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sábado, 12 de julio de 2014

MARIA MAGDALENA "De Puta a APOSTOL de APOSTOLES"


MARIA MAGDALENA "De Puta a APOSTOL de APOSTOLES"

Por: Ramón Ramonet Riu



ARTICULO COMPLETO



INTRODUCCIÓN



En María Magdalena se combinan, sin duda, otras varías Marías bíblicas, mal conocidas incluso por los primeros cristianos. Se cita a la bíblica Pecadora Arrepentida en las enseñanzas esotéricas, así como la recordaron los espiritualistas del período helenístico. A María Magdalena la veneraron los gnósticos, los templarios y los cátaros, así como los buscadores del Santo Grial, porque su persona absorbió muchas enseñanzas esotéricas de la adoración a las Vírgenes Negras, a su vez herederas del culto a la diosa Isis del Antiguo Egipto.

Cuando en el siglo IV los Padres de la Iglesia remodelaron la versión oficial de la Biblia católica, encontraron poco espacio para las “Tres Marías” del Nuevo Testamento, porque estuvieron obcecados siguiendo el antiguo criterio: Las mujeres deben ser castigadas por su sexualidad. ¡Y ello se consideraba justicia divina!. En tal contexto, la que fuese compañera/novia/esposa de Jesús clandestinamente continuó representando “lo sagrado” del sexo femenino. Es un fenómeno complejo y polifacético, que comenzó ya en los periodos oscuros de la Humanidad, porque la diosa-madre-tierra, reproduciéndola de color negro, se tuvo por más rica y más fértil.


Dejando a un lado su veneración entre los prehistóricos y el druidismo de la Europa primitiva, el culto que se potenció en la diosa Isis se elaboró en el Antiguo Egipto, pasando desde allí a Éfeso. Cuando floreció en Europa durante la Edad Media, de grandes hambrunas, ya la habían enriquecido mucho gracias a los contactos mantenidos de los caballeros templarios con los filósofos sufistas islámicos. Entre las creencias de los templarios se incluía una mística más sabia gracias a ocultar su nueva visión de Nuestra Señora, motivo por el cual la veneración a María Magdalena ha persistido a pesar de cierta oposición por parte del catolicismo. Ahora de nuevo se comienza a desvelar ofreciendo una renovada orientación hacia lo trascendente, muy necesaria en el mundo moderno.

En tiempos de Jesús el gnosticismo (la salvación a través del conocimiento) hacía dos siglos que triunfaba entre los judíos monoteístas de Jerusalén, debido a los continuos contactos comerciales con la lejana Persia, vía Mesopotamia. Los hebreos de la Galilea donde nació Jesús, convivieron además con el panteísmo de los griegos y de los romanos. Entre los primeros agustinos calabreses, que al cabo de los siglos fracasaron en su intento de establecerse en Jerusalén, estaba el famoso monje llamado Pedro el Ermitaño, el mismo que posteriormente predicó febrilmente la Primera Cruzada en Francia, la única que acabó con éxito al conquistar Jerusalén (1099). Gracias a las iniciaciones y revelaciones de los citados monjes calabreses, después los caballeros templarios, de los que fue gran maestre mi paisano Arnau de Torroja, de Solsona, habían superado la fe simplona y adoptado ciertas ideas heterodoxas.

Como en esta aproximación a María Magdalena se trata de presentar la visión que tuvieron tanto mi biografiado Arnau de Torroja como el resto de los templarios del siglo XII, empezaré recordando que la literatura rabínica aún hoy presenta a Jesús como un “bastardo Galileo hijo de un soldado romano llamado Pantera”. Se lo califica de mago que habría aprendido sus trucos de los egipcios, durante las décadas que vivió entre ellos. La reacción de los judíos al descubrirle sus trucos fue lapidarlo. Al negarle la divinidad, se basan en el olvidado "Segundo libro de Set" (s. III), donde se lee que el verdadero Cristo nunca fue crucificado. Para colmo, Eusebio de Cesarea había creído que sólo una décima parte de los Cuatro Evangelios era verdad (F. Conde Torrens: "El grupo de Jerusalén y Simón: Opera magna" (Revista "Año Cero" nº 7-192 - año XVII, ps 66 a 71).

Con lecturas semejantes los templarios de Palestina tuvieron motivos para dudar de lo aprendido dentro del catolicismo. Hoy ya es un “secreto a voces” que, especialmente el Evangelio de san Marcos, recuperó algunas fuentes del Antiguo Egipto, cuya cosmología sagrada de adaptó al Nuevo Testamento. En el fondo este no debería se el problema, sino que la gente de todas partes utiliza mal el necesario referente divino. Particularmente constato que a lo largo de mi vida se ha avanzado mucho, puesto que hasta 1960 el catolicismo incluso tuvo impedimentos para asumir el pensamiento humanista, la ilustración y el liberalismo político.

Debió de ser una gran sorpresa para los hermanos Torroja de Solsona, mis dos reivindicados biografiados, enterarse en Palestina de que María Magdalena en la vida real habría sido mucho más que una gran “Dompna” (o para los trovadores: “Domina” y "Midonis"). En el siglo XII “Nuestra Señora” popularmente fue la idealizada "Gran Dama portadora del Grial" de los romances que circulaban de boca en boca. Era el símbolo del ideal femenino, presentada como la Madre de Jesús, y servía tanto para los monjes como para los caballeros andantes. A ella le rezaban y le construían templos como si fuese una soberana de carne y hueso.

El clero explicaba otra cosa diferente de María Magdalena: Era una ramera arrepentida ¿Pero por qué, de ser así, en el Sur de Francia, a pesar de los dogmas, María Magdalena tradicionalmente fue siempre recordada cual una gran maestra iniciada en conocimientos gnósticos? Los gnósticos no tenían dudas de que ella impartió enseñanzas exclusivas, tal como era de esperar de la privilegiada persona que fue el primer testigo de la Resurrección. En 1945 hubo que darles la razón, debido a que fue descubierto en Nag Hammadi (Alto Egipto) el más importante de los evangelios gnósticos. Consta en total de trece manuscritos, nunca manipulados, que fueron escritos en lengua copta, y encuadernados en piel, hacia el año 400 d.C.. Una vez estudiados, fueron editados en inglés por primera vez en 1977, y el mundo supo que en ninguno de ellos se lee que María Magdalena fuese prostituta. Tal hallazgo vino a confirmar lo que ya se había leído en otro evangelio gnóstico encontrado anteriormente a orillas del Mar Muerto, donde tampoco consta que María de Magdala fuese prostituta ni nada parecido.

Los dirigentes de la Orden de Sión, fundadores de los templarios, de mente abierta y preclara, mantuvieron muy discretamente su devoción por la faceta femenina de la divinidad, de lo cual habían sido precursores los monjes agustinos calabreses de Jerusalén que fundaron la Orden del Santo Sepulcro (siguiendo la tradición del evangelista san Lucas), y la orden de Sión, cuando posteriormente se fusionaron con los esenios “Sabios de la Luz”, cuyo símbolo era una rosa y una cruz. Por dicha vía secretamente conectaron con el esoterismo cristiano establecido en Alejandría (Egipto), ciudad donde se enseñaba la sabiduría de Hermes, readaptando las iniciaciones del faraón hereje Akenaton.

Fue a partir de 1118 cuando los sabios agustinos calabreses decidieron crear su brazo armado, llamándolo Orden del Temple. Por su vinculación a la Orden de Sión se puede entender que el rey Balduino II de Jerusalén reconociese que a ellos les debía su trono. Después los que eran belicosos se enrolaron a la orden del Temple, pero casi un centenar de miembros de la orden de Sión regresaron a Francia después de la Segunda Cruzada. Viajaron embarcados en la misma nave que llevó de vuelta al rey Luís VII, y se establecieron en una abadía cerca de Orleáns.

MARÍA MAGDALENA; DE PUTA, A APÓSTOL DE APÓSTOLES

La Santa Biblia alude a la puta de Babilonia” (Apocalipsis 17:1-5), lo cual se utilizó para asociar a María Magdalena con la pecadora que Jesucristo liberó de los espíritus malignos. Cambiarle su identidad sirvió para evitar que sus hijos fuesen reconocidos herederos legítimos de Jesús en la Iglesia primitiva. Tal error lo perpetuó el pontífice san Gregorio I “el Magno” al llamarla “arrepentida prostituta redimida”, debido a no distinguir entre la María del Evangelio de Lucas, con la del Evangelio de Marcos. San Lucas se había confundido al asociarla con santa María Egipciaca, nacida en Alejandría en época romana, que a los doce años abandonó a su familia para llevar una vida desordenada hasta los veintisiete. Entonces María, arrepentida por su conducta, decidió hacer penitencia en el desierto durante cuarenta y siete años. María Egipciaca contó su pasado a un monje, siendo transcrita por el dominico Jacobo de la Voragine en la Legenda Aurea (1275). El pintor Nicolás Poussin representó a la santa de Egipto recibiendo la comunión en el río Jordán de manos de san Zósimo. Esa fue la gran confusión del papa Gregorio I el Grande en su sermón en la basílica de San Clemente de Roma (14.9.591) cuando ofreció la posibilidad de adaptar las circunstancias a la profecía judía; aunque en el fondo, con la tal proclama, la Iglesia católica pretendía reprimir la corriente gnóstica. Por cierto, en el siglo XVII el dicho sermón también fue utilizado por el fanático Zevi Cabbatai, un judío de origen turco, quien decía ser la reencarnación de Cristo.

Mejor habría sido si san Gregorio I el Magno hubiese hecho caso a lo escrito por el apóstol Tomás, quien a María Magdalena la creyó uno de los seis apóstoles (no 12). Al parecer ella sería la mujer más sabia de todos ellos. Pero el papa san Gregorio mantuvo su degradación, y así María Magdalena traspasó los siglos llegando mal etiquetada hasta mucho después de que la gente tuviese libertad para leer el Nuevo Testamento en traducciones vernáculas. Ahora bien, dicha limitación no incluyó a los templarios del siglo XII, que habían sido instruidos por los monjes de la orden de Sión, más sabios, conocedores del rechazo que había sentido el apóstol Pedro por María Magdalena. Quedó para la posteridad que Pedro le había dicho a la Magdalena: Dinos de cuanto recuerdes que Jesús te dijo a ti sola; todo lo que sabes de Él pero nosotros ignoramos. Y es que María Magdalena, después de la Crucifixión, se confirma que dio ánimos a los desconsolados apóstoles y al resto de fieles, adentrándoles en la Buena Nueva. Fue la mujer que, sin duda alguna, si realmente no fue su esposa, tuvo méritos para haberlo sido. Era la mujer más sabia de todo el grupo de sus discípulos, incluidos los apóstoles.

Marjorie Malven escribió el libro Venus in Sackcloth para explicar el tránsito de María Magdalena de pecadora a compañera de Jesús. La misma idea también se plasmó en el arte, fuesen dibujos o relatos de la tradición islámica. En el siglo VII aparecieron en Europa las primeras muestras de una María Magdalena reivindicada, pero en el siglo XII aquellos peligrosos intentos para restablecer la dignidad de la esposa de Jesús fueron abortados por el Vaticano. Sólo quedaron inamovibles las imágenes del intento, pues llevaba muy ricas vestimentas, incluso portando cetro y corona, que no tienen explicación en la Madre de Dios, ya que obviamente debió de ser una pobre jovencita crecida en un país subdesarrollado. Negaron la evidencia, porque ya había costado mucho que la Madre de Dios tuviese un papel dentro de los ritos eclesiásticos. Por otra parte, el peligro de las féminas en la iglesia “petrina” sigue estando en que la sola mención de María Magdalena recuerda sus discusiones con el contrariado apóstol san Pedro. Presentar la Magdalena como emblema de lo pecaminoso, fue por la necesidad eclesiástica de reafirmar la alineación femenina en la Iglesia católica.

Durante el Renacimiento el arte sacó encubiertamente el tema de un Jesús enamorado de María Magdalena, y ello se nota mucho sobre todo en las obras de Giotto, en la Pietá de Miguel Ángel que se guarda en el Vaticano, y como no podía ser de otro modo, también en obras de Leonardo da Vinci y de Rafael. A la Magdalena también se la llamó “la Egipcia”, y la “Sacerdotisa negra”, y el arte sacro casi siempre la representó con el cabello rojizo, con objeto de remarcar el color iniciático de la diosa. A pesar de todo, siempre ha sido conflictivo el diferenciar entre María Madre de Jesús y la Magdalena. La Madre en el arte habitualmente llevó su cabeza tapada. Su vestido fue de color rojo, variándolo cuando alcanzó carácter sexual en María Magdalena. Así, para evitar confusiones el vestido de María Madre de Dios pasó a ser de color azul y los brazos siempre cubiertos con velo.

La primera referencia que presentó a María Magdalena abrazada a los pies de la cruz, la escribió san Juan en su Evangelio (19:25); donde además informó que estaban su Madre María, y la hermana de ésta, que también se llamaba María. De ahí que se divulgase la expresión Las Tres Marías, a lo cual contribuyó el alto riesgo de estar las tres en el lugar y hora de la Crucifixión, pues era evidente que podían haberlas llevado a presidio. Tal temor fue lo que hizo huir de allí mismo a los doce apóstoles.



Está claro que la calavera que se hizo imprescindible en toda presentación plástica de la Magdalena penitente, simboliza la de Juan Bautista, aunque quizá mi ilustre paisano Arnau de Torroja podría corregirnos, pero dejémoslo así. Llamo la atención sobre el libro que tiene delante, porque se presenta abierto, evidenciando que santa María Magdalena escribió su propio Evangelio, por más que la Iglesia católica les niegue a las mujeres la capacidad metafísica que exige una semejante obra apócrifa. El Evangelio de María fue hallado en Egipto el año 1896, datándolo en el siglo II. Es una obra pseudo epigráfica, porque ella tan sólo lo dictó. En sus páginas invita a buscar la salvación vía el conocimiento (gnóstico) y no por la fe ciega. Avala su éxito, el que su persona pelirroja ya se representó en los piadosos frescos de Dura Europos (Siria) durante el siglo III, o sea, mucho antes que a cualquier otro apóstol, puesto que ellos no alcanzaron suficiente importancia, ni tampoco la tuvo la mismísima Virgen María. Después, por incontables campañas de desinformación del clero católico, y debido a que los aspirantes a sacerdote -en el mejor de los casos- salían de los seminarios mal informados, María Magdalena fue la contrafigura de la Madre de Jesús, consiguiendo confundirse con ella.


También hay exegetas que atribuyen a María Magdalena el Evangelio apócrifo de san Felipe, porque revela mejor que otros que Jesús amó a la pelirroja Magdalena más que a los demás apóstoles. En efecto, se lee en sus escasas páginas que los apóstoles recriminaban a Jesús el que la besase en la boca. Lo dicho acrecienta las bases para considerarla agnóstica, porque según tal filosofía, el conocimiento también se transmitía a través del beso. Por todo ello seguramente los celos de los demás apóstoles provocaría risa a Jesús, puesto que en el Evangelio de Judas consta que se reía mucho;...¡incluso mientras los demás apóstoles rezaban!. El Evangelio de Felipe realmente aportó elementos de juicio insuperables, porque está demostrado que jamás había sido sometido a censura alguna.



"HIEROS GAMOS”: EL MATRIMONIO SAGRADO

Después de una detectivesca investigación, el genealogista británico Laurance Gardner, difundió que María Magdalena era hija de un padre sirio y de una noble llamada Eucaria, y que habría nacido el año 3 d.C., o sea, que tenía 9 años menos que Jesús. En su libro La herencia del Santo Grial (Ed. Grijalbo, 1999) le atribuyó en total tres hijos. José Luís Jiménez escribió en el libro El legado de María Magdalena, que en cierto retablo cisterciense se la presenta acompañada de dos niños. (Otros autores, a Jesús le niegan la paternidad, mientras que por el contrario alguno hay que le exagera la familia numerosa). Jesús, al iniciar su vida pública cuando tenía treinta años ya debía de estar casado, primero para no desobedecer el bíblico mandamiento: “Creced y multiplicaos”; y después porque la entrega absoluta a su misión se lo habría impedido.

La unión sagrada fue el “eslabón perdido” entre el cristianismo y el judaísmo. Sería después disfrazada por los teólogos y los sacerdotes sexistas de la iglesia patriarcal, pero apunta un resurgimiento por el interés en María Magdalena, la muy misteriosa mujer espiritualista. Los cristianos y los judíos estudian cómo mejor restablecer a la Sabiduría (Sophia) a su lugar legítimo, aquel que desde el siglo IV en Estambul-Constantinopla hizo construir una gran iglesia -varias veces reedificada- que conserva aún su nombre de Santa Sabiduría divina (Sancta Sophia). Se hacen esfuerzos para reconocerle a la sabiduría el papel que nunca ha tenido dentro del cristianismo; los gnósticos, en cambio, siempre le dedicaron muy buena poesía y frases de gran inspiración. Véanse dos ejemplos:

Sophia es la sabiduría,
Y es la luz de la Creación.
La luz brilla en los cielos
y los ángeles la irradian.

La sabiduría es el espejo sin defectos de la energía activa de Dios, y de la imagen de su calidad. Ella es una con Dios, y la unidad de todo. Existe al mismo tiempo como ser separado y como divinidad por derecho propio. (Libro de la Sabiduría; 7:25 - 26).

Quienes después de la Crucifixión escribieron muchos evangelios, dieron sentido a la existencia de Yeshua (Jesús, en griego) presentándolo cual una entidad divina (eón), y María Magdalena (Maríamne Magdal-eder) sería otro eón de diferente sexo llamada Sophia, nombre griego de la sabiduría. El libro gnóstico Pistis Sophia es un cuento al estilo reiterativo de los orientales antiguos, cansinamente repetitivo, que voy a tratar de sintetizar. Ambas emanaciones divinas (eones) protagonistas están condenados a moverse en el mundo de la materia. Sophia vino al mundo primero, aterrándola el descubrir que estaba completamente sola y separada de su fuente divina originaria, por lo cual creció muy angustiada. Se veía a si misma como una copia de “la consciencia pleana" (Pleroma). Para el filósofo Platón esta idílica copia de sexo femenino fue considerada benigna, pero el gnosticismo, en cambio, la imaginó vagando a través del mundo de la materia que ella no paraba de crear con su propio miedo. Dios sintió compasión de Sophia y le envió su "otra mitad", su doble platónico, con el cual eón ella se apareó. Se decir,, Cristo la rescató del mundo físico porque le reveló la esencia de Dios, de modo que recordando su origen ella pudiese regresar al Pleroma, que era su verdadero estado (su hogar).
Lo descifró la profesora Karen King, de la Universidad de Harvard (Boston), cuya experiencia es indiscutible. Anunció que un fragmento de papiro del siglo IV, escrito en lengua copta (o sea, el idioma egipcio antiguo), es auténtico y, aunque deteriorado, debió de formar parte de un evangelio gnóstico del siglo II d.C.

En las pocas líneas que contiene dicho fragmento la doctora Karen ha destacado dos frases fundamentales. La primera, seria cuando consta que Jesús se habría referido a “mi mujer”, mientras conversaba con sus discípulos. En otra parte Jesús, refiriéndose a María Magdalena, afirmó: “Ella también puede ser mi discípula” ¿también? Se trata de una palabra muy importante, porque da a entender que María Magdalena antes habría sido una convencida gnóstica; o sea, que ella habría sido una seguidora de dicha teología cristiana, la cual, por cierto, compitió con la predicación de Pablo de Tarso en los primeros años del cristianismo, siendo posteriormente condenada por la Iglesia. Al parecer ya no hay duda de que el apóstol llamado san Pablo y María Magdalena en principio habrían defendido dos teologías muy diferentes.

La Teología de la Cruz, proclamada por san Pablo, aquel judío que antes había sido militar romano (y como tal había participado en la persecución y martirio de cristianos, con el mismo furor que cuando se convirtió al cristianismo atacó intelectualmente las creencias de los judíos), afirmaba que el mal del mundo lo “origina el pecado”, mientras que para los gnósticos sería al revés: El mal nacería de “la falta de conocimiento”. La doctrina gnóstica parece ser que fue preferida por el grupo de mujeres que seguían a Jesús, las mismas que pasaron a se las primeras catequistas cristianas. De todas ellas su principal líder era María Magdalena, aunque con los años la iglesia petrina, viendo peligrar sus privilegios, procuró que fuese confundida con la bíblica pecadora arrepentida.

Inicialmente el gnosticismo parecía que iba a ser la teología de la nueva secta cristiana, pero sucedió que al fin casi todos los evangelios gnósticos fueron quemados. Entre los que se salvaron gracias a que fueron escondidos por unos monjes consiguiendo llegar al siglo XXI, está el Evangelio de María Magdalena. También el Evangelio de Tomás, presentó claramente a María Magdalena como la discípula predilecta de Jesús; e incluso despertando los celos de san Pedro y de los otros discípulos que se quejaron al Maestro de que era a María a quien Él confiaba sus “mayores secretos”.
Creo en la posibilidad real de que Jesús estuviese casado con María Magdalena y ello no disminuye mi fe católica sino que la consolida. Hoy gracias a la profesora Karen King de la Universidad de Harvard (Boston), que estudió un papiro del siglo IV escrito en lengua copta, (egipcio antiguo), no cabe duda de que, aunque deteriorado, dicho papiro es auténtico y gracias al mismo por fin ya se tiene base documental para considerarlo un evangelio gnóstico del siglo II d.C..
Según el libro Pistis Sophia Jesús pasó doce años dando lecciones a sus apóstoles. Aquellos que primero buscaron la fe mediante el conocimiento empezaron por venerar la “Madre Sabiduría”, tras el principio femenino; aquel que el evangelista san Juan presentó coronada por doce estrellas (como las que hay en el actual símbolo de la Unión Europea). Afirmaban que María Magdalena le había hecho a Jesús treinta y nueve preguntas, debido a lo cual lógicamente después a ella se la consideró emblema de la sabiduría divina.

Para recordar lo peligroso de aplicar en aquellos siglos la etiqueta de sabia a una persona, recordaré brevemente que los más instruidos sabían que en el mundo reinan dos príncipes: El de los dos hoy llamaríamos “dios malo”, era Ieldebao (Jehová), fruto de los amores ilícitos de Sofía con su propio padre, del cual estaba perdidamente enamorada. Con tales antecedentes, Sofía se presentaba al mundo muy valiente y atractiva; y más aún entre los fieles cristianos por faltarles durante los primeros siglos una divinidad femenina, tal como siempre la habían venerado siendo “paganos”.

La unión sagrada del varón y de la hembra, de la novia y del novio, remite a la pareja que formaron Jesús y María Magdalena. La escena cumbre entre ambos, fue el hecho de que ella lo ungió con ricos aceites y hasta le secó los pies con sus cabellos. Tampoco se puede ignorar que si en las Bodas de Canaan Jesús no era el novio, ni él ni nadie habrían podido intervenir en la manipulación del agua para convertirla en vino. De ahí que se lea: “El maestresala de la boda llamó al novio y le dijo: Todos sirven primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos se sirve el vino inferior, pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora” .

Con referencia a tales escenas bíblicas, diré que, entre los egipcios, el vaso era el jeroglífico del corazón, y el vino fue elixir de la doctrina oculta, o sea, de la restauración del “Estado primordial". No extrañe, pues, que María Magdalena acabase siendo la patrona de los viñadores provenzales, y en todo el Sur de Francia, se la apodaba Reina de las Aguas, por haber superado con éxito una larga travesía marítima. Menos argumentos tuvo la patrona de los marineros, la Virgen del Carmen, una de las incontables advocaciones marianas del santoral católico-romano.



¿ESTUVO JESÚS CASADO CON MARÍA MAGDALENA?


La hostilidad hacia un sacerdocio femenino se remonta a Orígenes y Tertuliano, ambos "Padres de la Iglesia", porque amenazaba el sacerdocio patriarcal. Fue por ellos que María Magdalena de Nueva Eva pasó a ser prostituta, aunque finalmente se la reconozca "Novia mística" de Jesús, quizá porque en el Consejo de Cartago (año 397) ya la clasificaron como "Consorte del Mesías". También los cátaros y muchos heterodoxos vieron a María Magdalena como una mujer "consorte espiritual" de Jesús, hasta el punto de que antes del siglo IV los gnósticos creyeron que la esposa de Jesús era superior a María, su madre. El motivo fue que Miqueas, ocho siglos antes de Cristo, había profetizado un definitivo matrimonio sagrado así: “Y tú, oh Magdalerder, colina de la hija de Sión; por ti llegará la soberanía de antaño, el reino que pertenece a la Hija de Jerusalén…”.

Para los clérigos que viven sujetos a las estructuras del poder de la Iglesia católica, María Magdalena no fue la esposa de Jesús. Insisten en afirmarlo ciegos ante el hecho de que un hombre como san Juan, ni siendo afeminado, se presente siempre muy evidentemente “enamorado” recostando su melenuda cabeza sobre el pecho del complacido Jesús en la Última Cena. Debió de ser María Magdalena su compañera y su mejor amiga,..y su sucesora; la misma que muy arriesgadamente trajo el cristianismo hasta el Sur de las Galias, logrando con su esfuerzo y el de sus acompañantes, que floreciese y perdurase la Buena Nueva.

Lo indiscutible es que María Magdalena fue la oculta heroína incluso de los Cuatro Evangelios principales, y ello a pesar de permanecer su personalidad disfrazada; aunque, según el estudio de A. Grassi (1989), muy bien conocida por sus veneradores "Sanjuanistas”.
En detrimento de la Iglesia "Sanjuanista", la Iglésia católica finalmente fue “petrina”, resultando extraordinariamente jerarquizada basándose en el Cuarto Evangelio, por lo cual, al quedar demostrada la tergiversada personalidad de María Magdalena, lo lamentarían los máximos iniciados de la orden de Sión y la de los caballeros templarios, dado que después fueron partidarios de un "mensaje dinástico" y protectores de la "estirpe davídica". Aquella idea tuvo repercusión sangrienta en sur de Francia, y allí se deben buscar los vestigios. Hace unas semanas estuve en Foix, y al descender de la torre circular del castillo, visité la iglesia dedicada a san Volusien, un martir del siglo IX. En una capilla lateral hay arrinconado y muy deteriorado -pero entero- un altar que se salvó de la destrucción por encontrarse, quizá, en una aldea remota de montaña, o en algún lugar,…pero de cara a la pared, porque no se habría librado del fuego. La Magdalena ocupa el lugar de san Juan sin ninguna clase de duda.

Un gran número de dignatarios del Temple procedían de familias herejes del sur de Francia, de forma que en la orden del Temple hubo más cátaros que católicos. Pierre des Vaux-de-Cernay, en su “Historia Albigense”, especifica además que: “Los heréticos decían que santa María Magdalena era la concubina de Jesucristo”, y dicha opinión sobre la Magdalena, según sigue diciendo ya justificaba: “...Que esos perros repugnantes sean exterminados en la misma festividad de aquella a quien insultaban”.

En efecto, la primera matanza de la cruzada anticátara tuvo lugar en Béziers (Fr.) el día 22 de julio de 1209. Toda la población indefensa buscó refugio en la iglesia dedicada a Santa María Magdalena, pero fueron asesinados igualmente. Aquel año y el siguiente allí murieron unas 800.000 personas bautizadas, por creer y divulgar, según consta en las actas de la inquisición dominicana, que: “…una ramera (MM) estuvo casada con Jesús”. Lo que se afirma en la frase, debió de ser la única acusación de la Santa Inquisición que no era falsa, porque de los juicios que emiten unos tan crueles vencedores sólo se debe esperar que todo sea tergiversado. Yo no me esperaba el resultado de mi investigación de María Magdalena, pero pronto vi que exitían muchos vestigios salvados por la incultura de los tiempos, ya que actualmente alcanza también al clero.

Veamos otra evidencia iconográfica de la importancia de la que fue sin duda el apóstol de los apóstoles, o sea el mayor de ellos, ya que se la recuerda agradeciendo dando la comunión al personaje que proveyó de alimentos para celebrar “la Última Cena” (Santa Cena), cuando Jesucristo se dice que instituyó la eucaristía ¿O acaso le explicaron que no fue Él?

Los iconos bizantinos y los otros posteriores pintados en Rusia, que todavía se cree que representan a santa María madre de Jesucristo Nuestro Señor, tradicionalmente la representan con ojos tristes, lo cual es insólito al sostener en sus brazos a su sano Hijo ya bastante crecido. Así se presentan a pesar de los siglos transcurridos, sabiendo que por aquel entonces la sagrada familia vivió libre y feliz en tierras de Egipto. Ciertamente allí vivirían humildemente, pero las facciones tristes de la Madre, y el gesto de dolor espiritual sólo serían justificados en una mujer que también hubiese sido testigo directo de la Crucifixión. En los iconos se sigue presentando el rostro de una señora joven y afligida al lado de su hijo, y ésta persona no pudo ser otra que María Magdalena, cuando con su hijo ambos gozaban de gran dignidad social, tal como expresan inequívocamente sus respectivos atuendos. Tan sólo la Magdalena bíblica pudo haber tenido suficiente entidad para poder ser confundida con la Virgen María.

María Magdalena tuvo éxito en la literatura durante el paso del primero al segundo Milenio, y sigue triunfando especialmente por las rarezas detectadas en el lienzo de Leonardo da Vinci La Última Cena en una iglesia de Milán, donde la enamorada compañera/novia/esposa de Jesús sustituye a la figura de san Juan Evangelista. En la catedral de Burgos un lienzo muestra a la Magdalena penitente muy sugerente, pues sólo está cubierta con una densa y larga cabellera (al modo como luego lucieron los reyes merovingios). En dicho cuadro, la cabecita de un niño asoma mientras le está sorbiendo del pezón, y de ahí salieron nuevas pruebas de la maternidad de la vilipendiada María Magdalena. En cambio, otro cuadro que hace décadas me sorprendió mucho sigue expuesto dentro de la Mezquita de Córdoba (ángulo SE.), precisamente por la desinformación acerca de María Magdalena. Me refiero al gran lienzo de 1672 colgado en el muro detrás del altar, presidiendo la Capilla del Sagrario, en el cual se presenta, sin eufemismos, María Magdalena, pasando por ser san Juan, con un aspecto mucho más afeminado que el del célebre cuadro La Santa Cena de Leonardo da Vinci. Curiosamente lo pintó el fundador de la Academia de San Lucas, de Roma, posteriormente presidida por el genial pintor Nicolás Poussin; un pintor enigmático, y más por estar vinculado al enigma de Rennes-le-Château.

Aún tengo otra imagen de María Magdalena, nunca antes reconocida como tal. Está esculpida en la catedral de Zamora (España). Es sabido que cada tradición artística -también entre los cristianos- recompuso a su manera los temas propuestos. Sucedió lo mismo al tratar la figura de la principal discípula de Jesucristo. Cuando los escultores de la Iglesia católica quisieron presentar a María Magdalena empleando los pobres recursos plásticos del arte románico, bastó que incluyeran un libro en sus manos porque debieron de saber mejor que en la actualidad que era autora de un evangelio que lleva su nombre.



LAS VÍRGENES NEGRAS DEL CATOLICISMO


A María Magdalena se la cita 150 veces en los Evangelios, mientras que al apóstol Pedro tan sólo 14. En un evangelio apócrifo que se descubrió en una tumba de Ajmîm, en Panópolis (traducido por M. Bourian), se lee el cómo los obispos de Roma se acomodaron al pagano emperador Constantino (s. IV). El obispo Anasticio de Alejandría, padre de la ortodoxia, reescribió los Cuatro Evangelios y su resultado fue publicado en 1892 con el título: "Memoirs of the French Archeological Mission at Cairo" (vol. IX, Fac. I).

Los Evangelios Sinópticos presentan cuatro versiones diferentes de la Resurrección. Aún así, María Magdalena está presente en todas ellas, y queda claro que Cristo la envió a informar al resto de apóstoles de que ella lo había visto resucitado. En cambio san Pablo, dado que escribió sus "Epístolas" antes de los dichos sinópticos, afirmaba que había sido Pedro quien primero había visto al Resucitado. Incluso en el evangelio atribuido a san Pedro, no se reflejaron sus disputas con María Magdalena, que permanece cual el “Alfa y Omega” de la devoción cristiana. Si Pedro fue el iniciador, la Magdalena estuvo presente en la muerte y en la resurrección de Jesús, pero a pesar de ello fue una figura menguada por la Iglesia católica en todas partes con excepción del Sur de Francia, donde el número de sus lugares de devoción es muy numeroso. Según An Begg, son veneradas allí el 65% de todas las imágenes de vírgenes negras de Europa, pues fue lo que inspiró la fertilidad de la diosa Isis, aquella que en el arte egipcio lleva cuernos en su cabeza y amamantó a su divino hijo Horus sentado en su regazo. Se propagó su culto por evocar, con su oscuro aspecto, el limo del río Nilo. Se consiguió mediante la sociedad “Correa de transmisión de saberes” del Antiguo Egipto, también llamada “Cadena Áurea”.

Por extraño que nos parezca, cuando tratamos el tema de las Vírgenes Negras con cierta ligereza, todas fueron la disfrazada María Magdalena. Fueron su imagen “descafeinada” que simbolizaban, no a la compañera/novia/esposa de Jesús “mujer que lo sabía todo”, sino que, como portadora de una “carga de profundidad”: ¡Conocía el nombre secreto de Dios!, al igual que se decía de las divinidades más antiguas, Lilit, Isis, etc.. La sabiduría tenía que ser forzosamente representada en color negro, porque vive siempre en el profundo interior del caos de la Creación. Yo aquí no podría llegar tan lejos, y modestamente me limito a escribir sobre la mujer que transmitió el verdadero secreto de Jesús, después llamado Cristo.
MARÍA MAGDALENA DESEMBARCÓ CON OTROS SETENTA Y DOS FIELES

Santa Marta, anfitriona de Jesús, había nacido de sangre real... de su padre heredó siete castillos, entre los cuales Magdala y Betania... embarcaron junto con Lázaro y su hermana María (entonces encinta) y Máximo, en dirección a Marsella; después fueron a Aix-en-Provence".

La “primera familia de cristianismo” vivió en el Sur de Francia, y dicha idea se encajó en las creencias de épocas medievales. En el año 950, Rabanus Maurus, el obispo de Mayence, escribió cómo Martha había convertido a la gente de Tarascon, donde ella vivió, hasta que su muerte (supuestamente el año 68), en una casa de rezo donde ahora hay su iglesia. Las excavaciones fueron realizadas en 1187, y fueron encontrados los huesos, presuntos, de santa Marta. También con el tiempo serían encontrados los de María Magdalena. Los del resucitado san Lázaro, en cambio, ya habían sido hallados años antes (1146) y están en la cripta de la catedral de San Victor de Marsella. Allí hay también una imagen de color negro llamada Notre-Dame de la Confession, según la tradición esculpida por el evangelista san Lucas.
Según investigó Cristopher Wikombe "The chapel of the courtesan and Quarrel of the Magdalene" (Art Bulletín, N.Y., 1.7.2002, vol 84 -nº2 -ps.273 a 292) un manuscrito del siglo II, escrito en griego, testimonió la predicación de María Magdalena en Provenza, siendo copiados por Rabano Mauro, obispo de Maguncia y autor de "La vida de María Magdalena", quien situó su predicación en la ciudad de Marsella (Fr.), exactamente en el Templo de Diana, donde está la actual plaza Lanche.

En resumen; después de la Crucifixión María Magdalena y su hija Sara-Tamar, acompañadas de setenta y dos discípulos, llegaron al sur de Francia donde serían bien acogidos por la población de etnia judía residente desde siglos antes.

Cuando el año 44 desembarcaron en la costa francesa llevaba sus tres hijos (dos hijos y una hija). Aquella llegada masiva de fieles a Jesucristo fue recogida en el año 600 en un documento de la Biblioteca de París y divulgado en 1895 por M. Beggh "The cult of the black Virgin" (Ed, Arkana- Londres).

Al respecto del desembarco en la Camargue (Fr.), los caballeros templarios, pudieron haber tenido mucha mejor información que nosotros en la actualidad. Al menos en vida de Arnau de Torroja ellos siempre desearon reivindicar el papel inicial de María Magdalena en la vida de Jesús, conscientes de que el cristianismo primitivo no discriminaba al sexo femenino. Fue a partir de san Agustín (otro "Padre de la Iglesia" + 430) que erróneamente se la presentó cual una Eva perversa y pecadora. El texto hebreo no utiliza “bethulah” (virgen), sino ”halamah” que significa mujer joven, por lo que la traducción griega en que se basan los cristianos debería decir “neanis” en vez de “partenos”. Luego se aprovechó un versículo del profeta Isaías (7:14) para contrarrestar la mala fama de María Magdalena. Pondré un símil actual: Al traducir del alemán al español el vocablo “jungfrau”, su significado es virgen, y a la vez mujer joven.

VÍRGENES NEGRAS: IMÁGENES QUE APARECEN Y DESAPARECEN.

La Virgen Negra empezó a ser venerada en Ferrieres (Provenza-Languedoc -Fr.) el año 44 d.C. Otra imagen de Verviers (Lieja) además de ser negra, lleva corona tanto ella como su hijo. Se presenta rodeada de estrellas que simbolizan sabiduría. La inspiración del símbolo de la Unión Europea se obtuvo de ella. Al comenzar el siglo III Orígenes de Alejandría ya comparó a María Magdalena con la “prometida” del rey Salomón, en el libro “Cantar de los Cantares”. En el siglo XII san Bernardo de Claraval en su Patrología Latina (Sermón 57) llamaba a María Magdalena “Prometida de Cristo”. Sus imágenes, incluso las de tez clara, son bellísimas, y de entre ellas prefiero la de la iglesia de Laguardia (Navarra), cuyo frontispicio, por cierto, es casi igual que el de la colegiata de la ciudad de Toro. Su advocación es Santa María de los Reyes, y se presenta de pie con su Hijo en el parteluz de la entrada, cuyos laterales decoran imágenes de los doce apóstoles, y todos ellos todavía bellamente policromados y de tamaño natural.
Después de la conquista de Jerusalén el año 1099, los religiosos utilizaron hábitos negros en las ceremonias de la Virgen María, en lugar de los de color blanco que habían sido habituales. El motivo sólo puede ser debido a tener de ella una visión superior de la que era considerada “Esposa negra” (como Isis y Artemisa) del “Rey Pastor“ sacrificado. Empezaba así a mostrarse una María Magdalena muy oculta. A partir de entonces su popularidad, bajo la forma de Virgen Negra, fue creciendo cada década más en toda la Europa Occidental. Cuando en el Vaticano dictaron su prohibición, se solucionó ocultando las imágenes en los sitios más inesperados, aunque relacionados con el entorno natural, de forma que al hallarlas al cabo de los años se pudo pensar que habrían merecido la devoción de los druidas celtas. En la iglesia de Valjunquera, comarca de Matarraña, se da un caso extraordinario de lo dicho. Existen galerías subterráneas donde corre agua separada por algunos pilares y arcos. Acaba por abrirse una espaciosa estancia donde actualmente ya sólo queda la piedra que fue la base de un altar para una de dichas Vírgenes Negras. En otras partes, por ejemplo en la cripta de la catedral de Chartres (Fr.), siguen siendo muy veneradas, pues hay entronizadas dos.

Como era de esperar en el siglo XII aquella prohibición de venerarlas y posteriormente recuperarlas, se justificó, ante la gente inculta, con la gran amenaza de profanación por culpa de la invasión islámica. En efecto, una vez alejados los infieles, todas aquellas toscas tallas de madera pintada burdamente, y otras que son cual obras de orfebrería trabajadas en piedra, como la Mare de Déu del Claustre de Solsona, milagrosamente fueron apareciendo de sus escondites. Actualmente todas celebran su fiesta el día de las Vírgenes Encontradas el 8 de septiembre, menos mi Patrona de Solsona, que se quiso distinguir del resto dedicándole el día 9 de septiembre. De hecho, son tres los días de fiesta y bellísimas ceremonias religiosas que se celebran, con muy gran concurrencia de fieles dentro y fuera de la catedral, pues es sacada en procesión por las calles de la ciudad de Solsona.

Las imágenes negras de María Magdalena se veneraron en la mayoría de templos, encomiendas y posesiones de los caballeros templarios, a pesar de que era una “segundona” respecto a la Madre de Dios de los monjes cistercienses, quienes vestían hábitos blancos como los templarios. Todo el occidente de Europa en el siglo XII sintió súbitamente un gran fervor por las imágenes plásticas de la Madre con el Hijo sentado en su regazo. Tanta espontaneidad hace sospechar que la orden del Temple promocionó al menos las de color negro, teniéndoles reservada planes precisos para su veneración. San Bernardo, que trabajó tanto las reglas de conducta para los monjes cistercienses como la de los caballeros templarios, fue el responsable final; y lo evidenció a la posteridad, no tanto por su reconocida mariolatría, como por haber mostrado especial empeño en resaltar la importancia bíblica de la casa de María Magdalena.

Hay una pregunta por contestar: Dado que las caras y las manos de la Vírgenes y su Niño han sido ennegrecidas por los elementos ¿Por qué otras imágenes veneradas no tuvieron un semejante proceso? En realidad, debieron ser oscurecidas al trabajarlas, porque (dejando a parte que sus santuarios resultan más rentables al recibir mayor número de peregrinos), el culto de la Virgen Negra evocó el resurgir de la energía cósmica en lo femenino. La Virgen María, María Magdalena y sus numerosas advocaciones, todas son cercanas a Jesús sin perder los aspectos de la energía cósmica femenina. Su profunda veneración por las órdenes de Sión y del Temple representó actualizar el pagano culto a la diosa de la fecundidad, porque lo espiritual supera lo físico, antes, ahora y siempre.

Arnau de Torroja y los demás enrolados en la caballería de la orden del Temple fueron pioneros en ideales espirituales sorprendentes, al admitir que la idea de venerar a la Virgen con su divino Hijo, en realidad sabían que se trataba de copias de Isis. Era una deidad egipcia, hermana-esposa del asesinado dios Osiris y madre de su vengador Horus. A los templarios les recordaría a la gran-diosa-madre de la prehistoria europea, porque la vida orgánica (tanto la sangre, como las semillas) siempre germina en la oscuridad; los pensamientos también se gestan dentro del cráneo, la sangre corre por las venas, etc.. En la Europa del siglo XII se aceptaron muy bien las nuevas vírgenes de color negro por evocar la fertilidad, la misma idea que en el Neolítico había sido depositada en los dólmenes tauromorfos. En otro libro defiendo el fundamental papel inspirador de un inmenso ídolo natural de la sierra de Montserrat, en Cataluña, que debió de ser venerado en la prehistoria más profunda. (Véase la síntesis de mi libro: “Megalitos parlantes. Del culto al toro.

La Virgen María es también la Reina de la Tierra, aunque la Iglesia católica-romana aún evite concederle tal advocación. No se debe olvidar el aspecto femenino de la divinidad, desde el momento que en el libro Génesis (1-26) consta que Dios hizo al ser humano a su imagen. Debe ser reconocida Reina de la Tierra, porque desde que se sabe que para venerar a Isis fue erigida la gran pirámide de Giza, las vírgenes negras ya no pueden ocultar por más tiempo que la recuerdan cuando aparece sentada con el Niño-Dios en sus rodillas. Isis, se esculpió llevando dos cuernos en su cabeza y un sol entre ellos, siendo Isis la imagen subliminal que evocan todas las imágenes de la Virgen y el Niño posteriores. La diosa egipcia Isis además derivó en imágenes de matrona “galacrofusa”, por dar de mamar a su divino Niño mientras lo mantiene sentado en su regazo

En el siglo XII se trato de imágenes de matronas que vistieron ropas que estaban adornadas con motivos dorados. Como frecuentemente se encontraron luciendo joyas y accesorios de oro, resulta que todos los colores principales de la gran obra alquímica se encuentran simbólicamente reunidos en la policromía de dichas matronas con niño. De los tratados alquímicos que Arnau de Torroja tuvo noticia, se deducía que la “materia primordial” se coloreaba al ser pacientemente transmutada, siendo tres los colores dominantes: el negro, el blanco y el rojo. Al negro se le asimilaba frecuentemente el azul, color que representaba la putrefacción, primera por la cual debía pasar la materia. El blanco correspondería la fase siguiente, que era la de la purificación de la materia; mientras que el color rojo simbolizaba el "fuego secreto", clave del éxito de la obra. Los colores simbólicos para María Magdalena fueron el rojo para su vestimenta, y el color verde para su manto, pues se convino que aludía mejor a su fertilidad, incluida la espiritualista. Por otra parte, según la orden religiosa que la encargase pintar podía vestirla, o no, con el color de sus propios hábitos.

UN DETALLE QUE SE EXPLICA ACCIDENTAL, Y NO LO ES.


En la Santa Biblia hay dos pasajes remiten a la mejilla herida de la Virgen. Uno se encuentra en Miqueas, cap. IV: 8-10) pensando en que los sufrimientos de Jesús los habría de padecer también su querida compañera. La segunda está, obviamente, en el libro de Salomón: El cantar de los cantares” , cuando se lee: Los guardias golpearon y me hirieron...

Este detalle lo capté extrañadísimo, porque siempre se me había explicado que una rotura en la mejilla derecha de la imagen de la Mare de Déu del Claustre, Patrona de Solsona, mi ciudad natal en el centro de Cataluña, que es de color negro, se debía a su profanación. Quizá sí, pero ya me permito dudarlo, y no sólo por las dos menciones que encontré en la Biblia.
La Virgen de Czestochowa venerada en Polonia, aunque según la tradición proviene de Bizancio (Constantinopla), presenta en su mejilla una fea hendidura que la muestra como si estuviese “herida”.

Curioseando por si descubría más dibujos y pinturas de la Virgen con el Niño mostrando algún defecto en la mejilla de la madre, encontré la huella de una herida similar en un lienzo de Simone Martini (1284-1344), pero lo pintó al presentar el rostro de María Magdalena. Quizás lo copió de otra de tiempos antiguos, porque dicha herida en realidad también está pintada en las mejillas de algunas Vírgenes de la iglesia ortodoxa. Este detalle de una herida en la mejilla aporta mucho a mi inquietud investigadora en este tema. Y añadiré algo, para que se vea claro que la cultura da alegrías, y nunca nos ha de defraudar. Dicho lienzo para mí resulta interesante, además porque en la vestimenta de María Magdalena se muestra un trazo egipcio muy simbólico, cual es la Cruz de san Andrés, o aspa (X).

Los caballeros templarios, que rechazaron la cruz por ser artilugio de tortura, en cambio tuvieron el símbolo del aspa para referirse a la ”Estrella de la iluminación”, que sin duda es el sol. Pero también fue indicativo del “marido”, puesto que decían: “Donde el sol brilla, el desierto está debajo”. Lean a Margaret Starbird María Magdalena y el Santo Grial (Ed. Planeta Barcelona 2004 p.193) para profundizar en tan sibilino asunto, porque ahora estoy a punto de concluir, y antes quiero resaltar que es justamente un aspa (X) el meollo del símbolo que descifré en un anillo de hierro meteórico, al cual llamé "anillo de Moisés", aun cuando probablemente perteneció a algún faraón de tiempos más antiguos.

Cuando Jesucristo fue cruelmente azotado en la fortaleza Antonia de la ciudad de Jerusalén, es decir, allí donde le colocaron una corona de espinas sobre su cabeza, sigue siendo visible, grabada en una de las losas del suelo, la misma Estrella de David que el Señor vería durante su martirio. La menciono porque en su centro se distingue el perfil de una paloma con las alas extendidas, como las que me he estado refiriendo. Las seis puntas de los dos triángulos enlazados, simbolizan la unión de la pareja (Hieros Gamos); y la paloma la conexión con el espíritu divino. Por cierto, los cátaros del Languedoc en el siglo XIII, durante su huida, dejaron formas de paloma esculpidas en algunas de las cuevas que les sirvieron de refugio. Personalmente me admiró la paloma gravada en los muros de la cueva de Betlem (Ussat-les-Bains, Ariege-Fr.). En otra cueva inmensamente mayor situada al otro lado del río, llamada Lombrives, cuando vi en su largo corredor de entrada que la peña del techo presenta pliegues naturales durante cien metros, a mi me pareció incluso milagroso que fuese el mismo diseño del cabello recogido simétricamente en cientos de imágenes de la frente de la Virgen.

SUPERIOR A LA BELLEZA, SOFÍA SIGNIFICA SABIDURÍA

Sofía, (dejando a parte los que opinan que simboliza el ídolo templario llamado Baphomet), fue llamada Minerva por los antiguos romanos, quienes lo aprendieron de los griegos. Sofía, sabiduría, es un nombre que nos evoca la herejía que se persiguió por acoger muchas y diversas diosas paganas de la Antigüedad. Remite a la sedente imagen de Isis egipcia venerada por filósofos, agnósticos y los caballeros templarios.
En Isis se inspiraron cuantas imágenes negras de la matrona y su hijo hay en toda Europa, pero en mayor cantidad en Francia, donde los templarios acabaron teniendo su sede central. En España siguen siendo veneradas unas setenta imágenes de Vírgenes Negras, a pesar de ignorarse que el color negro, además de fecundidad simbolizó sabiduría.

Recordemos que para muchas religiones antiguas amantes del misterio, María Magdalena era Sophia, “el espíritu femenino de la divinidad” manifestado en la diosa sabiduría. No está faltado de lógica puesto que si se divide el día 22 (que se la venera), por el mes de julio que es el séptimo mes del año (22:7=Pi), resulta 3,1416. Siendo Dios la fuente de sí mismo, la diosa sería su emanación, algo así como “el juego Dios”. De ahí que luego se insistiese tanto en que tenía un lugar esencial viviendo unida a Jesucristo.

Con disfraz de "Madre de Dios" los iniciados monjes con espada de la orden del Temple, gracias a la advocación Nuestra Señora, tan afín a las divinidades Isis/Horus, preservaron la veneración a la compañera/amiga/esposa de Jesús, pero más aún desearon proteger a su descendencia. María Magdalena en tal coyuntura fue cual un chivo expiatorio. En la orden Casinita se la recibió con la máxima veneración de santidad, y sus monjes se proclamaron guardianes oficiales de su tumba. También los franciscanos y otros grupos monásticos de siglos posteriores la dignificaron de forma muy diferente a la Iglesia católica, donde siempre fue recordada de mala manera. La respuesta ha estado siempre ahí, sólo había de superar las imposiciones y aplicar la lógica. De cualquier forma, loemos la sabiduría, la cual es muy fácil de distinguir de la inteligencia, porque ser sabio significa ser incapaz de hacer el mal.

Quien desee más información sobre María Magdalena le recomiendo el libro de Margaret Starbird "María Magdalena y el santo Grial" (Ed. Planeta, 2004), y también "La Magdalena- El último tabú del cristianismo - El secreto mejor guardado de la Iglesia - Las relaciones entre Jesús y María Magdalena", Ed. Aguilar 2006. Aquí –por ser un apéndice anexo- tan sólo esbozo parte de los presuntos privilegiados conocimientos de Arnau de Torroja.





viernes, 24 de enero de 2014

LA MUJER A QUIEN JESÚS BESABA


LA MUJER A QUIEN JESÚS BESABA


         De trascendencia obviamente enorme, pero no aclarada, fue la mujer que se llamó María Magdalena para los antiguos movimientos «heréticos» clandestinos de Europa. Sus lazos con la veneración de las Vírgenes negras, con los trovadores medievales y las catedrales góticas, con los misterios que rodean al abbé Saunière de Rennes-le-Château y el Priorato de Sión, implican algo en ella que pareció siempre muy peligroso para la Iglesia.

Como hemos visto, se tejen muchas leyendas alrededor de esa mujer enigmática y poderosa. Pero ¿quién fue, y cuál es su secreto?

Ya hemos dicho que hay pocas referencias explícitas a «María Magdalena» en los evangelios del Nuevo Testamento. Por el tenor de las menciones, sin embargo, queda claro que fue la más importante de las discípulas de Jesús... todas las cuales han sido ignoradas casi totalmente por la Iglesia, y siguen siéndolo. Si se habla de ellas para algo, por lo general interviene el sobreentendido de que la palabra «discípulo» tiene más peso en cuanto se trata de hombres.

En efecto, la presencia de las discípulas ha sido menospreciada en medida injustificable, y ello por comentaristas muy posteriores a la época de los evangelistas. Pues si los judíos del siglo primero y de aquella cultura pudieron tener alguna dificultad de tipo sociológico o religioso para admitir el concepto de que unas mujeres fuesen importantes, a los críticos más recientes no les vale esa excusa. Sin embargo, el debate sobre el sacerdocio femenino en la Iglesia anglicana, por citar sólo un ejemplo, demuestra que no ha cambiado gran cosa en los 2.000 años transcurridos.

Para los creyentes de allí y de todas partes, «discípulos» se refiere automática y exclusivamente a los seguidores masculinos: Pedro, Santiago, Lucas y los demás, pero no «María Magdalena, Juana, Salomé...», pese al hecho de que haberlas las hubo, como ni siquiera los autores de los evangelios dejaron de reconocer.

Durante la inacabable discusión sobre el ministerio femenino (ni siquiera las mujeres partidarias se atrevieron a usar el término de sacerdotisas, por sus resonancias paganas), circularon las representaciones más extraordinariamente erróneas en cuanto al séquito de Jesús, siempre con el fin de «demostrar» que las mujeres citadas no eran en realidad miembros de la clerecía. Se dijo por ejemplo que el discipulado de Jesús estaba compuesto exclusivamente de hombres, pese al hecho de estar citadas por sus nombres las mujeres de su entorno: la tradición judía de la época significaba que si los evangelistas hubiesen tenido la posibilidad de omitirlas, podían hacerlo y lo habrían hecho.

Pero las nombran, y eso significa que no era posible omitir su participación en el ministerio, como también sucedió sin duda alguna entre las generaciones cristianas inmediatamente posteriores. Porque según ha demostrado concluyentemente, entre otros, Giorgo Otranto, profesor italiano de Historia de la Iglesia, durante varios siglos las mujeres no se limitaron a ser miembros de la congregación sino que oficiaron en el sacerdocio e incluso en el episcopado.

Tal como ha escrito una autoridad en el tema de las mujeres del cristianismo primitivo, Karen Jo Torjesen, en su libro When Women Were Priests (1993):
Bajo el arco mayor de una basílica romana dedicada a dos santas, Prudenciana y Práxedes, vemos un mosaico que representa a cuatro personajes femeninos: las dos santas con María y una cuarta mujer que lleva el cabello cubierto por un velo y un halo cuadrado alrededor de la cabeza, recurso expresivo mediante el cual nos indica el artista que la persona retratada vivía cuando se realizó el mosaico. Los cuatro rostros nos contemplan serenamente sobre el fondo dorado.

Fácilmente se reconoce a María y a las dos santas, pero la identidad de la cuarta no es tan obvia, aunque una nítida inscripción nos la identifique como Theodora Episcopa, es decir la obispa Teodora. En latín la palabra masculina obispo es episcopus, y la forma femenina es episcopa, así que la evidencia visual del mosaico y también la evidencia gramatical de la inscripción aseguran sin posible equívoco que la obispa Teodora fue una mujer. Pero la a de Theodora está parcialmente borrada por unas rayas hechas en el vidriado del mosaico, lo cual nos lleva a la consternante conclusión de que alguien, tal vez ya en la Antigüedad, quiso suprimir la desinencia femenina.1
Los clérigos actuales suelen meterse en jardines argumentales no poco laberínticos cuando intentan negar lo que anuncian esas imágenes de sacerdotisas. Dirían, por ejemplo, que Teodora era la madre de un obispo, como efectivamente se ha intentado, pero los hechos hablan por sí solos. Las mujeres del siglo I no servían sólo para preparar el café y los bocadillos, como diríamos hoy, sino que oficiaban la eucaristía y dirigían la oración de sus congregaciones. En aquellos primitivos tiempos a nadie se le ocurrió sugerir lo que sí se ha dicho en época reciente:2 que una mujer durante la menstruación podría contaminar, no se sabe cómo, las Sagradas Formas.

No fue hasta noviembre de 1992 que la Iglesia de Inglaterra votó definitivamente la espinosa cuestión y decidió permitir la ordenación de mujeres por el estrecho margen de dos votos. Aunque no tenemos el propósito de terciar en la polémica sobre el asunto, manifestaremos nuestra simpatía hacia las numerosas mujeres que enfrentándose a dificultades enormes procuraron hacer entender a sus «superiores» masculinos que no pedían otra cosa sino un retorno a lo que fue en los comienzos, no una reinterpretación radical que se le hubiese ocurrido a alguien del siglo XX.

Al reinvindicar que se les permitiese recibir el sacramento del Orden, no solicitaban otros derechos sino los que tuvieron hace siglos. (Más curioso aún es que la verdadera condición de la mujer en la Iglesia primitiva fuese conocida, por ejemplo, en el siglo XVII, cuando Agrippa incluye en su tratado sobre la superioridad de las mujeres, al que nos hemos referido en el capítulo 7, las palabras «[no olvidemos] a tantas santas abadesas y monjas como viven entre nosotros, a quienes antiguamente no se tuvo reparo en llamar sacerdotisas».)



Había buenas razones, sin embargo, para que las mujeres tuvieran un lugar destacado en los cultos de Jesús, aunque por desgracia eran las mismas que las exponían a que determinado tipo de hombres procurasen denigrarlas y arrebatarles sus funciones. Si bien volveremos sobre esta cuestión más adelante, quede sentado por ahora que es indudable que las mujeres desempeñaron dignidades sacerdotales en la Iglesia paleocristiana, en pie de igualdad con los hombres como mínimo.

El clero masculino cuando quiere ser condescendiente explica que las mujeres nombradas en las Epístolas y en los Hechos se limitaban a proporcionar hospitalidad a los apóstoles, hombres que andaban por ahí predicando y bautizando a las gentes. Esta hospitalidad se les agradece a mujeres que se llaman Luculla y Felipa, y es evidente que muchas de ellas eran ricas y tal vez asombrosamente independientes para lo que se usaba en su época y circunstancia. Aunque aquí vamos a poner en tela de juicio que ésa fuese su única función, por la manera en que se habla de María Magdalena también es obvio que ella fue una de las primeras protectoras femeninas de ese género.

Ella y otras mujeres «los asistían con sus bienes [a Jesús y a los hombres que le seguían]», lo cual significa que los sustentaban económicamente. En otros lugares se menciona a las mujeres «que le seguían» y las palabras del original implican una participación plena en las actividades y las prácticas del grupo.

Como hemos visto, María Magdalena es la única mujer de los Evangelios no caracterizada como hermana, madre, hija o esposa de algún hombre. Tiene nombre propio, sencillamente, y aunque esto puede ser ignorancia de los cronistas en cuanto a su identidad, mucho más verosímilmente debió de ser conocida en su tiempo que no hiciese falta explicar quién era a ninguno de los primeros cristianos.

De su relación con los demás cabe debatir, pero lo que sí resalta claramente de los textos evangélicos es que fue una mujer independiente. Tal como recuerda Susan Haskins, eso evidencia que tenía «medios propios».4

Son pocos los personajes de] Nuevo Testamento que tienen un señalamiento como el de María (la) Magdalena y entre esos pocos resaltan Jesús el Nazareno y Juan el Bautista.

¿Qué significa ese nombre? Se viene diciendo tradicionalmente que «Magdalena» quiere decir «de Magdala» y siempre se nos repite que apunta a un pueblo de pescadores de Galilea llamado El Mejdel. Pero nada demuestra que fuese así, ni que el pueblo se llamase Magdala en tiempos de Jesús (de hecho, lo que hoy se llama El Mejdel aparece citado como Tariquea por Josefo). Sí hubo en cambio un Magdolum al nordeste de Egipto, cerca de la frontera con Judea, probablemente el Migdol que menciona Ezequiel.5

En cuanto al significado del nombre, se proponen diversas interpretaciones como «lugar de la paloma», «lugar de la torre» y «templo de la torre».6

Pudiera ser que el nombre de Magdalena hiciese referencia a un lugar y también a un título, considerando la expresiva profecía del Antiguo Testamento (Miqueas 4, 8):
Y tú, Torre del Rebaño, 
Fortaleza de la hija de Sión, 
a ti vendrá el antiguo poder, 
el reino de la hija de Jerusalén.
Pues tal como observó Margaret Starbird en su estudio de 1993 sobre el culto a la Magdalena, The Woman with the Alabaster Jar, las palabras que se han traducido por «torre del rebaño» dicen Magdal-eder, y agrega:
En hebreo, el epíteto Magdala significa literalmente «torre» o «exaltado, grande, magnífico».7
¿Era conocida en tiempos de la Magdalena su relación con las torres, más significativamente, con la restauración de Sión? También es muy revelador el significado de Magdal-eder como «torre del rebaño», que viene a ser como atalaya o custodia de unos seres menores... quizás incluso una «Buena Pastora».

María Magdalena ha causado ya una conmoción contemporánea cuando los autores de The Holy Blood and the Holy Grail aseguraron que había sido consorte de Jesús. Aunque en realidad la proposición no era nueva muchos se enteraron por primera vez y, claro está, hubo el previsible escándalo.

La presunción pecaminosa asociada a la sexualidad se halla tan profundamente arraigada en nuestra cultura, que cualquier sugerencia de que Jesús pudo tener una pareja sexual parece sacrílega y rechazable, aunque fuese en el contexto de un matrimonio monógamo amantísimo y con todas las de la ley. La noción de un Jesús casado sigue juzgándose improbable, en el mejor de los casos, y en el peor se atribuiría a una obra del Diablo. Pero hay muchos motivos para creer que Jesús tuvo en efecto una relación íntima... y muy probablemente con María Magdalena.

A muchos comentaristas les ha extrañado el absoluto silencio del Nuevo Testamento sobre la situación marital de Jesús. Pero los cronistas de aquella época y circunstancia describían a la gente en función de lo que los diferenciaba de los demás. Un hombre de más de treinta años y que todavía no se hubiese casado desde luego llamaría la atención. Conviene recordar que sólo disponemos de la imagen de Jesús que trazaron los evangelistas, y tanto ellos como sus informantes tenían una mentalidad esencialmente judía.

Para los judíos el célibe incurría en un desacato a la voluntad de Dios porque se sustraía al deber de perpetuar el pueblo elegido, lo cual no dejaría de serle reprochado por los ancianos de la sinagoga. Según Geza Vermer, algunos rabinos del siglo II llegaron a comparar la «abstención deliberada de procrear con el homicidio».8 Esas genealogías que tanto abundan en la Biblia y nos parecen superfluas a nosotros, revelan que los judíos estaban orgullosos de sus linajes, y todavía hoy son de los pueblos que más valoran los vínculos de la familia.

El matrimonio siempre ha sido centro principalísimo de la vida judía, sobre todo cuando la nación se veía amenazada como sucedió bajo la ocupación romana. Que un predicador carismático y famoso no fuese marido y padre de familia, habría constituido una especie de escándalo y desde luego habría sido un milagro que el grupo fundado por él hubiese tenido continuidad después de la desaparición del fundador.

De acuerdo con el Nuevo Testamento, Jesús y sus seguidores tuvieron numerosos enemigos, pero no ha llegado hasta nosotros ningún testimonio que los acusara de constituir una camarilla de homosexuales, como ciertamente habría sucedido si hubieran sido un grupo de hombres célibes. En cuyo caso el suceso habría llegado a Roma y hoy se sabría. Los escándalos de ese género no son una exclusiva del moderno periodismo; Pilato y sus adláteres eran unos romanos que habían visto mundo, y los judíos tampoco negaron la existencia de la homosexualidad, aunque fuese para condenarla sin remisión. Si Jesús y sus discípulos varones hubiesen sido célibes y hubiesen predicado el celibato, desde luego no habrían tardado en ser investigados por las autoridades.

Los eruditos por lo general prefieren evitar el tema del celibato y por eso suelen admitir sin discusión la creencia tradicional de que Jesús no tuvo mujer. Pero cuando sale a colación el tema se pone de manifiesto la dificultad de demostrar cuál fue su «estado civil». Por ejemplo Geza Vermes, a quien mencionábamos anteriormente, en su intento de trazar la figura histórica de Jesús procura encajarlo en la pauta de los hassidim, los sucesores de los profetas del Antiguo Testamento.

De este modo trata de explicar los actos y las enseñanzas de Jesús en función de ese rol, lo cual consigue con bastante acierto algunas veces, y otras no tanto, por comparación con lo que hacían y decían otros representantes conocidos del hassidismo de su época. Pero al abordar la cuestión del celibato de Jesús, que dicho autor admite, empiezan las dificultades. La primera, verse obligado a admitir que la mayoría de los personajes históricos por él utilizados como término de comparación eran casados y padres de familia.

O mejor dicho, sólo puede nombrar un santón de esa cultura que justificase el celibato, Pinhas ben Yair, que vivió cien años más tarde que Jesús y ni siquiera perteneció al movimiento hassídico.9 Asombrosamente, Vermes considera que ese ejemplo basta para aducir que Jesús llevó una vida similar, pero no ha logrado convencer a muchos. Y lo que es más, el celibato de Pinhas fue tan anómalo que sólo por eso alcanzó la notoriedad. No hay nada que sugiera que Jesús promoviese el celibato con su ejemplo o enseñanzas; si así fuese desde luego no se habría pasado por alto.

Es cierto que existieron algunas sectas judías como la de los esenios, que eran célibes... aunque, una vez más, lo sabemos precisamente porque eso era tan curioso que suscitó muchos comentarios. Algunos recurren a esta circunstancia como argumento para demostrar que Jesús fue un esenio. Sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no se menciona ni una sola vez a dicha secta, lo cual no dejaría de ser extraño si Jesús hubiese sido su seguidor más famoso.

Estos argumentos en favor de que Jesús hubiese sido un hombre casado han sido aducidos por más de un comentarista moderno, pero el silencio de los evangelios al respecto da pie a otra interpretación. Pudo tener una compañera sexual que no fuese su esposa, o que sí lo fuese pero por un rito matrimonial no reconocido entre los judíos.

(Procede recordar que según subraya la tradición herética Jesús y la Magdalena eran pareja sexual, pero nunca dice que fuesen marido y mujer; como hemos visto, los evangelios gnósticos, los cátaros y otros de la trama sumergida o bien hablan expresamente de la «concubina» o la «consorte» de Jesús, o tienen buen cuidado de recurrir a términos ambiguos aludiendo a la «unión» que formaban.) 

Como prueba positiva de la situación marital de Jesús algunos postulan que las bodas de Caná, en las que convirtió el agua en vino, eran en realidad las suyas.10 En efecto, a tenor del relato diríamos que su comportamiento es el del novio. La madre de Jesús se preocupa por la falta de vino y, los criados se quedan esperando sus instrucciones, para ejecutar luego las que él imparte, lo cual apenas admite otra explicación que la apuntada. Es interesante que este acontecimiento clave, el primer milagro de la vida pública de Jesús, figure sólo en el Evangelio de Juan y, no haya merecido la atención de los otros tres evangelistas. Pero el evento consiente otra interpretación, sobre la cual volveremos luego.

Frente a estos argumentos se alzan varias preguntas: si Jesús era hombre casado, ¿por qué los evangelios no mencionan explícitamente a su mujer, ni a su familia? Si estaba casado, ¿quién fue su mujer? ¿Qué motivos podían tener sus seguidores para borrar toda mención de ella? Tal vez la evitaban porque consideraban que la relación que ella tenía con Jesús los ofendía a ellos y perjudicaba la misión. Si por ejemplo no hubieran estado casados pero tenían una relación íntima sexual y espiritual, entonces quizá los discípulos varones prefirieron ignorarla.

Ésa es precisamente la situación que describen con gráficas expresiones los evangelios gnósticos, donde se desvela quién era la consorte de Jesús. Fue María Magdalena la pareja sexual de Jesús y los discípulos envidiaban el ascendiente que ella tenía sobre el Maestro.

En cuanto a los motivos por los cuales se prefirió ocultar la relación de Jesús con la Magdalena, lo que hoy nos parece obvio quizá no lo fuese tanto en el contexto del siglo I. Ahora quizá pensemos que el disimulo era necesario porque la Iglesia cristiana siempre colocó a la mujer en un lugar subordinado y juzgó la procreación como un mal inevitable. Pero todo indica que la predisposición desfavorable a la vida matrimonial fue consecuencia de ese disimulo, y no al contrario. La realidad es que la Iglesia primitiva, antes de convertirse en institución y establecer una jerarquía, no tenía postergadas a las mujeres, ni prejuicio contra ellas, como hemos comentado.

Que hay un disimulo deliberado en lo relativo a la Magdalena y su relación con Jesús, es evidente, pero no se explica del todo por mera misoginia. Debió de existir algún otro factor que inspiró esa campaña anti-Magdalena. Tal vez algo que tuviese que ver con su carácter o su identidad, en algún sentido, y/o con la naturaleza de su relación con Jesús. O dicho de otro modo, la dificultad no era que estuviese casado, sino con quién estaba casado.

Una y otra vez, en el decurso de esta investigación, nos hemos tropezado con esos indicios que apuntan en el sentido de que la Magdalena era impresentable, aunque nunca se expliquen las razones. Nos tocaba averiguar a qué obedecía esa aureola de peligrosidad, qué otros factores aparte la misoginia podían explicar la antigua animadversión contra la poderosa amiga de Jesús.

Siempre se ha debatido con acaloramiento la identificación entre María Magdalena, María de Betania, la hermana de Lázaro, y la «pecadora anónima» que unge los pies de Jesús en el Evangelio de Lucas. En tiempos antiguos la Iglesia católica decidió que los tres personajes eran uno y el mismo; pero no hace mucho, en 1969, se arrepintió de su decisión. La Iglesia ortodoxa oriental nunca dejó de considerar que María Magdalena y María de Betania eran personas diferentes. 

Por supuesto hay discrepancias y contradicciones que tienden a dificultar la cuestión... aunque esa confusión es significativa en sí misma porque los Evangelios, lo mismo que una persona culpable, tienden a refugiarse en la evasiva cuando quieren ocultar algo. Y el hecho es que las evasivas se notan en todas las descripciones de Betania, de la familia que vivió allí —Lazaro, Marta y María— y de los acontecimientos que en ella tuvieron lugar. Para nosotros eso añade interés en vez de restarlo.

Como hemos visto, el descubrimiento de Morton Smith demuestra que el episodio de la resurrección de Lázaro desapareció del Evangelio de Marcos en virtud de un acto deliberado de censura. En la única versión canónica que ha sobrevivido, la del Evangelio de Juan, es uno de los acontecimientos más cruciales de todo el relato. ¿Qué tenía para molestar tanto a los primeros cristianos, que se tomaron la molestia de quitarlo de los demás evangelios, o por lo menos de uno de ellos? ¿Sería, una vez más, porque María estaba presente en el suceso? ¿O la tacha, no se sabe cuál, estaba en el lugar, Betania?

El Evangelio de Lucas (10, 38) describe un episodio en que Jesús visita la casa de unas hermanas llamadas Marta y María, pero no se hace mención de ningún hermano, ni se nombra el lugar, y esto es bien curioso. Se limita a decir «cierta aldea», con indiferencia tal que resulta sospechosa. Al fin y al cabo no es que el nombre de ese lugar sea completamente desconocido para los demás cronistas. Además Lucas ignora deliberadamente a Lázaro. ¿Qué pasaba con el lugar y con la familia que vivía allí? (A lo mejor tendremos que considerar como pista el hecho de que Juan el Bautista comenzase su ministerio en cierto lugar llamado Betania.)

También es Lucas el más oscuro a la hora de contar cómo la pecadora ungió los pies de Jesús (7, 36-50). Es el único de los evangelistas que sitúa la acción en Cafarnaúm, hacia el comienzo del ministerio de Jesús, y no dice el nombre de la mujer que por lo visto irrumpió en la casa para ungir los pies con la costosa esencia de nardos y enjugárselos con sus propios cabellos.

Sobre el mismo acontecimiento, el Evangelio de Juan dice expresamente (12, 1-8) que lo de ungir los pies ocurrió en Betania, en la casa de Lázaro, María y Marta, siendo María quien lo hizo. El relato de la resurrección de Lázaro (11, 2) anticipa sobre la narración reiterando que fue María la que derramó el perfume sobre Jesús.

Ni Marcos (14, 3-9) ni Mateo (26, 6-13) nombran a la mujer en cuestión pero coinciden al afirmar que sucedió en Betania dos días antes de la Última Cena (no seis como dice Juan). Pero según ellos Jesús fue ungido en casa de un tal Simón el Leproso. Se diría que todo lo concerniente a Betania y a esa familia tiene tan alarmados a los autores de los Sinópticos, que «confunden» el asunto pese a que no pueden dejar de mencionarlo. Se ve que les trastornaban los sucesos de Betania, quizá por las mismas razones que justifican la importancia de dichos sucesos para la corriente herética oculta.

Betania tiene también su importancia porque Jesús salió de allí para emprender su fatal viaje a Jerusalén: a la Última Cena, a su prendimiento y su crucifixión. Y mientras los discípulos se muestran completamente inconscientes de la tragedia que se avecina, algunos indicios sugieren que la familia de Betania no estaba tan desprevenida, y como hemos mencionado tal vez fueron ellos quienes tomaron ciertas disposiciones, como suministrar la borriquilla que montó Jesús para hacer su entrada en la capital.

Queda claro que María de Betania y la mujer anónima que ungió a Jesús son la misma persona, pero... ¿era también María Magdalena? Muchos estudiosos actuales creen que María de Betania y María Magdalena son dos mujeres distintas. Subsiste la pregunta, sin embargo: ¿qué razones tendrían los evangelistas para querer «confundir» el asunto?

Desde luego tampoco faltan estudiosos partidarios de la hipótesis de que la Magdalena era María de Betania. Por ejemplo, a William E. Phipps le parece muy raro que el nombre de María de Betania, persona indiscutiblemente muy próxima a Jesús, no figure entre las presentes en la escena de la crucifixión; en cambio María Magdalena aparece súbitamente al pie de la cruz sin que nada haya permitido prever esa circunstancia.11 Señala Phipps que no es imposible que se aplicaran dos epítetos a la misma persona, según el contexto: «de Betania» o «de Magdala». Lo cual sería aún más probable en el caso de que los cronistas tuvieran el propósito de oscurecer la cuestión.

Sin embargo los estudiosos no suelen considerar, por lo general, la posibilidad de que hubieran sido censurados los libros de los evangelistas, ni que éstos hubiesen desfigurado intencionadamente algún aspecto de los casos que habían elegido narrar. (Aunque algunos, en especial Hugh Schonfield, sí admiten que hay algo relacionado con el grupo de Betania que los evangelistas han procurado ocultarnos, o bien lo ocurrido fue sencillamente que ellos no lo sabían, o no lo entendieron.) Admitida la «confusión» intencionada, es bien posible que María de Betania y María Magdalena fuesen la misma persona.

La presente investigación ha partido del examen de una tradición clandestina personificada en Leonardo da Vinci y la cofradía que supuestamente presidió, el Priorato de Sión. Recordemos aquí que la primera noticia acerca del Priorato para el público de habla inglesa apareció en The Holy Blood and the Holy Grail, y ese libro asegura sin rodeos que María Magdalena es la misma que María de Betania. Es de notar que la nueva versión revisada de 1996 ofreció material nuevo, como el «documento Montgomery», que en conjunto parece corroborar el fundamento de The Holy Blood and the Holy Grail, como ya hemos comentado.

En el contexto concreto el documento que dice que Jesús estuvo casado con una «Miriam de Bethania» y que ésta pasó a Francia y tuvo una hija. Que esa persona fuese María Magdalena es una obvia suposición, si bien el punto que nos interesaba en este sentido era que los apologistas del Priorato lo creían así. Y hay que recordar que todos los relatos tradicionales sobre la presencia de María Magdalena en las Galias, como la Leyenda Dorada, también suponen que era la misma persona que María de Betania. Pero ¿existe alguna prueba que lo respalde?

Hay un indicio en Lucas, quien después de describir cómo la «pecadora anónima» ungió a Jesús pasa en seguida a presentar por primera vez el personaje de la Magdalena (8, 1-3). Todo sucede como si, inconscientemente al menos, la asociación hubiera sido demasiado fuerte para Lucas y no pudo seguir ignorándola.

Son de gran significación las palabras de Jesús cuando relaciona no sólo el acto de la unción sino también la persona de la que unge con su propia e inminente sepultura, como por ejemplo en Marcos (14, 8):
«Ha hecho lo que ha podido; se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura».
Ahí tenemos una conexión implícita entre esa mujer de Betania y María Magdalena, pues fue ésta quien acudió a la sepultura pocos días después con intención de ungir el cadáver de Jesús. Ambos actos rituales, el de ungir a Jesús vivo y el propósito de hacerlo con el difunto, son de mucha significación y cuando menos, establecen una relación entre las dos mujeres. Sea como fuere, reviste suprema importancia que la persona que unge a Jesús, marcándole así para su auténtico destino, sea una mujer.

Aunque no es imposible que fuesen una y la misma, preferiremos dejar abierta la cuestión mientras seguimos profundizando en la descripción de los personajes y los roles de la Magdalena y María de Betania según la Biblia.

Fijémonos en que la idea persistente de que María Magdalena había sido prostituta proviene de la tradicional asociación (o confusión) de su persona con la de María de Betania, descrita como «una pecadora». Naturalmente, si María de Betania fue prostituta y además es la misma persona que María Magdalena, se habría adelantado bastante en cuanto a dilucidar la suma reticencia de los evangelistas y el oscurecimiento deliberado de esa identidad. Tendremos que examinar el personaje de María de Betania para ver qué luz podemos arrojar sobre la cuestión.

En los Evangelios Sinópticos no se nombra a la mujer que ungió a Jesús pero se hace hincapié en que era una pecadora; el Evangelio de Juan la identifica expresamente como María de Betania y no menciona para nada su condición moral. En sí misma esta discrepancia podría juzgarse algo sospechosa.

Lucas prolonga la descripción diciendo «había en la ciudad una mujer pecadora». Aunque la palabra original griega por «pecadora», harmatolos, que significa la persona que ha transgredido y se ha situado a sí misma fuera de la ley, en este contexto no implica necesariamente prostitución, hay otro énfasis que se asocia con la circunstancia de llevar los cabellos sueltos. Cosa que no hacían las señoras respetables y que sí implica algún tipo de pecado sexual, por lo menos a ojos de los evangelistas.

Así pues, en el contexto de la cultura judía de la época pasaba algo con María de Betania que hacía de ella una impresentable, aunque no se debe entender necesariamente que fuese una prostituta común de las que tenían la calle por escenario de su comercio. (La esencia de nardos se extraía de una planta india muy rara y costosa, y sería de un coste prohibitivo para una simple callejera. Según William E. Phipps el óleo empleado le debió de costar el equivalente al salario de un año para un obrero del campo.)

Y si supusiéramos que María era la patrona de un próspero burdel, entonces no habría vivido en la casa de su hermano Lázaro y su hermana Marta, a ninguno de los cuales se le atribuye mala reputación de ningún género y que eran evidentemente grandes amigos de Jesús, el cual incluso permaneció algunas veces en dicha casa. Así pues, ¿cuál era la verdadera naturaleza del «pecado»?

La palabra harmatolos se tomó prestada a los arqueros, para quienes significaba fallar el blanco. En el contexto que observamos no significa otra cosa sino la persona que está fuera de la ley judía o de sus observancias rituales, sea que incumple, o sea que no es judío o judía en absoluto.14 Pero si la mujer no era judía en realidad, eso sería suficiente para explicar la actitud de los evangelistas hacia ella. Lo que ha dado lugar a la implicación de que su transgresión había sido de carácter sexual es el detalle de llevar el cabello suelto, y la actitud de los discípulos hacia ella.

Esta noción de impresentabilidad ha alejado la atención, intencionadamente o no, de lo que significa en realidad que Jesús fuese ungido. En ese acto había un punto importantísimo en el que muy pocos se fijan, pese a ser primordial para el cristianismo. Es bien sabido que la palabra «Cristo» deriva del griego Christos, que es a su vez una traducción del hebreo «Mesías».

En contra de la creencia mayoritariamente aceptada, eso no conlleva ninguna implicación de divinidad; Christos significa sencillamente «el Ungido». (Según esta interpretación, casi cualquier funcionario ungido es un «Cristo», desde Poncio Pilato hasta la reina de Inglaterra.) La idea de un Cristo divino es una interpretación a posteriori de los cristianos; el Mesías que esperaban los judíos no era otra cosa sino un gran caudillo político y militar, aunque eso sí, elegido por Dios. En la época la palabra «Mesías» o «Cristo» aplicada a Jesús no habría significado otra cosa sino «el ungido».

Es de observar que según los Evangelios, a Jesús sólo se le ungió una vez. Aunque algunos aducen que esa «unción» fue, en realidad, el bautismo oficiado por Juan, si se admite el argumento resultaría que toda la multitud que iba al Jordán quedó formada por otros tantos «Cristos». Queda el hecho incómodo de que la única persona que «cristianó» a Jesús fue una mujer.

Paradójicamente, nos cuentan (Marcos 14, 9) que Jesús comentó la ceremonia diciendo:
Os aseguro que donde se predique el evangelio, en todo el mundo, se hablará también de lo que ésta ha hecho para recuerdo suyo.
Es curioso. La Iglesia, aun creyendo tradicionalmente que la mujer que ungió fue santa María Magdalena, prefirió ignorar esa voluntad. Considerando el trato condescendiente que ha recibido por lo general la Magdalena desde los púlpitos de todo el mundo, parece que incluso las palabras de Jesús, como todo lo demás del Nuevo Testamento, han debido someterse a un inflexible proceso de selectividad. Que en este ejemplo consiste en no hacer apenas caso de ellas; pero incluso cuando se comenta el episodio reconociéndole el servicio prestado, lo cual sucede pocas veces, guardan silencio sobre lo que implica. 

Sólo dos personas cita el Nuevo Testamento que oficiaron ritos principales de la vida pública de Jesús: Juan, quien le bautizó al principio de su ministerio, y María de Betania, quien le ungió al final. Pero ambos han sido marginados, como venimos viendo, por los autores de los evangelios, como si sólo se les hubiese incluido porque eran demasiado importantes para callar su intervención. Lo cual obedece a una razón principal: el bautismo y la unción implican autoridad por parte de quien oficia. Tanto el que bautiza como el que unge confieren una autoridad — más o menos como el arzobispo de Canterbury confirió la realeza a Isabel II en 1953—, pero es menester que ellos estén investidos de autoridad para que el acto sea válido.

Más adelante abordaremos la cuestión de la autoridad de Juan; pero ahora consideraremos el hecho de que el episodio de la unción haya sido mencionado, que no deja de ser curioso. Pues si el ungir a Jesús hubiese sido un gesto frívolo o desprovisto de sentido, no lo habrían tenido en cuenta. Sin embargo se nos dice que los discípulos y particularmente Judas condenaron la acción de María por gastar un aceite de nardos tan raro y costoso, diciendo que se podía haber invertido el dinero en socorrer a los pobres.

A lo cual replica Jesús que siempre habrá pobres, pero que él no estaría siempre allí (para ser homenajeado de esa manera). Esta respuesta —además de ser bastante contraria a la noción, mantenida por algunos, de que Jesús fuese una especie de protomarxista— no sólo justifica la acción de María sino que implica, en rigor, que sólo él y ella habían comprendido verdaderamente lo que significaba.

A los discípulos varones se les escapan, como de costumbre, los matices más sutiles de ese ritual sumamente significativo, y mantienen su hostilidad ante la acción de María pese a que Jesús se encarga personalmente de corroborar que estaba autorizada a ello. El acontecimiento tiene además otra importancia señalada, porque designa el momento en que Judas pasa a ser traidor: inmediatamente después acude a los sacerdotes para vender a Jesús.

María de Betania «cristianó» a Jesús con el aceite de nardos, ungüento que seguramente guardaba para esa ocasión concreta, y que estaba asociado a los ritos funerarios, tal como el mismo Jesús comenta en Marcos 14, 8: «se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura». Para él al menos, el acto sí tuvo el significado de un rito.

Es evidente que la ceremonia revistió un profundo significado, pero ¿cuál era exactamente su intención? Y teniendo en cuenta la sociedad en que vivían, ¿por qué la oficiaba una mujer? En efecto, si consideramos el sexo y la reputación (tal vez injusta) de la oficiante, no cabe decir que fuese un ritual típico de las costumbres judaicas. Tal vez el «documento Montgomery» puede proporcionar la clave de la verdadera naturaleza de aquella unción.

Como se ha mencionado, ese relato habla del casamiento de Jesús con una Miriam de Bethania descrita como «sacerdotisa de un culto femenino», es decir de una tradición pagana de culto a la diosa. De ser cierto, esto explicaría por qué la unción extrañó tanto a los discípulos, aunque resta la dificultad aparente de saber por qué la toleró Jesús. Pero si ella fue verdaderamente una sacerdotisa pagana, queda aclarado por qué los discípulos la consideraban de moral y carácter dudosos.

Ahora bien, si María de Betania era en realidad una sacerdotisa pagana, ¿por qué ungió a Jesús? Y repitámoslo, pues hace más al caso, ¿por qué lo permitió él? ¿Se puede hallar algún paralelismo entre este ritual y los que comúnmente se asocian con el paganismo de la época? En efecto hay un rito antiguo de una semejanza sorprendente, el que consiste en ungir al rey sagrado. Se fundaba en la idea de que el verdadero rey o sacerdote no recibía la plenitud de sus poderes divinos sino por mediación de la autoridad de la suma sacerdotisa. Tradicionalmente la ceremonia adoptaba la forma de la hieros gamos o nupcias sagradas: el rey-sacerdote se unía a la reina-sacerdotisa. Esa unión sexual con ella le era necesaria para convertirse en rey reconocido. Sin ella, no era nada.

En la vida occidental moderna no hay nada comparable en concepto ni en práctica, y hasta la noción de hieros gamos resulta de muy difícil entendimiento para las gentes de hoy. No tenemos un concepto de sexualidad sagrada, a no ser en ese mundo reservado que es la intimidad de la pareja individual.

En dicho concepto no se trata sólo de sexualidad ni de erotismo por más sublimados que sean: en las nupcias sagradas el hombre y la mujer devienen realmente dioses. La suma sacerdotisa encarna a la misma diosa y ésta concede entonces la suprema bendición de la regeneración del hombre —como en la alquimia—, el cual encarna al dios. Y se creía que esa unión infundía en ellos mismos y en el entorno un bálsamo regenerativo, en tanto que eco real del impulso creador del que nació el planeta.15

La hieros gamos era la expresión más alta de la llamada «prostitución de los templos», que consistía en que el hombre visitaba a una sacerdotisa para recibir la gnosis, o sea participar personalmente de lo divino a través del acto del amor. Dicho ritual se llamaba en realidad de hierodulía, que significa «servicio sagrado»; llamarle «prostitución sagrada», con todo lo que implica de juicio moral, es una tergiversación de la época victoriana.

Se entendía además que esa servidora del templo, a diferencia de la prostituta secular, dominaba la situación y guiaba la conducta del visitante. Ambos recibían los beneficios físicos, espirituales y de potenciación mágica. El cuerpo de la sacerdotisa devenía, en un sentido casi inimaginable para los amantes en el moderno mundo occidental, la puerta literal y metafórica por donde se accedía a la divinidad.16

En actitud, en lo relativo al acto sexual y a la mujer, nada más lejos de la Iglesia por mucho que se modernice. Pues no sólo la llamada prostitución sagrada confería la iluminación espiritual a través del proceso llamado horasis: el hombre que nunca hubiese «conocido» carnalmente a la hieródula no alcanzaba la plenitud espiritual. Por sí solo apenas podía aspirar al contacto extático con Dios o con los dioses; en cambio la mujer no tenía necesidad de una ceremonia similar. Para aquellos paganos estaba naturalmente en contacto con lo divino.

Es posible que la «unción» practicada sobre Jesús simbolizase el acto sexual de la penetración. Pero no es necesario concebirlo en esos términos para entender la solemnidad del ritual; son inevitables las asociaciones con los ritos ancestrales en que las sacerdotisas que representaban a la diosa se preparaban físicamente a fin de «recibir» al hombre elegido para simbolizar al rey sagrado, o al dios salvador. Todas las escuelas mistéricas de Osiris, Tammuz, Dioniso, Attis y los demás incluían un rito —oficiado por sus simbólicas encarnaciones humanas— en que la diosa ungía al dios como acto previo a la muerte real o simbólica de éste, que debía servir para fertilizar una vez más las tierras.

Tradicionalmente, transcurridos tres días y gracias a esa intervención mágica de la sacerdotisa/diosa, él resucitaría y la nación podía respirar aliviada hasta el año siguiente.

(En las representaciones mistéricas la diosa pronunciaba las palabras «se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto», prácticamente idénticas a las que se atribuyen a María Magdalena en el huerto. Volveremos sobre esto con más detalle.)

Más claves sobre el auténtico significado de la unción de Jesús pueden hallarse en el veterotestamentario Cantar de los Cantares (1, 12), donde «la amada» dice «mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su perfume». Y recordando que el mismo Jesús relaciona su unción con la sepultura, el versículo siguiente cobra otro sentido: «Bolsita de mirra es mi amor para mí, que reposa entre mis pechos».

Está clara la relación entre la unción de Jesús y el Cantar de los Cantares.

Muchas autoridades creen que éste fue, en realidad, la liturgia de un ritual de nupcias sagradas, y apuntan a las muchas semejanzas con otras similares de Egipto y de los países del Oriente Próximo.17

Hay una resonancia que llama la atención especialmente; es la que apunta Margaret Starbird cuando escribe:
Versos idénticos y paralelos a los del Cantar de los Cantares se encuentran en el poema litúrgico del culto a la diosa egipcia Isis, la Hermana-Esposa del mutilado [...] Osiris.18
Son complejas las razones de esa unión de la diosa/sacerdotisa con el dios/sacerdote en las nupcias sagradas. En el plano superficial es un rito de fertilidad que debía garantizar la fecundidad personal y la de las tierras del país, lo que aseguraba el futuro de las personas y el de la nación. Pero además, el éxtasis y la intimidad del rito sexual sirven para que la diosa/sacerdotisa confiera la sabiduría a su compañero. En The Sacred Prostitute (1988), Nancy Qualls-Corbett, analista de escuela junguiana, pone mucho énfasis en el vínculo entre la prostituta sagrada y el principio de lo Femenino que simboliza Sophia, la Sabiduría.19

Ya hemos presenciado repetidas apariciones de Sophia en nuestra investigación —la veneraban especialmente los templarios—, y tiene fuertes asociaciones tanto con la Magdalena como con Isis.

La unción de Jesús fue un ritual pagano; la mujer que lo oficiaba, María de Betania, era una sacerdotisa. Con este nuevo planteamiento en mente, parece más que probable que su función en el círculo interior de Jesús fuese el de iniciadora sexual. Pero recordemos que tanto los heréticos como la Iglesia católica han creído durante mucho tiempo que María de Betania y María Magdalena eran la misma persona: en esa figura de la iniciadora sexual tenemos por fin el motivo que nos faltaba para la confusión en cuanto al verdadero papel y significación de la Magdalena en la vida de Jesús. Porque Sophia es en efecto la Prostituta, que también es la «Muy Amada» de las nupcias sagradas, y que es María Magdalena, la Madona negra e Isis.20

La sexualidad sacra implícita en la Gran Obra de los alquimistas equivale a la continuación directa de esa antigua tradición en la que el rito sexual confiere la iluminación espiritual, e incluso una transformación física. Porque después de la experiencia suprema con la diosa/sacerdotisa, el dios/sacerdote queda tan cambiado que tal vez no le reconocerá nadie, y habrá «resucitado» a una nueva vida.

Es de resaltar, como lo han hecho Nancy Qualls-Corbett y otros comentaristas recientes,21 que los evangelios gnósticos retratan a María Magdalena como iluminadora, María Lucifer la que trae la luz, la que confiere la iluminación por medio de la sexualidad sagrada. Lo cual unido a nuestras conclusiones sobre María de Betania parece indicar que ella y Magdalena eran efectivamente la misma mujer.

Este planteamiento también corrobora la idea de que María fue la esposa de Jesús, si aceptamos una redefinición esencial de esa palabra. Era su pareja en un matrimonio sagrado, lo cual no es necesariamente un emparejamiento de amor. En este sentido es interesante la consideración del Cantar de los Cantares como la liturgia de un matrimonio sagrado, tan vinculada siempre por la tradición a María Magdalena.

La sexualidad sacra —anatema para la Iglesia de Roma— encuentra sus expresiones en el concepto de matrimonio sagrado y «prostitución sagrada», en los antiguos sistemas orientales del taoísmo y el tantrismo, en la alquimia.

Como dice Marvin H. Pope en su exhaustivo trabajo sobre el Cantar de los Cantares (1977):
Entre los himnos tántricos a la Diosa hallamos algunos de los paralelismos más sugerentes con el Cantar de los Cantares.22
Y como explica Peter Redgrove en The Black Goddess (1989) al comentar las artes sexuales del taoísmo:
Es interesante la comparación con las prácticas sexuales de las religiones del Oriente Próximo y las imágenes que hemos heredado de ellas. Mari-Ishtar, la Gran Prostituta, ungió a su consorte Tammuz (con quien se identificó a Jesús), en virtud de lo cual hizo de él un Cristo. Con ello preparaba su descenso a los infiernos, de donde regresaría cuando ella le llamase. Ella, o su sacerdotisa, recibía el nombre de Gran Prostituta porque ése era un rito sexual de horasis, por cuyo orgasmo integral el consorte sería transportado al continuum visionariamente cognoscible.

Y era un rito de paso, del que él regresaría transformado. Por eso mismo dijo Jesús que María Magdalena le había ungido para la sepultura. Sólo las mujeres podían oficiar estos ritos en nombre de la diosa, y por eso no veló la tumba ningún hombre, sino sólo María Magdalena y sus mujeres. Un símbolo principal de la Magdalena en el arte cristiano fue la ampolla del crisma: signo externo del bautismo interno que experimentaba el taoísta [...].23
En esto de la crismera o recipiente del óleo que usó la Magdalena para ungir a Jesús hay otro aspecto importante. Como se ha reiterado, según los evangelios era de nardos, un perfume excepcionalmente caro. Y la razón de ese precio elevado era que se importaba de la India, es decir de la cuna de las ancestrales artes sexuales del tantrismo. Y la tradición tántrica asigna diferentes perfumes y óleos a las distintas partes del cuerpo: el de nardo era para el cabello y para los pies...

En la epopeya de Gilgamesh se les dice a los reyes sacrificiales: «La prostituta que te ungió con aceite fragante llora por ti ahora», y también usaban una frase parecida a los misterios de Tammuz, otro dios que muere y cuyo culto estuvo muy extendido en Jerusalén hacia la época de Jesús.24 En cuanto a los «siete diablos» que supuestamente Jesús expulsó de la Magdalena, quizá cobrarían otro sentido si los consideramos como los siete Maskin nacidos de la diosa Mari, que eran los siete espíritus sumerio-acadios regidores de las siete esferas sagradas.25

En la tradición del matrimonio sagrado, era la prometida del rey sacrificial, la Suma Sacerdotisa, quien elegía el momento de su muerte, la que asistía a su entierro y aquella cuya magia lo sacaría de los infiernos para llamarlo a una nueva vida. En la mayoría de los casos, naturalmente, esta «resurrección» sería puramente simbólica y se manifestaba en la renovación biológica primaveral, o como en el caso de Osiris, en el desbordamiento anual del Nilo que renovaba la fertilidad de las tierras.

De manera que podemos considerar la unción efectuada por María Magdalena como las dos cosas que era: el anuncio de que había llegado la hora del sacrificio de Jesús, y la selección ritual del rey sagrado, en virtud de su propia autoridad como sacerdotisa. Que esa función sea diametralmente opuesta a la que le ha asignado tradicionalmente la Iglesia, a estas alturas no sorprenderá mucho.

En nuestra opinión la Iglesia católica nunca quiso que sus fieles conocieran la verdadera relación entre Jesús y María, y por eso los evangelios gnósticos no se incluyeron en el Nuevo Testamento, y muchos cristianos ni siquiera saben que aquéllos existen. Pero cuando rechazó los muchos evangelios gnósticos y decidió incluir únicamente los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan en el Nuevo Testamento, el Concilio de Nicea no tenía ningún mandato divino para esa gran campaña de censura. Actuaba obedeciendo a su propio instinto de conservación, porque para entonces, siglo IV, el poder de la Magdalena y de sus seguidores se había extendido demasiado y el patriarcado no tenía una batalla fácil.

De acuerdo con ese material censurado, descartado deliberadamente para impedir que se conociera el verdadero panorama, Jesús confirió a la Magdalena el título de «Apóstol de Apóstoles» y «Mujer que sabe todo». Anunció que sería exaltada sobre todos los demás discípulos y que ella regiría el inminente Reino de la Luz. Como hemos visto, también la llamaba María Lucifer, «la que trae la luz», y se asegura que resucitó a Lázaro de entre los muertos por amor a ella y nada más, porque no podía negarle nada.

El Evangelio de Felipe, de los gnósticos, describe cómo la aborrecían los demás discípulos y en particular Pedro quiso disputarle la situación privilegiada cerca de Jesús... incluso en una ocasión le preguntó con bastante ingenuidad por qué la prefería a los demás y siempre la besaba en la boca.

En el Evangelio de María, de los gnósticos, dice que Pedro la odiaba a ella y a «todo el género femenino», y el Evangelio de Tomás atribuye a Pedro la exclamación «dejad que se vaya María y nos deje, que las mujeres no merecen vivir».

Un anticipo de la dura batalla que estaba por venir entre la Iglesia de Roma, fundada por Pedro, y la heterodoxia.