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viernes, 11 de octubre de 2013

WOLFRAM, Caballero Templario?.


WOLFRAM, Caballero Templario?.
EL SANTO GRIAL - EL TEMPLE - PARZIVAL

             He recibido un documento recomendado por Sir P.F Senescal coordinador de la Orden en Alemania. El mismo, tiene que ver con un escrito, que me lo describió como muy interesante donde en un 80% es fiel al relato histórico y un 20% no tanto, pero dejo a nuestra libre interpretación e imaginación ese 20%. El escrito esta en alemán y consta de 49 paginas, lo cual es muy extenso para para una sola publicación aquí, aquí va un pequeño resumen.

             K. Bartsch, uno de los más sagaces documentadores del Parzival, vio el origen inmediato de la leyenda, dado que fue llevada del Oriente por los árabes. Algunas versiones señalan por otra parte, que la raza elegida de la cual desciende Titurel, ancestro de Parzival, es originaria de Asia. Se ha dicho que el abuelo de Titurel estuvo en Europa en tiempos de Vespasiano, después de haber sido convertido al cristianismo y de haberse establecido al noroeste de España, donde sometió diversos reinos con la ayuda de los provenzales. No es indiferente hacer notar, por otra parte, que debido a las marchas en Portugal y en España, así como en el Languedoc, estos fueron los primeros países de Europa donde se instalaron los Templarios.

* (Desde 1128 reciben la plaza de Soure en Portugal; en 1130 la de Grañena en el condado de Barcelona. La primera Casa, cercana a los Pirineos fue fundada en 1136 en los estados del condado de Foix. Y fue solamente después de la Asamblea general de 1147 cuando se expandieron en el resto de Europa).

Wolfram era caballero y muy probablemente estaba afiliado a la Orden del Templo, la cual él identifica abiertamente con la Orden del Graal. En fin, Kyot debía tener con ella relaciones muy estrechas, puesto que no representa simplemente la autoridad espiritual del Templo.
Friedrich von Schlegel declaró hace tiempo: “Se puede admitir que estos poemas (de la Mesa Redonda), no solamente expresaban el ideal propio de un caballero religioso, sino que contenían también un gran número de ideas simbólicas y de tradiciones particulares pertenecientes a algunas de esas órdenes, sobre todo a la de los Templarios... De todos los poetas alemanes de esa época, el más hábil fue Wolfram von Eschenbach. Entre las historias de la Tabla Redonda, él escogió particularmente las que he señalado anteriormente acerca de las alegorías de la caballería religiosa. Ellas no deben ser consideradas como un capricho del autor o como un juego de su imaginación, sino que parecen por el contrario relacionarse con las tradiciones simbólicas de los Templarios”.
La identificación de la Orden del Graal con la del Templo, en el Parzival, no deja en efecto ninguna duda. Trévrizent dice a Parzival: “Valerosos caballeros tienen su morada en Montsalvage, donde se guarda el Graal. Son los Templarios, que van a menudo a cabalgar a lo lejos en busca de aventura... Ellos viven en relación con una Piedra: su esencia es toda pureza”.
Ahora bien, además de su función principal de asegurar la conservación y la guarda del Graal sobre la tierra, los Caballeros de Montsalvage tenían la de propiciar el reino efectivo de Dios sobre las naciones, dándoles reyes elegidos por Él: “Sucede a veces que un reino se encuentra sin amo, y si el pueblo de ese reino está sometido a Dios, y si desea un rey escogido en el grupo del Graal, se realiza ese deseo. Es preciso que el pueblo respete al rey así escogido, ya que él está protegido por la bendición de Dios. Es en secreto que Dios hace surgir a sus elegidos”.
Este esquema de una organización teocrática de la Cristiandad, a través de un escogido grupo iniciático que reúne el doble poder: el sacerdotal y el real, no es otro que el del Santo Imperio que los herederos de la Orden del Templo encontraron en su sucesión. Se tenía ahí, el doble aspecto, ascendente y descendente, de una misión misteriosa, de la cual tomaremos el sentido de quien hizo dar a la Orden su constitución, del que fijó su regla y no cesó de ser su protector y su inspirador, al mismo tiempo que la más alta autoridad espiritual y árbitro de la cristiandad de su tiempo: San Bernardo, quien designa la Orden bajo el nombre de militia Dei, y a sus miembros bajo el de Ministros de Cristo (minister Christi). En tales labios, no se trataba de fórmulas vanas. Para él, como para Dante más tarde, se trataba evidentemente de una milicia santa, de la armada privada de Dios (privée mesnie de Dieu), que realizaba, por una especie de paradoja espiritual, que la situaba aparte y por encima de los hombres, la síntesis de las grandes antinomias de la acción y de la contemplación en una vocación única, y al mismo tiempo un doble renunciamiento, que es el de los elegidos apocalípticos: “A aquel que ha hecho de nosotros, reyes y sacerdotes para Dios su Padre. . .“ (Apoc. I, 6).
Para San Bernardo, la residencia real de la militia Dei no era de este mundo, sino que era el Templo de la Jerusalem espiritual: “Es verdaderamente el Templo de Jerusalem, en el cual ellos habitan también, y sin embargo es evidente que en otro sentido no se trata de aquel mismo Templo de Jerusalem, y que en relación con la construcción del Templo antiguo y muy venerado de Salomón, el suyo no es inferior en relación con la gloria... La belleza del primero estaba hecha de cosas corruptibles; la del segundo era la belleza de la Gracia, del culto piadoso de los que la habitan y la de la más regular de sus moradas (ordinatissima conversatio).

* (Se aproxima esta expresión del Templo, la ordinatissima conversatio, a la de la logia francmasónica: “Los muy esclarecidos y los muy regulares”.).

Se reconoce ahí, tanto el templo del Graal como el templo del Espíritu Santo de los rosacruces.
Jules Michelet dice a propósito de esto, con penetración y sin dudar del alcance de su observación: “Este nombre del Templo era sagrado no solamente para los cristianos. Expresaba para ellos el del Santo Sepulcro y, a su vez, recordaba a judíos y musulmanes, el templo de Salomón. La idea del templo, más alta y más general aún que aquella de la iglesia, se elevaba, en cierta manera, por encima de toda religión. La iglesia envejecía, el Templo no. Contemporáneo de todas las edades, era como un símbolo de la perpetuidad religiosa”.
Todo el simbolismo de la Orden evoca, además, la doble noción del centro espiritual, fuente de los dos poderes y de la meditación temporal-espiritual: el famoso Beaucéant (o Baucent), el cual era mitad negro y mitad blanco, colores cuyo profundo simbolismo hemos explicado varias veces (en particular en nuestra obra “Libro Negro de la Francmasonería”). El manto blanco, signo de investidura, de atribución de estado y de función, era un privilegio exclusivo que la Orden tenía que defender a veces. “Y a nadie, dice la Regla, le es otorgado el tener blancos mantos, salvo a los mencionados Caballeros de Cristo. Aquellos que han abandonado la vida tenebrosa, reconozcan estar reconciliados con su Creador, por el ejemplo de las vestiduras blancas”.
Las vestiduras blancas los designaba, expresamente en su siglo, como los “separados de la masa de perdición”, según las palabras de Inocencio III, y alineados desde este mundo entre aquellas “gentes vestidas de blanco”, que están “delante del Trono de Dios y le sirven día y noche en su Templo”, y sobre quienes “Aquel que se sienta sobre el Trono establecerá su Presencia (Shekinah)” (Apocalípsis VII, 13 -16). No solamente como reconciliados, sino como reconciliadores.
La cruz de ocho puntas, con la cual estaba cargado el manto, agregaba a la significación central de la cruz el simbolismo mediador del número ocho, y unía al blanco del conocimiento, el rojo del Santo-Amor invocado en su grito de guerra.
El doble aspecto de convivencia central y de mediación sacerdotal aparece también en la selección del salmo de la investidura, el salmo 133 del salterio romano: Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum...

Uno de los rasgos más sorprendentes de la virtud de la Santa Milicia y de la disponibilidad espiritual de la Edad Media, es la situación privilegiada, inviolable y soberana, que los papas, los príncipes y los pueblos habían, espontáneamente, acordado asegurarle dentro del orden cristiano. Corno lo señala muy perspicazmente A. Ollivier, tal acuerdo no habría podido hacerse y mantenerse durante más de dos siglos, en contra de derechos e intereses civiles y religiosos, tan diversos como poderosos. La evidencia mostraba aquí con fuerza apremiante, que la Orden del Templo no había solamente pretendido ser, sino que HABÍA SIDO, a los ojos de todos, la “armada privada de Dios”.
Tras de su fundación en la oscuridad y la pobreza, diez años después, en 1128, un concilio se reunía especialmente para precisar su constitución y fijar su regla, así como confirmar a sus miembros “el hábito que ellos mismos habían tomado”. Desde 1129, San Bernardo respondió a través de su autorización en De Laudea, el requerimiento de aquel a quien él llamaba carissimus meux Hugo, Hugo de Payns, el primer Gran Maestro, haciéndole comprender claramente la naturaleza real de su combate, y que la guerra corporal no era sino ocasional y simplemente un símbolo. Desde 1139, en la bula Omne datum optimum, Inocencio II afirmaba: “Caballeros del Templo: es Dios, El mismo, quien os ha constituido en los defensores de la Iglesia y en los asaltantes de los enemigos de Cristo”, y fijó definitivamente sus estatutos y prerrogativas, a las cuales sus sucesores agregaron siempre privilegios que jamás se llegaron a suprimir.
Les fueron acordados los más grandes y magníficos privilegios, dice Michelet. Ante todo, no podían ser juzgados sino por el papa, pero un juez situado siempre tan lejos y tan encumbrado, no llegaba jamás a ser reclamado, por lo cual los templarios quedaban como los propios jueces en sus causas. Precisemos que el recurso ante el papa, no tenía lugar sino por causas exteriores. Los hermanos no dependían sino del Gran Maestro. En cuanto a éste, la Orden era soberana y se tenía por superior a los príncipes. Nadie, laico o eclesiástico, podía pretender el homenaje del Gran Maestro. Sus establecimientos eran inviolables, poseían el derecho de asilo, estaban libres de todo impuesto, y bajo la protección directa de la Santa Sede. Nadie podía inhibir ni excomulgar a un templario.
“El Gran Maestro no era confirmado por la Sede Apostólica, escribe Marion Melville, pero su elección, por sí misma, le aseguraba el pleno derecho de ejercicio”. Su autoridad era absoluta y sus órdenes estaban consideradas como sagradas y provenientes directamente de Dios. La Regla era, así mismo, objeto de un respeto que, dice el mismo autor, “semejaba singularmente el respeto del Islam por el Corán”.



La situación extraordinaria del Templo, en el sentido real de la palabra, no era a su vez más extraordinaria que la sanción a la soberanía espiritual de la Orden, y un sinnúmero de grandes personajes la reconocieron así, por el hecho de haberse afiliado. Tal parece ser el caso del mismo Inocencio III, según una de sus bulas. También lo fue seguramente el emperador Enrique VII de Luxemburgo.
En cuanto a Felipe el Hermoso, se presentó como candidato, pero no fue aceptado.

Numerosos fueron los que hicieron profesión de consagrarse al Templo en aquel final de siglo, con el propósito de tomar parte en aquel otro mundo de los “beneficios” de la Casa.
He ahí algunos rasgos que hacen suponer el lugar que la Orden del Templo tenía en la jerarquía real de la cristiandad. René Guénon dice respecto a esto, que la Orden era “por su doble carácter religioso y guerrero, una especie de lazo entre lo espiritual y lo temporal, aun cuando este doble carácter no debe ser interpretado como el signo de una relación más directa con la fuente común de los dos poderes”*.
El lamentado René Guénon cita aún (“Autoridad espiritual y Poder temporal”, pág. 82), que es precisamente la destrucción de la Orden del Templo, la que marca el “punto de ruptura del mundo occidental con su propia tradición”.
Si los acontecimientos de 1307 a 1314 tienen tal aspecto de atentado, es por su mismo sacrilegio, adelanta Pierre Ponsoye. Clemente V no se equivocó, cuando no osó condenar esa Orden, cuyo último Gran Maestro (Jacques de Molay), al precio de su vida, había demostrado que era “santa y pura”. Solamente osó abolirla “per viam provisionis et ordinationis apostolicae”, sin tomar el riesgo de habérselas con el concilio. La iniquidad testimonió así su propio fondo, al ampararse en el “misterio de Justicia”, que ella no había podido alcanzar sino mediante un crimen, y por que el occidente había cesado de ser digno.
Aún se discute sobre la culpabilidad o la no culpabilidad de la Orden. Es probable que en razón del número de sus adherentes y de la multiplicidad de sus actividades secundarias, y quizás, sobre todo por los cambios de hecho y de mentalidad ocurridos en ese siglo, se necesitaba a la vez una reforma y una readaptación. Pero esa es otra cuestión. Nos contentaremos con citar la constatación de H. de Curzon: “La Regla, es verdad, no prueba más que una cosa, y es que la Orden del Templo estuvo regida hasta su último día por leyes irreprochables, verdaderamente monásticas y hasta muy severas”. Y en fin, mencionaremos aquella expresión (en “El final de la Edad Media”) de Henri Pirenne, Agustin Renaudet, Edouard Perroy y Marcel Handelsman: “Los escritores galos, para glorificar a Felipe el Hermoso, y los escritores de la Iglesia para disculpar a Clemente V, han obscurecido durante largo tiempo la historia de ese período. La inocencia de los templarios está comprobada hoy día”.

* N.E.: En la traducción del Propósito Psicológico XXXI, esta frase está presentada con el sentido contrario. En el facsímil francés está escrito: «...[ si même ce double caractère ne doit pas être interprété comme le signe d ́une relation plus directe avec la source commune des deux pouvoirs. ]», lo que se traduce como lo presentado aquí.

Templarios Momificados, El grial templario de Toledo


Templarios Momificados
El grial templario de Toledo

              A parte del Grial de Valencia que en otro momento contare su increíble historia documentable por lo menos 1500 años hacia atrás, entre los numerosos misterios que todavía guarda la ciudad de Toledo hay uno referido al Grial, ese símbolo enigmático de la sabiduría y el poder regenerador de la Divinidad, tanto en el plano físico como espiritual, que según los trovadores medievales era custodiado por templarios y tenía su origen en España.

El trovador templario alemán Wolfram von Eschenbach (1170-1220), en sus principales epopeyas, Parzival y Titurel, describe una Orden religioso-militar de caballeros que persigue fines místicos, basados en el mito del Imperio Universal, la Tierra Santa y el Templo Espiritual: dicha organización recibe el nombre de «Orden del Grial» y sus miembros el de «Caballeros Templarios». Aunque parece que Wolfram no inventó nada. Él mismo se encarga de aclararnos que no es el autor original de su relato sobre el Grial. El Parzival traduce a otro autor: Kyot el Provenzal.

Nadie sabe quién puede ser este Kyot. Wolfram no lo trata como su igual, un juglar que le ha proporcionado materia para un poema, sino como a un maestro con autoridad esotérica, que le ha legado una enseñanza valiosa. Lo llama «maestro bien conocido», y habla de él como de la única autoridad que conviene invocar a propósito del Grial: «Kyot es el nombre del encantador. Todo lo que él contó en lengua francesa, yo voy a repetíroslo en alemán». De Provenza vino este cuento, en su forma auténtica, a país alemán. Un maestro que, por el carácter de sus revelaciones que implican a la Orden del Temple en la historia del Grial, pudiera pertenecer a la caballería templaria o a su entorno inmediato. Un personaje que inspira y controla el trabajo de Wolfram, y que también era templario. Aunque, para nuestra sorpresa, el propio Wolfram declara que el origen último de la historia del Grial se encuentra en España. Según este trovador templario: «Kyot, encontró en Toledo, entre unos manuscritos abandonados, esta aventura en escritura arábiga. Fue preciso que aprendiese a distinguir los caracteres. Resultó muy ventajoso para él haber recibido el bautismo, pues de lo contrario esta historia habría quedado ignorada, ya que no existe pagano tan sabio como para revelarnos la naturaleza del Grial». El autor de estos manuscritos era «un musulmán, Flegetanis, famoso por sus conocimientos». Este extraño sabio era astrólogo y descubrió «un objeto, una piedra, que se llamaba Grial. Había leído claramente su nombre en las estrellas. Una legión de ángeles lo había bajado a la tierra. Desde entonces habían de ocuparse de él hombres tan puros como los ángeles. Kyot buscó, en los libros, dónde habría un pueblo lo bastante puro como para poder ser el custodio del Grial, hasta que encontró lo que buscaba», que la morada del Grial entre los humanos estaba en los confines de España, y que «dicho Templo, construido según los planos del propio Dios, era una construcción edificada siguiendo el modelo poligonal, ternario e irradiante, de los santuarios de la Orden del Temple, consagrado al Espíritu Santo y guardado por templarios».

Por extraño que pueda parecer, en Toledo aún quedan señales de esa relación entre los templarios y el Grial. Como en la leyenda de Wolfram, se trata de una piedra depositada dentro de un octógono, en un santuario custodiado por templarios. El Temple en Toledo Dependiendo de la poderosa encomienda de Montalbán, la Orden del Temple se asentó, extramuros de Toledo, en el pequeño monasterio mozárabe dedicado a los santos gemelos Servando y Germano, obtenido hacia 1152 y conocido como «Cigarral del Alcázar», y cuyas ruinas fueron demolidas en 1927. Dentro de la ciudad poseyeron una antigua mezquita, próxima al Alcázar, que convirtieron en iglesia de san Miguel el Alto. Esta iglesia estaba unida a la hospedería y residencia de los caballeros, conocidas como «Casas del Temple», un conjunto de edificios de los que aún quedan importantes restos en las calles contiguas de la Soledad, san Miguel y plaza del Seco. Levantado en el siglo XII sobre restos romanos y visigodos, la riqueza decorativa, como artesonados mudéjares de vigas talladas con leyendas arábigas, yeserías morunas y arcos de herradura, demuestra que debió ser mansión de musulmanes acomodados antes de pasar a la Orden. Lo más curioso es que los templarios conservasen las inscripciones coránicas de los muros, mezclándolas con sus propios latines en honor de Nuestra Señora y con sus escudos de cruces rojas. Bajo estas casas existen laberínticas galerías y estancias, excavadas en la roca viva, que las comunicarían con la iglesia y bajarían luego hasta el río según una tradición inmemorial. Son conocidas como «Bodegas de Vázquez», «Cuevas de San Miguel» o «de los Candiles». La fantasía popular las hace escenario de las más fabulosas y esotéricas tradiciones, contando que allí escondieron los templarios sus tesoros antes del arresto. Desde ellas iniciaba su ronda espectral la «Procesión de las Ánimas», cuando a las doce de la noche la campana de san Miguel tocaba sola para avisar a los vecinos, a fin de que no saliesen de sus casas, mientras los fosforescentes espíritus templarios vagaban por el barrio bajando hasta el río y regresando a la iglesia antes del amanecer. Un rico simbolismo La iglesia de san Miguel el Alto todavía conserva símbolos templarios en su interior, a pesar de haber sido abandonada en 1842, de sufrir los bombardeos del cercano Alcázar en 1936, y padecer una «reconstrucción» en los años cuarenta, cuando se derribó su claustro para levantar una escuela parroquial. La torre mudéjar delata su origen islámico, aunque una de las campanas sea todavía templaria. En sendos pilares de la nave, los capiteles muestran escudos con la cruz roja del Temple, a pesar de que el esoterismo de sus esculturas está cubierto por una gruesa capa de cal. En el pavimento, diversas lápidas sirvieron de sepultura a olvidados donantes de la Orden. Y en el arruinado claustro se ha salvado milagrosamente el gran «Cuadrado Mágico» del patio, compuesto por losas negras, en todo semejante al existente en San Pedro de Arlanza (Burgos), que una leyenda dice fue colocado allí por un sabio del monasterio templario de Alveinte, donde hubo otro igual, para robar su ciencia al Diablo (AÑO/CERO, 33 y 133). No menos curiosa es la lauda funeraria del claustro, de 1194, perteneciente al judío Zabalab quien, tras bautizarse, llegó a ser presbítero de la iglesia templaria.

El símbolo que más nos interesa se encuentra en el baptisterio. Allí podemos ver un recipiente gótico de piedra negra pulida, con forma de gran copa, cuyo borde muestra una cabalística inscripción, con la cruz del Temple, y cuyo pie descansa sobre una figura octogonal compuesta por ocho losas negras… Es la pila bautismal, del siglo XIII, de los caballeros templarios. ¿Estamos ante el símbolo del Grial, dentro del octógono radiante, tal como afirman los manuscritos toledanos encontrados por el maestro Kyot según la epopeya de Wolfram? El milagro ocurrido en esta pila bautismal, un milagro griálico, así parece indicarlo.

Este insólito prodigio se narra en la vieja leyenda toledana conocida como «El bautismo de sangre» o «La cruz del arzobispo Tenorio», aunque dicho prelado no adquirió la cruz hasta sesenta y tres años después de suprimido el Temple. En 1375, nada más acceder al cargo, el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, mandó registrar los subterráneos existentes bajo la iglesia y Casas del Temple tentado por la tradición del tesoro oculto. Aunque tan sólo encontró allí la preciosa «Cruz del Milagro» y un puñado de cuerpos momificados como los existentes en otras iglesias toledanas. Dicha cruz o «Cristo del Milagro», era una pieza románica de Limoges, de doble brazo, semejante a la templaria de Caravaca que, decían, perteneció al comendador del Temple. Los cuerpos correspondían a los caballeros templarios de la casa, pues era frecuente enterrar en estas catacumbas debido a la escasez de suelo y porque la sequedad de la roca conservaba los cadáveres de forma natural; allí siguen todavía, aunque el clero los oculte celosamente e impida su visita. Ambos elementos, cruz y momias, constituyen junto con la pila bautismal los actores de la antedicha leyenda de tintes griálicos. Templarios momificados Cuentan los viejos que, tras la derrota cristiana de Alarcos, en 1195, las avanzadillas almohades se presentaron amenazadoras ante los muros de Toledo. Los templarios se aprestaron para defender su sector de la muralla, correspondiente al barrio de San Miguel y, la noche anterior a la batalla, el comendador reunió en la iglesia a los caballeros para poner sus vidas en manos de Dios. Al verlos rezar, su corazón se entristeció, pensando cuántos morirían al día siguiente defendiendo la ciudad, y pidió a Dios una señal para saber quiénes caerían en combate. En ese instante, sobre la cruz roja que los monjes-guerreros portaban en sus capas, apareció la imagen del Cristo que el comendador tenía en su cruz de mando. Entendió que, por ese medio, Dios le señalaba quiénes iban a morir al día siguiente.

Creyendo el comendador que hacía un bien con ello, pues más falta le hacían guerreros vivos que santos muertos, al amanecer tan sólo destinó a las murallas a los caballeros que no habían recibido en sus cruces el aviso divino. Marchó con ellos al combate y dejó a los señalados orando en la iglesia. Rechazado el ataque musulmán, regresaron los templarios sin haber sufrido una sola baja, para comunicar a sus compañeros la feliz jornada, y los encontraron muertos sobre las losas de la iglesia, con los cuerpos secos, momificados. A mayor milagro, el agua que llenaba la copa de la pila bautismal se había convertido en sangre, la de aquellos templarios escogidos para recibir el martirio por su fe y alcanzar el cielo de los justos. El agua sólo recuperó su verdadera naturaleza cuando el comendador bañó su cruz en ella, bautizando en la sangre de los mártires templarios la imagen del Cristo.

Comprendieron que el Señor había querido castigar así la soberbia del comendador, que creyó poder burlar los designios de Dios. A pesar de todo, los «elegidos» habían recibido el bautismo de sangre del martirio, que les estaba destinado. Sus cuerpos momificados recibieron sepultura en uno de los subterráneos del templo y el crucificado de la cruz de mando fue conocido desde entonces como «Cristo del milagro». Expuesto en la Capilla del Bautismo, junto a la griálica pila, recibió el fervor de los templarios y del pueblo toledano, que lo tenía atosigado con sus peticiones y exvotos. Las gentes tomaron la costumbre de santiguarse con el agua de aquella pila, y aún de llevarla en recipientes porque decían que era mano de santo para curar heridas de arma blanca.

Otro misterio, quizá mayor que el «milagro de la sangre», ronda todavía por los muros de San Miguel el Alto. Me refiero al de la imagen de Nuestra Señora que allí veneraban los templarios, citada al menos desde 1174. En la caballería tradicional, tan bien definida por el místico Ramón Lull en su Libro del Orden de Caballería (fines del siglo XIII), el verdadero honor está basado en la búsqueda de la perfección interior puesta al servicio de una idea trascendente: la entrega a Dios en la persona de los desvalidos, por quienes el caballero debe pelear para restituirles la justicia. Y la lucha verdadera no era contra el rival, sino contra uno mismo para derrotar su parte negativa, subiendo un peldaño más en el camino de la perfección. Perfección interior que permite una pureza de espíritu imprescindible para acercarse al Grial, la copa del Conocimiento absoluto, que estaba en la cima de la iniciática búsqueda caballeresca primitiva. Y la Dama sin nombre, objeto del amor cortés de aquellos caballeros espiritualmente combativos, no era sino el símbolo de Nuestra Dama, Nuestra Señora la Virgen Negra, la Dama del Saber Eterno, a quien el caballero griálico debía encomendarse y a quien debía ofrecer sus trabajos para que le ayudara en la búsqueda de sí mismo.

Los templarios –con más razón pues eran a un tiempo guerreros y monjes elegidos por el cielo para custodiar el Grial–, veneraban a la Dama Negra, la Virgen Madre, y tenían esta devoción especial, en forma de imagen de Virgen Negra en algunas de sus iglesias, como Nuestra Señora de la Encina en Ponferrada (León), Nuestra Señora de la Vid en Castillejo de Robledo (Soria), Nuestra Señora del Temple en Ceinos (Valladolid), Faro (Ourense), Toro (Zamora) y un largo etcétera. En la provincia de Toledo sabemos que poseyeron vírgenes negras en Talavera de la Reina y Montalbán, hoy desaparecidas, y una que vistió el hábito del Temple, por lo que se la conoce todavía como Nuestra Señora de la Monjía, en Novés (Toledo), la cual afortunadamente conserva su color negro, su leyenda mistérica y la ancestral fuente iniciática, sincretismo de viejos cultos a las hadas del agua, las wouivres o melusinas célticas.

Dice la tradición que en su toledana iglesia de san Miguel veneraban una imagen de María, de nombre ignorado. Lo que parece atestiguado por las inscripciones latinas que, en la Casa del Temple, los caballeros colocaron en alabanza a la Virgen Madre, situándolas junto a las inscripciones coránicas que alaban a Dios. Sin embargo, la imagen mariana de su iglesia ha desaparecido. ¿Realmente? Por los indicios simbólicos, debió ser una Virgen Negra. La única imagen de estas características existente en Toledo no se halla entronizada en ninguna iglesia y nadie conoce su origen. Pegada al ábside catedralicio se alza la gran sala capitular; al exterior del muro sur, a media altura, se halla una hornacina protegida por cristal emplomado y reja, alumbrado todo por un pequeño farol. Allí se oculta una imagen, popularmente conocida como «Virgen del Tiro». Extraño nombre que según antiguos cronistas parece proviene del «tiro» de cuerda, accionado por una polea, que estuvo situado sobre ella para introducir en el obrador de cera los materiales. Es una Virgen Negra de advocación olvidada, que nadie sabe de dónde ha salido. Allí está desde tiempo inmemorial, al menos desde que Enrique Egas construyó la sala capitular entre 1504 y 1512 por orden del cardenal Cisneros. ¿Procede quizá de la iglesia templaria, tras haber estado arrinconada en las bóvedas catedralicias junto a otras muchas obras medievales? No deberíamos olvidar que la grandiosa catedral de Toledo fue comenzada por al arzobispo-cronista don Rodrigo Jiménez de Rada, en gratitud a la Virgen por la victoria de Las Navas de Tolosa (1212) sobre los musulmanes, batalla ganada con la colaboración de las Órdenes Militares, entre las que figuraba un fuerte contingente templario, y con la ayuda celestial de Nuestra Señora. Y no perdamos de vista que don Rodrigo era amigo de la Orden y nieto del comendador templario de Novillas (Zaragoza), don Pedro Tizón (a mediados del siglo XII).

La Virgen del Tiro tiene todos los caracteres de una Dama Negra del Grial. Por su color, postura, atributos y tamaño, parece una imagen de fines del siglo XII o comienzos del XIII. Muy estilizada, la vestimenta de la madre y la postura lateral del niño los asemejan a la imagen de la Mare de Dèu del Claustre, en Solsona (Lleida), que dicen es una copia de la Virgen Negra de la Daurade, en Toulouse (Francia). Y es la única en Toledo sobre la que no quedan datos, pues de todas las demás, incluidas otras dos que tienen ciertos carácteres de Virgen Negra: la del Sagrario (en la catedral) y la de la Esperanza (en San Cipriano) –que por cierto dicen que son «primas»–, se conserva algún recuerdo de sus orígenes y andanzas. ¿Estamos ante la imagen perdida que recibió culto en la iglesia templaria, junto con la prodigiosa pila bautismal y el milagroso Cristo del comendador? Cuando el Temple fue extinguido, el arzobispo toledano don Gutierre Gómez de Toledo tomó posesión de sus riquezas, tras perseguir, encarcelar y hacer torturar a los caballeros. Los bienes fueron empleados según conveniencia; generalmente los utensilios del culto como cálices, crucifijos e imágenes eran reutilizados tras un examen minucioso para borrar posibles símbolos templarios. Aunque no sería hasta la época barroca cuando se darían los procesos más descarados de ocultación. A veces, en el caso de las imágenes de santos o de vírgenes, sobre todo si eran famosas y de gran veneración, se retiraban del culto por un tiempo. Luego volvían a aparecer, cambiados sus hábitos, su color, sus símbolos e, incluso, sus tradiciones y leyendas. Otras eran relegadas a destinos humildes, poco destacados, como ermitas, humilladeros y hornacinas.

Es constante la tradición popular sobre el despojo sufrido por esta posesión toledana del Temple, a partir de 1312. La iglesia fue convertida en parroquia, las Casas del Temple se transformaron en casas de vecindad y sus mejores objetos sagrados e imágenes se los apropió el clero catedralicio. Y este pillaje continuó durante siglos. Aunque no sin consecuencias.

A principios de los años setenta del pasado siglo, la anciana custodia de la torre catedralicia, doña Sagrario, además de narrarnos la leyenda de «El bautismo de sangre», nos contó la de «La venganza del Temple». Cuando en 1756 se colocó en la catedral su gigantesca «campana gorda», al tocarla se rompieron todos los cristales de Toledo y muchos cacharros de barro y cerámica en cocinas y salones. Ello no fue debido al desmesurado tamaño de la campana sino a que, para completar el bronce de su fundición, se emplearon las campanas de la torre de san Miguel el Alto. Y si la venganza del Temple no causó mayor desastre, es porque en la iglesia de los caballeros dejaron una de las viejas campanas templarias marcada con su «cruz de hábito».

También el viejo guarda del Teatro Rojas, don Luis, nos contó por aquellas fechas, además de la leyenda de «La cruz del arzobispo Tenorio», una conseja sobre «La maldición de la alacena templaria». Según este relato, hacia 1845, unos vecinos quisieron hacer una obra en su parte de la vieja Casa del Temple; apareció entonces una alacena mudéjar de yesería, conocida pronto como «Botica de los Templarios», y los felices descubridores se frotaron las manos ante aquel pequeño «tesoro». Primero la ofrecieron al Museo Arqueológico Nacional y, al no ser aceptada por éste organismo, fue comprada para el Museo South Kensington de Londres (hoy se encuentra en el Museo Victoria y Alberto de la capital británica), por su agente en España, J. F. Riaño, Director General de Archivos y Académico de San Fernando. Dicen que los codiciosos vecinos no pudieron disfrutar su «tesoro», pues acabaron desahuciados. Además, los obreros que realizaron la obra murieron poco después por diversos «accidentes», e incluso el intermediario padeció varios «contratiempos de salud». El saqueo de este templo del Grial no podía quedar sin castigo.

En la actualidad, la Casa de los Templarios ha sido rehabilitada parcialmente y sus propietarios han habilitado algunos salones como restaurante. Lo que aquellas estancias han perdido en misterio y esoterismo lo han ganado nuestros ojos, que pueden volver a contemplar algunos jirones de su esplendor y nuestros estómagos que pueden solazarse con buenos vinos y manjares.

El caso de la iglesia de San Miguel el Alto es distinto. Todavía conserva intacto el aura de inquietante espiritualidad que dejaron en ella los caballeros. Y todavía espera una profunda restauración que saque a la luz los diversos símbolos que rodeaban al «símbolo» maestro del Temple: el Grial, la piedra cósmica, piedra negra de luz, copa de la sangre regeneradora, que solo los espíritus puros podían contemplar y a los que ella concedía el Conocimiento supremo. Muchos enigmas, históricos y esotéricos, apenas rozados por los investigadores, planean inquietantes sobre este fabuloso emplazamiento templario, que se manifiesta como auténtica «Morada Filosofal», cuyos elementos son otras tantas páginas repletas de sugerentes pasajes simbólicos. Algunas de estas páginas han sido arrancadas y otras emborronadas, pero el conjunto todavía puede ser leído, y su texto resulta elocuentemente esotérico e iniciático.

Uno de esos párrafos es bien significativo, pues deja entrever que en la casa toledana de los caballeros hubo una de aquellas enigmáticas comunidades de hermanas templarias. Según la leyenda de «La rama de laurel», en la hospedería del Temple daban a los pobres la «caridad», un cuenco de sopa y un trozo de pan. A cierto mendigo le pareció un día que la sopa estaba demasiado clara y porfió con la hermana templaria que la repartía. Discutieron y el pordiosero, arrancando la rama de un laurel que asomaba por las tapias del huerto, arremetió contra la templaria. Ésta aguantó cuanto pudo hasta que, colmada su paciencia, le arrebató la rama de las manos para devolver los golpes al mendigo. Arrepentida luego de su cólera, en la soledad de su celda se azotó con ella en penitencia durante siete noches. Después ofreció la rama manchada con su sangre a la Virgen Morena de san Miguel y la plantó en el claustro de los caballeros. Allí la regó cada día, tanto con agua como con lágrimas de arrepentimiento hasta que, por milagro divino, echó raíces y creció para convertirse con los años en un frondoso árbol que recordaba a todos que Dios prefiere mansedumbre a ira. ¿No se trata acaso de un nuevo milagro griálico, la sangre derramada que hace brotar la vida en un laurel, símbolo de la inmortalidad y ello por intercesión de la Virgen Negra? Doña Sagrario afirmaba que conocía esta leyenda, como todas, por su bisabuela, que se las contaba de niña. No tenemos confirmación documental, pero lo cierto es que en una guía de Toledo del Patronato Nacional de Turismo, editada en francés en 1932, aparece un mapa en el que, junto a la iglesia de San Miguel figura la «Casa de las Templarias». Y el texto afirma: «junto a san Miguel están las llamadas Casas del Temple o también Casa de las Templarias». ¿Quizá la tradición templaria de Toledo no está todavía perdida, a pesar de lo que quieren hacernos creer?