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miércoles, 13 de marzo de 2013

Templarios en La Patagonia -X-

La Búsqueda de las Ciudades de los Césares: Historias de Otras Expediciones

Expedición de Diego de Rojas en busca de la Ciudad de los Césares - 1543

Fue un explorador y conquistador español del siglo XVI. Nacido en la ciudad de Burgos afines del siglo XV o principios del siglo XVI y muerto en 1544 en Santiago del Estero en lo que hoy es Argentína. Llego a a la ciudad de Santo Domingo en 1516. En 1522 se trasladó para México donde estubo bajo las órdenes de Hernán Cortés, posteriormente formo parte del ejército conquistador de Pedro de Alvarado, participando en las conquistas delo que ahora es México, Guatemala y El Salvador.

Despues de la segunda fundación de San Salvador en 1528, fue enviado junto a otros cápitanes para terminar la conquista de lo que ahora es El Salvador. Iniciando en 1529 la conquista de la zona oriental de El Salvador (dominado por los indígenas lencas). Tomado preso por Martín Estete (enviado de Pedrarias Dávila para adueñarse de San Salvador y conquistar los territorios Lencas), fue liberado cuando el cápitan Francisco de Orduña derroto a Martín Estete. Se estableció en Acajutla a fines de 1532 y junto a Pedro de Portocarrero fueron los encargados de la conquista y la pacificación de los pueblos indígenas de la Costa del Bálsamo.

En 1536 viajo a lo ahora es Perú, como parte de un cuerpo de auxilio para ayudar al ejército de Francisco Pizarro. Entre 1538 y 1539 participo en la conquista de la provincia de Charcas, en donde fue su primer gobernador.

En 1543 exploró el Río de la Plata con 200 hombres como le ordenara el gobernador de Perú Cristóbal Vaca de Castro poco después de la conquista de Perú por parte de Francisco Pizarro. Llegó a ser Justicia Mayor y junto a Lope de Aguirre exploró el territorio de los indios chunchos. Fundó Chuquisaca muriendo poco después en 1544 a causa de una flecha envenenada en Santiago del Estero.

Juan Jufré, Teniente del Gobernador Francisco Villagra, envía una expedición desde Cuyo para reconocer la provincia de Trapananda o los Césares - 1563

La región de Cuyo estaba dentro de la gobernación de Nueva Andalucía creada el 21 de mayo de 1534 por Carlos V para Pedro de Mendoza. Quedó luego incluida dentro de la gobernación de Nueva Extremadura creada por Pedro de Valdivia el 11 de julio de 1541, que se extendía 150 leguas desde la costa del océano Pacífico a partir del paralelo 27° S, confirmada por Carlos V en 1552. Los primeros españoles que ingresaron en el actual territorio mendocino lo hicieron en 1551 a las órdenes de Francisco de Villagra, quien descendió desde el Perú por la ruta del Tucumán con el objetivo de unirse a Pedro de Valdivia en Chile. El 2 de Marzo de 1561 el capitán Pedro del Castillo fundó la ciudad de "Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja", dándole el nombre del gobernador de Chile, García Hurtado de Mendoza.

Otra expedición al mando del capitán Juan Jufré, enviada por Villagra el sucesor de García Hurtado de Mendoza en la gobernación de Chile, traslada la ciudad a la margen izquierda del río a "dos tiros de arcabuz" al sudoeste, el 28 de marzo de 1562, rebautizándola "Ciudad de la Resurrección en la Provincia de los Huarpes", pero perduró su nombre original. El 13 de junio de 1562 Juan Jufré de Loayza y Montese, fundó San Juan de la Frontera, en el valle de Tucuna, por orden de Francisco de Villagra, capitán general de Chile.

El corregimiento de Cuyo dependiente de la Capitanía General de Chile fue creado en 1564, fue uno de los once corregimientos en que se subdividió Chile. Aunque se ha perdido su acta fundacional, se cree que la ciudad de San Luis fue fundada el 25 de agosto de 1594 por Luis Jufré de Loaysa y Meneses, teniente corregidor de Cuyo. En 1596, después de haber sido abandonada, Martín García Oñez de Loyola, capitán general de Chile, mandó fundarla nuevamente. Entonces la ciudad recibió el nombre de "San Luis de Loyola Nueva Medina de Río Seco".

El 25 de junio de 1751 el maestre de campo Juan de Echegaray fundó la villa de San José de Jachal. En 1767 fueron expulsados los jesuitas del corregimiento. Para detener el avance pehuenche se erige el Fuerte San Carlos (5 de febrero de 1770). En 1772 al crecer la población alrededor del fuerte se fundó la Villa San Carlos en el Valle de Uco. El 1 de agosto de 1776, el corregimiento de Cuyo pasó a ser una de las partes constituyentes del virreinato del Río de la Plata, pasando a ser en 1782 la Intendencia de Cuyo y en 1783 parte de la Intendencia de Córdoba del Tucumán. Cuyo siguió bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de Chile hasta 1785, cuando fue establecida la Real Audiencia de Buenos Aires.

Período 1583 a 1703

1583 - Expedición de Lorenzo Bernal del Mercado, con el auspicio del gobernador de Chile Alonso de Sotomayor 1604 - Expedición de Hernando Arias de Saavedra, que saliendo de Buenos Aires llega hasta el río Negro

1619 - Cosme de Cisterna, gobernador de Chiloé, envía una expedición de reconocimiento con el objeto de averiguar la existencia de los Césares

1621 - Expedición de Diego Flores de León llega hasta el lago Nahuel Huapi

1622 - Expedición de Jerónimo Luis de Cabrera desde Córdoba. Un levantamiento indígena lo obliga a regresar a las alturas del río Negro

1669-1673 - Expediciones del jesuita Nicolás de Mascardi por la Patagonia austral. En su largo periplo, cruza cuatro veces la cordillera de los Andes y llega hasta el estrecho de Magallanes sin encontrar rastros de la Ciudad de los Césares. En 1673 muere asesinado por los indígenas, tras fundar una misión en el lago Nahuel Huapi

1674-1676 Expediciones de Manuel Gallardo y Antonio de Vea a los archipiélagos australes, en busca de asentamientos o barcos enemigos

1703 - El jesuita Felipe de la Laguna refunda la misión de Nahuelhuapi, punto estratégico para las comunicaciones entre Chiloé y Chile central

1716 - Camino de Vuriloche (actual Bariloche) entre Chiloé y la Misión de Nahuel Huapi. Carta del Padre Lozano


Capítulo de una carta, del Padre Pedro Lozano al Padre Juan de Alzola, sobre los Césares, que dicen están poblados en el Estrecho de Magallanes

Nota: aqui se habla de las Ciudades de los Césares de origen español

"Bien sé que en esta materia no faltan fundamentos que absolverían mi juicio de la nota de temerario; pues aquí me ha dicho el señor rector, que en su tiempo pasó por Córdoba un flamenco que había salido de los Césares para Chile, porque habiéndose perdido su navío, fue a dar a aquella tierra, de donde lo llevó don José Garro a Europa. Otros mozos se perdieron en la vaquería, y fueron a dar a aquella laguna, en cuya orilla oyeron campanas. El año de 1512, salieron, según creo, por la Concepción, algunos de dichos Césares, de los cuales uno entró en Chile en la Compañía; y aun en Chile parece se ha tenido por muy cierto que hay dichos Césares; pues aun el venerable Padre Antonio Ruiz de Montoya, en un memorial que presentó a Felipe IV, después de haber estado cuatro años en Madrid, y en el que responde a nueve calumnias contra esta provincia, rebatiendo la segunda, de que los padres ponen mal a los españoles con los indios, en uno de los párrafos en favor de los Padres, dice así: A los Césares pretendieron conquistar los españoles.

Entraron con grandioso aparato por sus tierras; pero escarmentados en los indios de Chile sus vecinos, no quisieron recibir el yugo. Y no hubo allí religioso de la Compañía, que les hablase mal e indujese a no recibir a los que pretendían conquistarles. Tengo en mi poder dicho memorial, que es de 11 hojas de a folio. Y el año de 1673, entró desde Chiloé el venerable padre Nicolás Mascardi, en busca de ellos; pero le martirizaron en el camino, y un papel que habrá 6 años me dio el padre Rillo, dice así:

«El año de 1711, por invierno, cuando está cerrada la Cordillera, salió a la ciudad de Chiloé, que cae de la otra parte de la Cordillera hacia el estrecho de Magallanes, uno de los Césares españoles, quien hizo relación de cómo en un ángulo de la Cordillera, que cae de esta banda, están situadas tres ciudades de españoles, de los navíos que se perdieron en dicho estrecho de Magallanes, viniendo a poblar estas Indias en tiempo de Carlos V; que por eso los llaman Césares; (relación que dio un español anticuado), las cuales tres ciudades quiso llamar a una, y la más populosa, los Hoyos, la otra el Muelle, y la tercera los Sauces".

Distan según los cosmógrafos, y por relación del dicho, 160 leguas de la ciudad de Mendoza, 140 de la de San Juan Luis de Loyola, 190 de la de San Juan, 286 de Buenos Aires. De Chillán ciudad de la otra banda, de la Cordillera 130 leguas, y 10 de Calbuco, lugar de los Aucaes Chilenos.

De manera que dichos Césares, según esta nueva relación, caen tierra adentro, en el centro de la serranía, distante de la costa de Magallanes lo que dichas ciudades, de la provincia de Cuyo, poco más o menos, según ellas distan de la dicha costa.

Por la parte del norte, donde está Mendoza, circunda a dichos Césares una laguna de muchas leguas, la que les sirve de fortificación y muro contra las invasiones de los indios caribes, como son los Puelches, Muyuluques y otras naciones. Con algunas tienen contratadas embarcaciones, cambiando a los indios mieses, trigos, legumbres, y ropas, por vacas que pasan embarcadas por la laguna. No tienen otro metal que el de la plata, de que gozan en abundancia, y de él fabrican rejas de arado, cuchillos, ollas, etcétera.

Este hombre César salió a una nación de indios, que llaman, Cumas de Chiloé, y de allí lo dirigieron a dicha ciudad. Salió a pie, que no usan caballos, como las demás naciones de indios de aquellas serranías. Entrose en la compañía de dichos, en la provincia de Chile, y hoy es coadyutor.

En este mismo año de 1711, el General don Juan de Mayorga, vecino de Mendoza, sin tener noticia de la salida de dicho César, por estar cerrada la Cordillera, hizo y juntó gente en dichas tres ciudades de la provincia de Cuyo, por mandado del Gobernador y Presidente de Chile, don Juan Francisco Uztariz, y entró por el mes de setiembre de dicho año a descubrir dichos Césares, con una guía española, que los indios habían cautivado en las vaquerías; y habiendo este tenido noticia cierta de los Césares, por haberlos visto de lejos (aunque no se comunicó con ellos, porque los indios lo impedían), huido de su poder, dio esta noticia a dicho General Mayorga, quien pidió licencia a su Presidente para esta entrada.

Y habiendo entrado, como llevo dicho, y dado la primera batalla a los indios, en el camino (donde tomó 200 piezas de las familias de los indios, mató hasta 30 indios guerreros, y apresó algunos), se le amotinó la gente española, diciendo, que los iba a entregar a la muerte, y hacerlos despojos de los bárbaros, y con esto se volvió sin efecto.

Y habiendo dado tormento a un indio gandul de los apresados, para que confesase lo que sabía de los Césares, dijo, que sabía eran españoles, y que así los llamaban ellos: y por ser de esta parcialidad, que los había visto, y que siete caciques con siete parcialidades estaban esperando a dicho General y su gente, más acá de la sierra, para matarle con todos los suyos, debajo de palabra de amistad.

Hasta aquí dicho papel, que, como dije, me dio el secretario Rillo, y que parece sea de letra del célebre Padre Lezana, Pero sea de quien se fuere, lo cierto es que, aunque no tan menudo en lo que refiere, discrepa poco en la substancia del de Villaruinas. Y que no se hayan hallado en tanto tiempo los Césares, no es prueba de que no los hay, como no lo fuera de que no había Canarias, porque no se hubiesen descubierto hasta los años de 1200; ni que no había Indias, el no haberse descubierto hasta los tiempos de Fernando el Católico; ni que no había Batuecos, el no haberse descubierto hasta el reinado de Felipe II, y esto estando en el riñón de España. Con todo eso yo no lo creo, y solo envié dicho papel, como antes dije a, Vuestra Señoría Reverendísima, para que se entretuviese en el viaje, para lo cual cualquier patraña sirve pero esta no deja de tener su apariencia de verdad". Pedro Lozano.

1718 - Nueva y definitiva destrucción de la misión de Nahuel Huapi

1740 - Un vecino de Chiloé se interna en la cordillera en busca de la ciudad encantada, sin regresar ni encontrarse rastros de él

1746 - Carta del Padre Jesuita José Cardiel, escrita al Señor Gobernador y Capitán General de Buenos Aires, sobre los descubrimientos de las tierras patagónicas, en lo que toca a los Césares (11 de agosto de 1746) Señor Gobernador y Capitán General.

Nota: en este relato se habla de los "Césares" que NO hablaban español

"Me alegraré que Vuestra Señoría se halle con la cabal salud que mi deseo le solicita para universal bien de estas provincias. Estando en esta nuestra estancia de Areco, retirado de la misión de españoles, que no pude proseguir más que por 15 días, a causa de la defensa o guerra contra los indios, he recibido respuesta de mi Provincial a la carta que le escribí recién llegado del viaje del mar, enviándole el diario del viaje, y pidiéndole que informase al Consejo Real sobre el celoso y eficaz porte de Vuestra Señoría acerca de dicho viaje.

Contiene la respuesta tres puntos:

en el primero me dice estas formales palabras: «Haré lo que dice el señor gobernador, de escribir al Consejo, como Su Señoría lo merece, por su celo y eficacia en servicio de Dios, y del Rey; que quizá si no hubiese sido por él, nada se hubiera hecho. Yo me alegrara mucho de poder servir a Vuestra Señoría en cosas de mayor monta; pues además de otros títulos milita en mí el de paisano».

En el segundo me pide, que ruegue a Vuestra Señoría me de una certificación firmada de los gastos que los tres Padres hemos hecho en el viaje, porque así conviene. Ruego a Vuestra Señoría, me haga este favor, como de su benevolencia lo espero: podrá venir esta certificación con el que lleva esta carta, enviándola para eso al Colegio.

En el tercero me dice, atendiendo a mis deseos, que:

«luego que halle coyuntura emprenderá el viaje del Volcán, que es sierra distante de Buenos Aires como cien leguas al sud-oeste; para ver si allí hay forma y paraje a propósito para formar un pueblo de indios serranos, que los Padres del de los Pampas tienen apalabrados; y penetrar desde allí a los célebres Patagones y Césares, hasta el estrecho de Magallanes. Porque habiéndose frustrado esta empresa por mar, por lo inhabitable de sus costas, como hemos visto, dice que no halla otro modo para esta tan famosa -12- misión, por tantos años pretendida por el ánimo real, y del nuestro, sino principiando por dichos serranos, y prosiguiendo por sus inmediaciones a los inmediatos».

Larga y tarda empresa, por cierto, si así se toma: más pronta y eficaz la espero yo por la actividad, y celo cristiano y real de Vuestra Señoría, especialmente si Vuestra Señoría considera bien lo que aquí dice. Sabido es que el Papa, como vicario de Cristo en la tierra, entregó al Rey Católico la América con sus islas, haciéndole tutor de todos sus habitadores, para que como tal procurase su reducción al cristianismo, con su poder, y con el ejemplo de sus vasallos. Penetrado Su Majestad de esta obligación, no cesa, por espacio de tres siglos, de hacer lo posible en cumplirla, ya despachando continuas cédulas a los virreyes y gobernadores, exhortándoles a lo mismo, y prometiéndoles favores a los que se esmerasen en este tan cristiano celo; ya premiando colmadamente a los que en este punto se han adelantado, como se puede ver en las historias de este Nuevo Mundo; ya enviando continuamente ministros evangélicos a su costa, y señalando en casi todas las provincias buen número de soldados que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues además de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas y Méjico, en solo la provincia del Nuevo Reino, que comprende solamente desde Panamá hasta el reino de Quito, tiene pagados exclusivamente para este intento cuatrocientos soldados, con sus cabos respectivos, y con sueldo mayor que el de Buenos Aires: y en Buenos Aires tiene pagados para lo mismo cincuenta con su capitán; especificando que hayan de ser para escolta de los Padres jesuitas de la misión de Magallanes y Patagones, que es de aquí al Estrecho. Todos estos soldados, de todas estas provincias, son para solos los misioneros jesuitas, y no de otra religión. Los cincuenta, de esta ciudad de Buenos Aires los señaló Su Majestad desde el año de 1684, de que no dejará de haber cédula en ese archivo; y manda Su Majestad que vayan siempre a obediencia de los misioneros. Así lo refiere don Francisco Xavier Xarque, deán de Albarracín, en la historia que escribió de los misioneros del Paraguay, y lo mismo manda que se efectúe en las demás provincias.

Acerca de estas tierras de Magallanes, ha puesto Su Majestad especial empeño; pues habrá poco más de cuarenta años, que envió una misión entera para estas tierras, y en ella venían padres escogidos, de tierras frías, para que mejor pudiesen aguantar los fríos de hacia el Estrecho. Una Condesa se hizo protectora especial de esta misión, dio varias alhajas para ella, que están todavía depositadas; y el altar portátil, que en este viaje marítimo hemos llevado, es uno de estos dones. Comenzose a disponer el viaje, señaláronse soldados, buscábanse víveres, y cuando no faltaba más que caminar, lo deshizo todo el enemigo común, por intereses particulares de algunos. No era vizcaíno el Gobernador, ni tenía brios, eficacia, ni empeño, de tal; que si los tuviera, poco hubiera podido Satanás.

Hasta ahora han estado todas esas miserables naciones en manos del demonio, cayendo cada día al infierno. ¿Qué corazón cristiano lo podría sufrir, y siendo próximos nuestros redimidos con la sangre de un mismo Rey y señor? Basta un rastro de cristiandad, sin ser necesario ser recoleto, para mover a compasión a cualquiera, haciéndole poner los medios posibles para ello; especialmente a los que tienen autoridad y poder para hacerlo. Nuestros padres, así de Chile, que es otra provincia, como de aquí, han empleado varios arbitrios; pero como para ello es menester el brazo seglar, y este ha faltado, también han faltado ellos. Acerca de estas tierras hay más especiales motivos, que acerca de otras, para procurar su conquista, así espiritual como temporal: porque además de haber tierra adentro, naciones de indios labradores, según se tiene noticia de los de a caballo comarcanos, y también de a pie; estas dos calidades de ser labradores, y de a pie, son, según nos muestra la experiencia, más favorables para recibir el Evangelio, que si fuesen de a caballo, o vagabundos sin sementeras, que es casi imposible el convertirlos. Además de esto digo, que hay graves fundamentos para creer que hay también poblaciones de españoles, y quizás con algunas minas de oro y plata, lo cual ha dado motivo a la decantada ciudad de los Césares.

Los fundamentos son estos:

1) el suplemento a la historia de España por Mariana, y los mapas modernos dicen, que el año de 1523, entraron por el estrecho de Magallanes, cuatro navíos españoles: los tres se perdieron en el Estrecho, y el cuarto pasó a Lima.

2) En 1526, fue la flota de Molucas: pereció en el Estrecho, la capitana, y las demás pasaron a dichas islas.

3) En 1535, entraron en dicho estrecho algunos navíos, amotinose allí el equipaje, y los hicieron naufragar.

4) En 1539, entraron otros tres navíos: el primero naufragó, el otro volvió de arribada, y el tercero pasó.

5) Después, (no dicen en qué año) don Pedro Sarmiento llegó al Estrecho con cuatro navíos para poblar, y hacer escala de los demás, como ahora pretendíamos nosotros. Antes del Estrecho, a la entrada, formó una población con el nombre de Jesús; y en ella dejó 150 hombres de guarnición. Más adelante, en el centro del Estrecho, echó los fundamentos para una ciudad, con el nombre de San Felipe. Todos dicen que en varios parajes del Estrecho hay leña y agua dulce, y por eso haría allí esas dos poblaciones; las cuales cosas no se encontraron en las costas, antes del Estrecho en los puertos que hay: que si se encontraron con pastos y tierra de sembrar, yo juzgo que hubieran sembrado los españoles. Pobló, pues, Sarmiento estos dos parajes, y a poco tiempo, por las muchas calamidades, frío, hambre, y no venirle socorro, se volvió, a España. Esto dice dicho suplemento y los mapas. ¿Qué se hizo, pues, de toda esta gente, que en tantos navíos se perdió? ¿Se ahogó toda? No por cierto, porque el Estrecho es muy angosto en partes: dicen aun los modernos que es de sola media legua, y por esto es cosa fácil el salvarse los naufragantes. Cuentan que de tres navíos, habiéndose perdido los dos, y volviendo el uno, vio este a toda la gente en la orilla; que aunque le pedían que los llevase, no se atrevió a ello por falta de víveres y de buque, y con toda la gente de los demás navíos perdidos sucedería lo mismo.

Presúmese, pues, que toda esta gente habrá emparentado con los indios, y tendrán sus poblaciones a trescientas o cuatrocientas leguas de aquí.

El que no se haya descubierto en tanto tiempo, no me hace fuerza; pues las Batuecas, en medio de España tan poblada por todas partes, estuvo tantos centenares de años, o sin descubrirse o con muy poca o dudosa noticia de que hubiese tal gente. Y pocos años ha, en medio del reino de Méjico, mucho más poblado de cristianos que estas partes, se descubrió una nación hasta política, de quien existían varias dudas de si la habría o no. Y más arriba de la Nueva Vizcaya y del Nuevo Méjico, en donde los mapas antiguos ponen la gran ciudad de Quiriza, de quien se decían tantas o más ponderaciones que las que se hacen de los Césares, y a cuya empresa o conquista fueron tropas españolas, y se volvían cansados de la dificultad, diciendo que estaba encantada (vulgaridad que dicen luego para cohonestar su falta de empeño y constancia), se descubrió la nación de los Pitos, gente efectiva, que vive en ciudades con edificios altos de suelos, y este es el encanto. Con que habiendo aquí más dificultades que en lo dicho, no debe hacer fuerza el que hasta ahora no se haya descubierto. Ni tampoco me hace fuerza lo que dicen algunos, que si hubiera tales Césares o poblaciones, era imposible que alguno de ellos no hubiera venido acá: porque si ninguno de estas partes ha penetrado más que doscientas leguas de aquí hasta el río del Sauce, por las dificultades que se han ofrecido ¿qué extraño es que ellos, teniendo menos medios, y quizás sin caballos, no hayan podido penetrar hasta nosotros?

Pero vamos adelante, mostrando más fundamentos. En la vida del santo padre Nicolás Mascardi se dice, que siendo rector del Colegio de Chiloé, ahora 60 ó 70 años, viendo que en el archivo de una ciudad de Chile había una relación de dos españoles, en que decían que habían salido huyendo del Estrecho por un homicidio que había sucedido en una población de españoles que en dicho paraje había, formada de la gente que se perdió en un navío que naufragó, y cotejando con esta relación las noticias que daban los indios, se determinó a ir en busca de ellos.

Encontró en el camino una nación de indios, harto dócil, que le pidió el bautismo. Pasó hacia el oriente. Salió al camino un cacique, que le dio una ropilla de grana, un peso de fierro, y un cuchillo con especiales labores en el puño, y le dijo: has de saber, que tantas dormidas de aquí (así cuentan las jornadas), hay una ciudad de españoles. Yo soy amigo de los de esta ciudad. Por la voz que corre de indios a indios, han sabido, que un sacerdote de los cristianos, anda por estas tierras: desean mucho que vayas allá; y para que creas que es verdad, me han dado estas señas. El padre no pudo penetrar allá, ni ellos pudieron juntarse con el padre por los indios enemigos. Envió dichas señas a Chile, y allí conocieron el cuchillo por su especial cabo, y dijeron que era del hijo del capitán tal (que no me acuerdo del nombre), que años había se había perdido con su navío en el Estrecho.

Pasó adelante, donde le dijeron otros indios, que de otra ciudad habían salido en su busca dos españoles vestidos de blanco, que era el traje que allí todos usaban; y que llegando a una gran laguna, no pudieron pasar, y se volvieron. Tampoco pudo penetrar acá el padre. Dijéronle que más adelante había un muchacho, que había estado algún tiempo en una de esas ciudades, y que sabía la lengua de los cristianos: llegó allá el padre, dio con el muchacho, y vio que sabía español, aunque pronunciaba mal. Prosiguió en busca de esta ciudad, y otros indios más bárbaros lo mataron: aunque otros dicen que los mismos que lo guiaban por codicia de los abalorios que llevaba para ganar la voluntad de los que encontraba. Eran su escolta y su guía unos pobres indios traidores, como lo son de genio. Después de la muerte de este padre, por las noticias que de él se adquirieron, resultó el venir la misión de que hablo arriba.

Hay más: un cristiano español o mixto, hizo una relación, que anda por Buenos Aires, en que dice en suma, que llevándole cautivo, o de otra forma, llegó a una de estas ciudades, de que cuenta grandezas, y que en cierto paraje antes de llegar, había un cerro de diamantes, y otro en otro paraje de oro. Un corregidor del Perú, llamado Quirós o Quiroga, cuenta en suma en su relación, que siendo de diez años, estando en Amberes, se embarcó en un navío, y que caminando por las costas de Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose con la lancha por un riacho, saltando a tierra, dieron con él, el piloto, y todos los de la lancha, unos hombres que los llevaron por tierra, y que llegaron a una gran laguna; que allí los metieron en una embarcación, y aportaron a una isla en medio de ella, en donde había una gran ciudad e iglesia, donde estuvieron tres días; que no entendían la lengua; y que al partir les dieron dos cajoncitos de perlas, que se cogían en aquella laguna.

Que por señas, y por nombrar Rey y Papa, entendieron que les decían que era para ellos: que el piloto como hereje se las llevó para sí; que cresciendo, y siendo ya mozo, dio cuenta de todo al consejo, prometiendo señalar la costa del riacho, por donde entraron; que le señalaron cuatro navíos; y que suscitándose en este tiempo la guerra del Emperador y Felipe V, se deshizo el viaje, por lo cual pretendió un corregimiento, que consiguió en el Perú. Estas y otras muchas cosas dice en su relación; y se asegura que murió poco ha.

Añadese a esto lo que cuenta una cautiva, que llevada a muy distantes tierras, hacia el sud-oeste, encontró unas casas, y en ellas gente blanca y rubia; y que estando ella muy alegre, juzgando ser gente española, se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendía palabra. Además de esto los indios están continuamente diciendo, que hay tales poblaciones, y muchos de ellos convienen en que, en medio de una gran laguna hay una gran isla, y en ella desde la orilla se ve una gran población, en la cual descuella mucho una casa muy grande, que piensan ser iglesia; y que otra pequeña está siempre echando humo, y que desde la orilla se oyen tocar campanas: y dicen que desde el volcán (de que hablé arriba) a donde dice, mi Provincial «que yo vaya» hay solamente seis días de camino, al andar de ellos, que es ligero. Estos y otros fundamentos hay para creer que haya dichas poblaciones en este vasto espacio de 400 leguas. Creo que estas noticias están mezcladas con muchas fabulas, más habiéndose perdido tantos navíos, no puede menos de haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues que no hay mentira que no sea hija de algo. Lo de no entenderse la lengua es muy factible; siendo aquella población del español corregidor, y la otra de la cautiva, de gente holandesa, o inglesa; que también dicen que se han perdido en el Estrecho navíos holandeses.

La historia de Chile por el padre Ovalle trae algunos naufragios de ellos; y también puede ser que algunos españoles con el mucho tiempo, hayan perdido la lengua española, usando la que aprendieron de sus madres indias, con quienes se casaron los primeros. ¿Cuántos hay en el Paraguay, que no saben la lengua española? ¿Y si se conservaran los primeros españoles que se casaron con las indias, sin que ningún europeo fuera allá, no se usara, ni se sabría ya otra lengua que la del indio, y aun con tanta mezcla de europeos, que cada día van allá, la lengua que comúnmente se usa es la de los indios Guaranís, como en Vizcaya la vascongada? ¡Oh cuánto me alegrara que Vuestra Señoría, sin hacer caso de algunos que quieren pasar por críticos y discretos, haciéndose incrédulos a todo, pusiese todo empeño en averiguar ese punto, consiguiendo con su eficacia lo que otros no han podido! ¡Cuán de veras le serviría yo a Vuestra Señoría en cosa que puede ser de tanto servicio de Dios, y del Rey! De Dios, pues si encontráramos españoles, estos, sin sacerdotes tantos años, estarán con muchos errores en la fe y las costumbres, como el pueblo de las 400 casas, que dice el clérigo agradecido Ordóñez, que encontró hacia Filipinas, de un navío que había naufragado 70 años antes, que tenían su cabildo e iglesia, a donde iban a rezar todos los días de fiesta en lugar de misa por no tener sacerdotes. Pero cada uno estaba casado con tres o cuatro indias, diciendo que para multiplicarse, y poderse así defender de los indios enemigos les era aquello lícito (¡qué de teólogos hace la depravada naturaleza!), y tenían otros varios errores. Sin hablar de la docilidad de los indios para el cristianismo, que en tanta variedad de naciones se puede encontrar.

Este descubrimiento se podrá hacer con 300 paisanos de está gente estanciera, sin gastos reales; llevando cada uno 5 ó 6 caballos, y otras tantas vacas, pues esta gente no gasta pan ni bizcocho. Con caballos y vacas todo tienen, y con solo darles pólvora y bala, de 6 a 7 libras de cada cosa, (pues muchos usan lanza) estaba hecho el gasto. Porque hacha, barretas, azadas, palas para hacer pozos a falta de agua, empalizadas para defensa de enemigos, etcétera, todos llevarían de sus casas, y cueros para pasar ríos.

Si yo, que soy conocido por estas partes, viniera a cada partido, y juntándome cada sargento mayor su gente, les hiciera una exhortación, animándolos a la empresa, poniéndoles delante los grandes bienes que de ella se seguirían al servicio de Dios, del Rey, y aun el suyo propio, por lo que se podría hallar de preciosidades a trueque de cuentas de vidrio y otros abalorios, como las lograron los que descubrieron a Méjico y al Perú, y en caso de no hallarse esto, que los tendría Vuestra Señoría muy en la memoria para sus aumentos; y más si con esto se les leyese un papel en que Vuestra Señoría les hiciese estas debidas promesas: si esto se hiciese, es factible, que sin más aparato ni gastos, se conseguiría el intento.

El viaje debería hacerse por setiembre, porque de aquí hasta el río del Sauce, por el verano, suele haber falta de agua, y aun de pastos. Desde ahí hasta el Estrecho, dicen los indios que en todas partes hay agua y pastos. Habría de durar seis a ocho meses, si se registrara bien todo: y para tantos meses eran menester cinco reses para cada uno, y con cabos que fuesen de empeño (que si no son escogidos, luego se cansarían), todo se conseguiría, y Vuestra Señoría, además del premio que se le guardaría para la otra vida, lo tendría grande del Rey nuestro señor. Nosotros acá no buscamos sino la honra y servicio de Dios, de aquel gran Señor, a quien no correspondemos, sino haciendo mucho por Su Majestad, y con solo su honra y gloria estamos contentos. Si a Vuestra Señoría no le agrada este proyecto, o si no tuviere efecto el juntar la gente de este modo, puede Vuestra Señoría discurrir otro con gastos reales, o costa de particulares, que quieran entrar en la empresa.

En todo estoy a las órdenes de Vuestra Señoría, que Dios guarde los años de mi deseo. Estancia de Areco, y agosto 11 de 1746. Besa la mano de Vuestra Señoría su más afecto servidor y capellán."

1763 - Expedición de los jesuitas José García y Juan Vicuña a las costas de Aysén

1765 - Los ingleses fundan el establecimiento militar de Port Egmont en las islas Malvinas

1766 - 1767 - Expedición del jesuita José García al archipiélago del Guayaneco

1767 - 1770. Nuevas expediciones a los archipiélagos australes, esta vez dirigidas por Cosme Ugarte y Francisco Machado, respectivamente

1774 - Se publica la obra del jesuita Thomas Falkner, A description of Patagonia and the adjoining parts of South America…, la que causa alarma en la corona española

1778 - Los franciscanos Norberto Fernández y Felipe Sánchez se internan en los estuarios de Palena y Aysén en busca de los Césares

1779 - La corona española ordena una nueva expedición en busca de la Ciudad de los Césares, la que debía ser dirigida por Manuel José de Orejuela. Tras varios años de disputas con el gobernador, la expedición se cancela

1779-1786. Expediciones de fray Francisco Menéndez a Chiloé continental en busca de la Ciudad de los Césares

1786-1788 Expediciones del piloto José de Moraleda a los archipiélagos australes y la costa de Aysén. En 1792-

1793 realiza nuevas exploraciones, que plasma en un mapa de la región

1791-1793 Expediciones de fray Francisco Menéndez a Nahuel Huapi

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Templarios en La Patagonia -IX-


Derrotero a la Ciudad de los Césares de Silvestre Antonio Roxas (1707)

Estudiaremos ahora el viaje de Silvestre Antonio Roxas, que da un itinerario bastante preciso a la Ciudad de los Césares y que hemos reconstruido aqui.

Tomaremos el valor de la Legua en 5,572 kilómetro o 5.572 metros, que es su valor habitual en tierras españolas. Debe tenerse en cuenta que los intinerarios en tierras pampeanas no son en línea recta, sino que normalmente siguen los caminos indígenas que van buscando las aguadas. También debe tomarse en cuenta que muchos rios mencionados, esteros y lagunas han desaparecidos por la acción del hombre como las famosas lagunas de Guanacache en Mendoza que hoy son un desierto.

“Derrotero De un viage desde Buenos Aires á los Césares, por el Tandil y el Volcan, rumbo de sud-oeste, comunicado á la corte de Madrid, en1707, por Silvestre Antonio de Roxas, que vivió muchos años entre los indios Peguenches”.

1. Los Indios de esta tierra (Buenos Aires) se diferencian algo en la lengua de los Pampas del Tandil ó del Volcan.

2. Dirigiéndose al sud-oeste hasta la sierra Guamini, que dista de Buenos Aires ciento y sesenta leguas (891 km) , se atraviesan sesenta leguas de bosques (334 km), en que habitan los indios Mayuluches, gente muy belicosa, y crecida, pero amiga de los españoles.

3. Al salir de dichos bosques se siguen treinta leguas de travesía (167 km por "travesía" significa por "desierto"), sin pasto ni agua, y se lleva desde el Guamini el rumbo del poniente (oeste).

4. Al fin de dicha travesía se llega á un rio muy caudaloso y hondo, llamado de Las Barrancas (Actual Rio Extinto Desaguadero de La Pampa): tiene pasos conocidos por donde se puede vadear.

5. De dicho rio se siguen cincuenta leguas al poniente (279 km al oeste), de tierras estériles y medanosas, hasta el rio Tunuyan. Entre los dos rios habitan los indios Picunches, que son muchos, y no se extienden sino entre ambos rios.

6. De dicho rio Tunuyan, que es muy grande, se siguen treinta leguas (167 km) de travesía, por médanos ásperos, hasta descubrir un Cerro muy alto, llamado Payen. Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es
nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas de oro muy
fino; y al pié del cerro grande uno pequeño, con panizos como de azogue,
y es de minerales de cristal fino.

7. Por lo dicho resultan, hasta el pié de la Cordillera, 330 leguas de camino: y las habrá á causa de los rodeos precisos para hallar las aguadas y pasos de los rios.

8. Pero por un camino directo no puede haber tantas, si se considera que desde Buenos Aires á Mendoza hay menos de 300 leguas, abriendo algo mas el rumbo desde aquí casi al poniente con muchas sinuosidades; y el Payen, segun el rumbo de la Cordillera, queda al sur de Mendoza.


“Prosigue el derrotero al sur, costeando la Cordillera hasta el Valle de los Césares”.


9. Caminando diez leguas (56 km) , se llega al rio llamado San Pedro, y en medio de este camino, á las cinco leguas (28 km) , está otro Rio y Cerro, llamado Diamantino, que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.

Nota: es decir a 5 leguas (28 km) del Payen está el Río Diamantino primero y 5 leguas después el Rio San pedro

10. Cuatro leguas mas al sur (22 km) , hácia el Rio llamado de los Ciegos, por unos indios que cegaron allí en un temporal de nieve, habita multitud de indios, llamados Peguenches. Usan lanza y alfange, y suelen ir á
comerciar con los Césares Españoles.

11. Por el mismo rumbo del sur, á las treinta leguas (167 km) , se llega á los indios Puelches, que son hombres corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches son pocos, parciales de los españoles, y cristianos reducidos en doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile. En la tierra de estos Puelches hay un Rio hondo y grande, que tiene lavadero de oro.

12. Caminando otras cuatro leguas (22 km) hay un Rio llamado de
Azufre, porque sale de un cerro ó volcan, y contiene azufre.

13. Por el mismo rumbo, á las treinta leguas (167 km) , se halla un rio muy grande y manso, que sale á un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son los verdaderos Césares.

Es gente mansa y pacífica; usa flechas, ó arpones grandes, y hondas,
que disparan con mucha violencia: hay en su tierra muchedumbre de
guanacos que cazan para comer.

Tienen muchos metales de plata, y solo usan del plomo romo, por lo suave y fácil de fundir. En dicho valle hay un cerro que tiene mucha piedra iman.

Pocos años despues que anduvo el autor en aquella tierra, los indios Puelches se amotinaron, y mataron al doctrinero Jesuita (se Refiere al padre jesuita Mascardi y la destrucción de su Reducción en el Lago Nahuel Huapi).

No se sabe si fueron muchos los culpados, pero sabiendo que entraba gente de Chiloé á castigarlos, desampararon su reduccion, y se huyeron: de modo que la expedicion de Chiloé no tuvo mas efecto que haber averiguado dicha huida”.

14. Desde dicho valle, costeando el rio, á las seis leguas (33 km), se llega á unpontezuelo, á donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), á comerciar con los indios.

15. Tres (16 km) leguas mas abajo está el paso, por donde se vadea
el rio á caballo en tiempo de cuaresma, que lo demas del año viene muy
crecido.

16. En la otra banda de este rio grande está la ciudad de los Césares
españoles, en un llano poblado, mas á lo largo que al cuadro, al modo de
la planta de Buenos Aires.

Tiene hermosos edificios de templos, y casas de piedra labrada y bien techadas al modo de España: en las mas de ellastienen indios para su servicio y de sus haciendas. Los indios son cristianos, que han sido reducidos por los dichos españoles.

A las partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan muchos minerales de oro y plata, y tambien cobre: por el sud-oeste y poniente, hácia la Cordillera, sus campos, con estancias de muchos ganados mayores y menores, y muchas chácaras, donde recogen con abundancia granos y hortalizas; adornadas de cedros, álamos, naranjos, robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino y aceite, porque no han tenido plantas para viñas y olivares.

A la parte de sur, como á dos leguas está la mar, que los provéen de pescado y marisco.

El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y fresco, que la gente muere de pura vejez. No se conocen allí las mas de las enfermedades que hay en otras partes; solo faltan españoles para poblar y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageracion lo que
se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis
manos. (Firmado.)— “Silvestre Antonio de Roxas.”

NOTA: Roxas hace una distinción entre "Indios Césares" y los "Césares Españoles", lo cual lleva a pensar en una posible convivencia entre descendientes de Mitimaes y "Césares Españoles"

Conclusiones a la Ruta de Roxas: la "Ciudad de los Césares" que encontró Roxas (sus ruinas) debe ser buscada en los alrededores de las Actuales Represas del Chocón y de Piedra del Aguila


Comentarios sobre Silvestre Roxas y otros Agregados

Dicho Silvestre se embarcó para Buenos Aires en los navíos de don José Ibarra, el año de 1714. La copia de su carta o memorial está autorizada por don Francisco Castejón, secretario de Su Majestad en la Junta de guerra del Perú, con fecha de 18 de mayo de 1716, para remitirla al Presidente de Chile, de orden del Rey. Los más tienen por falso lo que contiene dicho informe.

No me empeño en justificarlo; pero me inclino a que es cierto lo principal, de haber tal ciudad de españoles, más hacia Buenos Aires, o el estrecho de Magallanes, y lo fundo en las razones siguientes. La primera es, que el autor, después de referir al Rey su historia, asegurando que los Pegüenches lo cautivaron en la campaña de Buenos Aires, yendo a una vaquería con un don Francisco Ladrón de Guevara, a quien y a su comitiva mataron dichos indios, añade, que el haber salido de entre ellos, estimulado de su conciencia para morir entre cristianos, y restituirse a su patria, dejando las delicias del cacicazgo, fue también para informar de dicha ciudad al Rey nuestro señor, lastimándose mucho de la poca diligencia que para su descubrimiento hicieron en los tiempos pasados los ministros, a quienes los reyes, sus antecesores, le habían encargado.

Silvestre Antonio de Roxas no es nombre supuesto; porque don Gaspar Izquierdo afirma que lo conoció en Cádiz, en tiempo que le comunicó en substancia lo mismo; y se lamentaba del poco caso que se había hecho de materia tan importante. Que el dicho Roxas, aunque fue pobre de Buenos Aires, con dinero que heredó de un hijo suyo en Sevilla, había comprado armas con que armar una compañía de soldados de a caballo para el dicho descubrimiento, y las volvió a vender.

Que no era imaginario dicho informe, se deduce de que su copia simple me la prestó en Chile don Nicolás del Puerto, General que fue de Chiloé, quien me afirmó, que, en virtud de este informe, se escribió a los Césares, el año de 1719, por un señor oidor, de quien era amanuense dicho don Nicolás, y por orden de aquella Real Audiencia, una carta que un indio ofreció levar, y volver con la respuesta.

Esta carta yo la vi, cuando el tal indio estuvo en esta ciudad de Buenos Aires a pedir a su Señoría algún socorro de caballos, que no se les dieron, y solo se le ofreció regañarle si conseguía carta de los Césares, y la traía a su Señoría antes de llevarla a Chile. Que el dicho indio fuese embustero, es posible; pero don Nicolás del Puerto cree que lo mataron los indios Puelches, u otros; porque en la entrada que se hizo de Chiloé por el alzamiento de dichos Puelches, pareció en poder de un indio no conocido, la carta referida, que él reconoció en Chiloé por ser de su letra.

También me informó dicho don Nicolás del Puerto, que en ocasión de hallarse en Chiloé, y en el estrecho de Magallanes, en un brazo de mar que entra tierra adentro, sacando los españoles de un navío que se le perdió, un indio de aquella tierra, a quien tomó afición, le comunicó, con gran encargo del secreto, que por esta parte de la Cordillera había un pueblo de españoles; pero que los indios no querían que se supiera, y que si sabían que él lo había descubierto a algún español, lo matarían sin duda.

Dicho don Nicolás del Puerto me hizo relación de que este indio aseguraban que aquel brazo de mar se juntaba a otro, que cree ser el estrecho de Magallanes, por donde fácilmente se podía navegar a dicho pueblo de españoles.

b Añade el mismo don Nicolás, que los vecinos de Chiloé desean hacer el descubrimiento, sin embargo de lo necesario que sería rodear en la Cordillera para hallar un camino; pero que solo lo impide su mucha pobreza; y que le parece que se empeñarían en 2 ó 3000 pesos, si se les anticiparan para los avíos del viaje.

Las tradiciones que hay en Chile, de lo que declararon allí dos hombres que salieron de dicho pueblo, a los 30 años de fundado, acreditan que no es fábula, y se conforman con el derrotero de Silvestre Antonio de Roxas. Porque dicen, que habiéndose perdido el navío en la altura de 50 grados, salieron a tierra con lo que pudieron salvar y cargar; y caminaron seis u ocho días al nordeste, hasta un paraje, donde se asentaron y poblaron, por haber sujetado allí, y rendídoseles más de tres mil indios con sus familias.

Y suponiéndose, por vía de argumento, que declinaron uno y medio grados del polo, quedaron en 48½ de la equinoccial. Buenos Aires está en 34 grados, 36' y 39", la diferencia es 13 grados 53' y 21", que por ser el rumbo de nordeste al sudoeste, con poca diferencia, viene como un tercio, y habría de distancia 31 grados, leguas poco más o menos. Si se atiende a las 43 leguas que Silvestre Antonio de Roxas pone desde el Payén hasta los Césares, caminando de norte a sur, con los 33 grados que refiere hay de Buenos Aires al Payén, no se diferencia mucho de lo que tendrá la mitad del camino, y de lo que aumenta el rumbo del poniente: porque lo demás que cae en las pampas, alejándose del sud-oeste, que es como quien endereza al mismo estrecho, queda del camino de dicho derrotero cerca de la mar, otro tanto cuanto hay por el cabo de San Antonio en la boca del Río de la Plata.

También se ignora si después mudaron dichos dos hombres su población más al nordeste, porque entonces quedarían más cerca de Buenos Aires de lo que estaban al principio. También se conforma la distancia que hay desde Mendoza hasta el cerro de Payén, con el viaje que hizo al descubrimiento de dicho cerro, el año de 1701, don Nicolás Francisco de Reteña; siendo corregidor de Mendoza; que los que fueron con él regulaban en menos de 150 leguas algunos, y otros en más; estando como está Mendoza al norte de los Césares, distaré 250 leguas de ellos.

En dicho año de 1701, entrando don Juan de Mayorga a recoger ganado desde la Punta del sur, estando muy tierra adentro, se infiere llegaría hasta cerca de 100 leguas de los Césares. Aseguran en Mendoza, que fue a buscarle un indio de aquellas cercanías, trayéndole dos caballos ensillados a la jineta, y dijo eran de dos caballeros que habían salido de los Césares en busca de españoles, y que los indios de la facción, de que era cacique, inadvertidamente los habían muerto.

Fuera de otras noticias confusas, que mal explicadas de unos en otros indios, han llegado en varios tiempos a Buenos Aires, este año de 1740, examinó con industria a un indio de los de la Cordillera de Chile, llamado Francisco, a quien los indios, que acá llamamos Césares, habían traído muy muchacho por esclavo.

Preguntándole si era de las naciones Pegüenches o Puelches, o de qué nación; contestó, que lo sacaron de su tierra tan niño, que no se acuerda; sino que es muy tierra adentro, más allá de los Pegüenches y Puelches, haciendo la seña, como que es a la parte del sueste de los Puelches, y adentro de la Cordillera, que mira a Chiloé, aunque no sabe dar razón de dicho Chiloé.

Pero, preguntado si cerca de su tierra está la de los indios que llaman Césares, respondió, que estaban cerca de allí; pero más cerca de Buenos Aires. Y preguntado, si en su tierra oyó decir que cerca de los indios Césares había una población de españoles; contestó, en propios términos, que era cierto que había españoles, pero que estaban más acá de los indios Césares, hacia la mar, y que la gente de aquellos parajes, inmediatos a los Césares, tienen vacas y caballos, como los españoles de por acá.

Añadió dicho indio, que los indios de aquellas partes no quieren que se oiga que hay tales españoles. Este indio lo conocí mucho, por haberme servido en el viaje a Chile, a fines del año de 1738. Es de natural silencioso y sencillo, verídico en su proceder, y cuando diese tales respuestas de invención suya, mal podría acaso acertar en circunstancias concordantes con la relación del dicho Silvestre Antonio de Roxas; ni este, si fuese tan embustero, que hubiese en su fantasía fabricado su relación tan adecuada a las tradiciones y a la razón que da el dicho indio Francisco.

Se ha reparado en que Silvestre Antonio de Roxas no expresa en su informe qué modo de cristiandad, uso de sacramentos, y gobierno eclesiástico tienen los españoles Césares, ni qué república y leyes civiles observan; el vestuario y las armas que usan; obrajes y otras circunstancias que calla; ni lo que discurren de los otros españoles de estas partes, de que tal vez tendrán noticias tan dudosas y confusas como nosotros de ellos. Pero este reparo no me hace fuerza, considerando que dicho Roxas entraría por algún acaso a la tierra y ciudad de los Césares, como indio Pegüenche, disimulado de los otros indios, y atendió solo a lo visible, sin detenerse en tales particularidades; y por la relación tan sencilla que hace en su informe, se advierte que su cuidado se redujo a informar a Su Majestad ser cierto que había tal ciudad de los Césares españoles.

Muchos, o los más creen imposible que sea cierta dicha relación, arguyendo que de serio hubieran salido dichos Césares en busca de otros españoles; pero se les responde que no es de maravillar esta omisión en ellos, cuando la nuestra es mayor en no haberlos procurado buscar, sabiendo que hay distancia cierta hasta la costa del mar, que corre desde el estrecho de Magallanes hasta la Bahía de San Julián, en cuyo intermedio es preciso que estén, si no es fabulosa su existencia: y que es de persuadirse que los indios sus comarcanos les ponderarían que es imposible llegar por entre naciones bárbaras, y caminos inaccesibles, a abrir comunicaciones con los demás españoles de estos reinos: porque la política de los indios, aunque bárbaros, será engañarlos, para que no haya motivo de que los españoles los conquisten, y descubran las riquezas de que no quieren usar; lo que observan rigurosamente, solo por ocultarlas a los españoles: por conocer que ni dominación, ni comercio han sido la epidemia de infinidad de indios que habitaban antes las tierras, que al presente tienen pobladas los españoles.

También puede haber entre los tales Césares españoles la política natural de no descubrirse a quienes los domine, para que no alteren el modo de gobierno, y leyes municipales entre sí acordadas, con que puede ser estén bien hallados: pues la parcialidad entre ellos dominante, más querrá carecer de las utilidades que les podía proporcionar la sujeción al Rey de España, que decaer de la autoridad, que pueden pensar establecida en su descendencia.

Ni fuera temerario creer, que como lo hicieron los pocos que empezaron a restaurar de los moros el reino de Aragón, hayan dichos españoles Césares fundado alguna, aunque muy pequeña monarquía, con tales fueros y libertades de los súbditos, y limitaciones de la soberanía, que aborrezcan absolutamente en común la novedad del gobierno, y de las leyes a que no están acostumbrados.

Y suponiendo que aunque haya 350 leguas por mar de aquí al paraje que señala dicho derrotero, se podría a poca costa descubrir con un navío y una falúa en menos de tres meses de ida y vuelta, y salir de tantas dudas, no deja de ser notable el descuido que hay en esto: y aun cuando no fuese cierta la noticia de dichos Césares, podrían a la venida descubrir con una buena chalupa, las ensenadas y puertos que hay desde el Cabo de San Antonio al estrecho de Magallanes, y si los dos grandes ríos de las Barrancas y Tunuyán son navegables tierra adentro, con otras circunstancias que pueden ser muy importantes al servicio del Rey, y seguridad de esta parte de América: porque sin duda Su Majestad enviaría providencias para asegurar que en ningún tiempo cayesen en poder de extranjeros los puertos de San Julián, y otros que se descubriesen...

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miércoles, 13 de febrero de 2013

Jacques de Molay y el Proceso contra el Temple

INTRODUCCION
Jacques de Molay (nace en el 1243 y muere el 19 de marzo de 1314). Noble franco y último Gran Maestre de la Orden del Temple. Miembro de la familia de Longwy-Rohan, originario de Francia, fue elegido Jacques de Molay como Gran maestre del Temple al final de 1292 a la muerte del monje Gaudin, siendo entonces Mariscal de la Orden.
Organizó, entre 1293 y 1305, múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en el año 1298.
En 1307, contando con el respaldo del Papa Clemente V, el rey Felipe IV de Francia ordena la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, herejía e idolatría. Molay confesó bajo tortura y murió en la hoguera en la isla de los Judíos en París frente a la Catedral de Notre Dame, el 11 de marzo de 1314, después de haber pasado varios años en prisión y haber aguantado los más horribles sufrimientos. Antes de morir se retractó públicamente de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamó la inocencia de la Orden y maldijo a los culpables de la conspiración. En el plazo de un año, dicha maldición se cumplió con la muerte de Felipe IV y de Clemente V por causas naturales.
Era un militar más que un político, lo que va a traer consecuencias en la caída de la Orden; ¿pero incluso un diplomático sagaz habría podido, ante los "juristas" de Felipe el Hermoso, salvar a la Orden?.
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LOS ULTIMOS AÑOS DEL TEMPLE
El khan de los Tártaros Mongoles, Kazan, se unió al rey de Armenia para declarar la guerra al sultán de Egipto. En 1299, propuso a los Templarios y Hospitalarios de volverles la Tierra Santa (en cuanto la conquistare) si se asociaban a su empresa. Templarios y Hospitalarios aumentan tropas, y participan en una gran victoria contra el sultán de Egipto. Encuentran la Tierra Santa y las ciudades que han dejado diez años antes, pero sin fortificaciones. Empiezan a fortalecer las murallas de Jerusalén cuando el Khan abandona el terreno conquistado para ir a Persia a someter una rebelión.
Templarios y Hospitalarios están de nuevo solos ante el sultán de Egipto, y a pesar de sus llamadas urgentes a Occidente, donde su retorno a Jerusalén causó una explosión de alegría, los refuerzos tardan en venir. Para evitar una matanza como la de San Juan de Acre, se ven obligados a dejar la ciudad santa, y a volver a Chipre. El sueño de una Jerusalén cristiana definitivamente esta terminado. En Chipre, las dos Órdenes están en estrecho vínculo. El rey de la isla, descendiente del Conde de Lusignan, les prohibió adquirir propiedades, por temor a que le disputen su poder, como lo hicieron con los reyes de Jerusalén.
Los Hospitalarios se apoderan de Rodas, y allí instalan su cuartel general. Intentan los Templarios establecerse en Sicilia, cuyo soberano se propone utilizarlos para una expedición contra Grecia. El templario Roger, que dirige este cuerpo expedicionario, se apodera de Atenas, avanza hacia el Hellesponto, devasta una parte de la Tracia. En la expedición, los Templarios dejan de lado a las ciudades caídas en su poder; solo guardan para ellos las riquezas de los botines. Riquezas que, torpemente adquirirán, mientras que se les acusare que no han sabido mantener Tierra Santa, insinuando que esta se había vuelto demasiado pobre para ellos... En 1306, a petición del papa Clemente V, que tiene el proyecto de hacer de los Templarios una milicia pontifical, el cuartel general del Templo se transfiere a París.
Los reveses de la séptima cruzada aceleraron la caída del imperio latino en el Este. El Vaticano quiso intentar un último esfuerzo: tuvo el pensamiento de reunir en una única estructura las Órdenes del Temple y el Hospital. Grégoire X armó un concilio en Lyon el 7 de mayo de 1274, dónde se debía tratar esta cuestión. La propuesta se rechazó, en previsión de la oposición del rey de Castilla y el rey Santiago de Aragón.
Accon, (Acre), el último lugar de la Cristiandad, cayó bajo el poder de los Alforfones el 16 de junio de 1291 donde los principales nobles de Beaujeu murieron con quinientos caballeros. Dieciocho Templarios y dieciséis Hospitalarios escaparon solo a la masacre. El rey Baudouin había tomado acre o Accon en 1104; Saladin se apoderó en 1187. Los cruzados reanudaron el ataque sobre los Alforfones en 1191; permaneció en poder de los cristianos hasta el 16 de junio de 1291 siendo el principal puerto de los Templarios. El papa Nicolás IV aceleró la convocatoria a un concilio en Salzburgo, con el fin de advertir a los nobles de llevar ayuda a la Tierra Santa.
La opinión general era que si las Órdenes militares, si el pueblo hubiera reunido todos sus esfuerzos en vez de dividirse por intereses, si todo el mundo hubiera hecho su deber, no se habría perdido la ciudad Santa. Nicolás IV no había perdido toda esperanza; enviados mongoles habían venido con el fin de contratar una alianza contra los Alforfones. El concilio de Salzburgo decidió que era absolutamente necesario reunir en solamente una a las tres Órdenes militares bajo una norma uniforme, y llamar al rey de los Romanos y los otros príncipes a la defensa de la Tierra Santa. Nicolás IV se murió sin haber podido emprender nada de esto.
2
El propio Gran Maestre Molay se mostrará hostil a este proyecto de fusión. Lo declarará imposible, debido a los celos que dividían al Temple y al Hospital. La fusión de las dos Órdenes del Temple y el Hospital habrían salvado al Temple. Esta obstinación de los Templarios fue una de las causas de su pérdida; se los acusó que sacrificaran la Tierra Santa a pequeños celos, a intereses puramente materiales. Consideramos que los que se opusieron a la reunión de las dos Órdenes, que los que no prosiguieron la puesta a ejecución de esta medida que se han convertido en necesaria, carecieron de sentido político, porque estas dos Órdenes reunidas, con sus inmensas riquezas, su valor militar, podían crear en las islas del Levante y Grecia un extenso imperio marítimo, decidir el desarrollo de las flotas musulmanes, impedir el suministro de las costas de Siria, dominar los mares, preparar a Francia un futuro inmenso de relaciones comerciales y políticas. La utilidad de esta fusión ya había afectado al espíritu de Luís IX, esto es lo que se deduce de una carta de Molay dirigida a Clemente V en 1307.
LA CAIDA DEL TEMPLE Y SU GRAN MAESTRE
Último Gran Maestre de los Templarios, Jacques de Molay, nacido hacia 1245 en el castillo de Rahon (Alta Sajonia), obtenía su origen de los Majestad de Longwy y su nombre de un pequeño pueblo dependiente de esta tierra. Hacia el año 1265, fue admitido, aún muy joven, en la Orden de los Templarios y fue recibido por Imbert de Peraud, noble de Francia y Poitou, en la capilla del Temple, en Beaune. Llegado a Palestina, se distinguió en las batallas. A la muerte de Beaujeu, aunque Molay no estaba en Europa, una elección unánime lo nombró Gran Maestre. Se encontró en 1299 en la reconquista de Jerusalén por los Cristianos. Forzado a retirarse en la isla de Arad y de allí en la isla de Chipre, iba a reunir nuevas fuerzas para vengar los reveses de las armas cristianas, cuando el papa lo llamó a Francia (1305).
Llegado con 60 caballeros y un tesoro muy considerable, fue recibió en Francia con distinción por Felipe el Hermoso, que lo eligió como padrino de uno de sus hijos. La política que preparaba la destrucción de la Orden, había dado como pretexto el proyecto de reunir la orden del Temple y del Hospital. El plan de esta destrucción, concertada por el rey y sus agentes, se ocultó con tanta discreción, que el 13 de octubre de 1307 se pudo detener a todos los Templarios a la misma hora en toda Francia. La operación fue conducida por Nogaret, él mismo que detuvo a los 140 Templarios de París. Este oscuro personaje originario del Languedoc, era consejero del rey. La víspera de la detención, el Gran Maestre había llevado las condolencias a la ceremonia de entierro de la princesa Catherine, heredera del Imperio de Constantinopla, casa del Conde de Valois.
Luego de la detención de los caballeros y del Gran Maestre, los destinos de ellos estuvieron vinculados a los de la Orden en general. Se sabe que algunos cruzados franceses habían instituido esta Orden en 1118, con el único objetivo de proteger y defender a los peregrinos que viajaban a los santos lugares. La nobleza y la valentía de los caballeros, la utilidad y la gloria de su institución, los volvieron aconsejables a partir de su origen. Sus estatutos se elaboraron en el concilio de Troyes (14 de enero 1128); y, durante dos siglos, los privilegios concedidos por los papas, el reconocimiento de los reyes, de los grandes y del pueblo, la autoridad y el crédito que aumentaban cada día las hazañas y las grandes riquezas de los Templarios, hicieron a la Orden la más potente de la Cristiandad.
3
Escudo del Gran Maestre de Molay
Difícil era evitar excitar los celos, incluso de los reyes, ya que en las altas esferas donde se habían elevado, era difícil que todos los jefes y todos los caballeros se mantuvieran siempre y por todas partes en una sabia moderación que habría podido prevenir o desarmar el deseo y el odio. Desgraciadamente para la Orden, el rey de Francia tuvo varios motivos para atacarla y el principal quizás, fue la escasez en el tesoro real, lo cual psicológicamente le permitió que sea menos difícil la decisión sobre los medios de apropiarse de los bienes de la Orden. Al momento en que se detuvieron al Gran maestre y a todos los caballeros que estaban con él en el palacio del Temple en París, el rey ocupó este palacio y se apoderó de sus posesiones y sus riquezas. Al detener a los otros caballeros en las distintas partes de Francia, se embargan también sus bienes. Los inquisidores procedieron inmediatamente con su labor contra todos los caballeros interrogándolos por medio de torturas, y amenazándolos con otras aun peores. Por todas partes, arrancaron entre los caballeros el consentimiento de algunos de los crímenes, avergonzados de los que se los acusaba que ofendían a la vez la naturaleza y la religión.
A las amenazas se adjuntaban medios de seducción para obtener los consentimientos que debían justificar los rigores de las medidas empleadas. Al principio de los procedimientos, treinta y seis caballeros se habían muerto en París bajo las torturas. Felipe el Hermoso puso en uso todos los medios que podía para desprestigiar a la Orden y a los caballeros en la opinión pública. El papa, creyendo su propia autoridad herida por los agentes del rey, en primer lugar había reclamado para si el juzgamiento de los caballeros. Felipe supo pronto calmar los escrúpulos del pontífice. La facultad de teología de París aplaudió las medidas del rey, y una asamblea convocada en Tours (24 de marzo 1308), explicándose en nombre del pueblo francés, pidió el castigo de los acusados, y declaró al rey que no tenía necesidad de la intervención del papa para castigar herejes, obviamente culpables. Se envió a Jacques de Molay con otros jefes de la Orden al papa, para explicarse ante él, pero se detuvo su marcha en Chinon, donde vinieron cardenales a interrogarlos. Los historiadores creyeron que Felipe el Hermoso había obtenido la tiara para Clemente V, imponiéndole distintas condiciones, una de las cuales era la abolición de la Orden. En el primer juicio, un enorme número de caballeros hicieron los consentimientos exigidos; y se cree generalmente que hasta el propio Gran Maestre cedió, como éstos, o al temor a los tormentos y la muerte, o a la esperanza que obtendría algunas condiciones favorables para la Orden, si no resistían a los proyectos de la política del rey.
Sin embargo el papa, obligado a dar una apreciación jurídica a los medios violentos que debían traer la destrucción de la Orden, convocó en 1308 un concilio en Viena para 1310 (él que se haría finalmente en 1311), y nombró a una comisión que viajó a París, con el fin de tomar contra la Orden en general un testimonio necesario e incluso indispensable para justificar la decisión del concilio. Felipe IV llevo a Jacques de Molay en presencia de estos Comisarios del papa, y en lengua vulgar le explico, las partes
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del procedimiento. Cuando escucho la lectura de unas cartas apostólicas que suponían que había hecho en Chinon algunos consentimientos, manifestó su asombro y su indignación contra tal aserción. Un gran número de Templarios aparecieron después de su jefe. El asunto tomó entonces un carácter imponente y extraordinario; los caballeros se mostraron dignos de la Orden y de ellos mismos, y de las grandes familias a las cuales tenían el honor de pertenecer. La mayoría de los que, forzados por los tormentos o el temor, habían hecho consentimientos delante de los inquisidores, los revocaron delante de los Comisarios del papa. Se compadecieron altamente de las crueldades que se habían ejercido hacia ellos, y declararon en términos enérgicos querer defender a la Orden hasta la muerte, de cuerpo y alma, delante y contra todos, contra todo hombre vivo, excepto el papa y el rey.
Los asuntos de los Templarios parecían estar pues en buena vía. Hacia la primavera de 1310, la Orden había encontrado en París una legión de partidarios, representados por fiscales regulares. Para los que querían obstruir la verdad, solo era tiempo de actuar. Actuaron, en efecto y no se habían imaginado aún nada tan escandaloso como los argumentos que utilizarían. Aprovecharon los pleitos que existían en paralelo contra la Orden y contra sus miembros, y de los jueces que asustaban mortalmente a los testigos del pleito contra la Orden. El juicio a la Orden en París pertenecía, en virtud de las cartas del papa, al concilio provincial, presidido por el arzobispo metropolitano de París. Ahora bien, el arzobispo era el hermano de uno de los principales Ministros del Rey, Enguerrand de Marigny y fue el que armó en París al concilio de su provincia. Este tribunal de investigación tenía el derecho a condenar sin oír a los acusados y a establecer sus sentencias de la noche a la mañana. Los fiscales de los presos comprendieron la terrible amenaza implicada en la brusca convocatoria de esta asamblea. Se lo indicaron, a partir del 10 de mayo de 1310, a la comisión pontifical. Pero el Presidente de dicha comisión, el arzobispo de Narbonne, se retiró en cuanto denunciaron el atentado proyectado de ejecución de los Templarios.
Se los declaró heréticos, y entregados a la justicia secular y se condenaron al fuego a todos los que persistieron en sus retractaciones. Los que nunca habían hecho consentimientos y que no quisieron hacerlo se los condenó a la detención perpetua, como caballeros no reconciliados. En cuanto a los que no se retractaron de las torpezas imputadas a la Orden, fueron puestos en libertad, recibieron la absolución y fueron nombrados Templarios reconciliados. Para acusar, preguntar, juzgar a los supuestos culpables, condenarlos a las llamas y hacer todo el juicio, basto el tiempo que pasó del lunes 11 de mayo al día siguiente a la mañana.
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54 caballeros fallecieron en París ese día, condenados como culpables por el arzobispo, se los amontonaron en carros, y fueron quemados públicamente entre Vincennes y Moulin-à-Vent de París, fuera de la puerta Saint- Antoine.
El procedimiento indica nominativamente algunos de los caballeros que sufrieron este honorable suplicio. Entre ellos, Gaucerand de Buris, Guido de Nici, Martin de Nici, Gaultier de Bullens, Jacques de Sansy, Enrique de Anglesy, Laurent de Beaune, Raoul de Estremecid. Todos los historiadores que hablaron del suplicio de los caballeros del Temple certificaron la noble entereza que pusieron de manifiesto hasta la muerte: Entonaron los santos cánticos y haciendo frente a los tormentos con un valor caballeresco y una dimisión religiosa, se mostraron dignos de la piedad de sus contemporáneos y la admiración de la posteridad. Un cronista de ese tiempo dijo que los caballeros "Sufrieron con una constancia que puso sus almas en gran peligro de condenación eterna, ya que indujo al pueblo ignorante a darlos por inocentes".
No era ya posible mantener la menor ilusión sobre la libertad de la defensa. Dos de los fiscales elegidos, sobre cuatro, habían desaparecido. La comisión reanudó el día 13, la irónica comedia de sus sesiones en la capilla Saint- Éloi. Pero se cambiaba algo desde la víspera. La aparición del primer testigo quien se presentó, era un caballero de la diócesis de Langres, Aimery de Villiers-le-Duc, un viejo de una cincuentena de años, templario desde hacia veintiocho años. Cuando se le leían los actos de acusación, se paró, pálido y como aterrado, protestando que si mentía, quería ir derecho al infierno por muerte súbita, golpeándose el pecho con sus puños, elevando los brazos hacia el altar, las rodillas en tierra y dijo "Reconocí, algunos artículos debido a torturas que me infligieron los jueces Marcilly y Hugues, caballeros del rey, pero todo es falso. Ayer, vi cincuenta y cuatro de mis hermanos, en los furgones, en marcha para la hoguera, porque no quisieron reconocer nuestros supuestos errores; pensé que no podría nunca resistir al terror del fuego. Reconocí todo, lo siento; reconocería que maté a Dios, si se quería". Luego suplicó a los Comisarios y a los notarios no repetir lo que acababa de decir a sus encargados, por temor a que se lo quemara también. Esta declaración trágica hizo bastante impresión sobre la gente del papa para que se decidieran a suspender temporalmente el proceso. No reanudaron sus operaciones, en adelante ficticias, hasta después de seis meses de interrupción.
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Los testigos oídos a partir de diciembre de 1310 fueron todos Templarios reconciliados por los sínodos provinciales, es decir, sometidos, que aparecieron "sin manto y con barba afeitada". Cuando la investigación se cerró finalmente, se expidió dos ejemplares para servir a la edificación de los padres del próximo concilio de Viena. Son dos cientos diecinueve hojas de una escritura uniforme. El concilio de Viena, prorrogado en sucesivas ocasiones, había sido fijado para el mes de octubre de 1311 el mismo día del aniversario de la detención, cuatro años antes, de los Templarios en toda Francia. Clemente V empleó los meses que precedieron, contra aquéllos que había condenado por adelantado, con un inmenso arsenal de pruebas. Sabía que se decía generalmente en Occidente: "los Templarios negaron las acusaciones en todas partes, excepto los que lo hicieron bajo las amenazas del rey de Francia". Era necesario cortar estos rumores; es con este fin que entonces el papa redactó las bulas para exhortar a los reyes de Inglaterra y Aragón a emplear la tortura, a pesar de los hábitos locales de sus reinos, que prohibían este procedimiento. Se expidieron órdenes de tortura también, a último momento, en Chipre y Portugal. Es así como hubo derramamientos de sangre mártir. Tenemos el relato de los suplicios infligidos en agosto y septiembre de 1311, por el obispo de Nimes y el arzobispo de Pisa; estos prelados solo enviaron al papa, las declaraciones de su agrado; silenciaron los testimonios de los obstinados.
El obispo de Angers, convocado al concilio ecuménico de Viena al igual que los prelados de la Cristiandad, redactó su "dictamen" por escrito, en estos términos: "Hay diferentes opiniones con respecto a los Templarios; los unos quieren destruir a la Orden sin demora, debido al escándalo que suscitó en la Cristiandad y debido a los dos mil testigos que certificaron sus errores; los otros dicen que es necesario permitir a la Orden presentar su defensa, porque es malo cortar un miembro tan noble de la Iglesia sin debate previo. Eh bien, creo, por mi parte, que nuestro señor el papa, abrasivo de su plena potencia, debe suprimir ex officio a una Orden que, tanto como pudo, puso el nombre cristiano en ojos de los incrédulos y que hizo dudar a los fieles en la estabilidad de su fe”. Por supuesto que un obispo, famoso monárquico, había querido destacarse en el momento de la apertura del pleito, he aquí cómo la cuestión de la culpabilidad del Temple se habría planteado a su conciencia.
Durante la lectura de los procedimientos hechos contra la Orden, 9 caballeros se presentaron como delegados de 1500 a 2000 miembros, y ofrecieron tomar la defensa de la Orden acusada. La augusta asamblea se esperaba este último acto de equidad, interés o piedad. Ahora bien el papa les hizo poner las cadenas, y estos mandatarios no pudieren defender a la Orden, aunque los miembros del concilio opinaran que debían oírlos. Clemente V presumió de este acto en una carta del 11 de noviembre de 1311 dirigida al rey. La sesión se terminó precipitadamente pues el incidente no tuvo otra consecuencia. La Orden del Temple era acusada de ser por entero corrompida por supersticiones impías. Después de los formularios de investigación pontificales, que contienen hasta ciento veintisiete rúbricas, se acusaba, en particular, de imponer a sus neófitos, antes de su recepción, insultos variados al crucifijo, besos obscenos, y autorizar la sodomía. Los sacerdotes Templarios, al celebrar la misa, habrían omitido voluntariamente consagrar las hostias; no habrían creído en la eficacia de los sacramentos. Finalmente se habrían dedicado los Templarios a la adoración de un ídolo (con forma de cabeza humana) o de un gato; habrían llevado noche y día, sobre sus camisas, cuerdecitas encantadas por el contacto de este ídolo. Tales eran las acusaciones principales.
Otra acusación era que el Gran maestre y los otros funcionarios de la Orden, aunque no fueran sacerdotes, se habrían creído con el derecho de absolver a los hermanos de sus pecados; los bienes se adquirían indignamente, las limosnas era mal distribuidas. La acusación representaba todos estos crímenes tal como controlados por una Norma
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Secreta. Por supuesto que los funcionarios del rey Felipe practicaron en todos los "Templos" de Francia severos registros, con el fin de descubrir objetos comprometedores, es decir: 1° ejemplares de la Norma Secreta; 2° los ídolos; 3° los libros heréticos.
La lectura de los inventarios nos enseña que no encontraron más que algunas obras de piedad y libros de contabilidad y ejemplares de la norma irreprochable de San Bernardo. En París, Pidoye, administrador de los bienes secuestrados, presentó a los Comisarios de la Investigación "una cabeza de mujer en un manto dorado, que contenía fragmentos de cráneo envueltos en una ropa". Era uno de estos relicarios como tenían en la mayoría de los tesoros eclesiásticos del siglo XIII; se exponía, seguramente, los días festivos, a la veneración de los Templarios.
La investigación no presentó pues contra la Orden ningún documento material, o sea a ningún "testigo mudo". Toda la prueba se basa en testimonios orales. Pero las declaraciones, tan numerosas que son, pierden todo valor si se considera que fueron arrancadas por el procedimiento inquisitorial. La palabra de Aimery de Villiers-le-Duc es decisiva: "Reconocería que maté a Dios". Solo queda pues por examinar los hechos abogados por la opinión de la sensatez. Si los Templarios habían practicado realmente los ritos y las supersticiones que se les asigna, habrían sido sectarios y entonces se habría encontrado entre ellos, como en todas las comunidades heterodoxas, entusiastas para afirmar su fe pidiendo participar en las alegrías místicas de la persecución. Ahora bien, no hay un templario, durante el pleito, que no se obstinó en los errores de su pretendida secta. Todos los que reconocieron la negación y la idolatría se hicieron absolver. ¡Cosa sorprendente, la doctrina herética del Temple no habría tenido un martirio!, ya que los centenares de caballeros y hermanos sargentos que se murieron en el tormento de la prisión, entre las manos del torturador, o sobre la hoguera, no se sacrificaron por sus creencias; les gustó mejor morir que reconocer, o, después de haber reconocido por fuerza, que persistir en sus confesiones. Se supuso que los Templarios eran Cataros; pero los Cataros, como los antiguos monjes de Asia, tenían la pasión del suplicio; en el tiempo mismo de Clemente V, los "dolcinitas" de Italia se sentían consolidados milagrosamente por la proclamación repetida y frenética de sus doctrinas. En los Templarios, no hay alegría consagrada, no hay triunfo en presencia del verdugo. Es una negación que tienen muy reservada. Si los Templarios se habían entregado realmente a los excesos, no sólo monstruosos, sino que estúpidos, que se les acusaron, todos, preguntados sucesivamente y forzados confesar, habrían descrito estos excesos de la misma manera. Cuando hablan de las ceremonias legítimas de la Orden, varían en gran parte, al contrario de las confesiones de los pretendidos rituales blasfemos.
Michelet, que creía en los desórdenes del Temple, observó bien "que las negaciones son idénticas, mientras que todos los consentimientos varían en las circunstancias
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especiales"; llega la conclusión "que se convenían las negaciones por adelantado y que las diferencias de los consentimientos les dan un carácter particular de veracidad". Si los Templarios eran inocentes, sus respuestas a los mismos jefes sobre las acusaciones no podían ser idénticas; si eran culpables, sus consentimientos habrían debido ser igualmente idénticos. La inverosimilitud de las cargas, la ferocidad de los métodos de investigación, el carácter contradictorio de los consentimientos podían seguramente preocupar a los jueces, incluso a los jueces de ese tiempo.
¿Quién habría resistido a la comparecencia de los suplicios de la investigación, a la exposición de sus heridas, a sus protestas de amor para la Iglesia perseguidora, a estos acentos dolorosos de los que el eco, recogido por los notarios de la gran comisión, nos mueve y convencen aún?. Los que tenían sus razones para que la luz no se hiciera debían pretender, por todos los medios, suprimir, hasta el final, los debates públicos. El bozal que se puso, en efecto, sobre la boca de los últimos partidarios de la Orden en el concilio de Viena, reunido para oírlos, es aún un argumento en favor de los Templarios.
Se conoce mal la historia del concilio de Viena. Pero se conjeturan intrigas del rey de Francia para forzar la mano del papa, para eludir la decisión del concilio. Clemente V estaba dispuesto a terminar; decía, el informe de Alberic Rosate: "Si la Orden no puede destruirse per viam justi, que lo sea per viam expedien, para que nuestros queridos hijos del rey de Francia no se escandalicen". En su decisión estaba seguro de los obispos franceses. Los de Alemania, Aragón, Castilla e Italia, todos casi había pagado a los Templarios de sus circunscripciones diocésanas, inclinaban a instituir un debate en norma. Encima del desconcierto, había sido necesario que Clemente hiciera encerrar a los nueve caballeros del Temple que habían aparecido repentinamente en Viena, como representantes de los Templarios fugitivos que erraban en las montañas de Lion, lo que equivalía a suprimir una segunda vez a la defensa, en violación del derecho. Los Prelados extranjeros se habían indignado. Se comprendió entonces que Felipe el Bello procedía a sacar el última remanente de fuerza. Desde Lyon supervisaba al concilio, y dónde había convocado una nueva asamblea de los prelados, nobles y comunidades del reino "para la defensa de la fe católica", el rey viajó a Viena (marzo 1312) con un ejército. Se sentó junto al papa. Endurecido éste, se apresuró a hacer leer, delante de los padres, una bula que había elaborado de acuerdo con los consejeros reales. Es la bula Vox in excelso, del 3 de abril de 1312, donde el papa reconoce que no existe contra la Orden prueba para justificar una condena canónica; pero considera que la Orden que es odiosa al rey de Francia, no había tenido a nadie que quisiera tomar su defensa, que sus bienes se estaban y se perderían cada vez más en las cercanías de Tierra Santa durante la duración de un pleito cuyo final no se podría prever; de allí, la necesidad de una solución provisional.
El Papa suprime pues a la Orden del Temple, por vía de provisión o Reglamento apostólico, "con la aprobación del Santo Concilio". Así muere oficialmente la Orden del Temple, suprimida, no condenada, degollada sin resistencia. Los actos del concilio de Viena se retiraron a tiempo, y la bula que suprime vía provisión a la Orden del Temple, se imprimió por primera vez recién en 1606.
En los considerándoos de la bula, publicados cuatro días solamente después de la bula de abolición, el papa declara que el conjunto de la información recabada contra la Orden y los caballeros no ofrece pruebas suficientes para creerlos culpables, sino que resulta una gran sospecha. De esta forma es empleado por Clemente V contra los Templarios, de la misma forma que Clemente XIV lo hizo cuando suprime a la Orden de los Jesuitas, el 31 de julio de 1773, se lee: "El papa Clemente V suprimió y completamente abolió la Orden militar de los Templarios, debido a la mala reputación
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de entonces, aunque esta legítima Orden había prestado a la República cristiana servicios tan brillantes, el apostólico Vaticano lo había colmado de bienes, privilegios, poderes, exenciones y permisos, y aunque finalmente el concilio de Viena, que este pontífice había encargado el examen del asunto, había pedido abstenerse para el pronunciamiento formal y definitivo."
La bula Vox in excelso dejó en suspenso dos cuestiones difíciles: a) la suerte de los Templarios prisioneros, b) la suerte de los bienes del Temple suprimido. La limpieza de los bienes del Temple había comenzado durante el pleito, a pesar de la vigilancia de los administradores. El apetito de los príncipes fue afilado por este asunto hasta el punto que algunos pensaron hacer compartir la suerte de los Templarios a los Hospitalarios y a los demás caballeros. El arzobispo de Riga acusó a la Orden Teutona de herejía en 1307. Ya es la avidez espoliadora de los príncipes protectores de la Reforma. Después del concilio de Viena, se procedió al despedazamiento metódico de la presa. En teoría, se transfirieron todas las propiedades de la Orden al Vaticano, que las volvió a poner en los Hospitalarios, pero esta transferencia ficticia no impidió a la Corona retener la mejor parte. En primer lugar las deudas del rey hacia la Orden se resolvieron, además que había cogido todo el efectivo acumulado en los bancos del Temple. Fue más lejos cuando los despojos de los Templarios se habían asignado oficialmente al Hospital: afirmó que dado que no se reguló sus antiguas cuentas con el Temple, seguía siendo acreedor de la Orden por sumas considerables, de las cuales era por otra parte inutilizable especificar el importe.
Los Hospitalarios, substituidos en los derechos y a cargo del Temple, se vieron obligados a estar de acuerdo, por este motivo, a una transacción: pagaron dos ciento mil libras de oro, el 21 de marzo de 1313, y este sacrificio no los salvo de las reclamaciones de la Corona, ya que abogaban aún, a este respecto, al tiempo de Felipe el Largo. En cuanto a los bienes inmuebles, Felipe el Bello percibió pacíficamente las rentas hasta su muerte, y más tarde los Hospitalarios, para obtener las propiedades dicen que es necesario que les compense la Corona de lo que habían gastado para el mantenimiento de los Templarios encarcelados entre 1307 a 1312, gastos que eran de cárcel y tortura. Parece probado, en resumen, que los Hospitalarios se empobrecieron más bien que se enriquecieron por el regalo hecho a su Orden. Aun permanecían los presos. Parece que después de la abolición de la Orden, la persecución contra los caballeros cesó. Se aflojó al que quiso pasar por la humillación de los consentimientos. Entre estos liberados, los unos vagabundearon, otros intentaron ganar su vida con trabajos manuales; algunos entraron en conventos, y algunos, disgustados del oficio, se casaron, mientras que otros se fueron con lso musulmanes o escaparon a los reinos en los cuales no había persecuciones como era el de Escocia.
Los impenitentes y acusados eran victimas de los castigos de la ley inquisitorial. De los más famosos de la última hora fueron dos de los altos dignatarios quienes el papa habían reservado a su juicio personal: Jacques de Molay y el preceptor de Normandía, Geoffroy de Charnay. Los primeros consentimientos del Gran Maestre y la larga persecución de la cual había sido objeto permitían esperar que jaqueado por el infortunio, renovara públicamente la confesión de los crímenes de la Orden y así justificaría los rigores ejercidos por la justicia del rey. El Gran Maestre de la Orden del Temple siempre había reclamado a su juicio, que el papa se había reservado personalmente; pero el pontífice, temiendo la presencia del Gran Maestre, nombró a tres Comisarios para juzgarlo en París, así como a otros tres jefes de la Orden. Es el 22 de diciembre de 1312 que Clemente V, en conjura con el rey Felipe, encargo a tres cardenales franceses, Arnaud de Farges su sobrino, Arnaud Novelli monje de Cîteaux, y Nicolas de Fréminville hermano predicador, para examinar a estos grandes jefes, por ellos mismos que al mismo tiempo, para salvarse, habían abandonado a sus
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hermanos. Se les encargaba oír la última declaración de Jacques de Molay, y la de los tres jefes que estaban con él y Geoffroy de Charnay. Se les pedía reconocer la justicia de la doble sentencia de condena, fundada sobre la verdad de las acusaciones imputadas a la Orden de los Templarios y conforme a los testimonios ya numerosos recogidos por los tribunales: había sido para los dos soberanos (Papa y Rey) un esperado y brillante triunfo.
El 18 de marzo de 1314, fueron llevados los cuatro caballeros al pórtico de Notre Dame para escuchar la frase, a saber el "muro", la detención a perpetuidad. Molay y Charnay fueron sostenidos en andas hasta allí, estaban en prisión desde hacia siete años. En su Historia de los caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, el abad de Vertot afirma que en el momento en que todos sus jueces y toda París esperaban ver a Jacques de Molay confirmar públicamente sus supuestos consentimientos, "se sorprendieron cuando este preso sacudió las cadenas que lo dominaban, avanzó hasta el borde del andamio, luego, elevando la voz para que se oyera mejor, dijo: es bien justo, que en un tan terrible día, y en los últimos momentos de mi vida, descubra toda la iniquidad de la mentira, y que se haga triunfar a la verdad. Declaro pues, a la cara del cielo y la tierra, y reconozco aunque a mi vergüenza eterna, que cometí el más grande de todos los crímenes; pero solo esto conviniendo de los que se imputa con tanto negrura, a una Orden que la verdad me obliga hoy a reconocer inocente. Ni siquiera hice la declaración que se exigía de mí para suspender los dolores excesivos de la tortura, y para convencer a aquéllos que me los hacían sufrir. Sé los suplicios que se hizo sufrir a todos los que tuvieron el valor de revocar una confesión similar. Pero el terrible espectáculo que se me presenta no es capaz de hacerme confirmar una primera mentira por vez segunda, con una condición tan infame: renunciar a una vida que no me es ya demasiado odiosa. ¿Y de qué me serviría prolongar tristes días que solo debería a la calumnia?”.
Famoso por su nacimiento que lo hacía padre del rey, Geoffroy de Charnay, Maestre de Normandía y hermano del delfín de Auvernia, confirmó esta declaración y se asoció al arrepentimiento del Gran Maestre. Los dos caballeros restantes presentes persistieron en sus consentimientos. Como la muchedumbre se removia, los cardenales, compartiendo el desorden común y no atreviéndose a no decidir la suerte de los reclusos, suministraron sin demora al preboste de París a los dos confesores tardíos de la verdad; se avisó al rey, y el consejo armado al momento los condenó a la muerte, sin reformar la frase de los Comisarios del papa y sin hacer pronunciar a ningún tribunal eclesiástico. La noche del mismo día, un andamio se elaboró, en la isla de la Ciudad, en frente del muelle de los Agustinos. Los dos caballeros, Molay y Charnay, subieron sobre la hoguera, que se encendió, y se los quemó a fuego lento. Similar a los mártires que celebraban las alabanzas de Dios, Jacques de Molay cantaba los himnos en medio de las llamas. Mézeray informó que se oyó al Gran Maestre decir: ¡"Juez inicuo y cruel verdugo! te convido a comparecer, en cuarenta
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días, ante el tribunal del soberano juez". Algunos escriben, que remitió igualmente al rey a comparecer en un año. Quizás la muerte de este príncipe, y la del papa, que llegaron precisamente en los mismos términos, dio lugar a la historia de esta maldición. Otra leyenda afirmará más tarde que el Gran Maestre del Temple habría expresado: ¡"Malditos! ¡Malditos! serán todos malditos hasta la decimotercera generación de sus razas!... ". Todo el mundo dio lágrimas a tan trágico espectáculo, y se afirma que personas devotas recogieron las cenizas de estos dignos caballeros. Si estas clases de tradiciones no son siempre verdaderas, permiten al menos creer que la opinión pública, que los acogió, juzgaba que los condenados eran inocentes. Todo el asunto se explica por esta palabra profunda de Bossuet: "Reconocieron en las torturas, pero negaron en los suplicios".
Clemente V sucumbió un mes después de la ejecución de Molay (20 de abril 1314), de una enfermedad terrible; el ministro Nogaret, que había supervisado la detención de los Templrios a través de toda la Francia en 1307, se murió el 27 de abril de 1314, envenenado; Felipe el Bello, a su vez, desapareció algunos meses más tarde, el 29 de noviembre de 1314, durante una cacería de jabalí (habría caído del caballo). A su muerte, su primer hijo, Luís X sube al trono. Pero muere dos años más tarde, a la edad de 26 años, de una fiebre que habría contraído entrando en una gruta. Su esposa, la reina Clemencia, estando embarazada asumió la corona, mientras que Felipe el Largo, hermano de Luís, solo tomó el título de regente: Clemencia parió, el 15 de noviembre de 1316, un hijo al cual se dio el nombre de Jean, y que solo vivió cinco días (Jean I el Póstumo). Felipe tomó entonces el título de rey bajo el nombre de Felipe V; pero no estuvo sin conflictos. Luís X había tenido a Margarita, su primera mujer, una muchacha nombrada Jeanne, heredera del reino de Navarra: el duque de Borgoña, su tío, afirmaba que debía heredar también el reino de Francia y como desde Hugo Capeto era la primera vez que la corona dejaba transmitirse directamente del padre a los hijos, para remontar del sobrino al tío, él podía intentar oponer el hábito de los países donde las mujeres reinan a los hábitos de las dos primeras dinastías que las excluían del trono. Este conflicto se juzgó solemnemente en una asamblea celebrada en París, y se aprobaron los antiguos usos que siempre han tenido fuerzan de ley, aunque no se encuentra el texto escrito en ninguna parte, incluso en la ley sálica, que no contiene un único artículo relativo a la corona. Felipe V reinó seis años y se murió a los 29 años. Quedaba el último de los hijos de Felipe el Bello, Carlos IV, que subió al trono en 1322 antes de morir también seis años más tarde. Tenía 33 años.
Así pues, en el espacio de catorce años, los tres hijos de Felipe el Bello, que tenían de su padre esta belleza masculina que da la esperanza de una larga vida y de una numerosa posteridad, subieron al trono, y desaparecieron sin dejar herederos. La corona pasó a una rama colateral, en la persona de Felipe de Valois, como primer príncipe de sangre; pero como la viuda del rey recién muerto se encontraba preñada, solo tomó el título de regente, hasta el día en que parió a una muchacha. La ley sálica, alegada en 1316 por los segundos hijos de Felipe el Bello para apoderarse del trono, sellaba en 1328 la extinción de la dinastía Capeto.




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