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sábado, 18 de octubre de 2014

JESUS LLEGO DE EGIPTO

JESUS LLEGO DE EGIPTO

                


     Dos mil años después de que Jesús, Juan y María vivieran sus vidas extrañamente significativas en una remota provincia del Imperio romano, millones de personas siguen creyendo en la crónica de los Evangelios. Para ellas, Jesús era Hijo de Dios y de una virgen, y sucedió que encarnó como judío; Juan el Bautista fue su precursor e inferior espiritual, y María Magdalena una mujer de dudosa reputación a quien Jesús sanó y convirtió.

Nuestra investigación ha descubierto un panorama muy diferente. Jesús no era el Hijo de Dios, ni fue de religión judaica aunque tal vez sí étnicamente judío. Todo apunta a que predicó un mensaje foráneo en el país donde montó su campaña e inició su misión. Desde luego sus contemporáneos vieron en él a un adepto de la magia egipcia, criterio que también expresa el Talmud de los judíos.

Quizá no eran más que rumores maliciosos, pero varios eruditos y en particular Morton Smith admiten que los milagros de Jesús guardan notable parecido con el repertorio habitual del típico mago egipcio. Además fue entregado a Pilato bajo la acusación concreta de ser «un malhechor», es decir en términos jurídicos romanos, uno que echaba maleficios.

Juan no reconoció a Jesús como Mesías. Quizá lo bautizó, puesto que era uno de sus discípulos, y tal vez éste ascendió de entre las filas hasta convertirse en el segundo de a bordo. Algo salió mal, sin embargo: Juan cambió de parecer y nombró segundo y sucesor a Simón el Mago. Poco después Juan fue muerto.

María Magdalena era una sacerdotisa que fue compañera de Jesús en una pareja ritual, lo mismo que Helena lo fue de Simón el Mago. La naturaleza sexual de su relación queda explícita en muchos de los textos gnósticos que la Iglesia no permitió fuesen incluidos en el Nuevo Testamento. Era también «Apóstol de Apóstoles» y una prestigiosa predicadora, que incluso fue capaz de reanimar a los decaídos discípulos después de la Crucifixión. Pedro la odió porque odiaba a todas las mujeres, y ella tal vez huyó a las Galias porque temió lo que él pudiese hacerle. Y aunque no podamos saber con exactitud cuál era el mensaje, lo cierto es que debió de tener poco que ver con el cristianismo tal como ahora lo conocemos. Magdalena fue cualquier cosa menos una predicadora cristiana.

La influencia egipcia en el relato evangélico es innegable: aunque Jesús se ajustase conscientemente al rol profetizado de Mesías judío con tal de ganar apoyo popular, todo indica que él y María representaban al mismo tiempo el mito de Isis y Osiris, probablemente a fines iniciáticos.

La magia egipcia y los secretos esotéricos estaban en el trasfondo de su misión, y su maestro fue Juan el Bautista. Dos de cuyos discípulos, el sucesor Simón el Mago y la ex prostituta Helena, eran el calco exacto de Jesús y la Magdalena. Tal vez debía ser así. El conocimiento subyacente era de tipo sexual: el de la horasis o iluminación por medio del acto sexual sacro con una prostituta, concepto familiar en todo el Oriente y también al otro lado de la frontera, en Egipto.

Pese a lo que ha pretendido la Iglesia, la mano derecha de Jesús no fue Pedro, que ni siquiera formaba parte del círculo interior como se echa de ver por su reiterada incapacidad para entender las palabras del maestro. Si Jesús tuvo un sucesor designado, debió de ser la Magdalena. (Debe recordarse que predicaban activamente las enseñanzas y las prácticas del antiquísimo culto de Isis, no una variante herética del judaísmo como se cree con frecuencia.) María Magdalena y Simón Pedro emprendieron caminos separados; el uno fundó la Iglesia de Roma, la otra logró transmitir sus misterios a las generaciones de quienes supieron entender el valor del principio de lo Femenino, los «heréticos».

Juan, Jesús y María estaban indisolublemente unidos por su religión (la del antiguo Egipto), que adaptaron a la cultura judía, lo mismo que hicieron Simón el Mago y Helena, aunque éstos prefirieron concentrar sus actividades en Samaria. Y desde luego no formaban parte de este círculo interior de misioneros egipcios Simón Pedro ni el resto de los Doce.

María Magdalena fue reverenciada por la corriente clandestina en Europa porque había fundado su propia «Iglesia», no un culto cristiano en el sentido generalmente admitido de la palabra, sino basado en la religión de Isis/Osiris. Algo muy parecido a lo que predicaron tanto Jesús como Juan.

Éste fue venerado por la misma tradición de los «heréticos», descendientes directos en lo espiritual de quien fue su «monarca sacrificial» y protomártir de una causa agostada en flor. Cuya muerte causó conmoción por las circunstancias atroces que la rodearon, las dudas en cuanto a la responsabilidad y lo que se percibió como una manipulación poco escrupulosa de discípulos de Juan por parte de su ex rival.

Este relato tiene una derivación distinta, sin embargo. Como hemos mencionado, en tiempos corrieron rumores de que Jesús practicó la magia negra con el Bautista muerto. Tal como han señalado en sus obras Carl Kraeling y Morton Smith, desde luego Herodes Antipas estaba convencido de que Jesús había esclavizado el alma de aquél (o su conciencia) para obtener poderes mágicos, siendo cosa convenida entre magos griegos y egipcios que el alma de un hombre asesinado era presa fácil de cualquier hechicero, y en particular de quien pudiese disponer de una parte de su cadáver.

No sabemos si Jesús ofició una ceremonia mágica de este género o no, aunque los rumores en el sentido de que el espíritu de Juan estuviese sometido al poder de su rival no habrían perjudicado en ningún sentido al movimiento de Jesús. Al contrario, dada la mentalidad mágica de la época habría servido para que la mayoría de los discípulos de Juan se pasaran al bando de Jesús en vista de la superioridad de los poderes milagrosos de éste. Y como Jesús había contado ya a sus seguidores que Juan fue la reencarnación del profeta Elías, su autoridad debió de quedar reforzada de cara a las masas. 

Sin embargo, y pese a la peculiar noción de que Jesús hubiese controlado las almas de otros dos profetas por lo menos, los secretos de la tradición clandestina no hacen gran caso de él. O mejor dicho, los heréticos reverencian a Juan y a la Magdalena en tanto que sujetos de la realidad histórica pero considerándolos como representantes de un sistema de creencias anterior a ellos mismos. Es decir, lo que importaba era lo que representaban, en tanto que Sumo Sacerdote y Suma Sacerdotisa del Reino de Luz.

Las dos tradiciones —la centrada en el Bautista y la que veneró a la Magdalena— no se distinguen en realidad sino hacia el siglo XII, cuando aparecieron los cátaros en el Languedoc, por ejemplo, y los templarios alcanzaron el pináculo de su poder. Hay un vacío en la transmisión de esas tradiciones, que parecen sumidas en un agujero negro entre los siglos IV y XII. Fue hacia el año 400 cuando alguien escondió en Egipto los textos de Nag Hammadi, que destacan el rol de la Magdalena.

En Francia persistían ideas sorprendentemente parecidas, que luego tuvieron alguna influencia sobre los cátaros. Y si bien la Iglesia de Juan desapareció, según todas las apariencias, después del 50 poco más o menos, se deduce que siguió existiendo por las condenas que los Padres de la Iglesia no dejaron de fulminar contra los sucesores de Juan —Simón el Mago y Dositeo— durante otros doscientos años. Una vez más esa tradición resurge en el siglo XII y adopta la forma de veneración mística de los templarios por Juan.





Es imposible decir con ningún grado de certeza lo que pudo suceder con ambas tradiciones en el intervalo, aunque después de realizar nuestra investigación creemos hallarnos en condiciones de aventurar una conjetura. El «linaje» de la Magdalena continuó en el sur de Francia, aunque cualquier documento que lo corroborase debió de quedar destruido, seguramente, durante la devastación sistemática de la cultura languedociana que acompañó a la cruzada contra los albigenses. Pero los ecos de esa tradición han llegado hasta nosotros, a tenor de las creencias cátaras sobre la relación entre la Magdalena y Jesús y también por el opúsculo de influencia cátara Schwester Katrei, algunas de cuyas ideas derivan claramente de los textos de Nag Hammadi.

Es probable que la tradición sanjuanista sobreviviese independientemente en Oriente Próximo gracias a los antepasados de los mandeos y los nusayríes. Sea como fuere, sabemos que apareció en Europa siglos más tarde. Pero ¿cómo llegó a Europa? ¿Quién supo entender su valor y decidió mantener en secreto esas creencias? Una vez más encontramos la respuesta en aquellos monjes-soldados cuyas operaciones militares en el Próximo Oriente no fueron sino el pretexto para una búsqueda orientada a la consecución del conocimiento esotérico.

Los templarios llevaron a Europa la tradición juanista para unirla con la de la Magdalena, con lo cual completaban el sentido de los que durante algún tiempo debieron de parecer misterios separados, el femenino y el masculino. No olvidemos que los nueve templarios fundadores eran oriundos de la cultura languedociana, alma y corazón del culto a la Magdalena. Ni que según la tradición ocultista aprendieron sus secretos «de los sanjuanistas de Oriente». 

En nuestra opinión, no es de creer que fuese coincidencia esta unión de las dos tradiciones a cargo de los freires. Al fin y al cabo, la meta principal de éstos fue buscar y utilizar los conocimientos más arcanos. Hugo de Payens y sus ocho cofrades fueron a los Santos Lugares con un designio, el de conquistar el poder que puede conferir el conocimiento. Tal vez perseguían también un objeto de gran valor, el cual no sería meramente monetario. Todo indica que los templarios no salieron a buscar la tradición juanista como ciegos que andan a tientas; sabían lo que buscaban, aunque hoy no sea posible decir cómo llegaron a saberlo.

Evidentemente andaba en juego mucho más que unos vagos ideales religiosos. Los templarios eran hombres de mentalidad eminentemente práctica; les interesaba la adquisición del poder material y además, se exponían al castigo inconcebiblemente horrible que la época reservaba a los mantenedores de creencias ocultas. Pero repitámoslo una vez más, esas creencias no eran sólo unas ideas espirituales que alguien decidiese abrazar por la salvación de su alma. Se trataba de secretos mágicos y alquímicos que, como poco, les habrían asegurado una ventaja decisiva desde el punto de vista de lo que hoy llamaríamos «la ciencia».

Ciertamente la superioridad de sus conocimientos en materias tales como la geometría y la arquitectura sacra halló su expresión en las catedrales góticas que hoy todavía podemos contemplar como otros tantos libros de piedra donde plasmaron los frutos de su excursión por los mundos de lo esotérico. En su exploración de todos los saberes, los templarios procuraron aumentar su dominio de la astronomía, la química, la cosmología, la navegación, la medicina y las matemáticas, las ventajas de cuya posesión no es necesario ponderar.

Pero no limitaron a esto sus ambiciones en la búsqueda del conocimiento oculto: también persiguieron las respuestas a los grandes y eternos problemas. En la alquimia encontraron quizá la respuesta a algunos de ellos. Esta ciencia misteriosa que ellos abrazaron revelaba los secretos de la longevidad, según se ha creído en todo tiempo, o tal vez los de la inmortalidad física. Pues los templarios no se limitaron a desear una extensión de sus horizontes filosóficos o religiosos: también ambicionaron el poder definitivo, ser los amos del tiempo, vencer la tiranía de la vida y la muerte.

A ellos les sucedieron generación tras generación de «heréticos» que recogieron el guante y continuaron la tradición con fervor no disminuido. Muy grande fue la atracción de esos secretos, sin duda, para que tantas personas estuvieran dispuestas a arriesgarlo todo con tal de poseerlos, pero ¿en qué consistían? ¿Qué tenían las tradiciones de la Magdalena y de Juan el Bautista para provocar semejante celo y devoción?

No se puede contestar a preguntas de este género, pero cabe apuntar tres posibles soluciones.

La primera es que las peripecias de la Magdalena y de Juan el Bautista, puestas en relación nos ofrecen el secreto de lo que muchos creyeron ser la verdadera «cristiandad», la misión auténtica, antes de que aquélla se convirtiese en otra cosa muy diferente. 

Mientras en derredor se deterioraba la condición de la mujer y se degradaba la sexualidad, quedando en manos de clérigos las llaves de los cielos y de los infiernos, los heréticos buscaban consuelo e iluminación en los secretos de Juan y de la Magdalena. Por la mediación de esos dos «santos» podían unirse en secreto a la sucesión ininterrumpida de los adeptos gnósticos y paganos que se retrotraía al antiguo Egipto (y tal vez más atrás todavía): tal como enseñó Giordano Bruno, la religión egipcia era muy superior al cristianismo en todos los aspectos. Y como hemos mencionado, al menos un templario rechazó el símbolo fundamental del cristianismo, la cruz, por ser «demasiado joven».
En vez del severo patriarcado del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (para entonces ya masculinizado), los seguidores de esa tradición secreta hallaban el equilibrio tradicional de la antigua trinidad Padre, Madre e Hijo.
En vez de sufrir los remordimientos de la propia sexualidad, sabían por experiencia propia que ésta era una puerta de comunicación con Dios.
En vez de permitir que un sacerdote les dijera cuál era la situación de su alma, buscaban la propia salvación directa por medio de la gnosis o conocimiento de lo divino.
Todo eso ha venido castigándose con pena de muerte durante la mayor parte de los 2.000 años transcurridos, y todo proviene de las tradiciones secretas del Bautista y de la Magdalena.
Como se ve, tenían motivos sobrados para guardarlas en clandestinidad.

La segunda razón del permanente atractivo de estas tradiciones fue que los heréticos mantenían vivo el conocimiento. Hoy tendemos a subestimar el poder que significaron las ciencias en el decurso de la Historia: un solo invento, el de la imprenta, bastó para revolucionar todo un mundo, e incluso que la gente y especialmente las mujeres supieran leer y escribir era poco habitual y se contemplaba con la mayor desconfianza por parte de la Iglesia.

En cambio aquella tradición clandestina fomentaba activamente el afán de conocimientos incluso entre las féminas: los alquimistas, hombres y mujeres, trabajaron largas horas a puerta cerrada movidos por el deseo de conocer grandes secretos que superaban las fronteras entre la magia, la sexualidad y la ciencia... no sin descubrir algunos de ellos, según todas las apariencias.

El linaje ininterrumpido de esa tradición clandestina abarca los constructores de las pirámides, tal vez incluso los que erigieron la Esfinge, y los artífices que usaron los principios de la geometría sagrada y cuyos secretos hallaron expresión en la sublime belleza de las grandes catedrales góticas. Ésos fueron los forjadores de la civilización, preservada por ellos a través de la tradición secreta. (No por casualidad, sin duda, se creía que Osiris había transmitido a la humanidad los conocimientos necesarios para la cultura y la civilización.)

Y tal como han revelado los libros recientes de Robert Bauval y Graham Hancock,1 algunos de los conocimientos científicos que poseyeron los antiguos egipcios aún no los ha alcanzado nuestra ciencia moderna. Una parte inseparable de ese linaje de científicos heréticos fueron los hermeticistas del Renacimiento, cuya exaltación de Sophia, la búsqueda del conocimiento y la naturaleza divina del Hombre nació, en principio, de las mismas raíces que el gnosticismo. 

Alquimia, hermeticismo y gnosticismo nos retrotraen inevitablemente a la Alejandría de los tiempos de Jesús, que fue un extraordinario crisol de ideas. Por eso hallamos las mismas nociones inspiradoras en el Pistis Sophia y el Corpus Hermeticum de Hermes Trismegisto, que luego sobrevivieron en las obras de Simón el Mago y los textos sagrados de los mandeos.

Hemos visto cómo se relaciona explícitamente a Jesús con la magia de Egipto y con el Bautista y sus sucesores Simón el Mago y Dositeo. A todos ellos se les cita como «licenciados» de las escuelas ocultas de Alejandría. Y todas las tradiciones esotéricas de Occidente derivan de la misma raíz.

Sería un error, sin embargo, creer que el conocimiento buscado por los templarios o los hermeticistas era sencillamente lo que hoy llamaríamos filosofía o ciencia. Cierto que estas disciplinas eran parte de lo que ellos anhelaban, pero la tradición secreta tiene además otra dimensión que no sería oportuno silenciar.

Por debajo de todas las preocupaciones arquitectónicas, científicas y artísticas latía la búsqueda apasionada del poder mágico. ¿Por qué era esto tan importante para ellos? Tal vez hallaríamos la clave en los rumores sobre la «sujeción mágica» de Juan a los poderes de Jesús. Y quizá sea significativo que los templarios, que reverenciaban al Bautista por encima de todo, fuesen acusados de adorar en sus ritos más secretos una cabeza cortada.

En este libro no nos planteamos el tema de la validez y la eficacia (o todo lo contrario) de la magia ceremonial; lo importante es lo que otros han creído durante siglos, y la trascendencia que eso haya tenido para sus motivaciones, sus conspiraciones y los planes que pusieron en juego.

El ocultismo fue la verdadera fuerza motriz de muchos pensadores tenidos comúnmente por «racionalistas», como Leonardo da Vinci y sir Isaac Newton, así como de los círculos interiores de organizaciones como los templarios, ciertos capítulos de la francmasonería y el Priorato de Sión. Entre esa larga filiación de magi, magos secretos, podríamos incluir tal vez al Bautista y a Jesús.

En una de las versiones menos conocidas de la leyenda del Grial, el objeto de la búsqueda es la cabeza cortada de un hombre, puesta en una bandeja. ¿Aludía esto a la cabeza del Bautista, a los extraños poderes de encantamiento que se le atribuían y que se transferían a quien la poseyese? Una vez más, la incredulidad moderna es mala intérprete; lo que importa es que se creyese que la cabeza de Juan además de sagrada era mágica en algún sentido.

También los celtas tienen una tradición de cabezas embrujadas, pero la referencia más pertinente puede ser la cabeza que tenía el templo de Osiris en Abydos, a la que se atribuían dones proféticos.2 En otro mito relativo a otro de los dioses que mueren y resucitan, la cabeza de Orfeo fue llevada por la resaca a las costas de Lesbos, donde se puso a predecir el futuro.3 (¿Sin duda no sería coincidencia que la película más enigmática y surrealista de Jean Cocteau fuese un Orfeo?) 
En su falso Sudario de Turín, Leonardo representó decapitado a su «Jesús».

Al principio creíamos que esto no había sido más que un recurso visual para transmitir la idea (procedente de las heréticas opiniones juanistas de Leonardo) de que el decapitado era moral y espiritualmente «superior» al crucificado. Por supuesto la división entre la cabeza y el cuerpo del desconocido difunto del Sudario es deliberada, pero quizá Leonardo trataba de sugerir otra cosa. Quizá quiso aludir a la idea de que Jesús era dueño de la cabeza de Juan, con lo cual absorbía a éste en cierto sentido, convirtiéndose en un «Jesús-Juan», como ha dicho Morton Smith. Recordemos ahora el cartel anunciador decimonónico del Salon de la Rose + Croix que representa a Leonardo como Custodio del Grial.

Hemos visto además que el dedo índice levantado simboliza, en la obra de Leonardo, a Juan el Bautista. Este mismo personaje hace el ademán en la última pintura del maestro y en la escultura que se conserva en Florencia. Lo cual no es tan insólito, porque otros artistas le representaron en la misma postura. En la obra de Leonardo, sin embargo, siempre que otro personaje hace el ademán, estamos ante un clarísimo recordatorio que remite al Bautista.

El personaje de la Adoración de los Magos situado junto a las raíces salientes del algarrobo (que tradicionalmente simboliza a Juan) y apunta hacia la Virgen y el niño; Isabel, la madre de Juan, realiza el mismo gesto ante el rostro de la Virgen en el boceto para Virgen y Niño con santa Ana, y el discípulo que tan rudamente se encara con Jesús en la Última Cena taladra el aire con el índice en un gesto inequívoco. Pero además de interpretar que dice, en efecto, «los seguidores de Juan no olvidan», podemos tomarlo como referencia a una reliquia real: el dedo de Juan, que según se creyó figuraba entre las más preciadas posesiones de los templarios.

(En un cuadro de Nicolas Poussin, La Peste d’Azoth, una estatua masculina gigantesca ha perdido la mano y la barbada cabeza. Pero el índice de la mano cortada realiza, inconfundible, «el gesto de Juan».)

por Lynn Picknett y Clive Prince

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