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viernes, 11 de octubre de 2013

LA VIDA DE UN CABALLERO TEMPLARIO EN LA ANTIGÜEDAD


LA VIDA DE UN CABALLERO TEMPLARIO
 EN LA ANTIGÜEDAD


                El catedrático en historia, Alain Demurger, nos transporta a través del tiempo para adentrarnos en cómo se respiraba en las encomiendas templarias. Para ello hemos seleccionado un nuevo texto de su libro “Vie et mort de l’ordre du Temple”.


Además de administrador, el preceptor o comendador es también el jefe de una comunidad religiosa. A ese título, debe velar por el respeto de la regla. Redactada en función de las necesidades de la orden en Tierra Santa, los templarios de Occidente tienen, sin embargo, que conformarse a ella. Por lo demás, ciertas prescripciones se aplican con mayor facilidad que en Oriente, las que se refieren al servicio divino, por ejemplo.

La ascesis templaria se ajusta a las condiciones particulares de la vida del monje soldado, que lleva la dura vida de los campamentos. Y aunque no la lleve siempre ni en todas partes, debe evitar toda práctica ascética susceptible de alterar su salud. El dominico Esteban de Borbón relata la historia del “Señor Pan y Agua”, un templario que, a fuerza de privaciones, se había debilitado tanto que no se sostenía sobre el caballo. La regla del Temple no exige ese género de prácticas. Muy al contrario, el templario tienen derecho a cierto confort. Ha de llevar ropa adaptada tanto a los fuertes calores como al frío (artículo 20); tiene derecho a un material cómodo para acostarse (artículo 21), y los inventarios hechos en las casas templarias en el momento de la detención de los miembros de la orden en 1307 enuncian con precisión los elementos de la ropa de cama en el dormitorio común. En su primera redacción, la regla recomienda a los hermanos que permanezcan sentados durante el oficio:

“Ha llegado a nuestros oídos […] que, sin interrupción, oís de pie el servicio de Dios. No os lo recomendamos. Lo desaprobamos. Y ordenamos que […], para el canto del salmo que comienza por Venite y para el Invitatorio y el himno, tanto los fuertes como los débiles se sienten […]. Pero al final de los salmos, cuando se cante el Gloria Patri, por reverencia a la Santa Trinidad, levantaos e inclinaos; los débiles y los enfermos inclinarán la cabeza… (artículos 15 y 16)”.

Pero las diferencias con la ascesis monástica tradicional son más marcadas todavía en el capítulo de la alimentación. El templario hace dos comidas diarias, a excepción de los períodos de ayuno, en las que no hace más que una. El maestre del Temple también, por consiguiente. El preceptor de una encomienda puede autorizar una tercera comida. El templario como carne tres veces a la semana (artículo 26). “Muchas veces, se da dos clases de comidas a todos los hermanos, a fin de que los que no coman de una puedan comer de la otra, o de tres clases, cuando hay abundancia en las casas y los comendadores lo quieren así” (artículo 185).

Las comidas transcurren en silencio, como en todas las comunidades monásticas. De todos modos, el templario medio no conoce, como los cluniacenses, el lenguaje de los signos que permite pedir pan o sal sin decir una palabra. Por ello, se le permite hablar un poco, aunque discretamente, para no molestar al lector, que lee fragmentos de los textos sagrados.

Esté en Tierra Santa o en Occidente, el templario no debe permanecer ocioso. Cuando el preceptor de su convento no le requiera para cumplir un servicio, se ocupará de sus caballos y sus armas (artículo 285). En este caso necesario, mandará efectuar las reparaciones necesarias. Por lo demás, prohibírselo equivale a una sanción. No hace falta precisar que, entre los hermanos de oficio, el hermano herrero es uno de los más solicitados.

¿Los templarios se entrenan para el combate? La carga de la caballería pesada no se improvisa. En Occidente, torneos y cacerías preparan al caballero para el combate. Ahora bien, la regla prohíbe a los templarios ambas actividades. Sin duda hay que identificar como maniobras de entrenamiento esos desplazamientos en grupo, de “albergue” en “albergue”, que llevan a cabo los templarios de Oriente para ocupar los momentos de ocio. ¿Y en Occidente? Se sabe poca cosa al respecto. A veces se cita al campo de Fickettscroft, en Londres, como terreno de entrenamiento. Los estatutos conventuales prevén concursos de tiro al arco y a la ballesta, animados con apuestas sobre objetos sin valor (artículo 317).

El servicio divino ocupa una parte bastante importante de la vida diaria. La regla prevé el caso, frecuente en Oriente, de que los templarios no puedan celebrar regularmente el servicio divino porque sus obligaciones militares se lo impiden. Autoriza incluso a aprender los oficios de prima, tercia y sexta (artículo 10). Pero, excluyendo estos casos de fuerza mayor, los templarios tienen que conducirse como religiosos y seguir los oficios, recitar salmos y padrenuestros en las horas canónicas. Nada que ver, ya se imagina, con el esplendor del Opus Dei de los cluniacenses. Sin embargo, no se debe subestimar el alcance de estas oraciones en común, que han contribuido, en la misma medida que los combates, a forjar un espíritu de cuerpo. Jacobo de Molay, el último maestre del Temple, no se equivocaba sin duda al decir, durante el interrogatorio a que se le sometió en noviembre de 1309:

“…que no conocía orden en que las capillas y las iglesias tuviesen ornamentos, reliquias y accesorios del culto divino mejores ni más bellos y en que el servicio divino fuese mejor celebrado por los sacerdotes y los clérigos, a excepción de las iglesias catedrales”.

El hecho de que el servicio divino esté asegurado por un capellán miembro del Temple no dispensa totalmente a los templarios de recurrir a los servicios de sacerdotes u obispos exteriores a la orden. Todas las casas del Temple no disponen de un hermano capellán, y éste no disfruta de un poder de absolución ilimitado. No está capacitado para “juzgar” a un templario culpable de la muerte de un cristiano, ni a un templario culpable de simonía (tráfico con los sacramentos de la Iglesia). Por último, un templario puede recurrir siempre a los servicios del sacerdote de su preferencia; una bula pontificia lo recuerda expresamente a principios del siglo XIV. La acusación hecha a la orden a este respecto –es decir, la negativa a consultar a clérigos exteriores a la orden- es falsa. Actuando como testigos en el proceso de los templarios de Lérida, Aragón, ciertos franciscanos afirmaron que habían recibido con frecuencia las confesiones de templarios. No puede negarse que se dieron abusos en este terreno. No sólo los capellanes de la orden se excedían en sus poderes, sino que se sabe con seguridad que maestres y preceptores, no ordenados sacerdotes, absolvieron a veces los pecados de sus hermanos, para lo cual no tenían ningún poder. El obispo de Acre, Jacobo de Vitry, puso en guardia a los templarios contra esta tentación. “Los hombres laicos no deben usurpar las funciones del sacerdote […], ya que las llaves no les han sido confiadas, no el poder de atar y desatar”.


Los templarios tenían el deber de dar limosna y practicar la caridad, lo mismo que la hospitalidad. Su ideal no se limitaba a combatir, sino que consistía en conducirse a diario como “pobres caballeros de Cristo”. Hacer voto de pobreza significa también ayudar a los pobres. Tanto en Jerusalén como en la más pequeña encomienda, los templarios están obligados a dar de comer a los pobres. Al final de las comidas, preparadas con abundancia para este fin, se distribuían los restos. Las casas del Temple debían acoger a los huéspedes de paso. La carga resultaba particularmente pesada para la casas presbiterial de Jerusalén.

Durante el proceso, se acusó con frecuencia a los templarios de avaricia. Se les reprochó asimismo acoger de mejor gana a los huéspedes de pago, a los ricos, que a los pobres a los que había que mantener. De creer a juan de Wurzburgo, que visitó el Temple durante la segunda cruzada, los templarios no hacían en este campo la décima parte de lo que hacía el Hospital. Maticemos, sin embargo. Las acusaciones no son generales. La caridad y la hospitalidad no forman parte de las misiones de la orden. El Hospital, orden caritativa, se ha convertido en orden militar. El Temple no recurrió nunca –no tenía por qué recorrerlo- el camino inverso.

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