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domingo, 30 de junio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 3


LOS INICIADOS DEL SOL



               Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.


LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 3

La omnipotencia del clero de Amón

Aquella preponderancia del clero de Amón iba a brillar bajo la XVIII dinastía. La situación financiera de los sacerdotes (los templos de Kar- nak y de Luxor cubrían una superficie de varias decenas de hectáreas) no era ajena a aquel monopolio de la dirección espiritual de la época. Bajo el Nuevo Imperio, por haber concedido los faraones al clero de Amón un predominio sobre los otros templos, el peligro que de ello resultó para el Estado se agravó proporcionalmente.
El «primer sacerdote de Amón» era ya, no solamente jefe de los sacerdotes de los dioses de Tebas, sino, al mismo tiempo, «director de los sacerdotes de todos los dioses del Alto y del Bajo Egipto». Todo el resto del clero le estaba subordinado. Bastaba con ser el «segundo sacerdote de Amón» para tener la dirección del templo de Heliópolis y tener así acceso a los misterios que, antes, le estaban vedados.

Pero los sacerdotes de Amón no habían de detenerse en tan buen camino. Fundaron «milicias» para proteger los templos, prisiones para encerrar a los fieles «refractarios»...
El clero de Amón no debía pasar necesidades a juzgar por los nu- merosos monumentos que nos han dejado los barberos y los guardianes de toda clase afectados a su servicio.
También es significativo que los altos funcionarios del templo hubie- sen sido al mismo tiempo funcionarios del Estado. Parecidas situacio- nes son siempre signos precursores de la decadencia de un reino so- metido, como Egipto, al influjo creciente del sacerdotalismo.
Pero correspondía a un faraón de la XVIII dinastía el tratar de rom- per aquella omnipotencia del clero de Amón y retornar al culto de sus antepasados ATLANTES: la religión del «disco solar», desembarazada del fárrago religioso que abarrotaba el panteón egipcio. Aquel faraón, Amenofis IV, es más conocido en la Historia por su segundo nombre, Akenatón, que significa ALEGRÍA DEL SOL.

El «retorno» al culto solar. La invasión mitaniense

Hacia 1500 a. de J.C., el Estado de Mitani, situado en la Alta Mesopo- tamia, comenzó a desbordarse sobre sus vecinos. Los mitanienses, des- cendientes de las tribus hicsos, de raza indoaria, estaban hasta entonces aposentados junto al río Jabur. Adoraban a los dioses de la antigua India: Indra, Varuna y Mitra, es decir, el carácter solar de sus creen- cias.
Ya, en el tercer milenio, habían irrumpido, viniendo de Asia, hasta el valle del Nilo, pero sin resultado decisivo. Esa vez, su invasión de Egipto prometía tener consecuencias más duraderas.
Lo primero que nos impresiona, es el hecho de que aquellas tribus arias y nómadas de la estepa aportaban consigo la cruz gamada, la ESVÁSTICA (rueda solar que debía evolucionar en sentido giratorio). Según el historiador Z. Mayani(ll):
Uno de los testimonios más antiguos de esa asociación del Sol y del caballo es la esvástica, que aparece en el Irán en la época neolí- tica, en Elam y en la India prearia desde fines del IV milenio. Dé- chelette veía en ello el emblema del Sol en movimiento y el equiva- lente de una rueda. No obstante, ciertas representaciones del arte escítico indican que con el tiempo la esvástica comienza a expresar una concepción nueva: es la imagen de los cuatro caballos, tiro del carro solar, cuyas cabezas, vueltas hacia los cuatro puntos cardina- les, crean la impresión de un movimiento rotativo.

Vemos aquí perfectamente la estrecha relación existente entre el caballo (emblema específico de los hicsos nómadas, por oposición a los sedentarios del valle del Nilo) y la esvástica, símbolo solar en su ori- gen. Apoyándose por lo demás en los trabajos de Léger y del profesor Skazkin(12), el autor amplía el campo de esta influencia:
Uno de los dioses más poderosos de los eslavos era Sviatovit, a la vez divinidad de la Guerra y de la Fertilidad de los campos. Su ídolo tenía cuatro cabezas vueltas hacia cuatro lados diferentes. Se alzaba en su templo de la isla Rugen. En la mano derecha, Sviatovit sostenía un rhyton(13) lleno de bebida alcohólica. Junto a la estatua estaban puestas una silla, una brida y una espada. Un caballo «blan- co como la nieve», consagrado a Sviatovit, estaba guardado en el recinto del templo... Ahora bien, de acuerdo con la posición de sus cuatro cabezas, Sviatovit era esencialmente un dios «que todo lo veía»... (14) Por otra parte, el origen solar de este dios es evidente. Es posible, por tanto, que ciertos rasgos de Sviatovit se remonten a los tiempos anteriores a los eslavos. En este caso, las cuatro puntas de la antigua esvástica simbolizan quizá no sólo al Sol en mo- vimiento, sino también al Sol abarcando con su mirada los cuatro lados del horizonte, al Sol «que todo lo ve».
Es sintomático destacar que, sesenta siglos más tarde, la misma isla de Rugen había de servir de lugar de experimentación a las pruebas científicas ultrasecretas de los «iniciados» nazis que a su vez hacían alarde de la cruz gamada...

Permanece el hecho, sin embargo, de que los egipcios quedaron pro- fundamente marcados por las invasiones mitanienses. El primer his- toriador egipcio conocido, Manetón, ha evocado este episodio guerrero:
No sé cómo, la cólera divina sopló sobre nosotros y, de improvi- so, un pueblo de raza desconocida, venido de Oriente, tuvo la audacia de invadir nuestro país. Gracias a su fuerza, se apoderaron de él sin lucha. Apresaron a los jefes, incendiaron salvajemente las ciudades, arrasaron los templos de los dioses y trataron a los indígenas con extrema crueldad, degollando a los hombres y llevándose como es- clavos a los hijos y a las mujeres. (Referido por el historiador judío Flavio Josefo.)
Los faraones de la XVIII dinastía no tuvieron otro remedio que pactar con aquellos invasores que devastaban periódicamente las co- lonias egipcias de Siria y de Palestina. Por esto se sellaron alianzas matrimoniales, alianzas cuya importancia nunca recalcaremos bastante para explicar los hechos que van a seguir. Aquellos nómadas, que reverenciaban al águila y al halcón, aves del Sol, habían de desempeñar el papel de renovadores de la religión en Egipto.

Así es como llegamos naturalmente a nuestro faraón, Akenatón, como tan justamente observa Mayani:
No es en las fuentes semíticas donde Amenofis IV buscará su ins- piración religiosa... A primera vista, sólo continúa lo que ha recibido de sus predecesores y de todas aquellas princesas mitanienses que dominaban la Corte, un culto adecuado a su gusto, el de Atón, del disco solar. Este culto aparece ya bajo Tutmosis IV. Amenofis III muestra por esta hipóstasis del Sol una devoción personal. Posee en el lago de Tebas una embarcación de recreo denominada «Esplendor de Atón». Este culto se dirige al Sol directamente; prescinde de los viejos templos oscuros; hace pensar en los templos solares a cielo abierto de la V dinastía (como el de Heliópolis) y, aún más, en la adoración directa y espontánea del Fuego sagrado por los nómadas
de la estepa. Amenofis IV, ahora ya Akenatón, se entrega a este culto con toda la fuerza de su naturaleza que no sabe de compromi- sos. Lo magnifica y lo torna absoluto y exclusivo. Le insufla también su filosofía henchida de optimismo, ebria de libertad, de la alegría de vivir, del amor de la Naturaleza. Atón es el padre y la madre de todas las criaturas...

Así, por el rodeo de esta influencia maternal y familiar, nos encon- tramos de vuelta en el centro del tema: Akenatón está efectivamente en la base de ese hilo de oro de la tradición esotérica indoeuropea. El único escritor que ha percibido confusamente esta verdad es, como hemos dicho, Z. Mayani:
Hay cierta afinidad, aunque sólo fuese la religión solar, entre los hicsos, que probablemente estaban guiados por los indoarios, y Akenatón, más indoario que egipcio, y hay, por otra parte, un lazo, quizá de orden afectivo, entre el rey reformador y los mitanienses, adeptos igualmente de un monismo solar particular.
No es de extrañar, desde luego, que la madre de Akenatón sea mi- taniense, la reina viuda Tyi, y sobre todo, que tenga una princesa mita- niense por mujer, la bella y enigmática Nefertiti.

Esta genealogía nos hace tomar conciencia de la penetración de los hicsos en la familia reinante, por lo demás bastante misteriosa a su vez.

Akenatón, el faraón Atlante

La personalidad del faraón. Akenatón (1372-1354 a. de J.C.), a su advenimiento, es semejante a todos los demás faraones. Hijo de Ame- nofis III y de su esposa principal Tyi, había dado pruebas de una notable fuerza de carácter y, sobre todo, descendía de un ilustre linaje, demasiado poderoso para ser eliminado.
La personalidad de este monarca, subido al trono del más vasto imperio de su tiempo a la edad de doce años y que terminó su acción reformadora cuatro años más tarde, no puede sino suscitar un prodi- gioso interés cuando se sabe que puso las bases de un monoteísmo cósmico aproximadamente mil cuatrocientos años antes de la venida de Jesús.

Desde luego, el destino quiso que aquel faraón de la XVIII dinastía tomase las riendas del poder en el momento que Egipto conocía una expansión religiosa y cultural sin precedentes; naturalmente, Akenatón hubo de ser conducido a guiar la reforma religiosa a la cual le predestinaba su carácter ascético y místico. Su padre y sus predeceso- res de la XVIII dinastía habían hecho nacer ya un nuevo concepto religioso en el pensamiento egipcio: el del Sol representado por su disco, Atón. Pero hubo que esperar el advenimiento de Amenofis IV (Akenatón) para que aquel símbolo religioso se convirtiese en el DIOS ÜNICO DE LA TIERRA, incluidos los países que no dependían de la soberanía egipcia.

Aquel faraón, que predicó la doctrina del AMOR UNIVERSAL, me- rece más que cualquiera otro el título de precursor y de hombre «por encima de su tiempo». Asimismo, tanto en el arte como en el campo «social», el espíritu innovador de aquel soberano sorprende aún hoy a los historiadores.
Qué pensar, por último, de su aspecto físico, tan irreal que parece surgir directamente de alguna fantasmagoría onírica:
... Sobre un cuello demasiado grácil, gravita la pesada cabeza, de cráneo enorme, que la corona azul de los países bajos del Nilo recarga aún más, como para aplastarla. El uraeo de oro se yergue en ella, la cobra sagrada de Egipto, y la orgullosa joya casa mal con esos rasgos andróginos en los que todo es comedimiento, dulzura, inquietud. A través del granito o del mármol de las estatuas que lo evocan, la meditación profunda es sensible aún. Es éste, no lo dude- mos, el rostro de un enfermo, de un hombre joven aún, pero de días precozmente contados, la extrema culminación de una raza muy vieja, una imagen de decadencia y de suprema perfección.

Este físico extraño ha sido referido por numerosos autores, todos los cuales han hecho hincapié en el aspecto andrógino del personaje. En el palacio de Charuk, cerca de Tebas, donde Akenatón había nacido y en el que pasó su infancia, su imagen esculpida era la de un chiquillo que parecía una niña: un rostro ovalado, impreso de un encanto in- fantil y virginal. Después aquel aspecto físico no hizo sino acentuarse hasta darnos la imagen que nos ha dejado la posteridad:

¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un hombre? No, otro ser que, con una forma humana, no tenía nada de terrestre. Ni un hombre, ni una mujer, ni un anciano, un eunuco y una eunuca, un aborto decrépito. Brazos y piernas espantosamente flacos, como huesos de esqueleto, hombros de niño estrechos, pero caderas anchas y redondas, pecho hundido con unas tetas prominentes como las de una mujer, un vientre hinchado de mujer encinta, una cabeza enorme de cráneo en forma de calabacín pesadamente inclinada sobre un cuello delgado, largo y flexible como el tallo de una flor, una frente huidiza, el men- tón colgante, la mirada fija y en los labios la sonrisa vaga de un loco (18).
Por supuesto, esta descripción del escritor ruso Merezhkovski fuerza un poco la nota extraña en perjuicio de la realidad histórica, pero es un hecho reconocido que los turistas que visitan el emplazamiento ar- queológico solar de El-Amarna, tienen un sobresalto de sorpresa cuando se les revela que las imágenes en bajo relieve que habían tomado por la representación de dos reinas son en realidad la del faraón Akenatón y de su esposa Nefertiti.
La prueba de esa ambigüedad es que todavía resulta difícil, hoy en día, hacer la diferencia entre las imágenes del faraón y las de su es- posa, sobre todo cuando aquél es representado con la corta peluca que sus mujeres solían llevar. Fundándose en parámetros anatómicos, resulta igualmente casi imposible saber si los torsos de las estatuas rotas halladas en El-Amarna son los de Akenatón o de Nefertiti.
Veámoslo. Akenatón está descrito con cuello de cisne, caderas anchas y el mismo pecho prominente que el de Nefertiti. La representación del faraón provisto de su larga túnica es asombrosa y requiere por nuestra parte una indagación en relación con la rareza del fenó- meno.
Akenatón, el faraón andrógino, un dios entre los hombres. Todas las enseñanzas iniciáticas hacen mención del androginado de nuestra raza primitiva. Así, los Rosa-Cruz nos enteran de las relaciones que existían entre el Sol y nuestros antepasados andróginos:
Durante los primeros tiempos de la época hiperbórea, cuando la Tierra estaba aún unida al Sol, las fuerzas solares proporcionaban al hombre todo cuanto necesitaba para su subsistencia, y el hombre irradiaba inconscientemente de ello el excedente con un objeto de reproducción.

Pero he aquí lo que es mucho más instructivo aún en esa tradición rosacruciana:
Cuando la materia de la que más tarde fueron formadas la Tierra y la Luna era todavía parte del Sol, el cuerpo del hombre que había de surgir era aún plástico. Las fuerzas emanadas por la parte que más tarde fue el Sol y por la parte que ahora es la Luna estaban fácilmente activas en todos los cuerpos, de manera que el hombre de la época hiperbórea era hermafrodita, capaz de producir un nuevo ser sin tener relaciones sexuales con otro ser...
Cuando la Tierra fue separada del Sol, y que poco después lanzó la Luna al espacio, las fuerzas de los dos astros ya no afectaron uni- formemente a todos los seres como en el pasado. Algunos cuerpos fueron más afectados por un astro y algunos lo fueron más por las fuerzas del otro (19).
Tenemos en este texto un reflejo de la tradición primordial y del mito del androginado, fenómenos que habíamos hallado ya en el célebre diálogo de Platón El Banquete.

El lector no se sorprenderá si le revelamos que, para los tradicio- nalistas como para los teósofos, EL CULTO SOLAR ESTÁ LIGADO CON EL ANDRÓGINO, PRIMER REPRESENTANTE DE LA ESPECIE HUMANA EN NUESTRO PLANETA. Es de comprender la importancia de una afirmación semejante, tanto desde el punto de vista religioso como filosófico.
Para Madame Blavatski, fundadora de la Sociedad Teosófica y auto- ra de la famosa Doctrina secreta, «el Dios único Jehová tenía un antiguo aspecto andrógino en los primeros capítulos del Génesis, antes de ha- cerse (por medio de ciertas transformaciones cabalísticas) enteramen- te MASCULINO, cainita y fálico...». Se comprende todo el interés del punto de partida de la raza humana.
Tendremos ocasión de volver sobre Moisés y sobre las supuestas imitaciones de este «iniciado egipcio» al culto del faraón Akenatón. Limitémonos, por ahora, a remontarnos a la fuente de esas diversas tradiciones.

Aquí volvemos a encontrar a Platón explicando que el gesto eterno del Eros reside en el subconsciente del hombre y de la mujer de no formar más que UNO, como lo eran en los orígenes de la Humanidad:
... Es desde aquellos remotos tiempos que el Amor impulsa a los seres humanos unos hacia otros, esta tentación es innata en la natu- raleza humana y tiende a restablecer la naturaleza primera tratando de unir dos seres distintos en uno solo y de sanar así a la naturale- za humana.
Más explícitamente aún, Platón nos pone al descubierto el fondo de su pensamiento:

El alma de cada uno de los dos partícipes tiende a algo diferente que no sabe expresar, pero que SIENTE y REVELA misteriosamen- te (Ibid., 192 C).

Y Platón pregunta a los amantes:
Lo que deseáis, ¿no es una fusión perfecta de uno con otro, de manera de no separaros jamás uno de otro, ni de día ni de noche? Si es éste vuestro deseo, puedo muy bien fundiros juntos y soldaros con la fuerza del FUEGO en un mismo individuo, de tal modo que, de dos que erais, os reduzca a un solo ser, que viváis unidos uno a otro mientras dure vuestra vida, y a que una vez muertos, allá en el Hades, en lugar de ser dos, no seáis más que uno, cogidos ambos por un común destino. Pues bien, ved si es a esto a lo que aspiráis y si podéis daros con ello por satisfechos.
Estamos lejos, aquí, del psicoanálisis que no ve en el acto carnal más que «el instinto de conservación de la especie». Sorprende, sin embargo, el constatar que el mito del androginado ha circulado en todos los continentes y en todas las épocas, y ello de una manera subterrá- nea: desde los ambientes misteriosóficos egipcios hasta los gnósticos y la era moderna misma, pasando, por supuesto, por los autores de la Edad Media.

Si volvemos a Egipto y a Akenatón, notaremos con cierto asombro que los faraones nunca se refirieron oficialmente a su obra maestra nacional por excelencia. Nos referimos a la gran Esfinge de Gizeh.
Hemos visto ya lo que cabía pensar del nombre de la Esfinge, que está en estrecha correlación con la isla de Ruta de la Atlántida, pero más curioso es aún su aspecto morfológico.
Madame Weissen-Szumlanska ha examinado detenidamente el enigma de la gran Esfinge y su conclusión coincide con nuestra hipótesis de principio cuando escribe:
Las innumerables esfinges de toda índole de los diversos centros de la cuenca mediterránea representaban a veces retratos, pero más frecuentemente leyendas. Así, una de ellas, que data del período ro- mano, está compuesta de una cabeza de mujer sobre el cuerpo leoni- no de un varón. Sería una alusión al andrógino...
El aspecto de ese monstruo de rostro doloroso, de mirada sin párpados, perdida sobre el horizonte, con una fijeza despavorida, tiene algo de conmovedor... En definitiva, lo que domina en esa efigie es la impresión de una POTENCIA DE HOMBRE PARALIZADA EN EL ANIMAL, horrorizada, pero domeñada, resignada, anulada.

La Esfinge de Gizeh, muy anterior a las pirámides, expresa el terrible avatar de los inicios de nuestra humanidad, la decadencia infernal de un ser originariamente bello, el receptáculo de un secreto incomunicable a los profanos bajo pena de muerte...
De todos modos, el secreto de nuestros orígenes fue bien guardado y sólo algunos grupos iniciados que se apoyan de la filiación egipcia pueden actualmente enterarnos mejor. No debe olvidarse que un iniciado en los misterios egipcios como Platón no podía divulgar su en- señanza sino a los más dignos de sus discípulos, so pena de las más terribles sanciones.
La cuna de la ciencia sagrada que fue Egipto recibió sucesivamente los más grandes espíritus del mundo antiguo que sufrieron la iniciación de la mano de los sacerdotes de Heliópolis: Orfeo, Moisés (fundador de los misterios hebreos), Pitágoras (que permaneció veintidós años en aquella tierra antes de crear su escuela de Crotona) y por último Platón que había de ser el más grande de todos y que legó, en términos velados, el resultado de su «iluminación».

El ejemplo de Akenatón, cuyo aspecto físico hermafrodita parecía el del andrógino primordial, fue tomado como modelo por los iniciados de toda obediencia, por el símbolo de inmortalidad que representaba. Haciendo abstracción de la mitología, podemos comprender todo lo que se concatena como consecuencia de un tal estado. ¿Acaso el amor platónico no se aplica admirablemente a los chicos y a las chicas de 1971, de quienes no se sabe ya de qué sexo son? Pasando por los trovadores, el amor cortés y la teoría misma de la belleza, todo se man- tiene, tan cierto es que el esoterismo levanta el velo de los problemas permanentes que agitan a la Humanidad en todas las épocas. Hay un hecho significativo, y es que los cánones de la belleza femenina ideal ya no son, en 1971, los de la «Venus de Milo», sino los de la reina Nefertiti, anterior, sin embargo, quince siglos. Hay aquí un indicio revelador de ese estado de cosas que el mundo profano llama «moda» y los iniciados «ciclo».

CONTINUARA
Próximo Capitulo

Akenatón y Nefertiti, precursores del monoteísmo.-

jueves, 27 de junio de 2013

LOS INICIADOS DEL SOL - Parte 2


LOS INICIADOS DEL SOL

Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.
Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.
Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.
Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.

Hay muchas cosas que aquí no podemos contarles, pero si podemos darle el empujón inicial para que sean buscadores y guiarlos por donde buscar. 

Como dice un viejo refrán, la puerta se abre tanto de un lado como del otro, para entrar y salir es la misma.-
"Solo existen dos días en el año en los que nada puede ser hecho. Uno se llama Ayer y el otro Mañana. 
Por lo tanto Hoy es el día Ideal para Amar, Crecer y principalmente Vivir" 
Dalai Lama.

y mi favorita que tiene que ver con esta pagina:
"Todas las religiones tienen una base común. Solo se diferencian en la manera de presentar sus dogmas y principios". 
Krumm Heller



LOS INICIADOS DEL SOL
Parte 2

AKENATÓN: «ALEGRÍA DEL SOL»

       La creencia de los mundos griego y romano, que veían en Egipto la cuna de la ciencia hermética, ha persistido hasta nuestros días. Aún hoy, sólo las palabras obelisco y pirámide evocan para nosotros los más impenetrables misterios.
No es de extrañar, por lo tanto, que rosacrucianos y francmasones se rodeen de símbolos y de jeroglíficos que evocan la tierra de los faraones.
Sin embargo, aparte el hecho de que aquella comarca bendecida por los dioses se hubiese encontrado en las avanzadillas de la historia de la Humanidad, ¿cuál es el atractivo de aquella civilización desaparecida, en la era de la conquista del espacio?
Muy sencillamente, el desconocimiento en que estamos de su origen. Desde luego, podríamos interrogar a doctos egiptólogos, pero, tranqui- licémonos. Sobre el origen de aquella extraordinaria civilización, no saben más que el común de los mortales... A ver quién establece una cronología seria para las cuatro primeras dinastías faraónicas, es decir, el período arcaico del Imperio Antiguo. ¡Aviado estaría!
Del mismo modo, miles de turistas ya pueden «ametrallar» con gran refuerzo de películas fotográficas la inmemorial meseta de Gizeh. ¿Quién creería por esto que las pirámides y la Esfinge iban a revelar su anti- guo secreto?
Hablemos en serio y fijémonos mejor en la única realidad que con- taba verdaderamente en aquel tiempo: la religión y los mitos que la rodeaban.
Esta realidad nos enseña que Egipto es incontestablemente la patria del culto solar. Es él, el Sol, quien se levanta al Este con el nombre de Horus y que se pone al Oeste con el de Atón, de Tum o bien de Aw. Tomamos contacto aquí, en el marco del antiguo Egipto, con «la mi- sión civilizadora» de todo un pueblo.

Cada pueblo, en efecto, recibe tradicionalmente una «misión histó- rica»: los «guías espirituales», Hermes Trismegisto en este caso, son sus luces visibles. Es, sin duda, Hermes, el «tres veces grande», quien se hizo cargo de la «misión» de Egipto, por citar una expresión grata al esoterista Saint-Yves d'Alveydre.
Quién nos explicará de otro modo el nacimiento en Egipto del concepto infinitamente más sutil de «Sol invisible», de «Sol negro», con- siderado como el «Sol nocturno» en su carrera elíptica inaccesible a nuestras investigaciones, el modelo de las evoluciones misteriosas de la materia entre la muerte y el retorno a la vida... El prototipo de la al- quimia y del moderno psicoanálisis.
Claude de Saint-Martin, justamente apodado el «Filósofo descono- cido», fue el primer pensador cristiano que intentó, en el ~iglo xvni, reponer al hombre en el camino de la tradición. Enseñó la vinculación del cristianismo con la Atlántida, a través de Egipto, el druidismo y el mosaísmo primitivo del Libro de Enoch.
Esta filiación ha sido sostenida recientemente por el llorado Paul Le Cour, fundador de la revista de arqueología tradicional Atlantis. El culto del Sol habría llegado así a los egipcios por el canal de la Atlán- tida. Este culto, olvidado por los descendientes de los primeros farao- nes, habría sido repuesto al gusto del día por el iniciado que es obje- to de nuestro estudio: Akenatón.
Entre los egipcios —escribe Paul Le Cour— existía la creencia en un Dios supremo y en un segundo dios, el Sol creador. Una estela del museo de Berlín llama al Sol «hijo de Dios». En la puerta del templo de Medinet-Abu, se lee: «Es él, el Sol, quien ha hecho todo lo que es, y nada ha sido hecho sin él jamás.» San Juan dirá lo mismo catorce siglos más tarde hablando de Cristo.
Recordemos al lector que Akenatón vivió catorce siglos antes de Jesucristo.

En el mismo texto, Paul Le Cour desarrollaba su tesis en profun- didad. Partiendo de aquí, el autor de La Era del Acuario * precisaba su pensamiento y sacaba una conclusión que sería difícil no suscribir:
El primer foco de la religión solar fue verosímilmente la Atlán- tida o una comarca situada hacia el 50° de latitud Norte (¿el Hiperbóreo?). Allí fue creada la primera esfera celeste, soportada, por lo demás, por Atlas y creado el Zodíaco, que constituye en cierto modo el reloj de la religión solar cuyas fiestas anuales señala, así como las transformaciones a través de los siglos. En efecto, de la Atlántida, la religión solar pasó a México, al Perú, a Egipto, a Caldea. Reunidos por una común tradición, la de los atlantes, que han sido denominados «el pueblo del Sol», egipcios, mexicanos y babilonios edificaron templos en cuyo frontón se veía el disco solar acompañado de dos alas... La religión hiperbórea era solar, como lo fue la de los druidas; el culto de Dionisos era solar y lo fue igualmente el de Mitra.

Abordamos, en este punto preciso del razonamiento, el verdadero fenómeno que representa Akenatón en la historia de nuestra Humani- dad: el de un verdadero enlace entre la tradición atlante e hiperbórea (o gran tradición) y nuestra época actual: la civilización judeocristiana. Y haremos nuestra esta conclusión del gran autor místico Merezhkovski:
     La Atlántida, he aquí lo que está en el fondo de la vertiginosa, de la espantosa antigüedad egipcia.
Atlantes y reyes-pontífices
El mito del continente perdido, de la Atlántida, se vincula a la teoría de los ciclos de la Humanidad, grata a Platón y proseguida después por toda la tradición esotérica hasta nuestros días.
Los sacerdotes del antiguo Egipto habían conservado, y sus libros sagrados dan fe de ello, el recuerdo de un vasto continente que se habría extendido en medio del océano Atlántico, en un espacio delimitado al Oeste por las islas Azores y al Este por la rotura geológica del estrecho de Gibraltar.
El Critias de Platón nos describe extensamente una ciudad del con- tinente sumergido: Poseidonis, ciudad de gigantescas puertas de oro, edificada en graderío, con sus enormes templos y su sistema de go- bierno dirigido por reyes-sacerdotes, poseedores de las leyes dictadas por los dioses, en primera fila de los cuales se sitúa Poseidón o Neptuno, rey de los mares, armado de su tridente. También según Platón, la isla de Poseidonis, último fragmento de la Atlántida, quedó sumergida nueve mil años antes de la época del sabio Solón.

El geógrafo griego Estrabón, así como Proclo, confirman las afirma- ciones de Platón. ¿Cómo hubiera podido Solón tener conocimiento de la tradición atlántida? Sólo una respuesta parece coherente. Los sacer- dotes egipcios, que pretendían tener la información de los propios at- lantes, la transmitieron a los viajeros griegos que a menudo visitaban su país.
Los sacerdotes egipcios de Sais, ¿podían conocer una tradición que se remontaba a la fecha admitida para la inmersión y la desaparición de aquel continente fabuloso? Los datos de las ciencias naturales, de la Prehistoria y de la Antropología concuerdan todos con esa fecha...
Queda por demostrar que efectivamente existía un pueblo egipcio en el IX milenio antes de nuestra era. Ahora bien, los estudios recientes parecen probarlo sobradamente.
Si una civilización antigua y cerrada existía ya nueve mil años antes de Jesucristo, nada se opondría a que hubiera desempeñado un papel de receptáculo y luego de vehículo a la civilización atlántida. Descubri- mos sus huellas en el monumento más antiguo de Egipto: la Esfinge de Gizeh.
¿La gran Esfinge contemporánea de la Atlántida? ¿Por qué no? Re- cuérdese su desarenamiento efectuado por Tutmés IV. Fue objeto de una constatación asombrosa; los miembros del coloso habían sido res- taurados desde las primeras dinastías... En la época de aquel faraón que reinó treinta y cuatro siglos antes de nuestra era, la Esfinge tenía, LO MENOS MIL CIEN años de edad.
Pero, ¿qué representa exactamente ese gigante, mitad hombre, mitad animal? La idea según la cual reproduciría los rasgos de un faraón no se apoya en ningún documento. Por contra, su nombre mismo parece establecer por sí solo una relación sorprendente con el continente de- saparecido de la Atlántida.

Veámoslo. La estela de Tutmés I (tercer rey de la XVIII dinastía, la que nos interesa) nos enseña el nombre que daban entonces al coloso de piedra: «Ruty» (línea 2082 del «texto de las pirámides»)... Ahora bien, según la leyenda, que siempre contiene un fondo de verdad, las dos últimas islas de gran importancia de la Atlántida, antes de su desapa- rición total, se llamaban «Ruta» y «Daitia». La coincidencia es cuando menos inquietante.
Lo que refuerza aún la hipótesis según la cual las primeras dinastías faraónicas serían las de los REYES ATLANTES, es la presencia de las mastabas (o tumbas) de los soberanos en cuestión, situadas todas en las proximidades de la gran Esfinge de Gizeh...

Las primeras dinastías egipcias
Aquellos monarcas de la primera dinastía eran inhumados en Peker, a dos kilómetros aproximadamente del templo de Osiris, situado en Abidos. Y aquí abordamos un segundo punto de contacto con la tra- dición atlántida. Es en Abidos, efectivamente, donde se ha encontrado la estela de I-Cher-Nofret, alto funcionario del rey Sesostris III (1887- 1849 a. de J. C.) que nos relata una iniciación a los misterios... La misma iniciación de la cual Heródoto se limitaba a declarar: «Los sacerdotes de Osiris, unidos por una vieja tradición, no podían decir nada de la muerte de su Dios...» Ahora bien, en esa estela, se hace mención del ini- ciado Thot, que no es otro que Hermes Trismegisto, el que «ha abierto al dios la vía que conduce a su tumba, en Peker» y que ha organizado
la «gran salida», «poniendo en movimiento la nave»...
De ahí a concluir que los primeros egipcios, o cuando menos sus «iniciadores», escaparon en embarcaciones a la catástrofe que vio el hundimiento del continente desaparecido, no hay más que un paso.

La última parte de la descripción de los misterios, ¿acaso no finaliza con la declaración siguiente: «Le he hecho entrar en la nave... He en- sanchado de gozo el corazón de los habitantes de Oriente (los vivos) y he suscitado el entusiasmo en los habitantes de Occidente (los muer- tos)... La embarcación ha abordado Abidos y conducido a Osiris, el primero de los habitantes de Occidente, señor de Abidos, a su palacio.»
Subrayemos que Occidente es representado como la morada de los muertos. En efecto, para los egipcios, Punt, la tierra de los grandes antepasados, situada por ellos en los límites de Libia (que se extendía hasta el Marruecos actual) era objeto de un culto postumo. Cuando recordemos que los egipcios sólo vivían para el más allá, comprendere' mos mejor que procuraban así acercarse a su país de origen: la Atlán- tida sumergida, con toda verosimilitud.
¿Cabe, en este estadio, poner en duda la existencia de la Atlántida, afirmada en la Antigüedad por Homero, Solón, Heródoto, Platón, Estra- bón, Diodoro? No lo creemos, pues los antiguos situaban precisamente el continente desaparecido «al otro extremo de Libia, allá donde el Sol se pone...».
Así se explica, naturalmente, la consanguinidad de las familias rei- nantes, medio seguro de conservar la pureza de la sangre atlante según la prescripción dictada por el gran Hermes.
El origen atlántida de los antiguos egipcios halla una confirmación suplementaria en la costumbre considerablemente antigua del ocre rojo con el que eran embadurnados los cadáveres. El primer ejemplo que conocemos de esa práctica nos lo da el hombre de Cro-Magnon, de raza blanca, que vivió hace casi cuarenta mil años. Este hombre, sacado a la luz en Eyzies, Francia, que medía más de 1,90 metros, se bañaba efec- tivamente en el ocre rojo. Cuando sepamos que los atlantes eran apo- dados la «raza roja», y reputados por su talla gigantesca, podremos pre- guntarnos si el hombre de Cro-Magnon no sería de la raza de los atlantes.

No es inverosímil creerlo si pensamos que:
El recuerdo abrumador de aquella ascendencia era tan poderosa- mente apreciado en tierra nilótica que para conservar sus particu- laridades físicas y morales fueron instituidas, desde la aurora de los tiempos, dos de las más extraordinarias leyes de la tradición faraónica:
1. — El soberano se desposa con su hermana;
2. — El rey, los grandes sacerdotes y todos los puros DESCENDIENTES VARONES de la raza original se untan el cuerpo con ocre rojo... Las costumbres irán debilitándose... Hacia las últimas dinastías, únicamente el faraón y el Hierofante se embadurnarán con pintura roja.
Madame Szumlanska sitúa la decadencia de aquella raza dirigente de Egipto en los alrededores de la XVIII dinastía, o sea, en la época que nos interesa, la del faraón Akenatón. Fue bajo aquella dinastía cuando Egipto tuvo su «canto del cisne»: «Un esplendor inaudito se extendió sobre la tierra de Egipto con la XVIII dinastía. Horus, el dios originario del país de Punt, vio reflorecer su maravillosa leyenda.»

Los primeros egipcios, antepasados de los supervivientes de la Atlántida, habrían llegado al valle del Nilo, a través del África del Norte, procedentes de las islas Canarias. Ahora bien, en 1882-1886, el sabio Verneau publicó su Informe sobre una misión científica en el archipié- lago canario en el cual proporcionaba una documentación considerable sobre los hombres de Cro-Magnon, al término de una investigación de cinco años. La idea principal de Verneau se fundaba en un parentesco atlante con los guanches, antepasados de los habitantes de las Canarias. No olvidemos que la Atlántida, al desaparecer, debía dejar emerger las crestas de sus cordilleras de las que el pico Teide podría ser uno de los vestigios.
El sabio francés notó en las momias que pudo examinar una enorme capacidad craneana (1.790 cm3 de promedio), una estatura elevada (2,10 m) y, sobre todo, una deformación poscoronal específicamente cromagnoide «que no es debida a una deformación ritual como en los semitas, sino siempre en un punto preciso y que se encuentra entre los
pueblos donde no existe ese rito, principalmente entre los egipcios». Nos resta, al final de este capítulo, describir la innovación monoteís- ta simbolizada por el culto SOLAR que hace su aparición con el Homo sapiens de Cro-Magnon y su rito del ocre rojo para continuar en el Egipto faraónico y culminar en un ideal más sutil y más puro de la
misma religión solar: la sustitución del propio Sol por el DISCO.

La cosmogonía sagrada de los egipcios. El «Libro de los muertos»
La cosmogonía de los egipcios está enteramente contenida en el fa- moso Libro de los muertos, destinado a los cenáculos iniciáticos del an- tiguo Egipto, por considerar los egipcios la muerte como una especie
de iniciación (del latín initium: «renacer a la vida»).
Entre las visiones que el libro describe, el de la barca solar es la más frecuente. Esta visión central donde reencontramos las dos lumi- narias (la barca, que simboliza la Luna creciente, lleva el disco solar: Ra) formaba el núcleo de toda la cosmogonía sagrada.
Para los egipcios, la Luna, considerada desde un punto de vista espiritual, no era en absoluto inferior al Sol, pero su unión simboliza la involución o, por emplear el lenguaje de la Biblia, la etapa original de la «caída». En el plano espiritual, pues, este fenómeno de involución agrava la caída inicial del género humano cuyas consecuencias están representadas respectivamente por el SEXO y la MUERTE, pues el SER ORIGINAL era, según la tradición, BISEXUADO e INMORTAL. Este concepto del ANDROGINADO primordial se encuentra de nuevo en el famoso diálogo de Platón El Banquete. Para el divino maestro, iniciado en los misterios egipcios y ardiente defensor de la tesis «at- lante», existía una raza original «cuya esencia está ahora extinguida», raza de individuos que llevaban en sí mismos los dos principios, mas- culino y femenino, y por ende andróginos. Los seres de esta especie «eran de una fuerza y de una audacia extraordinarias y abrigaban en su corazón proyectos orgullosos hasta atacar incluso a los dioses». Esta tentación de escalar los cielos no es nueva; es el mito de Prometeo, el de los Gigantes y de los Titanes. En la Biblia misma, ¿acaso no es evo- cada la «promesa de tornarse semejante a los dioses»? (Génesis, III)

Pero lo más extraño que hay en el texto de Platón, directamente de- rivado de los Misterios de Egipto, es el hecho de que los dioses, para de- fenderse, no fulminan a los seres andróginos como fulminaron a los Titanes, sino que paralizan su acción y su potencia separándolos en dos. En lo sucesivo, el Hombre y la Mujer nacerán de la separación de los sexos o de los principios, el MASCULINO y el FEMENINO.
Lo mismo sucede con la Luna y el Sol, ambos por referencia a nues- tra Tierra. La tradición esotérica, como hemos visto, enseña que esos dos astros estaban unidos en el origen y formaban cuerpo y que luego se separaron... Encontramos de nuevo a esta pareja inicial Sol-Luna reunida en el dios Osiris cuyas vinculaciones, tanto lunares como sola- res, han sido repetidas veces subrayadas por los egiptólogos. La resu- rrección de Osiris, petrificado en la muerte, ceñido en sus vendas de momia (alusión al mundo mismo, sometido a la implacable «ley de la naturaleza»), significaba el restablecimiento de la unidad en el retorno a la integridad original.
La muerte, ese misterio en el sentido oculto del término, es vencida mágicamente gracias al verdadero «pasaporte» para el más allá que constituye el Libro de los muertos egipcio. El viaje del alma está des- crito con detalle por analogía con el viaje diurno de la barca de Ra, la barca solar, por la bóveda del cielo. El ejemplo del «dios-fracaso» Osiris seguía presente en todas las memorias: simbolizaba la «caída».
Frente a aquel pueblo amoral, soñador e indolente de los egipcios, el gran Hermes blandía el ejemplo de la disciplina y del equilibrio cósmico: la élite egipcia que él logró formar creía en la existencia de un «alma del mundo» cuyas «luces» visibles eran el Sol, la Luna y los planetas. Esa «religión del Cosmos» abrió al egipcio medio visiones insospechadas. Se lanzó con alegría en aquella «preparación a la muer-
te» que su selección le proponía. La moral se convertía en un lazo vi- viente entre el hombre y el Universo por intercesión de los dioses cósmiscos.
Los dioses cósmicos: Horus-Osiris, Amón-Ra. Horas, por ser el heredero de su padre Osiris, puede ser considerado como el heredero del mundo divino tomado en su conjunto. Aparece como el sucesor de todos los demás dioses. Así, ante el envejecimiento de la Humanidad, los iniciados se veían llamados a hacerse cargo del «gobierno cósmico». Horas, en esta óptica, aparecía como la divinidad humana por exce- lencia. Su leyenda misma es significativa.
Al principio, Horas es considerado como el «vengador de su padre», Osiris, muerto por Seth. Pero por muy aborrecido que sea, Seth no deja de ser necesario al equilibrio cósmico, pues el mal ha de existir para que el bien pueda triunfar. Volvemos a encontrar aquí la idea de un ser divino que se sacrifica deliberadamente por la salvación de la Hu-
manidad {un Christos), Osiris, en este caso. El objeto de semejante sacrificio era conducir al hombre hacia la liberación de sus instintos superiores por la destrucción de su naturaleza inferior. Es lo que nos enseñan, a través de una terminología que a veces se nos antoja em- brollada, las religiones que precedieron al cristianismo y cuyos «salva- dores» con Adonis, Orfeo, Dionisos, Baldur, Mitra...

Completamente diferente del de Horas, pues, aparece el papel de Osiris y cabe preguntarse, ¿por qué el OSIRIANISMO no se fusionó con el cristianismo naciente? Hay que ver en la intransigencia de los pri- meros Padres de la Iglesia y en su deseo de hacer «accesible» el cris- tianismo a las masas, rechazando los elementos esotéricos, una causa
del fracaso de esa fusión. Sólo que la élite egipcia había de tomar una decisión preñada de consecuencias para la Humanidad: las tradi- ciones esotéricas del osirianismo debían ser preservadas a toda costa. Así nacieron, cuando la desaparición de Egipto en tanto que civilización, la GNOSIS y el MANIQUE1SMO, la ALQUIMIA y luego el movimiento TEMPLARIO, que había de hacer nacer la FRANCMASONERÍA.
La élite egipcia había adivinado en el Decálogo de Moisés y el «optimismo beato» del cristianismo la trampa fatal: afirmar que todo se arreglará «automáticamente» y como por la fuerza de las cosas es adormecer al mundo (9).
Esta puntualización era necesaria para comprender la importancia de otro dios cósmico y sobre todo la de la cofradía secreta que lo ro- deaba: la FRATERNIDAD DE HELIÓPOLIS que se había consagrado al dios-Sol Ra, de donde procedió su importancia política y religiosa en el seno del Egipto antiguo.

El dios Ra, a quien encontramos ya en la barca solar, era considerado como el «primero de los faraones». Simbolizaba al Sol pasando por las «cuatro casas del mundo», y representado como el vencedor de la serpiente. Nos encontramos aquí en presencia de todos los mitos ori- ginarios de las diversas religiones que sucedieron a la primera cos- mogonía egipcia. El dios Ra debía, bajo la XII dinastía, encontrar una segunda juventud: su asimilación al dios de Tebas, Amón, que hubo de hacer nacer la dualidad Amón-Ra.
Observaremos, de la misma manera, que el gran sacerdote de Helió- polis(lO) llevaba una piel de leopardo adornada de estrellas, pues era el «jefe supremo de los secretos del cielo» y el «grande de visión». La ciudad de Heliópolis, en el delta del Nilo, era uno de los tres centros de misterios más importantes con el de Hermópolis (la ciudad de Her- rnes), y el de Abidos, de origen atlántida.
La importancia de Heliópolis es atestiguada hasta en el cristianis- mo, puesto que, según el Nuevo Testamento, fue en Heliópolis donde la Sagrada Familia habría descansado cuando la «huida a Egipto».

El clero de aquella ciudad sagrada colocaba un «puente mágico» so- bre el abismo de la muerte según unos procedimientos que hoy están irremediablemente perdidos. Lo poco que sabemos de ello no nos per- mite adelantar hipótesis aventuradas... Es probable, sin embargo, que ciertas cofradías ocultas posean precisiones al respecto. Añadiremos solamente que fueron egiptólogos alemanes los que se ocuparon de las excavaciones de Heliópolis.
Más significativo aún, en cuanto a su esencia solar, es el gran dios Amón-Ra cuya adoración estaba centrada en torno de Tebas en el gi- gantesco conjunto monumental: Luxor-Karnak. Aquí ya no se trata de misterios. La religión únicamente es admitida y, desgraciadamente (como casi siempre es el caso), querrá desbordar sobre unos sectores en los que no tiene nada que hacer: la dirección administrativa, y luego política, del país. Será un hecho consumado bajo la XXI dinastía. ¡Al- gunos siglos más de Historia y Egipto se derrumbará!



CONTINUARA
Próximo Capitulo

La omnipotencia del clero de Amón

domingo, 23 de junio de 2013

LA SANGRE DE LOS TEMPLARIOS - LA PELICULA


BUENAS NOTICIAS PARA LOS AMANTES DEL CINE

Hoy les decía:



EL 22 DE JULIO LES PRESENTAREMOS UNA PELICULA ALEMANA, HECHA POR UN AUTOR QUE SABIA DEMASIADO.-

La trama de la película es ficción, la base histórica es correcta.

PUES BIEN... Mañana ya la podrán bajar del blog oficial las dos partes juntas.-

La película es ficción, la historia en que se base la película NO.

La misma trata en una forma ficticia, el verdadero porque de lo que se denomino "La Tala del Olmo", mas adelante les contare aspecto no publicados jamas respecto a la confusión que impero en los historiadores sobre "El Priorato de Sión" con el Eccretum Priori "El Priorato Secreto".-

LA TALA DEL OLMO

En 1152 un pequeño contingente procedente de la Abadía de Nuestra Señora del Monte de Sión acompañó al rey francés Luis VII de vuelta a Francia tras la Segunda Cruzada y se instaló en Saint-Samson, en la ciudad de Orieans.
Una selecta sección de este grupo fue alojada en el «pequeño priorato del Monte de Sión», en las cercanías de Saint-Jean Lanc, a las afueras de Orleans. De acuerdo con los documentos del priorato, este fue el inicio de la orden secreta que comenzó a ser conocida como Priorato de Sión. (Atento a este dato!!!)

Los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión actuaron conjuntamente hasta que una controversia dio como resultado una separación oficial entre las dos órdenes en Guisors, Normandía, en 1188, conocida como la «Tala del Olmo».

Los Dossiers Secrets afirman que, después de que se cortaran las relaciones entre ambas Órdenes, los Caballeros Templarios siguieron actuando públicamente, ganando importancia con sus propios Grandes Maestres independientes hasta su disolución final en 1307.
Pues bien, el Priorato de Sión pasa la clandestinidad y la Orden del Temple también, pero se divide en dos, quedando la Orden pública y la Orden secreta que pasa a ser EL TEMPLI SECRETUM - ECCRETUM PRIORI o sea, El Temple Secreto y el Priorato Secreto, hasta nuestros días.- Dentro de las filas Templarias hubo una grieta y el grupo fundador de la Orden del Temple, siguió como Templi Secretum, dejando actuar una Orden Templaria pública a las supuestas ordenes del Papa. O sea el Priorato y el temple tuvieron y tienen una agenda secreta desde 1188 y ese numero y ese año no fue azar. Ochenta y Ocho (88), el infinito, Dios, uno de los símbolos Templarios que aun pueden verse oculto en sus monumentos. 11 (once) un numero "Divino". Todo junto suma nuevo (9), el numero de Jesus. Algunos dirán pura especulación, pero alguien puede decir que los Templarios, sabiendo la importancia del lenguaje universal de los numero, junto al Priorato, harían algo al azar?.-

EVANGELIO APOCRIFO: Un discípulo le pregunta a Myriam la hermana de Jesus, "Por que le da tanta importancia a los numero el maestro?" y Myriam contesta: "Porque dice que son el mensaje secreto de su Padre en los cielos"

Siguiendo el tema priorato de Sion, el Temple y el Templi Secretum, se unificaron en una sola misión...
Sin embargo, se dice que el Priorato de Sión había pasado a la clandestinidad adoptando el nombre alter nativo de Orden de la Rosa-Cruz Ventas, también llamado en clave Ormus, de la palabra francesa «orme», que significa «olmo». Indirectamente, este fue el origen del movimiento esotérico que emergería posteriormente en la historia de Europa con el nombre de rosacrucismo, pero esto no fue así, ya que el rosacrucismo tiene sus orígenes en el Egipto Antiguo.

Los Grandes Maestres del clandestino Priorato de Sión han sido conocidos tradicionalmente como «Nautonniers» o «Navegantes». El primer Navegante oficial del Priorato de Sión fue Jean de Guisors, que estuvo presente en la Tala del Olmo de Guisors y que sirvió desde 1188 hasta su muerte en 1220, bajo el título de Juan II. Los primeros Navegantes del Priorato de Sión parecen haber transmitido su liderazgo por medio de una linea cosanguínea familiar, pero más tarde este puesto fue ocupado por algunos de los más influyentes artistas, científicos y mentes creativas de la historia de Europa. Muchas personas distinguidas ocuparon este puesto, incluidos Leonar do da Vinci, Isaac Newton, Victor Hugo y Jean Cocteau, quien se cree que lo desempeñó desde 1918 a 1963.

VER LA PELICULA EN RELACION A ESTO BAJANDOLA DEL BLOG EN LAS PROXIMAS HORAS


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LOS INICIADOS DEL SOL


LOS INICIADOS DEL SOL


     Como hemos venido publicando, no solo los Templarios fueron benefactores del culto al Sol, sino que también lo era María Magdalena, y muchos precristianos que seguían el culto a Isis, que también no fue ajeno a los Templarios iniciados.


Algunos se preguntarán porque hablamos de esto aquí... la respuesta es clara: Como poder entender a los templarios, sino abordamos cuestiones de Fe que la Orden mantenía secreta, como el culto al Sol, la influencia de Egipto y su religión en la Orden o el culto a Mitra entre otros.

Es como querer entender el verdadero mensaje de Jesus, mientras al mismo tiempo creer que Maria Magdalena era una prostituta.

Aquí no abordamos la historia oficial, para eso hay cientos de paginas y libros de historia, aquí abordamos la versión de los hechos que no están claros, los que necesitan estudio y debate, aunque a muchos esto le genere picazón.



Hay muchas cosas que aquí no podemos contarles, pero si podemos darle el empujón inicial para que sean buscadores y guiarlos por donde buscar. 



Como dice un viejo refrán, la puerta se abre tanto de un lado como del otro, para entrar y salir es la misma.-
"Solo existen dos días en el año en los que nada puede ser hecho. Uno se llama Ayer y el otro Mañana. 
Por lo tanto Hoy es el día Ideal para Amar, Crecer y principalmente Vivir" 
Dalai Lama.

y mi favorita que tiene que ver con esta pagina:
"Todas las religiones tienen una base común. Solo se diferencian en la manera de presentar sus dogmas y principios". 
Krumm Heller





Aquí comenzamos con unos escritos que nos muestra como a lo largo de la historia, grande hombres de la humanidad, algunos por su crueldad, otros por su bondad, fueron Iniciados en el secreto del Culto al Sol, que no es mas ni menos, el culto a los "hermanos de las estrellas" como los denominaron en varias culturas. 

EL SOL DE LOS VIVOS: 

I. AKENATÓN: «ALEGRÍA DEL SOL»

II. ZOROASTRO O EL «HIJO DE LA LUZ»

III. Alejandro magno "El hijo de Amon"
y muchos otros capítulos como el Sol de los Muertos formaran parte de esta nuevo etapa en esta pagina.-



LOS INICIADOS DEL SOL
                                                       Parte 1

            Por ser el Sol el astro que ilumina nuestro planeta, aquel sin el cual ninguna vida sería posible aquí, se comprende mejor aún la presencia de ese astro central en muchas tradiciones y leyendas. Es más, nos damos cuenta mejor de la fuerza incomparable que pueden tener las vías espirituales y los itinerarios iniciales en los que ese astro resplandeciente tiene el papel más importante.
Pero, ¿no existirían hombres de carrera excepcional que habrían te- nido (los astrólogos sabrían sin duda explicarnos el porqué) su carrera meteórica marcada por el «signo» Sol?
¿No se trataría únicamente de una vida en la que el astro del día hu- biera tenido un papel privilegiado, sino de un destino en el que los acontecimientos y la suerte se orientarían, se determinarían alrededor de esa gran imagen arquetípica?
Un escritor humorístico del siglo pasado escribió una pequeña obra maestra de ingenio en la que, parodiando las hipótesis astronómicas tan caras entonces a los historiadores de las religiones, se divertía demos- trando que Napoleón Bonaparte no había existido nunca, que no era más que el tipo mismo del mito solar personificado. Pero lo más extra- ordinario, ¿no sería justamente ver en el Emperador no sólo el personaje (tan real) de fantástico destino, sino al ser cuya carrera (como la de Alejandro Magno) asumía las dimensiones de un verdadero mito solar realizado?
La obra que presentamos aporta fantásticas revelaciones sobre hom- bres tan diferentes como el faraón Akhenatón («el rey ebrio de dios»), Alejandro, Napoleón y algunos más.
¿Qué punto común existe entre esos personajes? El de ser cada uno, en su género, «místicos del Sol» que interpretaron su papel en un drama simbólico a escala terrestre.
La presencia de Adolf Hitler entre los «místicos del Sol» podría extrañar a primera vista; es porque la obra no ha dejado de tener en cuenta, no sólo los ciclos del Sol visible (el de la bóveda celeste), sino también los del «Sol negro», del «Sol de los muertos». Es conocida la leyenda iniciática egipcia del periplo de la barca solar (la del dios Ra).

Después del ocaso, continúa su periplo —en sentido inverso— a través de las regiones infernales, para resurgir, en Oriente, para un nuevo ama- necer.
¿No podría tener esta leyenda, entre sus significados, un sentido en relación con el desarrollo de la Historia terrestre?
He aquí una de las preguntas que nos hicimos después de haber cerrado este libro apasionante y -fascinante.

Sol Invictus! Con esta exclamación, los adoradores de Mitra saluda- ban al astro del día, como mucho antes que ellos el omnipotente faraón de Egipto, Akenatón («amado del Sol»), que hizo del Sol Ra, el dios único, emanación del Innominado, como más tarde los mazdeístas, guia- dos por Zoroastro, honraban a Ormuz, el dios-Luz del Irán, antes de Alejandro Magno, hijo de Zeus-Amón, conquistador del Universo y del emperador romano Juliano, injustamente llamado el Apóstata, que reci- bió, en los últimos destellos del paganismo, la iniciación del supremo LOGOS.

Estos cuatro nombres van asociados, en el transcurso de los siglos que forman la era de Aries y luego la de Tauro, con los más grandes acontecimientos de la Antigüedad. Un lazo misterioso, tejido en un aura sobrenatural, une a esos hombres que fueron todos «místicos del Sol» al mismo tiempo que jefes espirituales y temporales habiendo te- nido las más de las veces que gobernar un inmenso imperio. Hijos del Cielo, se pusieron bajo la protección del Fuego cósmico y no en balde las dinastías reales, en Japón o en el Perú, vieron sus monarcas pro- clamarse «hijos del Sol». La ciencia moderna misma, mal que les pese a los escépticos, reafirma las antiguas leyendas, puesto que, al reen- contrar el sistema heliocéntrico descubierto por los antiguos, ha de- mostrado que todos los planetas que constituyen nuestro universo inme- diato, incluida la Tierra, eran partículas desprendidas del Sol. El astro radiante es, pues, en realidad, nuestro padre en los dominios celestes, como lo es en el orden de las cosas visibles e invisibles.
Nos explicaremos. Por doquier, desde el fabuloso Imperio «hiperbó- reo», que vio crecer la raza de los «Gigantes», desde las gloriosas y míticas dinastías de los reyes-pontífices de la Atlántida, madre de nues- tras civilizaciones, el disco de oro, centro de nuestro universo planeta- rio, símbolo de vida fecundante y de alegría, luz radiante de potencia y de fuerza, es saludado por todos los pueblos del hemisferio boreal como el símbolo viviente, la encarnación triunfante de la Divinidad, el ven- cedor de las fuerzas inertes y estériles surgidas del caos, y aquel que renace cada día después de la larga espera nocturna puede muy bien aparecer como la imagen eterna de un milagro incesantemente re- novado.

En su misteriosa alquimia, el Sol condensa, sobre el plano astral, las fuerzas inorgánicas y las energías inmensas contenidas en el COSMOS, y esta vitalidad prodigiosa, que parece constantemente renovada, par- ticipa verdaderamente de la potencia divina si, detrás del Sol visible, brillante luminaria, permanece, como una inmensa hoguera infinita- mente más vasta y más terrible, el Sol invisible, el SOL NEGRO de los alquimistas y de los magos, llamado así por su terrible resplandor, ema- nación oculta a nuestros ojos del LOGOS DIVINO... Por esto no es dado a los humanos, en esta vida al menos, contemplar ese fuego espi- ritual, tan brillante que quemaría nuestra alma por la eternidad. Por contra, los textos sagrados de la Humanidad, como el Libro de los muer- tos egipcio, o el Bardo Thodol («Libro de los muertos») tibetano, tie- nen en cuenta esa luz que nos será dado contemplar desde el otro lado del espejo, es decir, después de nuestra muerte terrestre. Es el Sol de Osiris de los sacerdotes de Menfis, la «Luz azul» del Plano budista, el «Sol de los muertos» que únicamente guía las almas hacia el Espíritu y trasciende el misterio del Supremo Conocimiento. El secreto del logos, el conocimiento del Sol negro, camino de la vida y de la muerte, era la clave de los grandes misterios conocidos antaño por los colegios de iniciación, pontífices atlántidas, sacerdotes egipcios y grandes druidas, antes que se apagase la antorcha de la tradición por el soplo de un «viento de locura» nacido en alguna parte de Judea.
Desde entonces, la gran cadena de los iniciados solares está rota y tan sólo la magia, ciencia de doble filo, puede todavía resucitar un ins- tante los secretos del conocimiento perdido. Aquí es donde se urde el drama del mundo moderno. Por los métodos y los procedimientos que implica, la magia, cuando no está en manos de hombres absolutamente puros y sin tacha, conduce casi fatalmente al desencadenamiento de las «fuerzas negras», canales de energías desconocidas y terriblemente peli- grosas, dejadas a un lado por los miembros de los colegios de iniciación en los tiempos idos que veían al hombre conversar con el Universo.

Cuando estas fuerzas inmensas son liberadas de su prisión material, nada puede ya detener su poder de destrucción y de muerte. «Lo que está arriba es como lo que está abajo», escribió Hermes Trismegisto (el «tres veces grande») en la «Tabla de Esmeralda», y la alquimia, esa ciencia suprema, puede servir indiferentemente al Bien o al Mal, dar la piedra de sabiduría de los filósofos o liberar los átomos de la bomba termonuclear.
Y precisamente para volver a encontrar esa ciencia, para reanu- dar el hilo de la tradición atlántida ocultada por el cristianismo, unos hombres han emprendido, tras la ruina del mundo antiguo, la bús- queda «sagrada» un momento interrumpida. Pero, esta vez, el Sol de
los hombres no puede ya guiarles, oscurecido por la sombra gigan- tesca de la cruz, y el camino de regreso que conduce hacia la misteriosa TIERRA VERDE, la regia HIPERBÓREA, sede de la mística THULE, pasa por las prácticas mágicas. Trátese de la alquimia, arte regio, de la astrología, madre de las ciencias herméticas, o de cualquier otro ins- trumento de investigación, la vía se revela infinitamente peligrosa y el camino estrecho, bordeado de precipicios. TRES HOMBRES, marca- dos por el sello del

Destino, sin que sea cosa de juzgarlos aquí, se han atrevido a llevar el «hierro candente» en la historia de Europa, sin lo- grar, no obstante, romper el «círculo de hierro de la ignorancia», y esos tres nombres resuenan como los tres golpes que anuncian el naci- miento de una tragedia: Federico II, emperador de Alemania, domina la Edad Media; Napoleón eclipsa todas las glorias de los Tiempos mo- dernos, y Hitler, en su locura y su desmesura, destruye las imágenes de los hombres políticos contemporáneos.
Esos tres hombres, aunque parezcan estar muy distantes por el des- tino, la época y la mentalidad, están, en realidad, más allá de las con- tingencias humanas, unidos por lazos potentes y secretos. Los tres han debido luchar, para asentar su hegemonía espiritual y temporal, contra la Iglesia, enemiga de la púrpura imperial, reflejo de la majestad solar, y los tres, en su búsqueda desesperada, no han podido realizar sus místicos designios, y su trágico destino se apagó en un crepúsculo de sangre. La investigación del conocimiento perdido sigue abierta y el «asiento peligroso» de las novelas de la Tabla redonda sigue esperando a su «caballero loco y puro». Ni Federico II, emperador de las Alema- nias, rey de los romanos, en su tentativa suprema de reencontrar, a la luz de la inteligencia, el Sol de los alquimistas, el «León rojo» de los filósofos, ni el gran Napoleón, en su búsqueda heroica y guerrera en torno del Zodíaco, semejante al águila del apocalipsis, ni por último Hitler, ese nuevo Galaad wagneriano, vagando en pos de un GRIAL inaccesible y del Sol negro, lograron encontrar la luz ocultada desde que un terrible cataclismo sumergió, hace diez mil años, la Atlántida y su capital Poseidonis bajo las olas tumularias del Océano.

Si, no obstante, el tesoro espiritual legado antaño por la «raza divi- na» de los «hombres de Thule» no se perdió gracias a las primeras dinastías solares de Egipto, su mensaje se hizo poco a poco ininteligi- ble para los hombres desposeídos y los textos truncados y degradados quedaron consumidos para siempre el día que retumbó este grito de desesperación: «¡El Gran Pan ha muerto!»
Así, el Sol de los vivos ha desaparecido y sólo queda, en este día, el Sol de los muertos. Sin embargo, según el calendario del Universo inscrito en el Zodíaco, nuestra era actual, dominada por el signo de PISCIS, debería terminar pronto para dar paso a la era de ACUARIO, o del «copera de los dioses», Ganimedes, raptado por el águila de Zeus (Júpiter). Después de esta última fase, los acontecimientos han de precipitarse, y si nos aproximamos verdaderamente al final del ciclo te- rrestre actual, el que los hindúes, en su sabiduría milenaria, denominan KALI-YUGA (que significa el triunfo de Kali, diosa de la Muerte y del Sexo), es decir, la edad de hierro, que sucede a las edades de oro, de plata y de bronce, la destrucción de nuestro viejo mundo podría tor- narse una solución a considerar sin despecho, si es cierto que en Orien- te, lugar donde se levanta el Sol, bien lejos de la pequeña Palestina, aparece un resplandor rojo, anunciador de una nueva aurora.

China, el Imperio celeste, dragón adormecido desde hace mil años, ha despertado bruscamente, inflamada por el SOL ROJO de Mao Tsé- tung, y la Revolución china amenaza bastante con poner pronto térmi- no a la era de Piscis. Esa llama, encendida en la hoguera de la revuelta del Espíritu, ¿habrá de abrasar a todo el planeta?
No sabríamos responder a esta angustiosa pregunta que desarrolla- remos en la conclusión y, puesto que no hemos llegado aún al término de ese trastorno, aunque la perspectiva de una renovación integral por el fuego no sea ya tan remota, este libro ha sido escrito para resucitar las figuras a la vez inquietantes y grandiosas de los SIETE PERSONAJES que prosiguen su investigación solar como los SIETE PLANETAS de la astrología tradicional. Los cuatro primeros «Grandes Seres» se consagraron al Sol de los vivos, los tres últimos al Sol de los muertos, y porque un día secreto, aquellos «místicos del Sol», aquellos hombres que no eran ya del todo «hombres» recibieron la chispa vio- lenta de la iniciación, toparon con el muro de la incomprensión y del caos o cayeron en el vértigo del orgullo. Entre Zoroastro y Hitler, hay quizás una distancia menor que entre Buda y Jesús. La metafísica hindú enseña la creencia en la reencarnación de las almas en el curso de vidas sucesivas. ¿Quién nos explicará de otro modo el misterio de la filiación solar que enlaza a un Alejandro con un Napoleón? La rueda del Samsara de los brahmanes arios, rueda del Tiempo, rueda del Sol, puede tomar la forma de Esvástica, o cruz gamada, sin que se detenga su incesante girar que nos arrastra en el torbellino de la vida y de la muerte. Hipnotizados por este espectáculo, ¿nos habremos engañado contemplando el mundo de la Ilusión...? Esta aventura oculta, que no se parece a un cuento, esperemos que contribuya a disipar bastantes nubes y bastantes falsas creencias.

Se ha dicho de las estrellas que eran EL RELOJ DEL DESTINO, cuya esfera forman los doce signos del Zodíaco, y el Sol y los planetas son las saetas de las horas que indican el año; la Luna, por su parte, representa la saeta de los minutos indicando en qué mes del año se cumplirá el destino de cada individuo...

La ASTROLOGÍA, arte regio por excelencia, está en la base de todos los MITOS religiosos. Nos referimos a los mitos «astrológicos», no a los «astronómicos», reflexión conveniente para ilustrarnos plenamente sobre la elección del SOL como símbolo religioso repuesto en su con- texto esotérico.
Si nos dignamos suponer la existencia, en la noche de los tiempos, de una «astrología integral» comprendida como ciencia y como tradi- ción primordial, el iniciado, o el astrólogo, que disponga de un conoci- miento tal de los secretos del Universo se encontrará capaz de realizar lo que pudiera calificarse hoy no de «prodigios científicos», sino de verda- deros «milagros» a los ojos de los profanos. Un hombre tal que posea el monopolio del conocimiento, invocará infaliblemente la inspiración de DIOS, aunque sólo sea para evitar la envidia y la codicia de sus se- mejantes.
Que aparezca ahora un segundo astrólogo y tanto uno como otro colocarán sus trabajos bajo los auspicios de una divinidad particular con objeto de diferenciar su ciencia. Así, el primero escogerá la pater- nidad del Sol y el segundo la de la Luna. Si vienen otros «magos», obra- rán igualmente, multiplicando hasta el infinito las divinidades, creando nuevos templos y nuevas religiones. La degeneración de un «saber» ori- ginariamente puro es entonces fatal.
El astrólogo se ha convertido en sacerdote y se hunde cada vez más en la mistificación que hace de él un «taumaturgo» autor de curaciones imaginarias cuyos «milagros» son atribuidos arbitrariamente al dios de tal o cual templo. Tal divinidad se torna «especialista» en un milagro, tal otra es invocada para otro «artículo», y así sucesivamente.
Nuestro derrumbamiento es tan visible, la crisis por que atravesamos tan profunda, que nuestros dirigentes no intentan siquiera ocul- tárnoslo; apenas si preconizan —con una especie de aburrimiento— re- medios inútiles. Veamos la realidad de cara: nuestro mundo actual está condenado sin remisión.

Para comprender mejor el origen y el alcance de un debate así de conciencia es indispensable fijarse en los mitos y los símbolos que forman el «estado civil» de nuestra cosmogonía y el «molde» cuya im- pronta hemos recibido. Tomamos entonces conciencia de la importan- cia excepcional del mito SOLAR que encontramos en el origen de todos los libros sagrados, y la Biblia no hace excepción a ello. La tradición «oculta» nos enseña, en efecto, que hubo una época en la que la oscu- ridad reinaba en las profundidades del espacio: había el «gran silen- cio» y la «gran noche» tan cara a los ocultistas. Aquel período fue seguido por otra fase, situada bajo el signo de la luminosidad: es la época de
la «niebla de fuego», del «mar de bronce»... Por último se abrió la tercera edad, dominada por el frío que provocó, por repetición del hervor de las aguas seguido de una evaporación continua, el nacimiento de nuestra corteza terrestre y su población por nuestros antepasados, tras la solidificación.
Pero, ¿cuál es, en todo caso, la relación con el Sol?, se nos hará observar.

Nos atreveremos a decir que se trata de una «relación» directa, pues la Tierra y la Luna, en una época remota, formaron originaria- mente parte del Sol, pero luego se desprendieron de este astro. Es, por lo menos, lo que nos enseña la «gran tradición», coincidiendo así con las últimas hipótesis científicas. Una prueba en contra de esa depen- dencia Tierra - Luna y Tierra - Sol nos es proporcionada, según los cri- terios de la astrología, por la influencia que ejercen las dos luminarias sobre los individuos. Puede resumirse esta reflexión constatando en ciertos seres la primacía del elemento «solar» o bien «lunar» en su carácter y su comportamiento... Así, el Sol determina las cualidades viriles del valor y de la voluntad mientras que la Luna suscita las cua- lidades femeninas de la sensualidad y de la imaginación... Desarrollan-
do este último punto, comprendemos mejor, por ejemplo, la influencia de los ciclos lunares sobre el organismo femenino o, en el terreno del simbolismo, el mito del «andrógino» o del «hermafrodita».
Pero, lo que es más importante aún, constituye el «soporte» religio- so y místico aportado por esos dos astros, el Sol y la Luna. De ahí han derivado el «fuego» y el «agua», fuerzas de enlace que encontramos, aquél en los PARSIS (adoradores del fuego y modernos descendientes de Zoroastro) y ésta en las piscinas de agua lustral de la Antigüedad. Subrayemos aquí que el maridaje de ambos elementos ha sido cele- brado en los templos del mundo entero en todas las épocas de la Humanidad: la unión del «fuego solar» (principio masculino) con «la tierra y el agua» (elemento femenino).

A la luz de estas explicaciones, podemos comprobar fácilmente las diferentes partes que ha tomado el cristianismo de la religión solar. Es justo, ahora, analizar el mito del «templo de Salomón», que hizo numero- sos adeptos y sirvió de punto de partida a célebres movimientos esotéri- cos. Nos percatamos aquí también de que, si se examina el lado cósmico de aquella construcción, el templo de Salomón es el Universo solar por excelencia cuyo gran señor, Hiram, el antepasado de los francmasones, es el propio SOL. Este viaje alrededor de los doce signos del Zodíaco en el que se efectúa el drama místico de la leyenda masónica. Es, pues, con derecho que puede hablarse de iniciación solar en los maso- nes. Queremos hablar de los mitos nórdicos e hiperbóreos que tuvieron
el éxito que es sabido en la cosmogonía hitleriana. Piénsese en el fa- moso «martillo de Thor» (dios de la mitología nórdica) marcado con la esvástica (cruz gamada). En efecto, la leyenda masónica revela a sus iniciados que el gran señor, Hiram, se valió de un martillo para llamar a sus obreros, el mismo martillo con el cual Thor hizo salir el fuego del cielo, es decir, el rayo de Júpiter: otro ejemplo de la unidad de todas las tradiciones humanas. Partiendo del instrumento del gran dios nórdico y de la leyenda guerrera que le sirve de corolario (los Vaniros, o divinidades de las Aguas, vencidos por los Aesiros o divini- dades del Fuego), el sabio nazi Horbiger pudo edificar su cosmogo- nía, es decir, el origen de nuestro sistema planetario, viendo en la lucha milenaria del fuego (de origen solar) y del hielo (de origen lunar) la justificación de sus concepciones.

Sentado esto, el problema comienza a hallar un principio de expli- cación y así se aclaran los numerosos símbolos que acompañan a la mística solar, el más representativo de los cuales puede hallarse en el águila, el ave del Sol. Esta elección, que responde a considera- ciones puramente esotéricas (por ser el águila la única ave que puede mirar al Sol de frente), encuentra su ilustración en el ave de Zeus consagrada al Sol por todos los pueblos antiguos y que fue, entre los DRUIDAS, el símbolo de la deidad suprema. De la misma manera, los cabalistas judíos, los gnósticos cristianos y precristianos lo adoptaron, antes de que los R + C lo situaran al pie de la cruz... Buen ejemplo de filiación solar, cuya oculta explicación reside en el hecho de que es el símbolo de cada «vidente» que interroga a la «luz astral» y descubre en ésta la sombra del pasado, del presente, del futuro, y ello tan fácil- mente como el águila «contempla» al Sol...

Volvemos, en este punto de nuestra búsqueda, a las huellas de la astrología, ese arte regio hoy tan controvertido, pero cuya influencia permanece incontestable en la creación de los mitos religiosos, como acabamos de comprobar. ¿Quiere decirse que esos mitos «astrológi- cos» están hoy perdidos y que nuestras civilizaciones son condenadas a desaparecer con las religiones muertas que las acompañan? La pruden- cia nos manda responder con la negativa, pues la Historia recuerda que hubo hombres, como Galileo, que declararon que la Tierra era redonda y giraba sobre sí misma en su revolución alrededor del Sol, a riesgo de hacerse quemar como vulgares brujos, cosa que —entre parénte- sis— era sabida y enseñada diez mil años antes de Jesucristo y^hasta de Moisés. La Historia nos enseña que hubo también, mucho más cerca de nosotros, hombres, como Schliemann, que partieron al descubri- miento de Troya apoyándose en la leyenda de la Ilíada, ¡mal que les pese a los escépticos!
La conjuración del silencio, servida por nuestros modernos sectarios materialistas, que niegan a los otros el derecho imprescriptible a la verdad, está llamada a ceder el paso ante las exigencias^ propiamente metafísicas del género humano. Los clericalismos de toda índole no han podido hacer más que demorar el vencimiento y son ya impotentes para impedir que el hombre reflexione. La última guerra mundial, con el desencadenamiento del materialismo, no ha hecho más que fortale- cer ese proceso.

Los escépticos o las mentes superficiales que califican de «trafican- tes de luz» a los adeptos del esoterismo no se dan cuenta de la suma de esfuerzos que han necesitado los alquimistas, los investigadores, los cabalistas y los ocultistas de todas las épocas para continuar sus tra- bajos pese a las persecuciones de todo tipo de que han sido víctimas.

CONTINUARA
PROXIMO CAPITULO

a) La hipótesis solar de la creación del globo terrestre y su influencia en los seres humanos
b) El Sol Negro
c) Akhenaton, Alegría del Sol