concepción precisa
de la dialéctica hierofánica. Estas piedras representan, en efecto, la «casa de Dios», provenientes de un fragmento desprendido de la divini- dad central, el Sol.
Alejandro pidió al gran sacerdote que fuese su intérprete con Amón, y luego hizo la pregunta que le quemaba los labios. ¿Sería el dueño del mundo? Le contestaron que sí. Después preguntó si todos los asesinos de su padre (Filipo) habían sido castigados y el oráculo respondió: «Exprésate mejor, pues ningún mortal puede matar a tu padre (que es Amón), pero todos los asesinos de Filipo han sido castigados.» Alejandro hizo otras preguntas más cuyas respuestas mantuvo en secreto.
Los sacerdotes le entregaron asimismo un manuscrito mágico, talis- mán que había de protegerlo toda su vida y revelarle el secreto del Universo. Este papiro, encerrado en un tubo de oro, fue enterrado con la momia de Alejandro.

Adornado desde entonces con la aureola divina, el conquistador volvió a Egipto donde prosiguió activamente los grandiosos proyectos que había concebido para Alejandría: fundación de una biblioteca inmensa, eleva- ción de un faro gigantesco, construcción de un puerto en aguas pro- fundas y apertura de grandes avenidas rectilíneas.
A partir de aquella fecha, la «divinidad» de Alejandro fue aceptada por los griegos si no por los macedonios. El oráculo de Apolo en Brán- quidas y el de Eritrea le reconocieron como un dios y él mismo no dejó ya de considerar que tenía por padre a Zeus-Amón, llegando incluso a dirigirse a los atenienses en estos términos, haciendo alusión a Filipo como a alguien «que en el pasado fue llamado mi padre». A contar de aquel instante, Alejandro empezó a llevar en torno de su cabeza la rede- cilla de oro adornada con dos cuernos de carnero, emblema solar de su divinidad, pareciéndose así, con sus cabellos rubios, al propio dios Amón.
El joven rey podía ya consagrarse por entero a su proyecto supremo: conquistar el imperio de Darío y alcanzar los límites del mundo civilizado.
En el momento de emprender su gran aventura oriental, Alejandro tenía el sentimiento de atravesar las puertas del misterio, ya que, en resumen, ¿qué sabían a punto fijo los griegos y con mayor motivo los macedonios sobre el Imperio de los aqueménidas? Pocas cosas, en verdad, y las más de las veces historias transmitidas de palabra, bastante alejadas de la realidad. Se contaba, por ejemplo, que los persas eran unos bárbaros, apenas capaces de construir casas de adobe, adoradores del fuego dedicados a un culto primitivo y esclavos dominados por un tirano asiático despótico y cruel.
Los soldados helenos apenas conocían el nombre de Babilonia, aquella enorme metrópoli veinte veces mayor que Atenas, y Susa, Persépolis y Ecbatana, opulentas y vastas ciudades, seguían siendo para ellos nombres desconocidos. ¿Sospechaban siquiera la inmensa extensión de los territorios dominados por los monarcas aqueménidas? Aparte el Asia Menor y la Babilonia, ¿qué representaban para ellos estas provincias tan vastas como mundos, Susiana, Media, Hircania, Bactriana, Sogdiana? Comarcas desconocidas y casi míticas arropadas en un espeso misterio.

Guiados solamente por el sentimiento de superioridad que les daba la calidad de ciudadano griego y confiados en la estrella de su general, al que admiraban más que nada, aquellos hombres se lanzaron al asalto de un mundo que sin duda jamás hubieran afrontado de haber sabido la verdad.
Cuarenta mil infantes y ocho mil jinetes se pusieron en marcha hacia el Eufrates. Cruzando luego el Tigris por sorpresa, el Ejército griego se encontró de pronto ante una tropa innumerable. Darío había reagru- pado en la llanura de Gaugamela un ejército inmenso compuesto de persas, bactrianos y hasta de indios, de escitas, de partos y de medos, contingentes de leva de todas las partes de su inmenso imperio. En total, el Gran Rey alineaba lo menos doscientos cincuenta mil hombres. Además, Darío contaba con sus elefantes de guerra y sus carros de com- bate armados de hoces cortantes como navajas. Pero estaba escrito que aquel despliegue de fuerzas no serviría de nada. Alejandro era el enviado de los dioses y los astrólogos de Menfis que el conquistador había traído
consigo debían pronunciarse. Ahora bien, aquel mismo día se produjo un eclipse de luna. Es sabido que la Luna, en forma de diosa Astarté, era venerada en Babilonia. Aquel oscurecimiento del astro nocturno pasó, a los ojos de Alejandro, por una señal de su padre Amón-Ra, el dios-Sol, que le anunciaba la victoria, y los adivinos dijeron que así era.
Por lo tanto, Alejandro no vaciló. De madrugada, reunió su ejército y, repitiendo la maniobra de Issos, arremetió con su fogosidad habitual, conduciendo a su caballería sobre el centro del dispositivo enemigo mien- tras sus falanges sostenían el choque de la caballería persa. Llegando en su magnífico corcel, Bucéfalo, Alejandro se encontró frente a frente con Darío quien, presa de un terror loco, saltó de su carro y montando a caballo se alejó al galope. Al enterarse de la huida del rey, el Ejército persa se desbandó o se rindió a discreción. Recibido con todos los honores por los dignatarios civiles y religiosos, Alejandro hizo su entrada en Babilonia por calles sembradas de flores. Ante aquella acogida, el conquistador decidió respetar la ciudad y no entregarla al saqueo. Los mace- domos quedaron estupefactos de ver, no una extensión de casuchas, sino una ciudad de gigantescas murallas erizadas de torres monumentales. Con sus jardines colgantes, sus palacios decorados con cerámicas y oro, la ciudad eclipsaba todo cuanto los soldados habían visto hasta entonces.
En el corazón de Babilonia se alzaba, torre inmensa y multicolor, el ziggurat central, aquella «torre de Babel» bíblica que parecía querer escalar el cielo.
Sus siete pisos, cada uno de un color diferente, simbolizaban, espejo terrestre del más allá, los siete días de la semana y «recor- daban» la ascensión del alma humana durante toda la evolución pla- netaria, desde su salida del caos durante el período saturniano, hasta su retorno al Sol divino a través de las metamorfosis de nuestro mundo. Y la pirámide, camaleón de colores cambiantes, parecía par- ticipar a su vez en aquella depuración gradual, pues pasaba del negro de Saturno a la blancura de alabastro de Venus, y, por el rosa pálido de Júpiter, por el azul tornasolado de Mercurio al rojo oscuro de Marte, para acendrarse en el templo plateado de la Luna y en la capilla dorada de Bel(28).
El propio Alejandro, desde el principio de la campaña, iba de asom- bro en asombro. Ahora, ya no se consideraba como un invasor, sino como un profeta y un liberador venido a traer al Asia entregada el mensaje griego de la libertad. En cambio, empezaba a ver toda la belle- za y la riqueza espiritual de Oriente y se puso a estudiar la religión y la filosofía de los persas.

Después de Babilonia, las otras grandes ciudades, Susa, Pasagarda y Persépolis, la capital, caían en manos del conquistador. Pero Ecbatana, residencia de verano de Darío, había de deparar a los macedonios una última sorpresa. En un marco deslumbrante de montañas azuladas coro- nadas por cimas nevadas, la rica ciudad, capital de la Media, extendía sus palacios y sus jardines.
La ciudad, nos dice Heródoto, constaba de siete recintos concén- tricos, cada uno rebasando al otro en la altura de sus almenas. Las del primer recinto eran hechas de piedras blancas; las del segundo de piedras negras; las del tercero eran de color púrpura; las del cuarto azules y las del quinto de rojo. En cuanto a los dos últimos muros, estaban chapados de plata y oro. En el centro de todo se ha- llaba la residencia del rey.
Encontramos de nuevo aquí, en los persas, la cosmogonía planetaria de Babilonia, pero mientras que entre los semitas asidos la Luna es exaltada, entre los arios del Irán, penetrados por la doctrina de Zoroastro, es el sistema heliocéntrico el que se encuentra exaltado y, al igual que el Sol en el Cosmos atrae a los otros planetas, el rey de Persia, en medio de su palacio, luz de su imperio, atrae a todos los pueblos alrededor de su omnipotencia.
Alejandro comprendió esta fabulosa enseñanza y, al proclamarse rey de Asia, teniendo vocación de gobernar todos los territorios de este in- menso continente, se propuso reunir a todos los pueblos bajo una misma ley y una misma religión, la de Ormuz, la de Zoroastro, la de Amón-Ra. Sucediendo a Darío que acaba de ser asesinado por sus propios oficiales, deja su manto de púrpura sobre el cuerpo del rey y se proclama su heredero. Llava la tiara de los medos y se reviste el traje oriental, exigien- do que en lo sucesivo se prosternen a sus pies, en esa proskinesis que es una prueba de adoración.

Soldados y oficiales persas son introducidos en la infantería y la caballería. El Ejército puramente griego se transforma en un gigantesco mosaico militar que agrupa a todos los pueblos del imperio, y puesto que Alejandro es el sucesor de Darío, los asesinos del Gran Rey serán castigados. Besso, uno de los sátrapas que participó en el complot, es perseguido, detenido y condenado a muerte. Alejandro se identifica total- mente con el antiguo rey y pretende reinar sobre todos los territorios del imperio reconciliando el Oriente y el Occidente, siempre antagonistas. El Sol naciente y el Sol poniente, ¿acaso no difunden la misma luz? Ale- jandro sentía ahora toda la profunda sabiduría de Asia, hecha de in- tuición y no de razón lógica.
Su propósito, escribe Plutarco, no fue acudir a registrar Asia, como un capitán de ladrones, ni saquearla y devastarla, como si una felicidad inesperada hubiese residido en el estrago y el botín... Su voluntad fue hacer que toda la tierra habitable estuviese sujeta a la misma razón, y que todos los hombres fuesen ciudadanos de un mismo Estado y un mismo Gobierno. Si el gran dios que había enviado el alma de Alejandro a este mundo no le hubiese reclamado súbita- mente, no habría habido, en el porvenir, más que una sola ley rigiendo a todos los vivos y el Universo entero habría sido gobernado bajo una misma justicia como bajo una misma luz. La forma como realizó su expedición nos muestra que obró como verdadero filósofo, no ya para conquistar abundantes riquezas, sino por hacer que reina- se la paz universal, la concordia y la unión y asegurar la comunicación de todos los hombres unos con otros. Estimándose enviado por el cielo para ser el común reformador, el gobernador y el reconciliador del Universo, juntó el todo en uno, de todos lados, haciéndoles be- ber a todos, por decirlo así, en una misma copa de felicidad. Mezclan- do juntas las vidas, las costumbres, los usos y los maridajes, ordenó a todos los hombres vivientes considerar la totalidad de la tierra habitable como patria suya e invitó a todas las gentes de bien a sentirse parientes unos de otros, excluidos únicamente los malvados.

A fin de marcar bien a los ojos de todos esta voluntad de continuidad, Alejandro visita el mausoleo del gran conquistador Ciro, que todavía hoy puede ser contemplado en la llanura de Pasagarda. Penetra en la tumba por una estrecha abertura y, en esta soledad que le pone frente a frente con la muerte, Alejandro descifra la inscripción del sarcófago que le causa una gran turbación:
Soy Ciro, que conquistó este Imperio a los persas. No me envidies el ínfimo puñado de tierra que cubre mi cuerpo.
En efecto, no sólo existen reinos materiales y el nuevo «rey de Asia» comprende que ha de ser un «cosmocrátor», es decir, un monarca que domine el Universo material y un jefe sacerdotal, intermediario entre Dios y los hombres situándose bajo la doble protección de Ciro y de Zoroastro, ese instaurador de la religión de luz cuyas huellas sigue él, el hijo del Sol por la gracia de Zeus-Amón.
Ahora bien, de conquista en conquista, de Media a Hircania, de las arenas ardientes de la Gedrosia a la Partía verdeante, el disco de oro del Sol, cada vez más brillante y más caliente, llama a proseguir la ruta hacia las fuentes luminosas. Este inmenso periplo conduce a Alejandro hacia tierras cada vez más lejanas y se adentra hacia el Norte, en esas terrae incognitae de Bactriana y de Sogdiana donde la población le opone una resistencia feroz, cuya rebelión consigue con dificultad romper, él, el vencedor de incontables combates. En estas comarcas monta- ñosas, cada picacho rocoso es una fortaleza que ha de ser asediada. Di- ríase que se concentra en este paraje una postrer resistencia que encubre algún impresionante secreto.
Pero esta vez también, Alejandro está decidido a vencer, empujado por una angustia misteriosa. Siente la llamada del Sol, y porque la Bactriana y la Sogdiana son los países de Zoroastro, donde el profeta ense- ñó su religión grandiosa, necesita estas provincias impregnadas de influencia espiritual. Una vez ocupada aquella tierra sagrada, Alejandro
sabía que ya no podía ser vencido, y fue igualmente por motivos reli- giosos y místicos que los últimos lugartenientes de Darío, los generales y sátrapas de Oriente, opusieron al conquistador una resistencia feroz. Sabían el envite de la batalla, la posesión de Bactras, ciudad natal de Zoroastro, la ciudad mágica visitada por los «superiores desconocidos» de la India, la ciudad magnética ligada al corazón del mundo, que cons- tituía una de las entradas del reino subterráneo del Agarta, ese im- perio misterioso donde tiene su sede el «rey del mundo», bajo las mon- tañas del Asia central.
Alejandro entra en Bactras en 329 y permanece en ella dos años que aprovecha para estudiar la doctrina de los «maestros de sabiduría» de los cuales ya no sabemos nada.
La antigua ciudad sigue todavía en pie hoy y sus vestigios, que se alzan en un marco salvaje, contienen una majestad que ha impresionado a todos los visitantes. Toynbee, que visitó la ciudad en 1960, nos dice:
Hoy, he visto Balj con mis propios ojos y he podido recoger de ella una colección de imágenes. La primera fue la de su muralla meridional tal como se percibe desde la carretera viniendo del Sur. La segunda fue el vasto espacio interior de la ciudad, contemplado desde lo alto del Bordj-I-Ayran, un pabellón encaramado en el ángulo sudoeste de sus murallas. La tercera fue tomada desde la ciudadela (que es, por sí sola, una ciudad en la ciudad). La cuarta fue tomada desde la cima de la ciudadela, desde donde la mirada descubre no tan sólo el contorno de la ciudad y la mayor parte del circuito de sus baluartes, sino también una dilatada porción de la campiña cir- cundante. La quinta fue de nuevo el baluarte meridional, pero visto esta vez desde la última terraza de uno de los dos templos de Zoroastro que flanquean en ambas partes los accesos de la ciudad cuando es abordada por ese lado. La última imagen fue la cara sudeste de sus murallas, vislumbrada por encima de mi hombro, mientras mi coche abandonaba Balj siguiendo la nueva carretera que conduce a Mazar-I-Sharif.
Cierto que el perímetro encerrado en los baluartes exteriores de Balj es irrisorio si se le compara con la superficie construida de Chicago o de Los Ángeles, donde cada punto está separado de los otros por unos cincuenta kilómetros.
Y, sin embargo, Chicago y Los Ángeles me han dejado frío, mien- tras que Balj —esta concha vacía de una ciudad difunta— me ha fulminado literalmente. Sin embargo, yo estaba sobre aviso. Espe- raba quedar impresionado por su grandeza. Me había fijado larga- mente en fotografías y mapas. Había leído todas las descripciones que pude proporcionarme. Pero la imagen que me había hecho de ella no respondía en nada a la realidad. Que les sirva de ejemplo a los turistas que se extasían al ver Chicago. Estoy seguro de que los alejandrinos que visitaban Balj cuando era la capital del Imperio grecobactriano quedaban mudos de estupor. Y estoy seguro de que los romanos que la visitaron cuando era una de las capitales del Imperio de Kuchán tuvieron la misma sensación. Por mi parte, me ha dejado pasmado. Esas murallas ciclópeas, esas torres, esos amon- tonamientos de tierra, hasta su estado de desmoronamiento actual, dan una elevada idea de la majestad que puede alcanzar un esfuerzo humano sostenido sin desfallecer a través de doce siglos... ¿Cuál es la edad de Balj? Nadie sabría decirlo. Se enorgulleció de ser la madre de las ciudades. Pero nada permite verificar este aserto. Puede datarse un período de civilización griega con un solo tiesto de ánfo- ra. Pero las murallas de tierra, aunque alcancen proporciones tan colosales, no revelan su secreto a los arqueólogos. Los ladrillos se- cados al sol no tienen edad. Tanto pueden pertenecer a un milenio como a otro.

De modo que todo cuanto podemos saber del pasado de Balj, interrogando a los vestigios titánicos de sus murallas, es que fue una de las más grandes metrópolis del Universo, durante el ochenta y cinco por ciento del tiempo transcurrido desde la aparición en la tierra de eso que llamamos civilización. Sólo en el transcurso de los setecientos cincuenta últimos años Balj se sumió en las tinieblas del olvido. 
Pero una vez más la «gran luz» estaba más lejos. Los sacerdotes de Zoroastro habían explicado al rey cómo, en el origen, todo era luz «se- mejante a una antorcha encerrada en un cristal». En el lado opuesto estaban los «receptáculos tenebrosos» o fuerzas del mal. Pero, si Alejandro quería saber más, decían que tenía que ir hasta la India, a orillas del río Ganges, donde se encontraban los «hombres sabios» meditando en sus templos en forma de loto. Allí, Alejandro conocería la sabiduría suprema enseñada por Sakiamuni, el Buda, muchos años antes.
¡La INDIA! Así, pues, había otra cosa más allá del Imperio persa, y el Gran Océano burbujeante que rodea la tierra debía estar situado más lejos. Alejandro decidió invadir la India fabulosa.
El Ejército, engrosado con los contingentes extranjeros ahora asimi- lados en el crisol militar, se puso en marcha hacia el Sur. El rey de Persia y de Asia iba a cumplir treinta años y quería festejar este ani- versario en la capital del reino hindú, después de haber fundado, a todo lo largo de su camino, ciudades que llevasen su nombre.
Un obstáculo enorme cerraba el paso hacia las llanuras del Indo: el Hindú Kush, el macizo montañoso que se alza a las puertas del Afganistán. Los griegos, al salvar el puerto de Kahybar, siguiendo en sentido contrario la ruta de las grandes migraciones arias, se pregun- taban qué iban a encontrar al otro lado. Los rumores más extraordi- narios circulaban sobre aquel país; hablábase de hombres con dos cabezas, de seres andróginos y de pájaros multicolores a los cuales se les enseñaba la palabra. ¿No se servían de elefantes para llevar cargas y de leones para custodiar las casas? Los palacios de los reyes estaban, al parecer, incrustados de piedras preciosas y los templos poseían techum- bres de oro macizo.
No obstante, la verdadera riqueza no estaba allí, sino entre los hom- bres de cabeza rapada, revestidos de la túnica amarilla de Buda.

Ya los signos del destino se acumulan, invitando a la antigua tribu aria de los macedonios a reunirse con sus hermanos de raza. Al apode- rarse de la fortaleza de Aornos, que le corta el paso, Alejandro se entera de que había resistido victoriosamente a Krishna. Ahora bien, aquel profeta y mensajero de la India fue al mismo tiempo un guerrero y un jefe espiritual, y esta figura heroica impresiona al «rey de Asia y de Persia», como la imagen de un destino paralelo al suyo, y ello tanto más cuanto que los griegos, recordando el tiempo en que hindúes y helenos formaban un solo pueblo que dominaba las grandes estepas del Asia central, asimilan Krishna, el héroe solar, con Heracles, que llevó a cabo sus famosos doce trabajos en favor de los hombres.
En su camino, Alejandro percibe las primeras ermitas habitadas por los brahmanes, esos sacerdotes poseedores de una sabiduría milenaria.
El rey les interroga y ellos le responden mostrando los libros sagrados. La Baghavad-Gita, el Mahabarata. Estos textos han irradiado ya sobre toda Asia. Por Krishna el Verbo solar se ha extendido en Persia a través de Zoroastro que enseña el culto de un dios único de luz, y Mitra por sus misterios gana ya el Cercano Oriente. En Egipto, Akenatón, único descendiente de príncipes arios, los mitanienses, ha restaurado el culto del disco de oro y la Grecia antigua a Apolo, el dios del Sol y de la Lira mientras que Dionisos, el triunfador de la muerte, resucita las almas. ¿Acaso éste no recorrió Egipto y Siria para ganar finalmente la India donde se pierde su rastro, de creer a la mitología griega? Y he aquí que el milagro se repite. Siguiendo el río Indo, Alejandro descubre una misteriosa ciudad llamada Nysa, y cuando el jefe de los Ancianos le cuenta la historia de la ciudad, ya no duda. Es, en efecto, un fresco mitológico grandioso el que se desarrolla ante él, y Dionisos, Heracles, Amón y Ormuz se le aparecen como otros tantos símbolos múltiples, otras tantas imágenes diversas enviadas por el principio luminoso que se oculta en el Sol. La ciudad fue fundada por el propio Dionisos en la montaña que se llama monte Meru, el Meros griego. Ahora bien, este lugar es igualmente la montaña sagrada que vio la apoteosis de Krishna. Los macedonios están maravillados. La hiedra y la viña crecen sobre esta tierra como en los bosques de Dionisos en Grecia; se cubren de guirnaldas y de pámpanos, celebrando durante diez días una increíble baca- nal que regocija a Alejandro. Algunos se ponen a profetizar y caen en éxtasis. Ya no es un ejército, sino un coro de hierofantes que por fin se pone en marcha y se apresta a cruzar el Indo para entrar en el país de Taxila, comarca amiga cuyo soberano ha establecido una alianza con el conquistador.
En la primavera de 326, Alejandro celebra juegos y sacrificios en la capital del Estado vasallo, preludio de una nueva campaña. Poro, el mahrajá que reina al otro lado del Hidaspes, ha rehusado someterse y reta a los griegos. Un ejército de elefantes es su arma secreta. Pero Alejandro no se deja sorprender; cruza el Hidaspes con el grueso de su ejército y toma de revés a las tropas enemigas que pronto quedan copadas. Poro combate hasta el fin con coraje y Alejandro le deja al frente de sus Estados.
Pero esta vez, el ejército del invasor está agotado. Los macedonios ya no tienen ímpetu y sólo piensan en regresar a su patria donde podrán disfrutar de un reposo bien ganado, y cuando Alejandro, prosiguiendo su sueño eterno de conquista, se dispone a invadir la llanura del Ganges atravesando el Hifases, sus tropas, por primera vez, se niegan a seguirle. Es un quebranto para el conquistador y su corazón se lacera de dolor. General siempre victorioso, rey absoluto de un inmenso imperio, elegido del dios-Sol, Alejandro se ve detenido por la inercia de su ejército, que ya no le entiende. Los hombres ya no están a escala de sus proyectos. Por haber creído que su destino era igual al de un dios, el hijo de Olimpia descubre que tiene hombres y no titanes a su mando. No conocerá los templos de los «hombres sabios», no será huésped del «rey del mundo» en la ciudad de Schamballah, y su sueño inacabado deberá pro- seguirlo otro sin poder ponerle fin. Juliano, hijo de Helios-rey, seguirá las huellas de Alejandro llamado por la voz tonante del Sol.
Menos de tres años después, en 323, Alejandro se extinguía, fulminado por el paludismo, en la ciudad de Babilonia. Como fieras, sus lugartenientes se disputaron su imperio del que finalmente se repartieron los jirones. En su morada celestial, Alejandro se había reunido con el Sol, aquellas peripecias ya no le interesaban. Grecia había caducado. Roma iba a recoger la antorcha y, en su sueño universalista, seguiría dando fe del «Ünico».

* Nota final 
                  La leyenda releva aquí a la Historia y consagra la «ascensión de Ale- jandro» hacia el Sol. Numerosas escenas, esculturas, pinturas y hasta joyas representan esta apoteosis. Roma elevará a su vez a Alejandro al rango de los dioses y el gran macedonio poseerá sus templos en la Ciudad Eterna. Volviendo a las representaciones de la «ascensión» del héroe, las más de las veces se ve a Alejandro de pie en el carro de Helios (el Sol) tirado por grifos o leones. Otro tipo de representación le muestra raptado en su trono. Un tercer grupo hace raptar a Alejandro por unas águilas que lo llevan hacia el astro eterno. En todas estas figuraciones, brilla una estrella sobre la cabeza del personaje, símbolo astrológico evidente de Sirio, el astro que preside los destinos de los reyes, según los egipcios y caldeos que lo llamaron Sarrus, el rey o el «señor de los cielos». Su aparición en el cielo, como hemos explicado, corresponde a la epifanía del sol en el solsticio.

En la capital del reino de Poro, Taxila, Apolonio de Tiana, el teurgo pitagórico que vivió en el siglo i, descubrió con alegría entreverada de sor- presa que el recuerdo de Alejandro seguía siendo vivo al cabo de tres siglos. «Apolonio y Damis entraron en un templo que se alzaba muy cerca, pero fuera del recinto amurallado. Columnas de pórfido rodeaban una celia central cuyas paredes cubiertas de bajorrelieves de bronce perpetuaban el recuerdo de las hazañas que hicieron la memoria de Poro inseparable de la de Alejandro. Sobre un fondo negro, el oro, el latón y la plata hacían destellar, con un arte suntuoso del color y una ciencia perfecta del relieve y del hueco, cascos, armaduras y escudos de guerreros. Aquel templo magnífico había sido cons- truido a la gloria de Alejandro por el propio Poro. Era el insigne monu- mento de una gratitud perenne.» Así, hasta en la India, Alejandro fue vene- rado como un dios y, cosa más asombrosa, como un dios solar. En el templo del Sol de la misma ciudad, Apolonio pudo contemplar además la momia de
un elefante de guerra que Alejandro, en recuerdo del héroe de la Ilíada, había llamado Áyax y consagrado al Sol. En una anilla de oro que rodeaba un colmillo, podía leerse: Alejandro, hijo de Zeus, consagró Áyax al Sol. Y, hecho más significativo aún, la estatua de Alejandro había sido colocada en aquel último santuario. 

Los chakras son los centros de fuerza en el hombre. El término es hindú y significa «rueda». En número de siete (cifra sagrada), estos centros, conocidos por los iniciados desde la más alta Antigüedad, han sido redescu- biertos en Occidente el siglo xx por la práctica del yoga. Los diferentes cha- kras son, empezando por abajo: el chakra raíz (en la base de la columna vertebral), el chakra del bazo, el chakra umbilical, el chakra del corazón, el chakra de la garganta, el chakra de la frente y por último el chakra del loto (cima del cráneo). Cada centro es un punto de energía, sol en miniatura si- tuado a lo largo de la corriente de energía vital formado por la «serpiente de fuego» que circula a lo largo de la espina dorsal. El despertar de los di- ferentes chakras, según técnicas secretas, entraña la aparición de unos pode- res supranormales ligados a una progresión espiritual correspondiente. En cuanto al origen de esa corriente de energía verdaderamente prodigiosa, sólo puede explicarse por la condensación en el hombre de las FUERZAS SOLA- RES transportadas por el éter.

El oráculo de Delfos era el más célebre de Grecia. Los consultantes
que llegaban al santuario de Apolo debían hacer ante todo una ofrenda al dios y efectuar un sacriñcio. Si los augurios se mostraban favorables, los sacerdotes admitían al consultante a penetrar en el templo e iban a buscar a la Pitonisa a fin de «introducirlo». Esta Pitonisa había de tener lo menos cincuenta años, aunque vestía como una muchacha. Era elegida entre todas las delfianas por la pureza de sus costumbres, pues, a partir de su entrada en funciones, se convertía en esposa del dios. Antes de cada consulta, la Pito- nisa se dirigía a la fuente Castalia donde procedía a las abluciones rituales que habían de hacerla absolutamente pura. Ganaba luego la gran sala (celia) donde se alzaba el altar de Poseidón y el célebre Onthalos, aquel ombligo del mundo hecho con una piedra «caída del cielo» que los antiguos llamaban «betilo». La profetisa se retiraba entonces al «sancta sanctórum» tras haber procedido a unas fumigaciones consagradas con laurel. La pieza subterránea donde ella «comunicaba» con Apolo sólo estaba guarnecida de un trípode sobre el cual se ponía la Pitonisa y de una estatua de oro del dios solar. Allí, respirando las emanaciones de la tierra, entraba en «entusiasmo», es decir, en un delirio sagrado. La respuesta oracular era interpretada por los sacer- dotes que la entregaban al consultante en forma de tablilla redactada en verso. El oráculo no podía ser consultado más que determinados días. Ale- jandro se presentó un día «nefasto», por lo que la Pitonisa no quiso darle una respuesta. Impresionada por el aspecto del joven príncipe, no pudo reprimir, sin embargo, la célebre frase que ya conocemos.


AQUI TERMINA LA SAGA LOS INICIADOS DEL SOL para 
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Espero lo hayan disfrutado como yo.

En el blog continua el articulo
JULIANO O «HELIOS-REY»

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